19 May 2010

50 QuiXote I hidalgo 44/fin Cervantes 1605

Capítulo XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta

En efeto, fueron tantas las voces que don Quijote dio, que, abriendo de presto
las puertas de la venta, salió el ventero, despavorido, a ver quién tales gritos
daba, y los que estaban fuera hicieron lo mesmo. Maritornes, que ya había
despertado a las mismas voces, imaginando lo que podía ser, se fue al pajar y
desató, sin que nadie lo viese, el cabestro que a don Quijote sostenía, y él dio
luego en el suelo, a vista del ventero y de los caminantes, que, llegándose a
él, le preguntaron qué tenía, que tales voces daba. Él, sin responder palabra,
se quitó el cordel de la muñeca, y, levantándose en pie, subió sobre Rocinante,
embrazó su adarga, enristró su lanzón, y, tomando buena parte del campo, volvió
a medio galope, diciendo:

-Cualquiera que dijere que yo he sido con justo título encantado, como mi señora
la princesa Micomicona me dé licencia para ello, yo le desmiento, le rieto y
desafío a singular batalla.

Admirados se quedaron los nuevos caminantes de las palabras de don Quijote, pero
el ventero les quitó de aquella admiración, diciéndoles que era don Quijote, y
que no había que hacer caso dél, porque estaba fuera de juicio.
Preguntáronle al ventero si acaso había llegado a aquella venta un muchacho de
hasta edad de quince años, que venía vestido como mozo de mulas, de tales y
tales señas, dando las mesmas que traía el amante de doña Clara. El ventero
respondió que había tanta gente en la venta, que no había echado de ver en el
que preguntaban. Pero, habiendo visto uno dellos el coche donde había venido el
oidor, dijo:

-Aquí debe de estar sin duda, porque éste es el coche que él dicen que sigue;
quédese uno de nosotros a la puerta y entren los demás a buscarle; y aun sería
bien que uno de nosotros rodease toda la venta, porque no se fuese por las
bardas de los corrales.

-Así se hará -respondió uno dellos.

Y, entrándose los dos dentro, uno se quedó a la puerta y el otro se fue a rodear
la venta; todo lo cual veía el ventero, y no sabía atinar para qué se hacían
aquellas diligencias, puesto que bien creyó que buscaban aquel mozo cuyas señas
le habían dado.

Ya a esta sazón aclaraba el día; y, así por esto como por el ruido que don
Quijote había hecho, estaban todos despiertos y se levantaban, especialmente
doña Clara y Dorotea, que la una con sobresalto de tener tan cerca a su amante,
y la otra con el deseo de verle, habían podido dormir bien mal aquella noche.
Don Quijote, que vio que ninguno de los cuatro caminantes hacía caso dél, ni le
respondían a su demanda, moría y rabiaba de despecho y saña; y si él hallara en
las ordenanzas de su caballería que lícitamente podía el caballero andante tomar
y emprender otra empresa, habiendo dado su palabra y fe de no ponerse en ninguna
hasta acabar la que había prometido, él embistiera con todos, y les hiciera
responder mal de su grado. Pero, por parecerle no convenirle ni estarle bien
comenzar nueva empresa hasta poner a Micomicona en su reino, hubo de callar y
estarse quedo, esperando a ver en qué paraban las diligencias de aquellos
caminantes; uno de los cuales halló al mancebo que buscaba, durmiendo al lado de
un mozo de mulas, bien descuidado de que nadie ni le buscase, ni menos de que le
hallase. El hombre le trabó del brazo y le dijo:

-Por cierto, señor don Luis, que responde bien a quien vos sois el hábito que
tenéis, y que dice bien la cama en que os hallo al regalo con que vuestra madre
os crió.

Limpióse el mozo los soñolientos ojos y miró de espacio al que le tenía asido, y
luego conoció que era criado de su padre, de que recibió tal sobresalto, que no
acertó o no pudo hablarle palabra por un buen espacio. Y el criado prosiguió
diciendo:

-Aquí no hay que hacer otra cosa, señor don Luis, sino prestar paciencia y dar
la vuelta a casa, si ya vuestra merced no gusta que su padre y mi señor la dé al
otro mundo, porque no se puede esperar otra cosa de la pena con que queda por
vuestra ausencia.

-Pues, ¿cómo supo mi padre -dijo don Luis- que yo venía este camino y en este
traje?

-Un estudiante -respondió el criado- a quien distes cuenta de vuestros
pensamientos fue el que lo descubrió, movido a lástima de las que vio que hacía
vuestro padre al punto que os echó de menos; y así, despachó a cuatro de sus
criados en vuestra busca, y todos estamos aquí a vuestro servicio, más contentos
de lo que imaginar se puede, por el buen despacho con que tornaremos, llevándoos
a los ojos que tanto os quieren.

-Eso será como yo quisiere, o como el cielo lo ordenare -respondió don Luis.

-¿Qué habéis de querer, o qué ha de ordenar el cielo, fuera de consentir en
volveros?; porque no ha de ser posible otra cosa.

Todas estas razones que entre los dos pasaban oyó el mozo de mulas junto a quien
don Luis estaba; y, levantándose de allí, fue a decir lo que pasaba a don
Fernando y a Cardenio, y a los demás, que ya vestido se habían; a los cuales
dijo cómo aquel hombre llamaba de don a aquel muchacho, y las razones que
pasaban, y cómo le quería volver a casa de su padre, y el mozo no quería. Y con
esto, y con lo que dél sabían de la buena voz que el cielo le había dado,
vinieron todos en gran deseo de saber más particularmente quién era, y aun de
ayudarle si alguna fuerza le quisiesen hacer; y así, se fueron hacia la parte
donde aún estaba hablando y porfiando con su criado.

Salía en esto Dorotea de su aposento, y tras ella doña Clara, toda turbada; y,
llamando Dorotea a Cardenio aparte, le contó en breves razones la historia del
músico y de doña Clara, a quien él también dijo lo que pasaba de la venida a
buscarle los criados de su padre, y no se lo dijo tan callando que lo dejase de
oír Clara; de lo que quedó tan fuera de sí que, si Dorotea no llegara a tenerla,
diera consigo en el suelo. Cardenio dijo a Dorotea que se volviesen al aposento,
que él procuraría poner remedio en todo, y ellas lo hicieron.
Ya estaban todos los cuatro que venían a buscar a don Luis dentro de la venta y
rodeados dél, persuadiéndole que luego, sin detenerse un punto, volviese a
consolar a su padre. Él respondió que en ninguna manera lo podía hacer hasta dar
fin a un negocio en que le iba la vida, la honra y el alma. Apretáronle entonces
los criados, diciéndole que en ningún modo volverían sin él, y que le llevarían,
quisiese o no quisiese.

-Eso no haréis vosotros -replicó don Luis-, si no es llevándome muerto; aunque,
de cualquiera manera que me llevéis, será llevarme sin vida.

Ya a esta sazón habían acudido a la porfía todos los más que en la venta
estaban, especialmente Cardenio, don Fernando, sus camaradas, el oidor, el cura,
el barbero y don Quijote, que ya le pareció que no había necesidad de guardar
más el castillo. Cardenio, como ya sabía la historia del mozo, preguntó a los
que llevarle querían que qué les movía a querer llevar contra su voluntad aquel
muchacho.

-Muévenos -respondió uno de los cuatro- dar la vida a su padre, que por la
ausencia deste caballero queda a peligro de perderla.

A esto dijo don Luis:

-No hay para qué se dé cuenta aquí de mis cosas: yo soy libre, y volveré si me
diere gusto, y si no, ninguno de vosotros me ha de hacer fuerza.

-Harásela a vuestra merced la razón -respondió el hombre-; y, cuando ella no
bastare con vuestra merced, bastará con nosotros para hacer a lo que venimos y
lo que somos obligados.

-Sepamos qué es esto de raíz -dijo a este tiempo el oidor.
Pero el hombre, que lo conoció, como vecino de su casa, respondió:

-¿No conoce vuestra merced, señor oidor, a este caballero, que es el hijo de su
vecino, el cual se ha ausentado de casa de su padre en el hábito tan indecente a
su calidad como vuestra merced puede ver?

Miróle entonces el oidor más atentamente y conocióle; y, abrazándole, dijo:

-¿Qué niñerías son éstas, señor don Luis, o qué causas tan poderosas, que os
hayan movido a venir desta manera, y en este traje, que dice tan mal con la
calidad vuestra?

Al mozo se le vinieron las lágrimas a los ojos, y no pudo responder palabra. El
oidor dijo a los cuatro que se sosegasen, que todo se haría bien; y, tomando por
la mano a don Luis, le apartó a una parte y le preguntó qué venida había sido
aquélla.

Y, en tanto que le hacía esta y otras preguntas, oyeron grandes voces a la
puerta de la venta, y era la causa dellas que dos huéspedes que aquella noche
habían alojado en ella, viendo a toda la gente ocupada en saber lo que los
cuatro buscaban, habían intentado a irse sin pagar lo que debían; mas el
ventero, que atendía más a su negocio que a los ajenos, les asió al salir de la
puerta y pidió su paga, y les afeó su mala intención con tales palabras, que les
movió a que le respondiesen con los puños; y así, le comenzaron a dar tal mano,
que el pobre ventero tuvo necesidad de dar voces y pedir socorro. La ventera y
su hija no vieron a otro más desocupado para poder socorrerle que a don Quijote,
a quien la hija de la ventera dijo:

-Socorra vuestra merced, señor caballero, por la virtud que Dios le dio, a mi
pobre padre, que dos malos hombres le están moliendo como a cibera.

A lo cual respondió don Quijote, muy de espacio y con mucha flema:

-Fermosa doncella, no ha lugar por ahora vuestra petición, porque estoy impedido
de entremeterme en otra aventura en tanto que no diere cima a una en que mi
palabra me ha puesto. Mas lo que yo podré hacer por serviros es lo que ahora
diré: corred y decid a vuestro padre que se entretenga en esa batalla lo mejor
que pudiere, y que no se deje vencer en ningún modo, en tanto que yo pido
licencia a la princesa Micomicona para poder socorrerle en su cuita; que si ella
me la da, tened por cierto que yo le sacaré della.

-¡Pecadora de mí! -dijo a esto Maritornes, que estaba delante-: primero que
vuestra merced alcance esa licencia que dice, estará ya mi señor en el otro
mundo.

-Dadme vos, señora, que yo alcance la licencia que digo -respondió don Quijote-;
que, como yo la tenga, poco hará al caso que él esté en el otro mundo; que de
allí le sacaré a pesar del mismo mundo que lo contradiga; o, por lo menos, os
daré tal venganza de los que allá le hubieren enviado, que quedéis más que
medianamente satisfechas.

Y sin decir más se fue a poner de hinojos ante Dorotea, pidiéndole con palabras
caballerescas y andantescas que la su grandeza fuese servida de darle licencia
de acorrer y socorrer al castellano de aquel castillo, que estaba puesto en una
grave mengua. La princesa se la dio de buen talante, y él luego, embrazando su
adarga y poniendo mano a su espada, acudió a la puerta de la venta, adonde aún
todavía traían los dos huéspedes a mal traer al ventero; pero, así como llegó,
embazó y se estuvo quedo, aunque Maritornes y la ventera le decían que en qué se
detenía, que socorriese a su señor y marido.

-Deténgome -dijo don Quijote- porque no me es lícito poner mano a la espada
contra gente escuderil; pero llamadme aquí a mi escudero Sancho, que a él toca y
atañe esta defensa y venganza.

Esto pasaba en la puerta de la venta, y en ella andaban las puñadas y mojicones
muy en su punto, todo en daño del ventero y en rabia de Maritornes, la ventera y
su hija, que se desesperaban de ver la cobardía de don Quijote, y de lo mal que
lo pasaba su marido, señor y padre.

Pero dejémosle aquí, que no faltará quien le socorra, o si no, sufra y calle el
que se atreve a más de a lo que sus fuerzas le prometen, y volvámonos atrás
cincuenta pasos, a ver qué fue lo que don Luis respondió al oidor, que le
dejamos aparte, preguntándole la causa de su venida a pie y de tan vil traje
vestido. A lo cual el mozo, asiéndole fuertemente de las manos, como en señal de
que algún gran dolor le apretaba el corazón, y derramando lágrimas en grande
abundancia, le dijo:

-Señor mío, yo no sé deciros otra cosa sino que desde el punto que quiso el
cielo y facilitó nuestra vecindad que yo viese a mi señora doña Clara, hija
vuestra y señora mía, desde aquel instante la hice dueño de mi voluntad; y si la
vuestra, verdadero señor y padre mío, no lo impide, en este mesmo día ha de ser
mi esposa. Por ella dejé la casa de mi padre, y por ella me puse en este traje,
para seguirla dondequiera que fuese, como la saeta al blanco, o como el marinero
al norte. Ella no sabe de mis deseos más de lo que ha podido entender de algunas
veces que desde lejos ha visto llorar mis ojos. Ya, señor, sabéis la riqueza y
la nobleza de mis padres, y como yo soy su único heredero: si os parece que
éstas son partes para que os aventuréis a hacerme en todo venturoso, recebidme
luego por vuestro hijo; que si mi padre, llevado de otros disignios suyos, no
gustare deste bien que yo supe buscarme, más fuerza tiene el tiempo para
deshacer y mudar las cosas que las humanas voluntades.

Calló, en diciendo esto, el enamorado mancebo, y el oidor quedó en oírle
suspenso, confuso y admirado, así de haber oído el modo y la discreción con que
don Luis le había descubierto su pensamiento, como de verse en punto que no
sabía el que poder tomar en tan repentino y no esperado negocio; y así, no
respondió otra cosa sino que se sosegase por entonces, y entretuviese a sus
criados, que por aquel día no le volviesen, porque se tuviese tiempo para
considerar lo que mejor a todos estuviese. Besóle las manos por fuerza don Luis,
y aun se las bañó con lágrimas, cosa que pudiera enternecer un corazón de
mármol, no sólo el del oidor, que, como discreto, ya había conocido cuán bien le
estaba a su hija aquel matrimonio; puesto que, si fuera posible, lo quisiera
efetuar con voluntad del padre de don Luis, del cual sabía que pretendía hacer
de título a su hijo.

Ya a esta sazón estaban en paz los huéspedes con el ventero, pues, por
persuasión y buenas razones de don Quijote, más que por amenazas, le habían
pagado todo lo que él quiso, y los criados de don Luis aguardaban el fin de la
plática del oidor y la resolución de su amo, cuando el demonio, que no duerme,
ordenó que en aquel mesmo punto entró en la venta el barbero a quien don Quijote
quitó el yelmo de Mambrino y Sancho Panza los aparejos del asno, que trocó con
los del suyo; el cual barbero, llevando su jumento a la caballeriza, vio a
Sancho Panza que estaba aderezando no sé qué de la albarda, y así como la vio la
conoció, y se atrevió a arremeter a Sancho, diciendo:

-¡Ah don ladrón, que aquí os tengo! ¡Venga mi bacía y mi albarda, con todos mis
aparejos que me robastes!

Sancho, que se vio acometer tan de improviso y oyó los vituperios que le decían,
con la una mano asió de la albarda, y con la otra dio un mojicón al barbero que
le bañó los dientes en sangre; pero no por esto dejó el barbero la presa que
tenía hecha en el albarda; antes, alzó la voz de tal manera que todos los de la
venta acudieron al ruido y pendencia, y decía:

-¡Aquí del rey y de la justicia, que, sobre cobrar mi hacienda, me quiere matar
este ladrón salteador de caminos!

-Mentís -respondió Sancho-, que yo no soy salteador de caminos; que en buena
guerra ganó mi señor don Quijote estos despojos.
Ya estaba don Quijote delante, con mucho contento de ver cuán bien se defendía y
ofendía su escudero, y túvole desde allí adelante por hombre de pro, y propuso
en su corazón de armalle caballero en la primera ocasión que se le ofreciese,
por parecerle que sería en él bien empleada la orden de la caballería. Entre
otras cosas que el barbero decía en el discurso de la pendencia, vino a decir:

-Señores, así esta albarda es mía como la muerte que debo a Dios, y así la
conozco como si la hubiera parido; y ahí está mi asno en el establo, que no me
dejará mentir; si no, pruébensela, y si no le viniere pintiparada, yo quedaré
por infame. Y hay más: que el mismo día que ella se me quitó, me quitaron
también una bacía de azófar nueva, que no se había estrenado, que era señora de
un escudo.

Aquí no se pudo contener don Quijote sin responder: y, poniéndose entre los dos
y apartándoles, depositando la albarda en el suelo, que la tuviese de manifiesto
hasta que la verdad se aclarase, dijo:

-¡Porque vean vuestras mercedes clara y manifiestamente el error en que está
este buen escudero, pues llama bacía a lo que fue, es y será yelmo deMambrino,
el cual se lo quité yo en buena guerra, y me hice señor dél con ligítima y
lícita posesión! En lo del albarda no me entremeto, que lo que en ello sabré
decir es que mi escudero Sancho me pidió licencia para quitar los jaeces del
caballo deste vencido cobarde, y con ellos adornar el suyo; yo se la di, y él
los tomó, y, de haberse convertido de jaez en albarda, no sabré dar otra razón
si no es la ordinaria: que como esas transformaciones se ven en los sucesos de
la caballería; para confirmación de lo cual, corre, Sancho hijo, y saca aquí el
yelmo que este buen hombre dice ser bacía.

