27 Abr 2016

Yo quiero ser cómico | Larra

Soraya Arnelas Pingüino de fuego gogo SuperMartxon gogo SuperMartxon

Anch’io son pittore.

No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara a la luz pública cierta visita que no ha muchos días tuve en mi propia casa.

Columpiábame en mi mullido sillón, de estos que dan vueltas sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que no me correspondía injerir aquel día en la Revista. Quería yo que fuese interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen humor, o de buen talante, para comunicar el suyo a los demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias por una sátira más o menos.

Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó felizmente la casualidad materia sobrada para un artículo, al anunciarme mi criado a un joven que me quería hablar indispensablemente.

Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como de hombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de favorecer sus gustos e inclinaciones, o su humor del momento, para conformarse prudentemente con él; y dando tormento a los tirantes y rudos músculos de su fisonomía para adoptar una especie de careta que desplegase a mi vista sentimientos mezclados de afecto y de deferencia, me dijo con voz forzadamente sumisa y cariñosa:

-¿Es Vd el redactor llamado Fígaro?

-¿Qué tiene Vd que mandarme?

-Vengo a pedirle un favor… ¡Cómo me gustan sus artículos de Vd!

-Es claro… Si Vd me necesita…

-Un favor de que depende mi vida acaso… ¡Soy un apasionado, un amigo de Vd!

-Por supuesto… siendo el favor de tanto interés para Vd…

-Yo soy un joven…

-Lo presumo.

-Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro.

-¿Al teatro?

-Sí, señor… como el teatro está cerrado ahora…

-Es la mejor ocasión.

-Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próxima temporada cómica, desearía que Vd me recomendase…

-¡Bravo empeño! ¿A quién?

-Al Ayuntamiento.

-¡Hola! ¿Ajusta el Ayuntamiento?

-Es decir, a la empresa.

-¡Ah! ¿Ajusta la empresa?

-Le diré a Vd… según algunos, esto no se sabe… pero… para cuando se sepa.

-En ese caso, no tiene Vd prisa, porque nadie la tiene…

-Sin embargo, como yo quiero ser cómico…

-Cierto. ¿Y qué sabe Vd? ¿Qué ha estudiado Vd?

-¿Cómo? ¿Se necesita saber algo?

-No; para ser actor, ciertamente, no necesita Vd saber cosa mayor…

-Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con ese pie en una corporación.

-Ya le entiendo a Vd; Vd quisiera ser cómico aquí, y así será preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe Vd castellano?

-Lo que Vd ve…, para hablar; las gentes me entienden…

-Pero la gramática, y la propiedad, y…

-No, señor, no.

-Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá Vd desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras…

-Perdone Vd.

-Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.

-Perdone Vd, señor. Nada, nada. ¿Tan poco favor me hace Vd? Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco… mire Vd…

-No jure Vd. ¿Sabe Vd pronunciar con afectación todas las letras de una palabra, y decir unas voces por otras, actitud por aptitud, y aptitud por actitud, diferiencia por diferencia, háyamos por hayamos, dracmático por dramático, y otras semejantes?

-Sí, señor, sí, todo eso digo yo.

-Perfectamente; me parece que sirve Vd para el caso. ¿Aprendió Vd historia?

-No, señor; no sé lo que es.

-Por consiguiente, no sabrá Vd lo que son trajes, ni épocas, ni caracteres históricos…

-Nada, nada, no señor.

-Perfectamente.

-Le diré a Vd…; en cuanto a trajes, ya sé que en siendo muy antiguo, siempre a la romana.

-Esto es: aunque sea griego el asunto.

-Sí señor: si no es tan antiguo, a la antigua francesa o a la antigua española; según… ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es más moderno o del día, levita a la Utrilla en los calaveras, y polvos, casacón y media en los padres.

-¡Ah! ¡Ah! Muy bien.

-Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán o a la dama, según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme a lo que ellos tienen en sus arcas, así…

-¡Bravo!

