23 Ene 2015

trampolín a la fama

Fabrik #14m 23:30 Humanes avd Industria 82 #leymordaza @Coordinadora25S

Érase 1 vez 1 director en Río de Janeiro, competente y buen conocedor del oficio, llamao Leopoldo de Míguez, que durante toda su vida trabajó incansable y se afanó dirigiendo óperas y conciertos pa lograr la realización de su única y ardiente ambición: ocupar 1 lugar en la historia de la música. Por fin consiguió su propósito, pero de forma indirecta e insospechada. El destino lo utilizó como trampolín, y si su nombre se ha hecho inmortal no es por por las muchas noches que dirigió, sino porque en 1 ocasión durante la primavera de 1886 se negó a empuñar la batuta. Había preparao con sumo cuidao la 1ª audición en Rio de la Aida de Verdi, pero los cantantes y músicos italianos no parecían tener gran aprecio por sus cualidades. Refunfuñaban y constantemente le hacían observaciones diciéndole cómo se hacían las cosas en Milán. Durante el ensayo general el cantante Roveri rehusó continuar alegando que con la forma de dirigir de Míguez la orquesta entorpecía su labor. El buen Leopoldo perdió la calma, arrojó la batuta y abandonó el teatro muy enojao, asegurando que no volvería a poner los pies en él mientras lo ocuparan aquellos italianos. La empresa se encontraba en situación comprometida, pues Míguez era popular, sus incondicionales tenían mucha fuerza y las localidades estaban agotadas pa la función. Superti decidió sustituirle, pero apenas subió al estrao pa empezar la función fue saludao con fuertes protestas y gritos:
- ¿Dónde está Míguez? ¡Queremos a Míguez! Superti, confuso, abandonó el atril. 1 joven maestro de coro, Arístides Venturi, probó suerte con el mismo resultao. En aquel momento, 1 violoncelista de la orquesta que hasta entonces había observao en silencio los sucesos, abandonó su sitio, se dirigió hacia el empresario y le ofreció sus servicios como director. Tenía 19 años, nunca hasta entonces había dirigido 1 orquesta y mucho menos 1 conjunto tan complejo como es 1 representación de ópera. Se llamaba Arturo Toscanini y había algo tan autoritario y decidido en la actitud del joven que la empresa aceptó su ofrecimiento. Ocupó el atril sin titubear, miró sin arredrase al público, que no paraba de gritar, empuñó la batuta y con gesto enérgico cerró la partitura que tenía delante. El público al darse cuen pareció sorprendido y algunos espectadores rieron. Pero se hizo el silencio, apagaron las luces de la sala y Toscanini dio su 1ª entrada a la orquesta. Durante toda la representación los aplausos se sucedieron sin cesar hasta el final en imponente crescendo que reventó en ovación como la que nunca se había escuchao en Río. Esta es la misión pa la que el destino había escogido a Míguez y gracias a ella consiguió su rinconcito modesto pero seguro en el gran libro de la música. A la mañana siguiente el contrato de Toscanini como violoncelista de la ópera de Río fue cancelao.

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