-¡Pardiez, señor -dijo Sancho-, si no tenemos otra prueba de nuestra intención
que la que vuestra merced dice, tan bacía es el yelmo de Malino como el jaez
deste buen hombre albarda!

-Haz lo que te mando -replicó don Quijote-, que no todas las cosas deste
castillo han de ser guiadas por encantamento.
Sancho fue a do estaba la bacía y la trujo; y, así como don Quijote la vio, la
tomó en las manos y dijo:

-Miren vuestras mercedes con qué cara podía decir este escudero que ésta es
bacía, y no el yelmo que yo he dicho; y juro por la orden de caballería que
profeso que este yelmo fue el mismo que yo le quité, sin haber añadido en él ni
quitado cosa alguna.

-En eso no hay duda -dijo a esta sazón Sancho-, porque desde que mi señor le
ganó hasta agora no ha hecho con él más de una batalla, cuando libró a los sin
ventura encadenados; y si no fuera por este baciyelmo, no lo pasara entonces muy
bien, porque hubo asaz de pedradas en aquel trance.

Capítulo XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la
albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad

-¿Qué les parece a vuestras mercedes, señores -dijo el barbero-, de lo que
afirman estos gentiles hombres, pues aún porfían que ésta no es bacía, sino
yelmo?

-Y quien lo contrario dijere -dijo don Quijote-, le haré yo conocer que miente,
si fuere caballero, y si escudero, que remiente mil veces.
Nuestro barbero, que a todo estaba presente, como tenía tan bien conocido el
humor de don Quijote, quiso esforzar su desatino y llevar adelante la burla para
que todos riesen, y dijo, hablando con el otro barbero:

-Señor barbero, o quien sois, sabed que yo también soy de vuestro oficio, y
tengo más ha de veinte años carta de examen, y conozco muy bien de todos los
instrumentos de la barbería, sin que le falte uno; y ni más ni menos fui un
tiempo en mi mocedad soldado, y sé también qué es yelmo, y qué es morrión, y
celada de encaje, y otras cosas tocantes a la milicia, digo, a los géneros de
armas de los soldados; y digo, salvo mejor parecer, remitiéndome siempre al
mejor entendimiento, que esta pieza que está aquí delante y que este buen señor
tiene en las manos, no sólo no es bacía de barbero, pero está tan lejos de serlo
como está lejos lo blanco de lo negro y la verdad de la mentira; también digo
que éste, aunque es yelmo, no es yelmo entero.

-No, por cierto -dijo don Quijote-, porque le falta la mitad, que es la babera.

-Así es -dijo el cura, que ya había entendido la intención de su amigo el
barbero.

Y lo mismo confirmó Cardenio, don Fernando y sus camaradas; y aun el oidor, si
no estuviera tan pensativo con el negocio de don Luis, ayudara, por su parte, a
la burla; pero las veras de lo que pensaba le tenían tan suspenso, que poco o
nada atendía a aquellos donaires.

-¡Válame Dios! -dijo a esta sazón el barbero burlado-; ¿que es posible que tanta
gente honrada diga que ésta no es bacía, sino yelmo? Cosa parece ésta que puede
poner en admiración a toda una Universidad, por discreta que sea. Basta: si es
que esta bacía es yelmo, también debe de ser esta albarda jaez de caballo, como
este señor ha dicho.

-A mí albarda me parece -dijo don Quijote-, pero ya he dicho que en eso no me
entremeto.

-De que sea albarda o jaez -dijo el cura- no está en más de decirlo el señor don
Quijote; que en estas cosas de la caballería todos estos señores y yo le damos
la ventaja.

-Por Dios, señores míos -dijo don Quijote-, que son tantas y tan estrañas las
cosas que en este castillo, en dos veces que en él he alojado, me han sucedido,
que no me atreva a decir afirmativamente ninguna cosa de lo que acerca de lo que
en él se contiene se preguntare, porque imagino que cuanto en él se trata va por
vía de encantamento. La primera vez me fatigó mucho un moro encantado que en él
hay, y a Sancho no le fue muy bien con otros sus secuaces; y anoche estuve
colgado deste brazo casi dos horas, sin saber cómo ni cómo no vine a caer en
aquella desgracia. Así que, ponerme yo agora en cosa de tanta confusión a dar mi
parecer, será caer en juicio temerario. En lo que toca a lo que dicen que ésta
es bacía, y no yelmo, ya yo tengo respondido; pero, en lo de declarar si ésa es
albarda o jaez, no me atrevo a dar sentencia difinitiva: sólo lo dejo al buen
parecer de vuestras mercedes. Quizá por no ser armados caballeros, como yo lo
soy, no tendrán que ver con vuestras mercedes los encantamentos deste lugar, y
tendrán los entendimientos libres, y podrán juzgar de las cosas deste castillo
como ellas son real y verdaderamente, y no como a mí me parecían.

-No hay duda -respondió a esto don Fernando-, sino que el señor don Quijote ha
dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difinición deste caso; y, porque vaya
con más fundamento, yo tomaré en secreto los votos destos señores, y de lo que
resultare daré entera y clara noticia.

Para aquellos que la tenían del humor de don Quijote, era todo esto materia de
grandísima risa; pero, para los que le ignoraban, les parecía el mayor disparate
del mundo, especialmente a los cuatro criados de don Luis, y a don Luis ni más
ni menos, y a otros tres pasajeros que acaso habían llegado a la venta, que
tenían parecer de ser cuadrilleros, como, en efeto, lo eran. Pero el que más se
desesperaba era el barbero, cuya bacía, allí delante de sus ojos, se le había
vuelto en yelmo de Mambrino, y cuya albarda pensaba sin duda alguna que se le
había de volver en jaez rico de caballo; y los unos y los otros se reían de ver
cómo andaba don Fernando tomando los votos de unos en otros, hablándolos al oído
para que en secreto declarasen si era albarda o jaez aquella joya sobre quien
tanto se había peleado. Y, después que hubo tomado los votos de aquellos que a
don Quijote conocían, dijo en alta voz:

-El caso es, buen hombre, que ya yo estoy cansado de tomar tantos pareceres,
porque veo que a ninguno pregunto lo que deseo saber que no me diga que es
disparate el decir que ésta sea albarda de jumento, sino jaez de caballo, y aun
de caballo castizo; y así, habréis de tener paciencia, porque, a vuestro pesar y
al de vuestro asno, éste es jaez y no albarda, y vos habéis alegado y probado
muy mal de vuestra parte.

-No la tenga yo en el cielo -dijo el sobrebarbero- si todos vuestras mercedes no
se engañan, y que así parezca mi ánima ante Dios como ella me parece a mí
albarda, y no jaez; pero allá van leyes…, etcétera; y no digo más; y en verdad
que no estoy borracho: que no me he desayunado, si de pecar no.

No menos causaban risa las necedades que decía el barbero que los disparates de
don Quijote, el cual a esta sazón dijo:

-Aquí no hay más que hacer, sino que cada uno tome lo que es suyo, y a quien
Dios se la dio, San Pedro se la bendiga.
Uno de los cuatro dijo:

-Si ya no es que esto sea burla pesada, no me puedo persuadir que hombres de tan
buen entendimiento como son, o parecen, todos los que aquí están, se atrevan a
decir y afirmar que ésta no es bacía, ni aquélla albarda; mas, como veo que lo
afirman y lo dicen, me doy a entender que no carece de misterio el porfiar una
cosa tan contraria de lo que nos muestra la misma verdad y la misma experiencia;
porque, ¡voto a tal! -y arrojóle redondo-, que no me den a mí a entender cuantos
hoy viven en el mundo al revés de que ésta no sea bacía de barbero y ésta
albarda de asno.

-Bien podría ser de borrica -dijo el cura.

-Tanto monta -dijo el criado-, que el caso no consiste en eso, sino en si es o
no es albarda, como vuestras mercedes dicen.

Oyendo esto uno de los cuadrilleros que habían entrado, que había oído la
pendencia y quistión, lleno de cólera y de enfado, dijo:

-Tan albarda es como mi padre; y el que otra cosa ha dicho o dijere debe de
estar hecho uva.

-Mentís como bellaco villano -respondió don Quijote.

Y, alzando el lanzón, que nunca le dejaba de las manos, le iba a descargar tal
golpe sobre la cabeza, que, a no desviarse el cuadrillero, se le dejara allí
tendido. El lanzón se hizo pedazos en el suelo, y los demás cuadrilleros, que
vieron tratar mal a su compañero, alzaron la voz pidiendo favor a la Santa
Hermandad.

El ventero, que era de la cuadrilla, entró al punto por su varilla y por su
espada, y se puso al lado de sus compañeros; los criados de don Luis rodearon a
don Luis, porque con el alboroto no se les fuese; el barbero, viendo la casa
revuelta, tornó a asir de su albarda, y lo mismo hizo Sancho; don Quijote puso
mano a su espada y arremetió a los cuadrilleros. Don Luis daba voces a sus
criados que le dejasen a él y acorriesen a don Quijote, y a Cardenio, y a don
Fernando, que todos favorecían a don Quijote. El cura daba voces, la ventera
gritaba, su hija se afligía, Maritornes lloraba, Dorotea estaba confusa,
Luscinda suspensa y doña Clara desmayada. El barbero aporreaba a Sancho, Sancho
molía al barbero; don Luis, a quien un criado suyo se atrevió a asirle del brazo
porque no se fuese, le dio una puñada que le bañó los dientes en sangre; el
oidor le defendía, don Fernando tenía debajo de sus pies a un cuadrillero,
midiéndole el cuerpo con ellos muy a su sabor. El ventero tornó a reforzar la
voz, pidiendo favor a la Santa Hermandad: de modo que toda la venta era llantos,
voces, gritos, confusiones, temores, sobresaltos, desgracias, cuchilladas,
mojicones, palos, coces y efusión de sangre. Y, en la mitad deste caos, máquina
y laberinto de cosas, se le representó en la memoria de don Quijote que se veía
metido de hoz y de coz en la discordia del campo de Agramante; y así dijo, con
voz que atronaba la venta:

-¡Ténganse todos; todos envainen; todos se sosieguen; óiganme todos, si todos
quieren quedar con vida!

A cuya gran voz, todos se pararon, y él prosiguió diciendo:

-¿No os dije yo, señores, que este castillo era encantado, y que alguna región
de demonios debe de habitar en él? En confirmación de lo cual, quiero que veáis
por vuestros ojos cómo se ha pasado aquí y trasladado entre nosotros la
discordia del campo de Agramante. Mirad cómo allí se pelea por la espada, aquí
por el caballo, acullá por el águila, acá por el yelmo, y todos peleamos, y
todos no nos entendemos. Venga, pues, vuestra merced, señor oidor, y vuestra
merced, señor cura, y el uno sirva de rey Agramante, y el otro de rey Sobrino, y
pónganos en paz; porque por Dios Todopoderoso que es gran bellaquería que tanta
gente principal como aquí estamos se mate por causas tan livianas.

Los cuadrilleros, que no entendían el frasis de don Quijote, y se veían
malparados de don Fernando, Cardenio y sus camaradas, no querían sosegarse; el
barbero sí, porque en la pendencia tenía deshechas las barbas y el albarda;
Sancho, a la más mínima voz de su amo, obedeció como buen criado; los cuatro
criados de don Luis también se estuvieron quedos, viendo cuán poco les iba en no
estarlo. Sólo el ventero porfiaba que se habían de castigar las insolencias de
aquel loco, que a cada paso le alborotaba la venta. Finalmente, el rumor se
apaciguó por entonces, la albarda se quedó por jaez hasta el día del juicio, y
la bacía por yelmo y la venta por castillo en la imaginación de don Quijote.
Puestos, pues, ya en sosiego, y hechos amigos todos a persuasión del oidor y del
cura, volvieron los criados de don Luis a porfiarle que al momento se viniese
con ellos; y, en tanto que él con ellos se avenía, el oidor comunicó con don
Fernando, Cardenio y el cura qué debía hacer en aquel caso, contándoseles con
las razones que don Luis le había dicho. En fin, fue acordado que don Fernando
dijese a los criados de don Luis quién él era y cómo era su gusto que don Luis
se fuese con él al Andalucía, donde de su hermano el marqués sería estimado como
el valor de don Luis merecía; porque desta manera se sabía de la intención de
don Luis que no volvería por aquella vez a los ojos de su padre, si le hiciesen
pedazos. Entendida, pues, de los cuatro la calidad de don Fernando y la
intención de don Luis, determinaron entre ellos que los tres se volviesen a
contar lo que pasaba a su padre, y el otro se quedase a servir a don Luis, y a
no dejalle hasta que ellos volviesen por él, o viese lo que su padre les
ordenaba.

Desta manera se apaciguó aquella máquina de pendencias, por la autoridad de
Agramante y prudencia del rey Sobrino; pero, viéndose el enemigo de la concordia
y el émulo de la paz menospreciado y burlado, y el poco fruto que había
granjeado de haberlos puesto a todos en tan confuso laberinto, acordó de probar
otra vez la mano, resucitando nuevas pendencias y desasosiegos.

Es, pues, el caso que los cuadrilleros se sosegaron, por haber entreoído la
calidad de los que con ellos se habían combatido, y se retiraron de la
pendencia, por parecerles que, de cualquiera manera que sucediese, habían de
llevar lo peor de la batalla; pero uno dellos, que fue el que fue molido y
pateado por don Fernando, le vino a la memoria que, entre algunos mandamientos
que traía para prender a algunos delincuentes, traía uno contra don Quijote, a
quien la Santa Hermandad había mandado prender, por la libertad que dio a los
galeotes, y como Sancho, con mucha razón, había temido.

Imaginando, pues, esto, quiso certificarse si las señas que de don Quijote traía
venían bien, y, sacando del seno un pergamino, topó con el que buscaba; y,
poniéndosele a leer de espacio, porque no era buen lector, a cada palabra que
leía ponía los ojos en don Quijote, y iba cotejando las señas del mandamiento
con el rostro de don Quijote, y halló que, sin duda alguna, era el que el
mandamiento rezaba. Y, apenas se hubo certificado, cuando, recogiendo su
pergamino, en la izquierda tomó el mandamiento, y con la derecha asió a don
Quijote del cuello fuertemente, que no le dejaba alentar, y a grandes voces
decía:

-¡Favor a la Santa Hermandad! Y, para que se vea que lo pido de veras, léase
este mandamiento, donde se contiene que se prenda a este salteador de caminos.

Tomó el mandamiento el cura, y vio como era verdad cuanto el cuadrillero decía,
y cómo convenía con las señas con don Quijote; el cual, viéndose tratar mal de
aquel villano malandrín, puesta la cólera en su punto y crujiéndole los huesos
de su cuerpo, como mejor pudo él, asió al cuadrillero con entrambas manos de la
garganta, que, a no ser socorrido de sus compañeros, allí dejara la vida antes
que don Quijote la presa. El ventero, que por fuerza había de favorecer a los de
su oficio, acudió luego a dalle favor. La ventera, que vio de nuevo a su marido
en pendencias, de nuevo alzó la voz, cuyo tenor le llevaron luego Maritornes y
su hija, pidiendo favor al cielo y a los que allí estaban. Sancho dijo, viendo
lo que pasaba:

-¡Vive el Señor, que es verdad cuanto mi amo dice de los encantos deste
castillo, pues no es posible vivir una hora con quietud en él!

Don Fernando despartió al cuadrillero y a don Quijote, y, con gusto de
entrambos, les desenclavijó las manos, que el uno en el collar del sayo del uno,
y el otro en la garganta del otro, bien asidas tenían; pero no por esto cesaban
los cuadrilleros de pedir su preso, y que les ayudasen a dársele atado y
entregado a toda su voluntad, porque así convenía al servicio del rey y de la
Santa Hermandad, de cuya parte de nuevo les pedían socorro y favor para hacer
aquella prisión de aquel robador y salteador de sendas y de carreras. Reíase de
oír decir estas razones don Quijote; y, con mucho sosiego, dijo:

-Venid acá, gente soez y malnacida: ¿saltear de caminos llamáis al dar libertad
a los encadenados, soltar los presos, acorrer a los miserables, alzar los
caídos, remediar los menesterosos? ¡Ah gente infame, digna por vuestro bajo y
vil entendimiento que el cielo no os comunique el valor que se encierra en la
caballería andante, ni os dé a entender el pecado e ignorancia en que estáis en
no reverenciar la sombra, cuanto más la asistencia, de cualquier caballero
andante! Venid acá, ladrones en cuadrilla, que no cuadrilleros, salteadores de
caminos con licencia de la Santa Hermandad; decidme: ¿quién fue el ignorante que
firmó mandamiento de prisión contra un tal caballero como yo soy? ¿Quién el que
ignoró que son esentos de todo judicial fuero los caballeros andantes, y que su
ley es su espada; sus fueros, sus bríos; sus premáticas, su voluntad? ¿Quién fue
el mentecato, vuelvo a decir, que no sabe que no hay secutoria de hidalgo con
tantas preeminencias, ni esenciones, como la que adquiere un caballero andante
el día que se arma caballero y se entrega al duro ejercicio de la caballería?
¿Qué caballero andante pagó pecho, alcabala, chapín de la reina, moneda forera,
portazgo ni barca? ¿Qué sastre le llevó hechura de vestido que le hiciese? ¿Qué
castellano le acogió en su castillo que le hiciese pagar el escote? ¿Qué rey no
le asentó a su mesa? ¿Qué doncella no se le aficionó y se le entregó rendida, a
todo su talante y voluntad? Y, finalmente, ¿qué caballero andante ha habido, hay
ni habrá en el mundo, que no tenga bríos para dar él solo cuatrocientos palos a
cuatrocientos cuadrilleros que se le pongan delante?