-Porque ellos suelen saberlo.

-¿Y cómo presentará Vd un carácter histórico?

-Mire Vd; el papel lo dirá, y luego, como el muerto no se ha de tomar el trabajo de resucitar sólo para desmentirle a uno… Además, que gran parte del público suele estar tan enterada como nosotros…

-¡Ah! ya… Vd sirve para el ejercicio. La figura es la que no…

-No es gran cosa; pero eso no es esencial.

-Y de educación, de modales y usos de sociedad, ¿a qué altura se halla Vd?

-Mal; porque si va a decir verdad, yo soy un pobrecillo: yo era escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me quiero meter a cómico porque se me figura a mí que es oficio en que no hay nada que hacer…

-Y tiene Vd razón.

-Todo lo hace el apunte, y… por consiguiente, no conozco esos señores usos de sociedad que Vd dice, ni nunca traté a ninguno de ellos.

-Ni conocerá Vd el mundo, ni el corazón humano.

-Escasamente.

-¿Y cómo representará Vd tantos caracteres distintos?

-Le diré a Vd: si hago de rey, de príncipe o de magnate, ahuecaré la voz, miraré por encima del hombro a mis compañeros, mandaré con mucho imperio…

-Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, a ser obedecidos a la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos…

-Sí, pero ¡ya ve Vd!, en el teatro es otra cosa.

-Ya me hago cargo.

-Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras o en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el tablero con mi bastón de borlas, y pondré cara de caballo, como si los jueces no tuviesen entrañas…

-No se puede hacer más.

-Si hago de delincuente me haré el perseguido, porque en el teatro todos los reos son inocentes…

-Muy bien.

-Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos… Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera… Si hago un barba, andaré a compás, como un juego de escarpias, me temblarán siempre las manos como perlático o descoyuntado; y aunque el papel no apunte más de cincuenta años, haré del tarado y decrépito, y apoyaré mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice a los espectadores: «Allá va esto para Vds».

-¿Tiene Vd grandes calvas para las barbas?

-¡Oh! disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el colodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades. Pero aun para [el] diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.

-¿Y los graciosos?

-Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas contorsiones que alcance, y saldré [siempre] vestido de arlequín…

-Vd hará furor.

-¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa a aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de intención o lucimiento que en mi parte se presenten.

-¿Y memoria?

-No es cosa la que tengo; y aun esa no la aprovecho, porque no me gusta el estudio. Además, que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida, se le lanza de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al público: ¡Ven Vds qué hombre!

-Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una carreta, y sacándole a Vd la relación del cuerpo como una cinta. De esa manera, y hablando él altito, tiene el público el placer de oír a un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.

-Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación, se dice cualquier tontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público! ¡Si Vd viera!

-Ya sé, ¡ya!

-Vez hay que en una comedia en verso añade uno un párrafo en prosa: pues ni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común que añadir…

-¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, Vd es cómico, y bueno. ¿Vd ha representado anteriormente?

-¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el García y el Delincuente honrado.

-No más, no más; le digo a Vd que Vd será cómico. Dígame Vd, ¿sabrá Vd hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es, o por el verso mas que no entienda siquiera lo que es prosa?

-¿Pues no tengo de saber, señor? Eso lo hace cualquiera.

-¿Sabrá Vd quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que Vd no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿Sabrá Vd decir de los periodistas que quién son ellos para?…

-Vaya si sabré; precisamente ese es el tema nuestro de todos los días. Mande Vd otra cosa.

Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado:

-¡Venga Vd acá, mancebo generoso -exclamé todo alborozado-; venga Vd acá, flor y nata de la andante comiquería: Vd ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío! ¡Vd será cómico, en fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio!

Diciendo estas y otras razones, despedí a mi candidato, prometiéndole las más eficaces recomendaciones.

La Revista Española, 1 de marzo de 1833.

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