Capítulo XLVI. De la notable aventura de los cuadrilleros, y la gran ferocidad
de nuestro buen caballero don Quijote

En tanto que don Quijote esto decía, estaba persuadiendo el cura a los
cuadrilleros como don Quijote era falto de juicio, como lo veían por sus obras y
por sus palabras, y que no tenían para qué llevar aquel negocio adelante, pues,
aunque le prendiesen y llevasen, luego le habían de dejar por loco; a lo que
respondió el del mandamiento que a él no tocaba juzgar de la locura de don
Quijote, sino hacer lo que por su mayor le era mandado, y que una vez preso,
siquiera le soltasen trecientas.

-Con todo eso -dijo el cura-, por esta vez no le habéis de llevar, ni aun él
dejará llevarse, a lo que yo entiendo.

En efeto, tanto les supo el cura decir, y tantas locuras supo don Quijote hacer,
que más locos fueran que no él los cuadrilleros si no conocieran la falta de don
Quijote; y así, tuvieron por bien de apaciguarse, y aun de ser medianeros de
hacer las paces entre el barbero y Sancho Panza, que todavía asistían con gran
rancor a su pendencia. Finalmente, ellos, como miembros de justicia, mediaron la
causa y fueron árbitros della, de tal modo que ambas partes quedaron, si no del
todo contentas, a lo menos en algo satisfechas, porque se trocaron las albardas,
y no las cinchas y jáquimas; y en lo que tocaba a lo del yelmo de Mambrino, el
cura, a socapa y sin que don Quijote lo entendiese, le dio por la bacía ocho
reales, y el barbero le hizo una cédula del recibo y de no llamarse a engaño por
entonces, ni por siempre jamás amén.

Sosegadas, pues, estas dos pendencias, que eran las más principales y de más
tomo, restaba que los criados de don Luis se contentasen de volver los tres, y
que el uno quedase para acompañarle donde don Fernando le quería llevar; y, como
ya la buena suerte y mejor fortuna había comenzado a romper lanzas y a facilitar
dificultades en favor de los amantes de la venta y de los valientes della, quiso
llevarlo al cabo y dar a todo felice suceso, porque los criados se contentaron
de cuanto don Luis quería; de que recibió tanto contento doña Clara, que ninguno
en aquella sazón la mirara al rostro que no conociera el regocijo de su alma.
Zoraida, aunque no entendía bien todos los sucesos que había visto, se
entristecía y alegraba a bulto, conforme veía y notaba los semblantes a cada
uno, especialmente de su español, en quien tenía siempre puestos los ojos y
traía colgada el alma. El ventero, a quien no se le pasó por alto la dádiva y
recompensa que el cura había hecho al barbero, pidió el escote de don Quijote,
con el menoscabo de sus cueros y falta de vino, jurando que no saldría de la
venta Rocinante, ni el jumento de Sancho, sin que se le pagase primero hasta el
último ardite. Todo lo apaciguó el cura, y lo pagó don Fernando, puesto que el
oidor, de muy buena voluntad, había también ofrecido la paga; y de tal manera
quedaron todos en paz y sosiego, que ya no parecía la venta la discordia del
campo de Agramante, como don Quijote había dicho, sino la misma paz y quietud
del tiempo de Otaviano; de todo lo cual fue común opinión que se debían dar las
gracias a la buena intención y mucha elocuencia del señor cura y a la
incomparable liberalidad de don Fernando.

Viéndose, pues, don Quijote libre y desembarazado de tantas pendencias, así de
su escudero como suyas, le pareció que sería bien seguir su comenzado viaje y
dar fin a aquella grande aventura para que había sido llamado y escogido; y así,
con resoluta determinación se fue a poner de hinojos ante Dorotea, la cual no le
consintió que hablase palabra hasta que se levantase; y él, por obedecella, se
puso en pie y le dijo:

-Es común proverbio, fermosa señora, que la diligencia es madre de la buena
ventura, y en muchas y graves cosas ha mostrado la experiencia que la solicitud
del negociante trae a buen fin el pleito dudoso; pero en ningunas cosas se
muestra más esta verdad que en las de la guerra, adonde la celeridad y presteza
previene los discursos del enemigo, y alcanza la vitoria antes que el contrario
se ponga en defensa. Todo esto digo, alta y preciosa señora, porque me parece
que la estada nuestra en este castillo ya es sin provecho, y podría sernos de
tanto daño que lo echásemos de ver algún día; porque, ¿quién sabe si por ocultas
espías y diligentes habrá sabido ya vuestro enemigo el gigante de que yo voy a
destruille?; y, dándole lugar el tiempo, se fortificase en algún inexpugnable
castillo o fortaleza contra quien valiesen poco mis diligencias y la fuerza de
mi incansable brazo. Así que, señora mía, prevengamos, como tengo dicho, con
nuestra diligencia sus designios, y partámonos luego a la buena ventura; que no
está más de tenerla vuestra grandeza como desea, de cuanto yo tarde de verme con
vuestro contrario.

Calló y no dijo más don Quijote, y esperó con mucho sosiego la respuesta de la
fermosa infanta; la cual, con ademán señoril y acomodado al estilo de don
Quijote, le respondió desta manera:

-Yo os agradezco, señor caballero, el deseo que mostráis tener de favorecerme en
mi gran cuita, bien así como caballero, a quien es anejo y concerniente
favorecer los huérfanos y menesterosos; y quiera el cielo que el vuestro y mi
deseo se cumplan, para que veáis que hay agradecidas mujeres en el mundo. Y en
lo de mi partida, sea luego; que yo no tengo más voluntad que la vuestra:
disponed vos de mí a toda vuestra guisa y talante; que la que una vez os entregó
la defensa de su persona y puso en vuestras manos la restauración de sus
señoríos no ha de querer ir contra lo que la vuestra prudencia ordenare.

-A la mano de Dios -dijo don Quijote-; pues así es que una señora se me humilla,
no quiero yo perder la ocasión de levantalla y ponella en su heredado trono. La
partida sea luego, porque me va poniendo espuelas al deseo y al camino lo que
suele decirse que en la tardanza está el peligro. Y, pues no ha criado el cielo,
ni visto el infierno, ninguno que me espante ni acobarde, ensilla, Sancho, a
Rocinante, y apareja tu jumento y el palafrén de la reina, y despidámonos del
castellano y destos señores, y vamos de aquí luego al punto.

Sancho, que a todo estaba presente, dijo, meneando la cabeza a una parte y a
otra:

-¡Ay señor, señor, y cómo hay más mal en el aldegüela que se suena, con perdón
sea dicho de las tocadas honradas!

-¿Qué mal puede haber en ninguna aldea, ni en todas las ciudades del mundo, que
pueda sonarse en menoscabo mío, villano?

-Si vuestra merced se enoja -respondió Sancho-, yo callaré, y dejaré de decir lo
que soy obligado como buen escudero, y como debe un buen criado decir a su
señor.

-Di lo que quisieres -replicó don Quijote-, como tus palabras no se encaminen a
ponerme miedo; que si tú le tienes, haces como quien eres, y si yo no le tengo,
hago como quien soy.

-No es eso, ¡pecador fui yo a Dios! -respondió Sancho-, sino que yo tengo por
cierto y por averiguado que esta señora que se dice ser reina del gran reino
Micomicón no lo es más que mi madre; porque, a ser lo que ella dice, no se
anduviera hocicando con alguno de los que están en la rueda, a vuelta de cabeza
y a cada traspuesta.

Paróse colorada con las razones de Sancho Dorotea, porque era verdad que su
esposo don Fernando, alguna vez, a hurto de otros ojos, había cogido con los
labios parte del premio que merecían sus deseos (lo cual había visto Sancho, y
pareciéndole que aquella desenvoltura más era de dama cortesana que de reina de
tan gran reino), y no pudo ni quiso responder palabra a Sancho, sino dejóle
proseguir en su plática, y él fue diciendo:

-Esto digo, señor, porque, si al cabo de haber andado caminos y carreras, y
pasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el fruto de nuestros
trabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darme priesa a
que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrén, pues será
mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos.

¡Oh, válame Dios, y cuán grande que fue el enojo que recibió don Quijote, oyendo
las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que, con voz
atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos, dijo:

-¡Oh bellaco villano, mal mirado, descompuesto, ignorante, infacundo,
deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras has osado decir
en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y tales deshonestidades y
atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación? ¡Vete de mi presencia,
monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de
bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro
que se debe a las reales personas! ¡Vete; no parezcas delante de mí, so pena de
mi ira!

Y, diciendo esto, enarcó las cejas, hinchó los carrillos, miró a todas partes, y
dio con el pie derecho una gran patada en el suelo, señales todas de la ira que
encerraba en sus entrañas. A cuyas palabras y furibundos ademanes quedó Sancho
tan encogido y medroso, que se holgara que en aquel instante se abriera debajo
de sus pies la tierra y le tragara. Y no supo qué hacerse, sino volver las
espaldas y quitarse de la enojada presencia de su señor. Pero la discreta
Dorotea, que tan entendido tenía ya el humor de don Quijote, dijo, para
templarle la ira:

-No os despechéis, señor Caballero de la Triste Figura, de las sandeces que
vuestro buen escudero ha dicho, porque quizá no las debe de decir sin ocasión,
ni de su buen entendimiento y cristiana conciencia se puede sospechar que
levante testimonio a nadie; y así, se ha de creer, sin poner duda en ello, que,
como en este castillo, según vos, señor caballero, decís, todas las cosas van y
suceden por modo de encantamento, podría ser, digo, que Sancho hubiese visto por
esta diabólica vía lo que él dice que vio, tan en ofensa de mi honestidad.

-Por el omnipotente Dios juro -dijo a esta sazón don Quijote-, que la vuestra
grandeza ha dado en el punto, y que alguna mala visión se le puso delante a este
pecador de Sancho, que le hizo ver lo que fuera imposible verse de otro modo que
por el de encantos no fuera; que sé yo bien de la bondad e inocencia deste
desdichado, que no sabe levantar testimonios a nadie.

-Ansí es y ansí será -dijo don Fernando-; por lo cual debe vuestra merced, señor
don Quijote, perdonalle y reducille al gremio de su gracia, sicut erat in
principio, antes que las tales visiones le sacasen de juicio. Don Quijote
respondió que él le perdonaba, y el cura fue por Sancho, el cual vino muy
humilde, y, hincándose de rodillas, pidió la mano a su amo; y él se la dio, y,
después de habérsela dejado besar, le echó la bendición, diciendo:

-Agora acabarás de conocer, Sancho hijo, ser verdad lo que yo otras muchas veces
te he dicho de que todas las cosas deste castillo son hechas por vía de
encantamento.

-Así lo creo yo -dijo Sancho-, excepto aquello de la manta, que realmente
sucedió por vía ordinaria.

-No lo creas -respondió don Quijote-; que si así fuera, yo te vengara entonces,
y aun agora; pero ni entonces ni agora pude ni vi en quién tomar venganza de tu
agravio.

Desearon saber todos qué era aquello de la manta, y el ventero lo contó, punto
por punto: la volatería de Sancho Panza, de que no poco se rieron todos; y de
que no menos se corriera Sancho, si de nuevo no le asegurara su amo que era
encantamento; puesto que jamás llegó la sandez de Sancho a tanto, que creyese no
ser verdad pura y averiguada, sin mezcla de engaño alguno, lo de haber sido
manteado por personas de carne y hueso, y no por fantasmas soñadas ni
imaginadas, como su señor lo creía y lo afirmaba.

Dos días eran ya pasados los que había que toda aquella ilustre compañía estaba
en la venta; y, pareciéndoles que ya era tiempo de partirse, dieron orden para
que, sin ponerse al trabajo de volver Dorotea y don Fernando con don Quijote a
su aldea, con la invención de la libertad de la reina Micomicona, pudiesen el
cura y el barbero llevársele, como deseaban, y procurar la cura de su locura en
su tierra. Y lo que ordenaron fue que se concertaron con un carretero de bueyes
que acaso acertó a pasar por allí, para que lo llevase en esta forma: hicieron
una como jaula de palos enrejados, capaz que pudiese en ella caber holgadamente
don Quijote; y luego don Fernando y sus camaradas, con los criados de don Luis y
los cuadrilleros, juntamente con el ventero, todos por orden y parecer del cura,
se cubrieron los rostros y se disfrazaron, quién de una manera y quién de otra,
de modo que a don Quijote le pareciese ser otra gente de la que en aquel
castillo había visto.

Hecho esto, con grandísimo silencio se entraron adonde él estaba durmiendo y
descansando de las pasadas refriegas. Llegáronse a él, que libre y seguro de tal
acontecimiento dormía, y, asiéndole fuertemente, le ataron muy bien las manos y
los pies, de modo que, cuando él despertó con sobresalto, no pudo menearse, ni
hacer otra cosa más que admirarse y suspenderse de ver delante de sí tan
estraños visajes; y luego dio en la cuenta de lo que su continua y desvariada
imaginación le representaba, y se creyó que todas aquellas figuras eran
fantasmas de aquel encantado castillo, y que, sin duda alguna, ya estaba
encantado, pues no se podía menear ni defender: todo a punto como había pensado
que sucedería el cura, trazador desta máquina. Sólo Sancho, de todos los
presentes, estaba en su mesmo juicio y en su mesma figura; el cual, aunque le
faltaba bien poco para tener la mesma enfermedad de su amo, no dejó de conocer
quién eran todas aquellas contrahechas figuras; mas no osó descoser su boca,
hasta ver en qué paraba aquel asalto y prisión de su amo, el cual tampoco
hablaba palabra, atendiendo a ver el paradero de su desgracia; que fue que,
trayendo allí la jaula, le encerraron dentro, y le clavaron los maderos tan
fuertemente que no se pudieran romper a dos tirones.

Tomáronle luego en hombros, y, al salir del aposento, se oyó una voz temerosa,
todo cuanto la supo formar el barbero, no el del albarda, sino el otro, que
decía:

-¡Oh Caballero de la Triste Figura!, no te dé afincamiento la prisión en que
vas, porque así conviene para acabar más presto la aventura en que tu gran
esfuerzo te puso; la cual se acabará cuando el furibundo león manchado con la
blanca paloma tobosina yoguieren en uno, ya después de humilladas las altas
cervices al blando yugo matrimoñesco; de cuyo inaudito consorcio saldrán a la
luz del orbe los bravos cachorros, que imitarán las rumpantes garras del
valeroso padre. Y esto será antes que el seguidor de la fugitiva ninfa faga dos
vegadas la visita de las lucientes imágines con su rápido y natural curso. Y tú,
¡oh, el más noble y obediente escudero que tuvo espada en cinta, barbas en
rostro y olfato en las narices!, no te desmaye ni descontente ver llevar ansí
delante de tus ojos mesmos a la flor de la caballería andante; que presto, si al
plasmador del mundo le place, te verás tan alto y tan sublimado que no te
conozcas, y no saldrán defraudadas las promesas que te ha fecho tu buen señor. Y
asegúrote, de parte de la sabia Mentironiana, que tu salario te sea pagado, como
lo verás por la obra; y sigue las pisadas del valeroso y encantado caballero,
que conviene que vayas donde paréis entrambos. Y, porque no me es lícito decir
otra cosa, a Dios quedad, que yo me vuelvo adonde yo me sé.

Y, al acabar de la profecía, alzó la voz de punto, y diminuyóla después, con tan
tierno acento, que aun los sabidores de la burla estuvieron por creer que era
verdad lo que oían.

Quedó don Quijote consolado con la escuchada profecía, porque luego coligió de
todo en todo la significación de ella; y vio que le prometían el verse ayuntados
en santo y debido matrimonio con su querida Dulcinea del Toboso, de cuyo felice
vientre saldrían los cachorros, que eran sus hijos, para gloria perpetua de la
Mancha. Y, creyendo esto bien y firmemente, alzó la voz, y, dando un gran
suspiro, dijo:

-¡Oh tú, quienquiera que seas, que tanto bien me has pronosticado!, ruégote que
pidas de mi parte al sabio encantador que mis cosas tiene a cargo, que no me
deje perecer en esta prisión donde agora me llevan, hasta ver cumplidas tan
alegres e incomparables promesas como son las que aquí se me han hecho; que,
como esto sea, tendré por gloria las penas de mi cárcel, y por alivio estas
cadenas que me ciñen, y no por duro campo de batalla este lecho en que me
acuestan, sino por cama blanda y tálamo dichoso. Y, en lo que toca a la
consolación de Sancho Panza, mi escudero, yo confío de su bondad y buen proceder
que no me dejará en buena ni en mala suerte; porque, cuando no suceda, por la
suya o por mi corta ventura, el poderle yo dar la ínsula, o otra cosa
equivalente que le tengo prometida, por lo menos su salario no podrá perderse;
que en mi testamento, que ya está hecho, dejo declarado lo que se le ha de dar,
no conforme a sus muchos y buenos servicios, sino a la posibilidad mía.
Sancho Panza se le inclinó con mucho comedimiento, y le besó entrambas las
manos, porque la una no pudiera, por estar atadas entrambas.

Luego tomaron la jaula en hombros aquellas visiones, y la acomodaron en el carro
de los bueyes.

Capítulo XLVII. Del estraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha,
con otros famosos sucesos

Cuando don Quijote se vio de aquella manera enjaulado y encima del carro, dijo:

-Muchas y muy graves historias he yo leído de caballeros andantes, pero jamás he
leído, ni visto, ni oído, que a los caballeros encantados los lleven desta
manera y con el espacio que prometen estos perezosos y tardíos animales; porque
siempre los suelen llevar por los aires, con estraña ligereza, encerrados en
alguna parda y escura nube, o en algún carro de fuego, o ya sobre algún
hipogrifo o otra bestia semejante; pero que me lleven a mí agora sobre un carro
de bueyes, ¡vive Dios que me pone en confusión! Pero quizá la caballería y los
encantos destos nuestros tiempos deben de seguir otro camino que siguieron los
antiguos. Y también podría ser que, como yo soy nuevo caballero en el mundo, y
el primero que ha resucitado el ya olvidado ejercicio de la caballería
aventurera, también nuevamente se hayan inventado otros géneros de encantamentos
y otros modos de llevar a los encantados. ¿Qué te parece desto, Sancho hijo?

-No sé yo lo que me parece -respondió Sancho-, por no ser tan leído como vuestra
merced en las escrituras andantes; pero, con todo eso, osaría afirmar y jurar
que estas visiones que por aquí andan, que no son del todo católicas.

-¿Católicas? ¡Mi padre! -respondió don Quijote-. ¿Cómo han de ser católicas si
son todos demonios que han tomado cuerpos fantásticos para venir a hacer esto y
a ponerme en este estado? Y si quieres ver esta verdad, tócalos y pálpalos, y
verás como no tienen cuerpo sino de aire, y como no consiste más de en la
apariencia.

-Par Dios, señor -replicó Sancho-, ya yo los he tocado; y este diablo que aquí
anda tan solícito es rollizo de carnes, y tiene otra propiedad muy diferente de
la que yo he oído decir que tienen los demonios; porque, según se dice, todos
huelen a piedra azufre y a otros malos olores; pero éste huele a ámbar de media
legua.

Decía esto Sancho por don Fernando, que, como tan señor, debía de oler a lo que
Sancho decía.

-No te maravilles deso, Sancho amigo -respondió don Quijote-, porque te hago
saber que los diablos saben mucho, y, puesto que traigan olores consigo, ellos
no huelen nada, porque son espíritus, y si huelen, no pueden oler cosas buenas,
sino malas y hidiondas. Y la razón es que como ellos, dondequiera que están,
traen el infierno consigo, y no pueden recebir género de alivio alguno en sus
tormentos, y el buen olor sea cosa que deleita y contenta, no es posible que
ellos huelan cosa buena. Y si a ti te parece que ese demonio que dices huele a
ámbar, o tú te engañas, o él quiere engañarte con hacer que no le tengas por
demonio.

Todos estos coloquios pasaron entre amo y criado; y, temiendo don Fernando y
Cardenio que Sancho no viniese a caer del todo en la cuenta de su invención, a
quien andaba ya muy en los alcances, determinaron de abreviar con la partida; y,
llamando aparte al ventero, le ordenaron que ensillase a Rocinante y enalbardase
el jumento de Sancho; el cual lo hizo con mucha presteza.

Ya en esto, el cura se había concertado con los cuadrilleros que le acompañasen
hasta su lugar, dándoles un tanto cada día. Colgó Cardenio del arzón de la silla
de Rocinante, del un cabo la adarga y del otro la bacía, y por señas mandó a
Sancho que subiese en su asno y tomase de las riendas a Rocinante, y puso a los
dos lados del carro a los dos cuadrilleros con sus escopetas. Pero, antes que se
moviese el carro, salió la ventera, su hija y Maritornes a despedirse de don
Quijote, fingiendo que lloraban de dolor de su desgracia; a quien don Quijote
dijo:

-No lloréis, mis buenas señoras, que todas estas desdichas son anexas a los que
profesan lo que yo profeso; y si estas calamidades no me acontecieran, no me
tuviera yo por famoso caballero andante; porque a los caballeros de poco nombre
y fama nunca les suceden semejantes casos, porque no hay en el mundo quien se
acuerde dellos. A los valerosos sí, que tienen envidiosos de su virtud y
valentía a muchos príncipes y a muchos otros caballeros, que procuran por malas
vías destruir a los buenos. Pero, con todo eso, la virtud es tan poderosa que,
por sí sola, a pesar de toda la nigromancia que supo su primer inventor,
Zoroastes, saldrá vencedora de todo trance, y dará de sí luz en el mundo, como
la da el sol en el cielo. Perdonadme, fermosas damas, si algún desaguisado, por
descuido mío, os he fecho, que, de voluntad y a sabiendas, jamás le di a nadie;
y rogad a Dios me saque destas prisiones, donde algún mal intencionado
encantador me ha puesto; que si de ellas me veo libre, no se me caerá de la
memoria las mercedes que en este castillo me habedes fecho, para gratificallas,
servillas y recompensallas como ellas merecen.

En tanto que las damas del castillo esto pasaban con don Quijote, el cura y el
barbero se despidieron de don Fernando y sus camaradas, y del capitán y de su
hermano y todas aquellas contentas señoras, especialmente de Dorotea y Luscinda.
Todos se abrazaron y quedaron de darse noticia de sus sucesos, diciendo don
Fernando al cura dónde había de escribirle para avisarle en lo que paraba don
Quijote, asegurándole que no habría cosa que más gusto le diese que saberlo; y
que él, asimesmo, le avisaría de todo aquello que él viese que podría darle
gusto, así de su casamiento como del bautismo de Zoraida, y suceso de don Luis,
y vuelta de Luscinda a su casa. El cura ofreció de hacer cuanto se le mandaba,
con toda puntualidad. Tornaron a abrazarse otra vez, y otra vez tornaron a
nuevos ofrecimientos.

El ventero se llegó al cura y le dio unos papeles, diciéndole que los había
hallado en un aforro de la maleta donde se halló la Novela del curioso
impertinente, y que, pues su dueño no había vuelto más por allí, que se los
llevase todos; que, pues él no sabía leer, no los quería. El cura se lo
agradeció, y, abriéndolos luego, vio que al principio de lo escrito decía:
Novela de Rinconete y Cortadillo, por donde entendió ser alguna novela y coligió
que, pues la del Curioso impertinente había sido buena, que también lo sería
aquélla, pues podría ser fuesen todas de un mesmo autor; y así, la guardó, con
prosupuesto de leerla cuando tuviese comodidad.

Subió a caballo, y también su amigo el barbero, con sus antifaces, porque no
fuesen luego conocidos de don Quijote, y pusiéronse a caminar tras el carro. Y
la orden que llevaban era ésta: iba primero el carro, guiándole su dueño; a los
dos lados iban los cuadrilleros, como se ha dicho, con sus escopetas; seguía
luego Sancho Panza sobre su asno, llevando de rienda a Rocinante. Detrás de todo
esto iban el cura y el barbero sobre sus poderosas mulas, cubiertos los rostros,
como se ha dicho, con grave y reposado continente, no caminando más de lo que
permitía el paso tardo de los bueyes. Don Quijote iba sentado en la jaula, las
manos atadas, tendidos los pies, y arrimado a las verjas, con tanto silencio y
tanta paciencia como si no fuera hombre de carne, sino estatua de piedra.
Y así, con aquel espacio y silencio caminaron hasta dos leguas, que llegaron a
un valle, donde le pareció al boyero ser lugar acomodado para reposar y dar
pasto a los bueyes; y, comunicándolo con el cura, fue de parecer el barbero que
caminasen un poco más, porque él sabía, detrás de un recuesto que cerca de allí
se mostraba, había un valle de más yerba y mucho mejor que aquel donde parar
querían. Tomóse el parecer del barbero, y así, tornaron a proseguir su camino.
En esto, volvió el cura el rostro, y vio que a sus espaldas venían hasta seis o
siete hombres de a caballo, bien puestos y aderezados, de los cuales fueron
presto alcanzados, porque caminaban no con la flema y reposo de los bueyes, sino
como quien iba sobre mulas de canónigos y con deseo de llegar presto a sestear a
la venta, que menos de una legua de allí se parecía. Llegaron los diligentes a
los perezosos y saludáronse cortésmente; y uno de los que venían, que, en
resolución, era canónigo de Toledo y señor de los demás que le acompañaban,
viendo la concertada procesión del carro, cuadrilleros, Sancho, Rocinante, cura
y barbero, y más a don Quijote, enjaulado y aprisionado, no pudo dejar de
preguntar qué significaba llevar aquel hombre de aquella manera; aunque ya se
había dado a entender, viendo las insignias de los cuadrilleros, que debía de
ser algún facinoroso salteador, o otro delincuente cuyo castigo tocase a la
Santa Hermandad. Uno de los cuadrilleros, a quien fue hecha la pregunta,
respondió ansí:

-Señor, lo que significa ir este caballero desta manera, dígalo él, porque
nosotros no lo sabemos.

Oyó don Quijote la plática, y dijo:

-¿Por dicha vuestras mercedes, señores caballeros, son versados y perictos en
esto de la caballería andante? Porque si lo son, comunicaré con ellos mis
desgracias, y si no, no hay para qué me canse en decillas.

Y, a este tiempo, habían ya llegado el cura y el barbero, viendo que los
caminantes estaban en pláticas con don Quijote de la Mancha, para responder de
modo que no fuese descubierto su artificio.

El canónigo, a lo que don Quijote dijo, respondió:

-En verdad, hermano, que sé más de libros de caballerías que de las Súmulas de
Villalpando. Ansí que, si no está más que en esto, seguramente podéis comunicar
conmigo lo que quisiéredes.

-A la mano de Dios -replicó don Quijote-. Pues así es, quiero, señor caballero,
que sepades que yo voy encantado en esta jaula, por envidia y fraude de malos
encantadores; que la virtud más es perseguida de los malos que amada de los
buenos. Caballero andante soy, y no de aquellos de cuyos nombres jamás la Fama
se acordó para eternizarlos en su memoria, sino de aquellos que, a despecho y
pesar de la mesma envidia, y de cuantos magos crió Persia, bracmanes la India,
ginosofistas la Etiopía, ha de poner su nombre en el templo de la inmortalidad
para que sirva de ejemplo y dechado en los venideros siglos, donde los
caballeros andantes vean los pasos que han de seguir, si quisieren llegar a la
cumbre y alteza honrosa de las armas.

-Dice verdad el señor don Quijote de la Mancha -dijo a esta sazón el cura-; que
él va encantado en esta carreta, no por sus culpas y pecados, sino por la mala
intención de aquellos a quien la virtud enfada y la valentía enoja. Éste es,
señor, el Caballero de la Triste Figura, si ya le oístes nombrar en algún
tiempo, cuyas valerosas hazañas y grandes hechos serán escritas en bronces duros
y en eternos mármoles, por más que se canse la envidia en escurecerlos y la
malicia en ocultarlos.

Cuando el canónigo oyó hablar al preso y al libre en semejante estilo, estuvo
por hacerse la cruz, de admirado, y no podía saber lo que le había acontencido;
y en la mesma admiración cayeron todos los que con él venían. En esto, Sancho
Panza, que se había acercado a oír la plática, para adobarlo todo, dijo:

-Ahora, señores, quiéranme bien o quiéranme mal por lo que dijere, el caso de
ello es que así va encantado mi señor don Quijote como mi madre; él tiene su
entero juicio, él come y bebe y hace sus necesidades como los demás hombres, y
como las hacía ayer, antes que le enjaulasen. Siendo esto ansí, ¿cómo quieren
hacerme a mí entender que va encantado? Pues yo he oído decir a muchas personas
que los encantados ni comen, ni duermen, ni hablan, y mi amo, si no le van a la
mano, hablará más que treinta procuradores.

Y, volviéndose a mirar al cura, prosiguió diciendo:

-¡Ah señor cura, señor cura! ¿Pensaba vuestra merced que no le conozco, y
pensará que yo no calo y adivino adónde se encaminan estos nuevos encantamentos?
Pues sepa que le conozco, por más que se encubra el rostro, y sepa que le
entiendo, por más que disimule sus embustes. En fin, donde reina la envidia no
puede vivir la virtud, ni adonde hay escaseza la liberalidad. !Mal haya el
diablo!; que, si por su reverencia no fuera, ésta fuera ya la hora que mi señor
estuviera casado con la infanta Micomicona, y yo fuera conde, por lo menos, pues
no se podía esperar otra cosa, así de la bondad de mi señor el de la Triste
Figura como de la grandeza de mis servicios. Pero ya veo que es verdad lo que se
dice por ahí: que la rueda de la Fortuna anda más lista que una rueda de molino,
y que los que ayer estaban en pinganitos hoy están por el suelo. De mis hijos y
de mi mujer me pesa, pues cuando podían y debían esperar ver entrar a su padre
por sus puertas hecho gobernador o visorrey de alguna ínsula o reino, le verán
entrar hecho mozo de caballos. Todo esto que he dicho, señor cura, no es más de
por encarecer a su paternidad haga conciencia del mal tratamiento que a mi señor
se le hace, y mire bien no le pida Dios en la otra vida esta prisión de mi amo,
y se le haga cargo de todos aquellos socorros y bienes que mi señor don Quijote
deja de hacer en este tiempo que está preso.

-¡Adóbame esos candiles! -dijo a este punto el barbero-. ¿También vos, Sancho,
sois de la cofradía de vuestro amo? ¡Vive el Señor, que voy viendo que le habéis
de tener compañía en la jaula, y que habéis de quedar tan encantado como él, por
lo que os toca de su humor y de su caballería! En mal punto os empreñastes de
sus promesas, y en mal hora se os entró en los cascos la ínsula que tanto
deseáis.

-Yo no estoy preñado de nadie -respondió Sancho-, ni soy hombre que me dejaría
empreñar, del rey que fuese; y, aunque pobre, soy cristiano viejo, y no debo
nada a nadie; y si ínsulas deseo, otros desean otras cosas peores; y cada uno es
hijo de sus obras; y, debajo de ser hombre, puedo venir a ser papa, cuanto más
gobernador de una ínsula, y más pudiendo ganar tantas mi señor que le falte a
quien dallas. Vuestra merced mire cómo habla, señor barbero; que no es todo
hacer barbas, y algo va de Pedro a Pedro. Dígolo porque todos nos conocemos, y a
mí no se me ha de echar dado falso. Y en esto del encanto de mi amo, Dios sabe
la verdad; y quédese aquí, porque es peor meneallo.

No quiso responder el barbero a Sancho, porque no descubriese con sus
simplicidades lo que él y el cura tanto procuraban encubrir; y, por este mesmo
temor, había el cura dicho al canónigo que caminasen un poco delante: que él le
diría el misterio del enjaulado, con otras cosas que le diesen gusto. Hízolo así
el canónigo, y adelantóse con sus criados y con él: estuvo atento a todo aquello
que decirle quiso de la condición, vida, locura y costumbres de don Quijote,
contándole brevemente el principio y causa de su desvarío, y todo el progreso de
sus sucesos, hasta haberlo puesto en aquella jaula, y el disignio que llevaban
de llevarle a su tierra, para ver si por algún medio hallaban remedio a su
locura. Admiráronse de nuevo los criados y el canónigo de oír la peregrina
historia de don Quijote, y, en acabándola de oír, dijo:

-Verdaderamente, señor cura, yo hallo por mi cuenta que son perjudiciales en la
república estos que llaman libros de caballerías; y, aunque he leído, llevado de
un ocioso y falso gusto, casi el principio de todos los más que hay impresos,
jamás me he podido acomodar a leer ninguno del principio al cabo, porque me
parece que, cuál más, cuál menos, todos ellos son una mesma cosa, y no tiene más
éste que aquél, ni estotro que el otro. Y, según a mí me parece, este género de
escritura y composición cae debajo de aquel de las fábulas que llaman milesias,
que son cuentos disparatados, que atienden solamente a deleitar, y no a enseñar:
al contrario de lo que hacen las fábulas apólogas, que deleitan y enseñan
juntamente. Y, puesto que el principal intento de semejantes libros sea el
deleitar, no sé yo cómo puedan conseguirle, yendo llenos de tantos y tan
desaforados disparates; que el deleite que en el alma se concibe ha de ser de la
hermosura y concordancia que vee o contempla en las cosas que la vista o la
imaginación le ponen delante; y toda cosa que tiene en sí fealdad y
descompostura no nos puede causar contento alguno. Pues, ¿qué hermosura puede
haber, o qué proporción de partes con el todo y del todo con las partes, en un
libro o fábula donde un mozo de diez y seis años da una cuchillada a un gigante
como una torre, y le divide en dos mitades, como si fuera de alfeñique; y que,
cuando nos quieren pintar una batalla, después de haber dicho que hay de la
parte de los enemigos un millón de competientes, como sea contra ellos el señor
del libro, forzosamente, mal que nos pese, habemos de entender que el tal
caballero alcanzó la vitoria por solo el valor de su fuerte brazo? Pues, ¿qué
diremos de la facilidad con que una reina o emperatriz heredera se conduce en
los brazos de un andante y no conocido caballero? ¿Qué ingenio, si no es del
todo bárbaro e inculto, podrá contentarse leyendo que una gran torre llena de
caballeros va por la mar adelante, como nave con próspero viento, y hoy anochece
en Lombardía, y mañana amanezca en tierras del Preste Juan de las Indias, o en
otras que ni las descubrió Tolomeo ni las vio Marco Polo? Y, si a esto se me
respondiese que los que tales libros componen los escriben como cosas de
mentira, y que así, no están obligados a mirar en delicadezas ni verdades,
responderles hía yo que tanto la mentira es mejor cuanto más parece verdadera, y
tanto más agrada cuanto tiene más de lo dudoso y posible. Hanse de casar las
fábulas mentirosas con el entendimiento de los que las leyeren, escribiéndose de
suerte que, facilitando los imposibles, allanando las grandezas, suspendiendo
los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un
mismo paso la admiración y la alegría juntas; y todas estas cosas no podrá hacer
el que huyere de la verisimilitud y de la imitación, en quien consiste la
perfeción de lo que se escribe. No he visto ningún libro de caballerías que haga
un cuerpo de fábula entero con todos sus miembros, de manera que el medio
corresponda al principio, y el fin al principio y al medio; sino que los
componen con tantos miembros, que más parece que llevan intención a formar una
quimera o un monstruo que a hacer una figura proporcionada. Fuera desto, son en
el estilo duros; en las hazañas, increíbles; en los amores, lascivos; en las
cortesías, mal mirados; largos en las batallas, necios en las razones,
disparatados en los viajes, y, finalmente, ajenos de todo discreto artificio, y
por esto dignos de ser desterrados de la república cristiana, como a gente
inútil.

El cura le estuvo escuchando con grande atención, y parecióle hombre de buen
entendimiento, y que tenía razón en cuanto decía; y así, le dijo que, por ser él
de su mesma opinión y tener ojeriza a los libros de caballerías, había quemado
todos los de don Quijote, que eran muchos. Y contóle el escrutinio que dellos
había hecho, y los que había condenado al fuego y dejado con vida, de que no
poco se rió el canónigo, y dijo que, con todo cuanto mal había dicho de tales
libros, hallaba en ellos una cosa buena: que era el sujeto que ofrecían para que
un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso
campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, descubriendo
naufragios, tormentas, rencuentros y batallas; pintando un capitán valeroso con
todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo
las astucias de sus enemigos, y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a
sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el
esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico suceso, ahora
un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta,
discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un
desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado;
representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya
puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en
las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si
quisiere. Puede mostrar las astucias de Ulixes, la piedad de Eneas, la valentía
de Aquiles, las desgracias de Héctor, las traiciones de Sinón, la amistad de
Eurialio, la liberalidad de Alejandro, el valor de César, la clemencia y verdad
de Trajano, la fidelidad de Zopiro, la prudencia de Catón; y, finalmente, todas
aquellas acciones que pueden hacer perfecto a un varón ilustre, ahora
poniéndolas en uno solo, ahora dividiéndolas en muchos.

-Y, siendo esto hecho con apacibilidad de estilo y con ingeniosa invención, que
tire lo más que fuere posible a la verdad, sin duda compondrá una tela de varios
y hermosos lazos tejida, que, después de acabada, tal perfeción y hermosura
muestre, que consiga el fin mejor que se pretende en los escritos, que es
enseñar y deleitar juntamente, como ya tengo dicho. Porque la escritura desatada
destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico,
cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y
agradables ciencias de la poesía y de la oratoria; que la épica también puede
escrebirse en prosa como en verso.

Capítulo XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de
caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio

-Así es como vuestra merced dice, señor canónigo -dijo el cura-, y por esta
causa son más dignos de reprehensión los que hasta aquí han compuesto semejantes
libros sin tener advertencia a ningún buen discurso, ni al arte y reglas por
donde pudieran guiarse y hacerse famosos en prosa, como lo son en verso los dos
príncipes de la poesía griega y latina.

-Yo, a lo menos -replicó el canónigo-, he tenido cierta tentación de hacer un
libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y si
he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas. Y para hacer la
experiencia de si correspondían a mi estimación, las he comunicado con hombres
apasionados desta leyenda, dotos y discretos, y con otros ignorantes, que sólo
atienden al gusto de oír disparates, y de todos he hallado una agradable
aprobación; pero, con todo esto, no he proseguido adelante, así por parecerme
que hago cosa ajena de mi profesión, como por ver que es más el número de los
simples que de los prudentes; y que, puesto que es mejor ser loado de los pocos
sabios que burlado de los muchos necios, no quiero sujetarme al confuso juicio
del desvanecido vulgo, a quien por la mayor parte toca leer semejantes libros.
Pero lo que más me le quitó de las manos, y aun del pensamiento, de acabarle,
fue un argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se
representa, diciendo: “Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las
de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies
ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las
aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y
los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere
el vulgo, y no de otra manera; y que las que llevan traza y siguen la fábula
como el arte pide, no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y
todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les
está mejor ganar de comer con los muchos, que no opinión con los pocos, deste
modo vendrá a ser un libro, al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los
preceptos referidos, y vendré a ser el sastre del cantillo”. Y, aunque algunas
veces he procurado persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión
que tienen, y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias
que hagan el arte que no con las disparatadas, y están tan asidos y encorporados
en su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque. Acuérdome que un
día dije a uno destos pertinaces: “Decidme, ¿no os acordáis que ha pocos años
que se representaron en España tres tragedias que compuso un famoso poeta destos
reinos, las cuales fueron tales, que admiraron, alegraron y suspendieron a todos
cuantos las oyeron, así simples como prudentes, así del vulgo como de los
escogidos, y dieron más dineros a los representantes ellas tres solas que
treinta de las mejores que después acá se han hecho?” “Sin duda -respondió el
autor que digo-, que debe de decir vuestra merced por La Isabela, La Filis y La
Alejandra”. “Por ésas digo -le repliqué yo-; y mirad si guardaban bien los
preceptos del arte, y si por guardarlos dejaron de parecer lo que eran y de
agradar a todo el mundo. Así que no está la falta en el vulgo, que pide
disparates, sino en aquellos que no saben representar otra cosa. Sí, que no fue
disparate La ingratitud vengada, ni le tuvo La Numancia, ni se le halló en la
del Mercader amante, ni menos en La enemiga favorable, ni en otras algunas que
de algunos entendidos poetas han sido compuestas, para fama y renombre suyo, y
para ganancia de los que las han representado”. Y otras cosas añadí a éstas,
con que, a mi parecer, le dejé algo confuso, pero no satisfecho ni convencido
para sacarle de su errado pensamiento.

-En materia ha tocado vuestra merced, señor canónigo-dijo a esta sazón el cura-,
que ha despertado en mí un antiguo rancor que tengo con las comedias que agora
se usan, tal, que iguala al que tengo con los libros de caballerías; porque,
habiendo de ser la comedia, según le parece a Tulio, espejo de la vida humana,
ejemplo de las costumbres y imagen de la verdad, las que ahora se representan
son espejos de disparates, ejemplos de necedades e imágenes de lascivia. Porque,
¿qué mayor disparate puede ser en el sujeto que tratamos que salir un niño en
mantillas en la primera cena del primer acto, y en la segunda salir ya hecho
hombre barbado? Y ¿qué mayor que pintarnos un viejo valiente y un mozo cobarde,
un lacayo rectórico, un paje consejero, un rey ganapán y una princesa fregona?
¿Qué diré, pues, de la observancia que guardan en los tiempos en que pueden o
podían suceder las acciones que representan, sino que he visto comedia que la
primera jornada comenzó en Europa, la segunda en Asia, la tercera se acabó en
Africa, y ansí fuera de cuatro jornadas, la cuarta acababa en América, y así se
hubiera hecho en todas las cuatro partes del mundo? Y si es que la imitación es
lo principal que ha de tener la comedia, ¿cómo es posible que satisfaga a ningún
mediano entendimiento que, fingiendo una acción que pasa en tiempo del rey
Pepino y Carlomagno, el mismo que en ella hace la persona principal le atribuyan
que fue el emperador Heraclio, que entró con la Cruz en Jerusalén, y el que ganó
la Casa Santa, como Godofre de Bullón, habiendo infinitos años de lo uno a lo
otro; y fundándose la comedia sobre cosa fingida, atribuirle verdades de
historia, y mezclarle pedazos de otras sucedidas a diferentes personas y
tiempos, y esto, no con trazas verisímiles, sino con patentes errores de todo
punto inexcusables? Y es lo malo que hay ignorantes que digan que esto es lo
perfecto, y que lo demás es buscar gullurías. Pues, ¿qué si venimos a las
comedias divinas?: ¡qué de milagros falsos fingen en ellas, qué de cosas
apócrifas y mal entendidas, atribuyendo a un santo los milagros de otro! Y aun
en las humanas se atreven a hacer milagros, sin más respeto ni consideración que
parecerles que allí estará bien el tal milagro y apariencia, como ellos llaman,
para que gente ignorante se admire y venga a la comedia; que todo esto es en
perjuicio de la verdad y en menoscabo de las historias, y aun en oprobrio de los
ingenios españoles; porque los estranjeros, que con mucha puntualidad guardan
las leyes de la comedia, nos tienen por bárbaros e ignorantes, viendo los
absurdos y disparates de las que hacemos. Y no sería bastante disculpa desto
decir que el principal intento que las repúblicas bien ordenadas tienen,
permitiendo que se hagan públicas comedias, es para entretener la comunidad con
alguna honesta recreación, y divertirla a veces de los malos humores que suele
engendrar la ociosidad; y que, pues éste se consigue con cualquier comedia,
buena o mala, no hay para qué poner leyes, ni estrechar a los que las componen y
representan a que las hagan como debían hacerse, pues, como he dicho, con
cualquiera se consigue lo que con ellas se pretende. A lo cual respondería yo
que este fin se conseguiría mucho mejor, sin comparación alguna, con las
comedias buenas que con las no tales; porque, de haber oído la comedia
artificiosa y bien ordenada, saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado
con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido con
los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la
virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del
que la escuchare, por rústico y torpe que sea; y de toda imposibilidad es
imposible dejar de alegrar y entretener, satisfacer y contentar, la comedia que
todas estas partes tuviere mucho más que aquella que careciere dellas, como por
la mayor parte carecen estas que de ordinario agora se representan. Y no tienen
la culpa desto los poetas que las componen, porque algunos hay dellos que
conocen muy bien en lo que yerran, y saben estremadamente lo que deben hacer;
pero, como las comedias se han hecho mercadería vendible, dicen, y dicen verdad,
que los representantes no se las comprarían si no fuesen de aquel jaez; y así,
el poeta procura acomodarse con lo que el representante que le ha de pagar su
obra le pide. Y que esto sea verdad véase por muchas e infinitas comedias que ha
compuesto un felicísimo ingenio destos reinos, con tanta gala, con tanto
donaire, con tan elegante verso, con tan buenas razones, con tan graves
sentencias y, finalmente, tan llenas de elocución y alteza de estilo, que tiene
lleno el mundo de su fama. Y, por querer acomodarse al gusto de los
representantes, no han llegado todas, como han llegado algunas, al punto de la
perfección que requieren. Otros las componen tan sin mirar lo que hacen, que
después de representadas tienen necesidad los recitantes de huirse y ausentarse,
temerosos de ser castigados, como lo han sido muchas veces, por haber
representado cosas en perjuicio de algunos reyes y en deshonra de algunos
linajes. Y todos estos inconvinientes cesarían, y aun otros muchos más que no
digo, con que hubiese en la Corte una persona inteligente y discreta que
examinase todas las comedias antes que se representasen (no sólo aquellas que se
hiciesen en la Corte, sino todas las que se quisiesen representar en España),
sin la cual aprobación, sello y firma, ninguna justicia en su lugar dejase
representar comedia alguna; y, desta manera, los comediantes tendrían cuidado de
enviar las comedias a la Corte, y con seguridad podrían representallas, y
aquellos que las componen mirarían con más cuidado y estudio lo que hacían,
temorosos de haber de pasar sus obras por el riguroso examen de quien lo
entiende; y desta manera se harían buenas comedias y se conseguiría
felicísimamente lo que en ellas se pretende: así el entretenimiento del pueblo,
como la opinión de los ingenios de España, el interés y seguridad de los
recitantes y el ahorro del cuidado de castigallos. Y si diese cargo a otro, o a
este mismo, que examinase los libros de caballerías que de nuevo se compusiesen,
sin duda podrían salir algunos con la perfección que vuestra merced ha dicho,
enriqueciendo nuestra lengua del agradable y precioso tesoro de la elocuencia,
dando ocasión que los libros viejos se escureciesen a la luz de los nuevos que
saliesen, para honesto pasatiempo, no solamente de los ociosos, sino de los más
ocupados; pues no es posible que esté continuo el arco armado, ni la condición y
flaqueza humana se pueda sustentar sin alguna lícita recreación.

A este punto de su coloquio llegaban el canónigo y el cura, cuando,
adelantándose el barbero, llegó a ellos, y dijo al cura:

-Aquí, señor licenciado, es el lugar que yo dije que era bueno para que,
sesteando nosotros, tuviesen los bueyes fresco y abundoso pasto.

-Así me lo parece a mí -respondió el cura.

Y, diciéndole al canónigo lo que pensaba hacer, él también quiso quedarse con
ellos, convidado del sitio de un hermoso valle que a la vista se les ofrecía. Y,
así por gozar dél como de la conversación del cura, de quien ya iba aficionado,
y por saber más por menudo las hazañas de don Quijote, mandó a algunos de sus
criados que se fuesen a la venta, que no lejos de allí estaba, y trujesen della
lo que hubiese de comer, para todos, porque él determinaba de sestear en aquel
lugar aquella tarde; a lo cual uno de sus criados respondió que el acémila del
repuesto, que ya debía de estar en la venta, traía recado bastante para no
obligar a no tomar de la venta más que cebada.

-Pues así es -dijo el canónigo-, llévense allá todas las cabalgaduras, y haced
volver la acémila.

En tanto que esto pasaba, viendo Sancho que podía hablar a su amo sin la
continua asistencia del cura y el barbero, que tenía por sospechosos, se llegó a
la jaula donde iba su amo, y le dijo:

-Señor, para descargo de mi conciencia, le quiero decir lo que pasa cerca de su
encantamento; y es que aquestos dos que vienen aquí cubiertos los rostros son el
cura de nuestro lugar y el barbero; y imagino han dado esta traza de llevalle
desta manera, de pura envidia que tienen como vuestra merced se les adelanta en
hacer famosos hechos. Presupuesta, pues, esta verdad, síguese que no va
encantado, sino embaído y tonto. Para prueba de lo cual le quiero preguntar una
cosa; y si me responde como creo que me ha de responder, tocará con la mano este
engaño y verá como no va encantado, sino trastornado el juicio.

-Pregunta lo que quisieres, hijo Sancho -respondió don Quijote-, que yo te
satisfaré y responderé a toda tu voluntad. Y en lo que dices que aquellos que
allí van y vienen con nosotros son el cura y el barbero, nuestros compatriotos y
conocidos, bien podrá ser que parezca que son ellos mesmos; pero que lo sean
realmente y en efeto, eso no lo creas en ninguna manera. Lo que has de creer y
entender es que si ellos se les parecen, como dices, debe de ser que los que me
han encantado habrán tomado esa apariencia y semejanza; porque es fácil a los
encantadores tomar la figura que se les antoja, y habrán tomado las destos
nuestros amigos, para darte a ti ocasión de que pienses lo que piensas, y
ponerte en un laberinto de imaginaciones, que no aciertes a salir dél, aunque
tuvieses la soga de Teseo. Y también lo habrán hecho para que yo vacile en mi
entendimiento, y no sepa atinar de dónde me viene este daño; porque si, por una
parte, tú me dices que me acompañan el barbero y el cura de nuestro pueblo, y,
por otra, yo me veo enjaulado, y sé de mí que fuerzas humanas, como no fueran
sobrenaturales, no fueran bastantes para enjaularme, ¿qué quieres que diga o
piense sino que la manera de mi encantamento excede a cuantas yo he leído en
todas las historias que tratan de caballeros andantes que han sido encantados?
Ansí que, bien puedes darte paz y sosiego en esto de creer que son los que
dices, porque así son ellos como yo soy turco. Y, en lo que toca a querer
preguntarme algo, di, que yo te responderé, aunque me preguntes de aquí a
mañana.

-¡Válame Nuestra Señora! -respondió Sancho, dando una gran voz-. Y ¿es posible
que sea vuestra merced tan duro de celebro, y tan falto de meollo, que no eche
de ver que es pura verdad la que le digo, y que en esta su prisión y desgracia
tiene más parte la malicia que el encanto? Pero, pues así es, yo le quiero
probar evidentemente como no va encantado. Si no, dígame, así Dios le saque
desta tormenta, y así se vea en los brazos de mi señora Dulcinea cuando menos se
piense…

-Acaba de conjurarme -dijo don Quijote-, y pregunta lo que quisieres; que ya te
he dicho que te responderé con toda puntualidad.

-Eso pido -replicó Sancho-; y lo que quiero saber es que me diga, sin añadir ni
quitar cosa ninguna, sino con toda verdad, como se espera que la han de decir y
la dicen todos aquellos que profesan las armas, como vuestra merced las profesa,
debajo de título de caballeros andantes…

-Digo que no mentiré en cosa alguna -respondió don Quijote-. Acaba ya de
preguntar, que en verdad que me cansas con tantas salvas, plegarias y
prevenciones, Sancho.

-Digo que yo estoy seguro de la bondad y verdad de mi amo; y así, porque hace al
caso a nuestro cuento, pregunto, hablando con acatamiento, si acaso después que
vuestra merced va enjaulado y, a su parecer, encantado en esta jaula, le ha
venido gana y voluntad de hacer aguas mayores o menores, como suele decirse.

-No entiendo eso de hacer aguas, Sancho; aclárate más, si quieres que te
responda derechamente.

-¿Es posible que no entiende vuestra merced de hacer aguas menores o mayores?
Pues en la escuela destetan a los muchachos con ello. Pues sepa que quiero decir
si le ha venido gana de hacer lo que no se escusa.

-¡Ya, ya te entiendo, Sancho! Y muchas veces; y aun agora la tengo. ¡Sácame
deste peligro, que no anda todo limpio!

Capítulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su
señor don Quijote

-¡Ah -dijo Sancho-; cogido le tengo! Esto es lo que yo deseaba saber, como al
alma y como a la vida. Venga acá, señor: ¿podría negar lo que comúnmente suele
decirse por ahí cuando una persona está de mala voluntad: “No sé qué tiene
fulano, que ni come, ni bebe, ni duerme, ni responde a propósito a lo que le
preguntan, que no parece sino que está encantado”? De donde se viene a sacar que
los que no comen, ni beben, ni duermen, ni hacen las obras naturales que yo
digo, estos tales están encantados; pero no aquellos que tienen la gana que
vuestra merced tiene y que bebe cuando se lo dan, y come cuando lo tiene, y
responde a todo aquello que le preguntan.

-Verdad dices, Sancho -respondió don Quijote-, pero ya te he dicho que hay
muchas maneras de encantamentos, y podría ser que con el tiempo se hubiesen
mudado de unos en otros, y que agora se use que los encantados hagan todo lo que
yo hago, aunque antes no lo hacían. De manera que contra el uso de los tiempos
no hay que argüir ni de qué hacer consecuencias. Yo sé y tengo para mí que voy
encantado, y esto me basta para la seguridad de mi conciencia; que la formaría
muy grande si yo pensase que no estaba encantado y me dejase estar en esta
jaula, perezoso y cobarde, defraudando el socorro que podría dar a muchos
menesterosos y necesitados que de mi ayuda y amparo deben tener a la hora de
ahora precisa y estrema necesidad.

-Pues, con todo eso -replicó Sancho-, digo que, para mayor abundancia y
satisfación, sería bien que vuestra merced probase a salir desta cárcel, que yo
me obligo con todo mi poder a facilitarlo, y aun a sacarle della, y probase de
nuevo a subir sobre su buen Rocinante, que también parece que va encantado,
según va de malencólico y triste; y, hecho esto, probásemos otra vez la suerte
de buscar más aventuras; y si no nos sucediese bien, tiempo nos queda para
volvernos a la jaula, en la cual prometo, a ley de buen y leal escudero, de
encerrarme juntamente con vuestra merced, si acaso fuere vuestra merced tan
desdichado, o yo tan simple, que no acierte a salir con lo que digo.

-Yo soy contento de hacer lo que dices, Sancho hermano -replicó don Quijote-; y
cuando tú veas coyuntura de poner en obra mi libertad, yo te obedeceré en todo y
por todo; pero tú, Sancho, verás como te engañas en el conocimiento de mi
desgracia.

En estas pláticas se entretuvieron el caballero andante y el mal andante
escudero, hasta que llegaron donde, ya apeados, los aguardaban el cura, el
canónigo y el barbero. Desunció luego los bueyes de la carreta el boyero, y
dejólos andar a sus anchuras por aquel verde y apacible sitio, cuya frescura
convidaba a quererla gozar, no a las personas tan encantadas como don Quijote,
sino a los tan advertidos y discretos como su escudero; el cual rogó al cura que
permitiese que su señor saliese por un rato de la jaula, porque si no le dejaban
salir, no iría tan limpia aquella prisión como requiría la decencia de un tal
caballero como su amo. Entendióle el cura, y dijo que de muy buena gana haría lo
que le pedía si no temiera que, en viéndose su señor en libertad, había de hacer
de las suyas, y irse donde jamás gentes le viesen.

-Yo le fío de la fuga -respondió Sancho.

-Y yo y todo -dijo el canónigo-; y más si él me da la palabra, como caballero,
de no apartarse de nosotros hasta que sea nuestra voluntad.

-Sí doy -respondió don Quijote, que todo lo estaba escuchando-; cuanto más, que
el que está encantado, como yo, no tiene libertad para hacer de su persona lo
que quisiere, porque el que le encantó le puede hacer que no se mueva de un
lugar en tres siglos; y si hubiere huido, le hará volver en volandas. -Y que,
pues esto era así, bien podían soltalle, y más, siendo tan en provecho de todos;
y del no soltalle les protestaba que no podía dejar de fatigalles el olfato, si
de allí no se desviaban.

Tomóle la mano el canónigo, aunque las tenía atadas, y, debajo de su buena fe y
palabra, le desenjaularon, de que él se alegró infinito y en grande manera de
verse fuera de la jaula. Y lo primero que hizo fue estirarse todo el cuerpo, y
luego se fue donde estaba Rocinante, y, dándole dos palmadas en las ancas, dijo:

-Aún espero en Dios y en su bendita Madre, flor y espejo de los caballos, que
presto nos hemos de ver los dos cual deseamos; tú, con tu señor a cuestas; y yo,
encima de ti, ejercitando el oficio para que Dios me echó al mundo.

Y, diciendo esto, don Quijote se apartó con Sancho en remota parte, de donde
vino más aliviado y con más deseos de poner en obra lo que su escudero ordenase.
Mirábalo el canónigo, y admirábase de ver la estrañeza de su grande locura, y de
que, en cuanto hablaba y respondía, mostraba tener bonísimo entendimiento:
solamente venía a perder los estribos, como otras veces se ha dicho, en
tratándole de caballería. Y así, movido de compasión, después de haberse sentado
todos en la verde yerba, para esperar el repuesto del canónigo, le dijo:

-¿Es posible, señor hidalgo, que haya podido tanto con vuestra merced la amarga
y ociosa letura de los libros de caballerías, que le hayan vuelto el juicio de
modo que venga a creer que va encantado, con otras cosas deste jaez, tan lejos
de ser verdaderas como lo está la mesma mentira de la verdad? Y ¿cómo es posible
que haya entendimiento humano que se dé a entender que ha habido en el mundo
aquella infinidad de Amadises, y aquella turbamulta de tanto famoso caballero,
tanto emperador de Trapisonda, tanto Felixmarte de Hircania, tanto palafrén,
tanta doncella andante, tantas sierpes, tantos endriagos, tantos gigantes,
tantas inauditas aventuras, tanto género de encantamentos, tantas batallas,
tantos desaforados encuentros, tanta bizarría de trajes, tantas princesas
enamoradas, tantos escuderos condes, tantos enanos graciosos, tanto billete,
tanto requiebro, tantas mujeres valientes; y, finalmente, tantos y tan
disparatados casos como los libros de caballerías contienen? De mí sé decir que,
cuando los leo, en tanto que no pongo la imaginación en pensar que son todos
mentira y liviandad, me dan algún contento; pero, cuando caigo en la cuenta de
lo que son, doy con el mejor dellos en la pared, y aun diera con él en el fuego
si cerca o presente le tuviera, bien como a merecedores de tal pena, por ser
falsos y embusteros, y fuera del trato que pide la común naturaleza, y como a
inventores de nuevas sectas y de nuevo modo de vida, y como a quien da ocasión
que el vulgo ignorante venga a creer y a tener por verdaderas tantas necedades
como contienen. Y aun tienen tanto atrevimiento, que se atreven a turbar los
ingenios de los discretos y bien nacidos hidalgos, como se echa bien de ver por
lo que con vuestra merced han hecho, pues le han traído a términos que sea
forzoso encerrarle en una jaula, y traerle sobre un carro de bueyes, como quien
trae o lleva algún león o algún tigre, de lugar en lugar, para ganar con él
dejando que le vean. ¡Ea, señor don Quijote, duélase de sí mismo, y redúzgase al
gremio de la discreción, y sepa usar de la mucha que el cielo fue servido de
darle, empleando el felicísimo talento de su ingenio en otra letura que redunde
en aprovechamiento de su conciencia y en aumento de su honra! Y si todavía,
llevado de su natural inclinación, quisiere leer libros de hazañas y de
caballerías, lea en la Sacra Escritura el de los Jueces; que allí hallará
verdades grandiosas y hechos tan verdaderos como valientes. Un Viriato tuvo
Lusitania; un César, Roma; un Anibal, Cartago; un Alejandro, Grecia; un conde
Fernán González, Castilla; un Cid, Valencia; un Gonzalo Fernández, Andalucía; un
Diego García de Paredes, Estremadura; un Garci Pérez de Vargas, Jerez; un
Garcilaso, Toledo; un don Manuel de León, Sevilla, cuya leción de sus valerosos
hechos puede entretener, enseñar, deleitar y admirar a los más altos ingenios
que los leyeren. Ésta sí será letura digna del buen entendimiento de vuestra
merced, señor don Quijote mío, de la cual saldrá erudito en la historia,
enamorado de la virtud, enseñado en la bondad, mejorado en las costumbres,
valiente sin temeridad, osado sin cobardía, y todo esto, para honra de Dios,
provecho suyo y fama de la Mancha; do, según he sabido, trae vuestra merced su
principio y origen.

Atentísimamente estuvo don Quijote escuchando las razones del canónigo; y,
cuando vio que ya había puesto fin a ellas, después de haberle estado un buen
espacio mirando, le dijo:

-Paréceme, señor hidalgo, que la plática de vuestra merced se ha encaminado a
querer darme a entender que no ha habido caballeros andantes en el mundo, y que
todos los libros de caballerías son falsos, mentirosos, dañadores e inútiles
para la república; y que yo he hecho mal en leerlos, y peor en creerlos, y más
mal en imitarlos, habiéndome puesto a seguir la durísima profesión de la
caballería andante, que ellos enseñan, negándome que no ha habido en el mundo
Amadises, ni de Gaula ni de Grecia, ni todos los otros caballeros de que las
escrituras están llenas.

-Todo es al pie de la letra como vuestra merced lo va relatando -dijo a está
sazón el canónigo.

A lo cual respondió don Quijote:

-Añadió también vuestra merced, diciendo que me habían hecho mucho daño tales
libros, pues me habían vuelto el juicio y puéstome en una jaula, y que me sería
mejor hacer la enmienda y mudar de letura, leyendo otros más verdaderos y que
mejor deleitan y enseñan.

-Así es -dijo el canónigo.

-Pues yo -replicó don Quijote- hallo por mi cuenta que el sin juicio y el
encantado es vuestra merced, pues se ha puesto a decir tantas blasfemias contra
una cosa tan recebida en el mundo, y tenida por tan verdadera, que el que la
negase, como vuestra merced la niega, merecía la mesma pena que vuestra merced
dice que da a los libros cuando los lee y le enfadan. Porque querer dar a
entender a nadie que Amadís no fue en el mundo, ni todos los otros caballeros
aventureros de que están colmadas las historias, será querer persuadir que el
sol no alumbra, ni el yelo enfría, ni la tierra sustenta; porque, ¿qué ingenio
puede haber en el mundo que pueda persuadir a otro que no fue verdad lo de la
infanta Floripes y Guy de Borgoña, y lo de Fierabrás con la puente de Mantible,
que sucedió en el tiempo de Carlomagno; que voto a tal que es tanta verdad como
es ahora de día? Y si es mentira, también lo debe de ser que no hubo Héctor, ni
Aquiles, ni la guerra de Troya, ni los Doce Pares de Francia, ni el rey Artús de
Ingalaterra, que anda hasta ahora convertido en cuervo y le esperan en su reino
por momentos. Y también se atreverán a decir que es mentirosa la historia de
Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son apócrifos los
amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra y Lanzarote, habiendo
personas que casi se acuerdan de haber visto a la dueña Quintañona, que fue la
mejor escanciadora de vino que tuvo la Gran Bretaña. Y es esto tan ansí, que me
acuerdo yo que me decía una mi agüela de partes de mi padre, cuando veía alguna
dueña con tocas reverendas: “Aquélla, nieto, se parece a la dueña Quintañona”;
de donde arguyo yo que la debió de conocer ella o, por lo menos, debió de
alcanzar a ver algún retrato suyo. Pues, ¿quién podrá negar no ser verdadera la
historia de Pierres y la linda Magalona, pues aun hasta hoy día se vee en la
armería de los reyes la clavija con que volvía al caballo de madera, sobre quien
iba el valiente Pierres por los aires, que es un poco mayor que un timón de
carreta? Y junto a la clavija está la silla de Babieca, y en Roncesvalles está
el cuerno de Roldán, tamaño como una grande viga: de donde se infiere que hubo
Doce Pares, que hubo Pierres, que hubo Cides, y otros caballeros semejantes,

déstos que dicen las gentes

que a sus aventuras van.

Si no, díganme también que no es verdad que fue caballero andante el valiente
lusitano Juan de Merlo, que fue a Borgoña y se combatió en la ciudad de Ras con
el famoso señor de Charní, llamado mosén Pierres, y después, en la ciudad de
Basilea, con mosén Enrique de Remestán, saliendo de entrambas empresas vencedor
y lleno de honrosa fama; y las aventuras y desafíos que también acabaron en
Borgoña los valientes españoles Pedro Barba y Gutierre Quijada (de cuya alcurnia
yo deciendo por línea recta de varón), venciendo a los hijos del conde de San
Polo. Niéguenme, asimesmo, que no fue a buscar las aventuras a Alemania don
Fernando de Guevara, donde se combatió con micer Jorge, caballero de la casa del
duque de Austria; digan que fueron burla las justas de Suero de Quiñones, del
Paso; las empresas de mosén Luis de Falces contra don Gonzalo de Guzmán,
caballero castellano, con otras muchas hazañas hechas por caballeros cristianos,
déstos y de los reinos estranjeros, tan auténticas y verdaderas, que torno a
decir que el que las negase carecería de toda razón y buen discurso.

Admirado quedó el canónigo de oír la mezcla que don Quijote hacía de verdades y
mentiras, y de ver la noticia que tenía de todas aquellas cosas tocantes y
concernientes a los hechos de su andante caballería; y así, le respondió:

-No puedo yo negar, señor don Quijote, que no sea verdad algo de lo que vuestra
merced ha dicho, especialmente en lo que toca a los caballeros andantes
españoles; y, asimesmo, quiero conceder que hubo Doce Pares de Francia, pero no
quiero creer que hicieron todas aquellas cosas que el arzobispo Turpín dellos
escribe; porque la verdad dello es que fueron caballeros escogidos por los reyes
de Francia, a quien llamaron pares por ser todos iguales en valor, en calidad y
en valentía; a lo menos, si no lo eran, era razón que lo fuesen y era como una
religión de las que ahora se usan de Santiago o de Calatrava, que se presupone
que los que la profesan han de ser, o deben ser, caballeros valerosos, valientes
y bien nacidos; y, como ahora dicen caballero de San Juan, o de Alcántara,
decían en aquel tiempo caballero de los Doce Pares, porque no fueron doce
iguales los que para esta religión militar se escogieron. En lo de que hubo Cid
no hay duda, ni menos Bernardo del Carpio, pero de que hicieron las hazañas que
dicen, creo que la hay muy grande. En lo otro de la clavija que vuestra merced
dice del conde Pierres, y que está junto a la silla de Babieca en la armería de
los reyes, confieso mi pecado; que soy tan ignorante, o tan corto de vista, que,
aunque he visto la silla, no he echado de ver la clavija, y más siendo tan
grande como vuestra merced ha dicho.

-Pues allí está, sin duda alguna -replicó don Quijote-; y, por más señas, dicen
que está metida en una funda de vaqueta, porque no se tome de moho.

-Todo puede ser -respondió el canónigo-; pero, por las órdenes que recebí, que
no me acuerdo haberla visto. Mas, puesto que conceda que está allí, no por eso
me obligo a creer las historias de tantos Amadises, ni las de tanta turbamulta
de caballeros como por ahí nos cuentan; ni es razón que un hombre como vuestra
merced, tan honrado y de tan buenas partes, y dotado de tan buen entendimiento,
se dé a entender que son verdaderas tantas y tan estrañas locuras como las que
están escritas en los disparatados libros de caballerías.

Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo
tuvieron, con otros sucesos

-¡Bueno está eso! -respondió don Quijote-. Los libros que están impresos con
licencia de los reyes y con aprobación de aquellos a quien se remitieron, y que
con gusto general son leídos y celebrados de los grandes y de los chicos, de los
pobres y de los ricos, de los letrados e ignorantes, de los plebeyos y
caballeros, finalmente, de todo género de personas, de cualquier estado y
condición que sean, ¿habían de ser mentira?; y más llevando tanta apariencia de
verdad, pues nos cuentan el padre, la madre, la patria, los parientes, la edad,
el lugar y las hazañas, punto por punto y día por día, que el tal caballero
hizo, o caballeros hicieron. Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y
créame que le aconsejo en esto lo que debe de hacer como discreto), sino léalos,
y verá el gusto que recibe de su leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que
ver, como si dijésemos: aquí ahora se muestra delante de nosotros un gran lago
de pez hirviendo a borbollones, y que andan nadando y cruzando por él muchas
serpientes, culebras y lagartos, y otros muchos géneros de animales feroces y
espantables, y que del medio del lago sale una voz tristísima que dice: “Tú,
caballero, quienquiera que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres
alcanzar el bien que debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de
tu fuerte pecho y arrójate en mitad de su negro y encendido licor; porque si así
no lo haces, no serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y
contienen los siete castillos de las siete fadas que debajo desta negregura
yacen?” ¿Y que, apenas el caballero no ha acabado de oír la voz temerosa,
cuando, sin entrar más en cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a
que se pone, y aun sin despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas,
encomendándose a Dios y a su señora, se arroja en mitad del bullente lago, y,
cuando no se cata ni sabe dónde ha de parar, se halla entre unos floridos
campos, con quien los Elíseos no tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece
que el cielo es más transparente, y que el sol luce con claridad más nueva;
ofrécesele a los ojos una apacible floresta de tan verdes y frondosos árboles
compuesta, que alegra a la vista su verdura, y entretiene los oídos el dulce y
no aprendido canto de los pequeños, infinitos y pintados pajarillos que por los
intricados ramos van cruzando. Aquí descubre un arroyuelo, cuyas frescas aguas,
que líquidos cristales parecen, corren sobre menudas arenas y blancas
pedrezuelas, que oro cernido y puras perlas semejan; acullá vee una artificiosa
fuente de jaspe variado y de liso mármol compuesta; acá vee otra a lo brutesco
adornada, adonde las menudas conchas de las almejas, con las torcidas casas
blancas y amarillas del caracol, puestas con orden desordenada, mezclados entre
ellas pedazos de cristal luciente y de contrahechas esmeraldas, hacen una
variada labor, de manera que el arte, imitando a la naturaleza, parece que allí
la vence. Acullá de improviso se le descubre un fuerte castillo o vistoso
alcázar, cuyas murallas son de macizo oro, las almenas de diamantes, las puertas
de jacintos; finalmente, él es de tan admirable compostura que, con ser la
materia de que está formado no menos que de diamantes, de carbuncos, de rubíes,
de perlas, de oro y de esmeraldas, es de más estimación su hechura. Y ¿hay más
que ver, después de haber visto esto, que ver salir por la puerta del castillo
un buen número de doncellas, cuyos galanos y vistosos trajes, si yo me pusiese
ahora a decirlos como las historias nos los cuentan, sería nunca acabar; y tomar
luego la que parecía principal de todas por la mano al atrevido caballero que se
arrojó en el ferviente lago, y llevarle, sin hablarle palabra, dentro del rico
alcázar o castillo, y hacerle desnudar como su madre le parió, y bañarle con
templadas aguas, y luego untarle todo con olorosos ungüentos, y vestirle una
camisa de cendal delgadísimo, toda olorosa y perfumada, y acudir otra doncella y
echarle un mantón sobre los hombros, que, por lo menos menos, dicen que suele
valer una ciudad, y aun más? ¿Qué es ver, pues, cuando nos cuentan que, tras
todo esto, le llevan a otra sala, donde halla puestas las mesas, con tanto
concierto, que queda suspenso y admirado?; ¿qué, el verle echar agua a manos,
toda de ámbar y de olorosas flores distilada?; ¿qué, el hacerle sentar sobre una
silla de marfil?; ¿qué, verle servir todas las doncellas, guardando un
maravilloso silencio?; ¿qué, el traerle tanta diferencia de manjares, tan
sabrosamente guisados, que no sabe el apetito a cuál deba de alargar la mano?
¿Cuál será oír la música que en tanto que come suena, sin saberse quién la canta
ni adónde suena? ¿Y, después de la comida acabada y las mesas alzadas, quedarse
el caballero recostado sobre la silla, y quizá mondándose los dientes, como es
costumbre, entrar a deshora por la puerta de la sala otra mucho más hermosa
doncella que ninguna de las primeras, y sentarse al lado del caballero, y
comenzar a darle cuenta de qué castillo es aquél, y de cómo ella está encantada
en él, con otras cosas que suspenden al caballero y admiran a los leyentes que
van leyendo su historia? No quiero alargarme más en esto, pues dello se puede
colegir que cualquiera parte que se lea, de cualquiera historia de caballero
andante, ha de causar gusto y maravilla a cualquiera que la leyere. Y vuestra
merced créame, y, como otra vez le he dicho, lea estos libros, y verá cómo le
destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la
tiene mala. De mí sé decir que, después que soy caballero andante, soy valiente,
comedido, liberal, bien criado, generoso, cortés, atrevido, blando, paciente,
sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos; y, aunque ha tan poco que me vi
encerrado en una jaula, como loco, pienso, por el valor de mi brazo,
favoreciéndome el cielo y no me siendo contraria la fortuna, en pocos días verme
rey de algún reino, adonde pueda mostrar el agradecimiento y liberalidad que mi
pecho encierra. Que, mía fe, señor, el pobre está inhabilitado de poder mostrar
la virtud de liberalidad con ninguno, aunque en sumo grado la posea; y el
agradecimiento que sólo consiste en el deseo es cosa muerta, como es muerta la
fe sin obras. Por esto querría que la fortuna me ofreciese presto alguna ocasión
donde me hiciese emperador, por mostrar mi pecho haciendo bien a mis amigos,
especialmente a este pobre de Sancho Panza, mi escudero, que es el mejor hombre
del mundo, y querría darle un condado que le tengo muchos días ha prometido,
sino que temo que no ha de tener habilidad para gobernar su estado.

Casi estas últimas palabras oyó Sancho a su amo, a quien dijo:

-Trabaje vuestra merced, señor don Quijote, en darme ese condado, tan prometido
de vuestra merced como de mí esperado, que yo le prometo que no me falte a mí
habilidad para gobernarle; y, cuando me faltare, yo he oído decir que hay
hombres en el mundo que toman en arrendamiento los estados de los señores, y les
dan un tanto cada año, y ellos se tienen cuidado del gobierno, y el señor se
está a pierna tendida, gozando de la renta que le dan, sin curarse de otra cosa;
y así haré yo, y no repararé en tanto más cuanto, sino que luego me desistiré de
todo, y me gozaré mi renta como un duque, y allá se lo hayan.

-Eso, hermano Sancho -dijo el canónigo-, entiéndese en cuanto al gozar la renta;
empero, al administrar justicia, ha de atender el señor del estado, y aquí entra
la habilidad y buen juicio, y principalmente la buena intención de acertar; que
si ésta falta en los principios, siempre irán errados los medios y los fines; y
así suele Dios ayudar al buen deseo del simple como desfavorecer al malo del
discreto.

-No sé esas filosofías -respondió Sancho Panza-; mas sólo sé que tan presto
tuviese yo el condado como sabría regirle; que tanta alma tengo yo como otro, y
tanto cuerpo como el que más, y tan rey sería yo de mi estado como cada uno del
suyo; y, siéndolo, haría lo que quisiese; y, haciendo lo que quisiese, haría mi
gusto; y, haciendo mi gusto, estaría contento; y, en estando uno contento, no
tiene más que desear; y, no teniendo más que desear, acabóse; y el estado venga,
y a Dios y veámonos, como dijo un ciego a otro.

-No son malas filosofías ésas, como tú dices, Sancho; pero, con todo eso, hay
mucho que decir sobre esta materia de condados.

A lo cual replicó don Quijote:

-Yo no sé que haya más que decir; sólo me guío por el ejemplo que me da el
grande Amadís de Gaula, que hizo a su escudero conde de la Ínsula Firme; y así,
puedo yo, sin escrúpulo de conciencia, hacer conde a Sancho Panza, que es uno de
los mejores escuderos que caballero andante ha tenido.

Admirado quedó el canónigo de los concertados disparates que don Quijote había
dicho, del modo con que había pintado la aventura del Caballero del Lago, de la
impresión que en él habían hecho las pensadas mentiras de los libros que había
leído; y, finalmente, le admiraba la necedad de Sancho, que con tanto ahínco
deseaba alcanzar el condado que su amo le había prometido.

Ya en esto, volvían los criados del canónigo, que a la venta habían ido por la
acémila del repuesto, y, haciendo mesa de una alhombra y de la verde yerba del
prado, a la sombra de unos árboles se sentaron, y comieron allí, porque el
boyero no perdiese la comodidad de aquel sitio, como queda dicho. Y, estando
comiendo, a deshora oyeron un recio estruendo y un son de esquila, que por entre
unas zarzas y espesas matas que allí junto estaban sonaba, y al mesmo instante
vieron salir de entre aquellas malezas una hermosa cabra, toda la piel manchada
de negro, blanco y pardo. Tras ella venía un cabrero dándole voces, y diciéndole
palabras a su uso, para que se detuviese, o al rebaño volviese. La fugitiva
cabra, temerosa y despavorida, se vino a la gente, como a favorecerse della, y
allí se detuvo. Llegó el cabrero, y, asiéndola de los cuernos, como si fuera
capaz de discurso y entendimiento, le dijo:

-¡Ah cerrera, cerrera, Manchada, Manchada, y cómo andáis vos estos días de pie
cojo! ¿Qué lobos os espantan, hija? ¿No me diréis qué es esto, hermosa? Mas ¡qué
puede ser sino que sois hembra, y no podéis estar sosegada; que mal haya vuestra
condición, y la de todas aquellas a quien imitáis! Volved, volved, amiga; que si
no tan contenta, a lo menos, estaréis más segura en vuestro aprisco, o con
vuestras compañeras; que si vos que las habéis de guardar y encaminar andáis tan
sin guía y tan descaminada, ¿en qué podrán parar ellas?

Contento dieron las palabras del cabrero a los que las oyeron, especialmente al
canónigo, que le dijo:

-Por vida vuestra, hermano, que os soseguéis un poco y no os acuciéis en volver
tan presto esa cabra a su rebaño; que, pues ella es hembra, como vos decís, ha
de seguir su natural distinto, por más que vos os pongáis a estorbarlo. Tomad
este bocado y bebed una vez, con que templaréis la cólera, y en tanto,
descansará la cabra.

Y el decir esto y el darle con la punta del cuchillo los lomos de un conejo
fiambre, todo fue uno. Tomólo y agradeciólo el cabrero; bebió y sosegóse, y
luego dijo:

-No querría que por haber yo hablado con esta alimaña tan en seso, me tuviesen
vuestras mercedes por hombre simple; que en verdad que no carecen de misterio
las palabras que le dije. Rústico soy, pero no tanto que no entienda cómo se ha
de tratar con los hombres y con las bestias.

-Eso creo yo muy bien -dijo el cura-, que ya yo sé de esperiencia que los montes
crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos.

-A lo menos, señor -replicó el cabrero-, acogen hombres escarmentados; y para
que creáis esta verdad y la toquéis con la mano, aunque parezca que sin ser
rogado me convido, si no os enfadáis dello y queréis, señores, un breve espacio
prestarme oído atento, os contaré una verdad que acredite lo que ese señor
(señalando al cura) ha dicho, y la mía.

A esto respondió don Quijote:

-Por ver que tiene este caso un no sé qué de sombra de aventura de caballería,
yo, por mi parte, os oiré, hermano, de muy buena gana, y así lo harán todos
estos señores, por lo mucho que tienen de discretos y de ser amigos de curiosas
novedades que suspendan, alegren y entretengan los sentidos, como, sin duda,
pienso que lo ha de hacer vuestro cuento. Comenzad, pues, amigo, que todos
escucharemos.

-Saco la mía -dijo Sancho-; que yo a aquel arroyo me voy con esta empanada,
donde pienso hartarme por tres días; porque he oído decir a mi señor don Quijote
que el escudero de caballero andante ha de comer, cuando se le ofreciere, hasta
no poder más, a causa que se les suele ofrecer entrar acaso por una selva tan
intricada que no aciertan a salir della en seis días; y si el hombre no va
harto, o bien proveídas las alforjas, allí se podrá quedar, como muchas veces se
queda, hecho carne momia.

-Tú estás en lo cierto, Sancho -dijo don Quijote-: vete adonde quisieres, y come
lo que pudieres; que yo ya estoy satisfecho, y sólo me falta dar al alma su
refacción, como se la daré escuchando el cuento deste buen hombre.

-Así las daremos todos a las nuestras -dijo el canónigo.
Y luego, rogó al cabrero que diese principio a lo que prometido había. El
cabrero dio dos palmadas sobre el lomo a la cabra, que por los cuernos tenía,
diciéndole:

-Recuéstate junto a mí, Manchada, que tiempo nos queda para volver a nuestro
apero.

Parece que lo entendió la cabra, porque, en sentándose su dueño, se tendió ella
junto a él con mucho sosiego, y, mirándole al rostro, daba a entender que estaba
atenta a lo que el cabrero iba diciendo, el cual comenzó su historia desta
manera:

Capítulo LI. Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban
a don Quijote

-«Tres leguas deste valle está una aldea que, aunque pequeña, es de las más
ricas que hay en todos estos contornos; en la cual había un labrador muy
honrado, y tanto, que, aunque es anexo al ser rico el ser honrado, más lo era él
por la virtud que tenía que por la riqueza que alcanzaba. Mas lo que le hacía
más dichoso, según él decía, era tener una hija de tan estremada hermosura, rara
discreción, donaire y virtud, que el que la conocía y la miraba se admiraba de
ver las estremadas partes con que el cielo y la naturaleza la habían
enriquecido. Siendo niña fue hermosa, y siempre fue creciendo en belleza, y en
la edad de diez y seis años fue hermosísima. La fama de su belleza se comenzó a
estender por todas las circunvecinas aldeas, ¿qué digo yo por las circunvecinas
no más, si se estendió a las apartadas ciudades, y aun se entró por las salas de
los reyes, y por los oídos de todo género de gente; que, como a cosa rara, o
como a imagen de milagros, de todas partes a verla venían? Guardábala su padre,
y guardábase ella; que no hay candados, guardas ni cerraduras que mejor guarden
a una doncella que las del recato proprio.

»La riqueza del padre y la belleza de la hija movieron a muchos, así del pueblo
como forasteros, a que por mujer se la pidiesen; mas él, como a quien tocaba
disponer de tan rica joya, andaba confuso, sin saber determinarse a quién la
entregaría de los infinitos que le importunaban. Y, entre los muchos que tan
buen deseo tenían, fui yo uno, a quien dieron muchas y grandes esperanzas de
buen suceso conocer que el padre conocía quien yo era, el ser natural del mismo
pueblo, limpio en sangre, en la edad floreciente, en la hacienda muy rico y en
el ingenio no menos acabado. Con todas estas mismas partes la pidió también otro
del mismo pueblo, que fue causa de suspender y poner en balanza la voluntad del
padre, a quien parecía que con cualquiera de nosotros estaba su hija bien
empleada; y, por salir desta confusión, determinó decírselo a Leandra, que así
se llama la rica que en miseria me tiene puesto, advirtiendo que, pues los dos
éramos iguales, era bien dejar a la voluntad de su querida hija el escoger a su
gusto: cosa digna de imitar de todos los padres que a sus hijos quieren poner en
estado: no digo yo que los dejen escoger en cosas ruines y malas, sino que se
las propongan buenas, y de las buenas, que escojan a su gusto. No sé yo el que
tuvo Leandra; sólo sé que el padre nos entretuvo a entrambos con la poca edad de
su hija y con palabras generales, que ni le obligaban, ni nos desobligaba
tampoco. Llámase mi competidor Anselmo, y yo Eugenio, porque vais con noticia de
los nombres de las personas que en esta tragedia se contienen, cuyo fin aún está
pendiente; pero bien se deja entender que será desastrado.

»En esta sazón, vino a nuestro pueblo un Vicente de la Rosa, hijo de un pobre
labrador del mismo lugar; el cual Vicente venía de las Italias, y de otras
diversas partes, de ser soldado. Llevóle de nuestro lugar, siendo muchacho de
hasta doce años, un capitán que con su compañía por allí acertó a pasar, y
volvió el mozo de allí a otros doce, vestido a la soldadesca, pintado con mil
colores, lleno de mil dijes de cristal y sutiles cadenas de acero. Hoy se ponía
una gala y mañana otra; pero todas sutiles, pintadas, de poco peso y menos tomo.
La gente labradora, que de suyo es maliciosa, y dándole el ocio lugar es la
misma malicia, lo notó, y contó punto por punto sus galas y preseas, y halló que
los vestidos eran tres, de diferentes colores, con sus ligas y medias; pero él
hacía tantos guisados e invenciones dellas, que si no se los contaran, hubiera
quien jurara que había hecho muestra de más de diez pares de vestidos y de más
de veinte plumajes. Y no parezca impertinencia y demasía esto que de los
vestidos voy contando, porque ellos hacen una buena parte en esta historia.

»Sentábase en un poyo que debajo de un gran álamo está en nuestra plaza, y allí
nos tenía a todos la boca abierta, pendientes de las hazañas que nos iba
contando. No había tierra en todo el orbe que no hubiese visto, ni batalla donde
no se hubiese hallado; había muerto más moros que tiene Marruecos y Túnez, y
entrado en más singulares desafíos, según él decía, que Gante y Luna, Diego
García de Paredes y otros mil que nombraba; y de todos había salido con vitoria,
sin que le hubiesen derramado una sola gota de sangre. Por otra parte, mostraba
señales de heridas que, aunque no se divisaban, nos hacía entender que eran
arcabuzazos dados en diferentes rencuentros y faciones. Finalmente, con una no
vista arrogancia, llamaba de vos a sus iguales y a los mismos que le conocían, y
decía que su padre era su brazo, su linaje, sus obras, y que debajo de ser
soldado, al mismo rey no debía nada. Añadiósele a estas arrogancias ser un poco
músico y tocar una guitarra a lo rasgado, de manera que decían algunos que la
hacía hablar; pero no pararon aquí sus gracias, que también la tenía de poeta, y
así, de cada niñería que pasaba en el pueblo, componía un romance de legua y
media de escritura.

»Este soldado, pues, que aquí he pintado, este Vicente de la Rosa, este bravo,
este galán, este músico, este poeta fue visto y mirado muchas veces de Leandra,
desde una ventana de su casa que tenía la vista a la plaza. Enamoróla el oropel
de sus vistosos trajes, encantáronla sus romances, que de cada uno que componía
daba veinte traslados, llegaron a sus oídos las hazañas que él de sí mismo había
referido, y, finalmente, que así el diablo lo debía de tener ordenado, ella se
vino a enamorar dél, antes que en él naciese presunción de solicitalla. Y, como
en los casos de amor no hay ninguno que con más facilidad se cumpla que aquel
que tiene de su parte el deseo de la dama, con facilidad se concertaron Leandra
y Vicente; y, primero que alguno de sus muchos pretendientes cayesen en la
cuenta de su deseo, ya ella le tenía cumplido, habiendo dejado la casa de su
querido y amado padre, que madre no la tiene, y ausentádose de la aldea con el
soldado, que salió con más triunfo desta empresa que de todas las muchas que él
se aplicaba.

»Admiró el suceso a toda el aldea, y aun a todos los que dél noticia tuvieron;
yo quedé suspenso, Anselmo, atónito, el padre triste, sus parientes afrentados,
solícita la justicia, los cuadrilleros listos; tomáronse los caminos,
escudriñáronse los bosques y cuanto había, y, al cabo de tres días, hallaron a
la antojadiza Leandra en una cueva de un monte, desnuda en camisa, sin muchos
dineros y preciosísimas joyas que de su casa había sacado. Volviéronla a la
presencia del lastimado padre; preguntáronle su desgracia; confesó sin apremio
que Vicente de la Roca la había engañado, y debajo de su palabra de ser su
esposo la persuadió que dejase la casa de su padre; que él la llevaría a la más
rica y más viciosa ciudad que había en todo el universo mundo, que era Nápoles;
y que ella, mal advertida y peor engañada, le había creído; y, robando a su
padre, se le entregó la misma noche que había faltado; y que él la llevó a un
áspero monte, y la encerró en aquella cueva donde la habían hallado. Contó
también como el soldado, sin quitalle su honor, le robó cuanto tenía, y la dejó
en aquella cueva y se fue: suceso que de nuevo puso en admiración a todos.
»Duro se nos hizo de creer la continencia del mozo, pero ella lo afirmó con
tantas veras, que fueron parte para que el desconsolado padre se consolase, no
haciendo cuenta de las riquezas que le llevaban, pues le habían dejado a su hija
con la joya que, si una vez se pierde, no deja esperanza de que jamás se cobre.
El mismo día que pareció Leandra la despareció su padre de nuestros ojos, y la
llevó a encerrar en un monesterio de una villa que está aquí cerca, esperando
que el tiempo gaste alguna parte de la mala opinión en que su hija se puso. Los
pocos años de Leandra sirvieron de disculpa de su culpa, a lo menos con aquellos
que no les iba algún interés en que ella fuese mala o buena; pero los que
conocían su discreción y mucho entendimiento no atribuyeron a ignorancia su
pecado, sino a su desenvoltura y a la natural inclinación de las mujeres, que,
por la mayor parte, suele ser desatinada y mal compuesta.

»Encerrada Leandra, quedaron los ojos de Anselmo ciegos, a lo menos sin tener
cosa que mirar que contento le diese; los míos en tinieblas, sin luz que a
ninguna cosa de gusto les encaminase; con la ausencia de Leandra, crecía nuestra
tristeza, apocábase nuestra paciencia, maldecíamos las galas del soldado y
abominábamos del poco recato del padre de Leandra. Finalmente, Anselmo y yo nos
concertamos de dejar el aldea y venirnos a este valle, donde él, apacentando una
gran cantidad de ovejas suyas proprias, y yo un numeroso rebaño de cabras,
también mías, pasamos la vida entre los árboles, dando vado a nuestras pasiones,
o cantando juntos alabanzas o vituperios de la hermosa Leandra, o suspirando
solos y a solas comunicando con el cielo nuestras querellas.

»A imitación nuestra, otros muchos de los pretendientes de Leandra se han venido
a estos ásperos montes, usando el mismo ejercicio nuestro; y son tantos, que
parece que este sitio se ha convertido en la pastoral Arcadia, según está colmo
de pastores y de apriscos, y no hay parte en él donde no se oiga el nombre de la
hermosa Leandra. Éste la maldice y la llama antojadiza, varia y deshonesta;
aquél la condena por fácil y ligera; tal la absuelve y perdona, y tal la
justicia y vitupera; uno celebra su hermosura, otro reniega de su condición, y,
en fin, todos la deshonran, y todos la adoran, y de todos se estiende a tanto la
locura, que hay quien se queje de desdén sin haberla jamás hablado, y aun quien
se lamente y sienta la rabiosa enfermedad de los celos, que ella jamás dio a
nadie; porque, como ya tengo dicho, antes se supo su pecado que su deseo. No hay
hueco de peña, ni margen de arroyo, ni sombra de árbol que no esté ocupada de
algún pastor que sus desventuras a los aires cuente; el eco repite el nombre de
Leandra dondequiera que pueda formarse: Leandra resuenan los montes, Leandra
murmuran los arroyos, y Leandra nos tiene a todos suspensos y encantados,
esperando sin esperanza y temiendo sin saber de qué tememos. Entre estos
disparatados, el que muestra que menos y más juicio tiene es mi competidor
Anselmo, el cual, teniendo tantas otras cosas de que quejarse, sólo se queja de
ausencia; y al son de un rabel, que admirablemente toca, con versos donde
muestra su buen entendimiento, cantando se queja. Yo sigo otro camino más fácil,
y a mi parecer el más acertado, que es decir mal de la ligereza de las mujeres,
de su inconstancia, de su doble trato, de sus promesas muertas, de su fe
rompida, y, finalmente, del poco discurso que tienen en saber colocar sus fue
la ocasión, señores, de las palabras y razones que dije a esta cabra cuando aquí
llegué; que por ser hembra la tengo en poco, aunque es la mejor de todo mi
apero. Ésta es la historia que prometí contaros; si he sido en el contarla
prolijo, no seré en serviros corto: cerca de aquí tengo mi majada, y en ella
tengo fresca leche y muy sabrosísimo queso, con otras varias y sazonadas frutas,
no menos a la vista que al gusto agradables.

Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la
rara aventura de los deceplinantes, a quien dio felice fin a costa de su
sudor

General gusto causó el cuento del cabrero a todos los que escuchado le habían;
especialmente le recibió el canónigo, que con estraña curiosidad notó la manera
con que le había contado, tan lejos de parecer rústico cabrero cuan cerca de
mostrarse discreto cortesano; y así, dijo que había dicho muy bien el cura en
decir que los montes criaban letrados. Todos se ofrecieron a Eugenio; pero el
que más se mostró liberal en esto fue don Quijote, que le dijo:

-Por cierto, hermano cabrero, que si yo me hallara posibilitado de poder
comenzar alguna aventura, que luego luego me pusiera en camino porque vos la
tuviérades buena; que yo sacara del monesterio, donde, sin duda alguna, debe de
estar contra su voluntad, a Leandra, a pesar de la abadesa y de cuantos
quisieran estorbarlo, y os la pusiera en vuestras manos, para que hiciérades
della a toda vuestra voluntad y talante, guardando, pero, las leyes de la
caballería, que mandan que a ninguna doncella se le sea fecho desaguisado
alguno; aunque yo espero en Dios Nuestro Señor que no ha de poder tanto la
fuerza de un encantador malicioso, que no pueda más la de otro encantador mejor
intencionado, y para entonces os prometo mi favor y ayuda, como me obliga mi
profesión, que no es otra si no es favorecer a los desvalidos y menesterosos.
Miróle el cabrero, y, como vio a don Quijote de tan mal pelaje y catadura,
admiróse y preguntó al barbero, que cerca de sí tenía:

-Señor, ¿quién es este hombre, que tal talle tiene y de tal manera habla?

-¿Quién ha de ser -respondió el barbero- sino el famoso don Quijote de la
Mancha, desfacedor de agravios, enderezador de tuertos, el amparo de las
doncellas, el asombro de los gigantes y el vencedor de las batallas?

-Eso me semeja -respondió el cabrero- a lo que se lee en los libros de
caballeros andantes, que hacían todo eso que de este hombre vuestra merced dice;
puesto que para mí tengo, o que vuestra merced se burla, o que este gentil
hombre debe de tener vacíos los aposentos de la cabeza.

-Sois un grandísimo bellaco -dijo a esta sazón don Quijote-; y vos sois el vacío
y el menguado, que yo estoy más lleno que jamás lo estuvo la muy hideputa puta
que os parió.

Y, diciendo y haciendo, arrebató de un pan que junto a sí tenía, y dio con él al
cabrero en todo el rostro, con tanta furia, que le remachó las narices; mas el
cabrero, que no sabía de burlas, viendo con cuántas veras le maltrataban, sin
tener respeto a la alhombra, ni a los manteles, ni a todos aquellos que comiendo
estaban, saltó sobre don Quijote, y, asiéndole del cuello con entrambas manos,
no dudara de ahogalle, si Sancho Panza no llegara en aquel punto, y le asiera
por las espaldas y diera con él encima de la mesa, quebrando platos, rompiendo
tazas y derramando y esparciendo cuanto en ella estaba. Don Quijote, que se vio
libre, acudió a subirse sobre el cabrero; el cual, lleno de sangre el rostro,
molido a coces de Sancho, andaba buscando a gatas algún cuchillo de la mesa para
hacer alguna sanguinolenta venganza, pero estorbábanselo el canónigo y el cura;
mas el barbero hizo de suerte que el cabrero cogió debajo de sí a don Quijote,
sobre el cual llovió tanto número de mojicones, que del rostro del pobre
caballero llovía tanta sangre como del suyo.

Reventaban de risa el canónigo y el cura, saltaban los cuadrilleros de gozo,
zuzaban los unos y los otros, como hacen a los perros cuando en pendencia están
trabados; sólo Sancho Panza se desesperaba, porque no se podía desasir de un
criado del canónigo, que le estorbaba que a su amo no ayudase.

En resolución, estando todos en regocijo y fiesta, sino los dos aporreantes que
se carpían, oyeron el son de una trompeta, tan triste que les hizo volver los
rostros hacia donde les pareció que sonaba; pero el que más se alborotó de oírle
fue don Quijote, el cual, aunque estaba debajo del cabrero, harto contra su
voluntad y más que medianamente molido, le dijo:

-Hermano demonio, que no es posible que dejes de serlo, pues has tenido valor y
fuerzas para sujetar las mías, ruégote que hagamos treguas, no más de por una
hora; porque el doloroso son de aquella trompeta que a nuestros oídos llega me
parece que a alguna nueva aventura me llama.

El cabrero, que ya estaba cansado de moler y ser molido, le dejó luego, y don
Quijote se puso en pie, volviendo asimismo el rostro adonde el son se oía, y vio
a deshora que por un recuesto bajaban muchos hombres vestidos de blanco, a modo
de diciplinantes.

Era el caso que aquel año habían las nubes negado su rocío a la tierra, y por
todos los lugares de aquella comarca se hacían procesiones, rogativas y
diciplinas, pidiendo a Dios abriese las manos de su misericordia y les lloviese;
y para este efecto la gente de una aldea que allí junto estaba venía en
procesión a una devota ermita que en un recuesto de aquel valle había.

Don Quijote, que vio los estraños trajes de los diciplinantes, sin pasarle por
la memoria las muchas veces que los había de haber visto, se imaginó que era
cosa de aventura, y que a él solo tocaba, como a caballero andante, el
acometerla; y confirmóle más esta imaginación pensar que una imagen que traían
cubierta de luto fuese alguna principal señora que llevaban por fuerza aquellos
follones y descomedidos malandrines; y, como esto le cayó en las mientes, con
gran ligereza arremetió a Rocinante, que paciendo andaba, quitándole del arzón
el freno y el adarga, y en un punto le enfrenó, y, pidiendo a Sancho su espada,
subió sobre Rocinante y embrazó su adarga, y dijo en alta voz a todos los que
presentes estaban:

-Agora, valerosa compañía, veredes cuánto importa que haya en el mundo
caballeros que profesen la orden de la andante caballería; agora digo que
veredes, en la libertad de aquella buena señora que allí va cautiva, si se han
de estimar los caballeros andantes.

Y, en diciendo esto, apretó los muslos a Rocinante, porque espuelas no las
tenía, y, a todo galope, porque carrera tirada no se lee en toda esta verdadera
historia que jamás la diese Rocinante, se fue a encontrar con los diciplinantes,
bien que fueran el cura y el canónigo y barbero a detenelle; mas no les fue
posible, ni menos le detuvieron las voces que Sancho le daba, diciendo:

-¿Adónde va, señor don Quijote? ¿Qué demonios lleva en el pecho, que le incitan
a ir contra nuestra fe católica? Advierta, mal haya yo, que aquélla es procesión
de diciplinantes, y que aquella señora que llevan sobre la peana es la imagen
benditísima de la Virgen sin mancilla; mire, señor, lo que hace, que por esta
vez se puede decir que no es lo que sabe.

Fatigóse en vano Sancho, porque su amo iba tan puesto en llegar a los
ensabanados y en librar a la señora enlutada, que no oyó palabra; y, aunque la
oyera, no volviera, si el rey se lo mandara. Llegó, pues, a la procesión, y paró
a Rocinante, que ya llevaba deseo de quietarse un poco, y, con turbada y ronca
voz, dijo:

-Vosotros, que, quizá por no ser buenos, os encubrís los rostros, atended y
escuchad lo que deciros quiero.

Los primeros que se detuvieron fueron los que la imagen llevaban; y uno de los
cuatro clérigos que cantaban las ledanías, viendo la estraña catadura de don
Quijote, la flaqueza de Rocinante y otras circunstancias de risa que notó y
descubrió en don Quijote, le respondió diciendo:

-Señor hermano, si nos quiere decir algo, dígalo presto, porque se van estos
hermanos abriendo las carnes, y no podemos, ni es razón que nos detengamos a oír
cosa alguna, si ya no es tan breve que en dos palabras se diga.

-En una lo diré -replicó don Quijote-, y es ésta: que luego al punto dejéis
libre a esa hermosa señora, cuyas lágrimas y triste semblante dan claras
muestras que la lleváis contra su voluntad y que algún notorio desaguisado le
habedes fecho; y yo, que nací en el mundo para desfacer semejantes agravios, no
consentiré que un solo paso adelante pase sin darle la deseada libertad que
merece.

En estas razones, cayeron todos los que las oyeron que don Quijote debía de ser
algún hombre loco, y tomáronse a reír muy de gana; cuya risa fue poner pólvora a
la cólera de don Quijote, porque, sin decir más palabra, sacando la espada,
arremetió a las andas. Uno de aquellos que las llevaban, dejando la carga a sus
compañeros, salió al encuentro de don Quijote, enarbolando una horquilla o
bastón con que sustentaba las andas en tanto que descansaba; y, recibiendo en
ella una gran cuchillada que le tiró don Quijote, con que se la hizo dos partes,
con el último tercio, que le quedó en la mano, dio tal golpe a don Quijote
encima de un hombro, por el mismo lado de la espada, que no pudo cubrir el
adarga contra villana fuerza, que el pobre don Quijote vino al suelo muy mal
parado.

Sancho Panza, que jadeando le iba a los alcances, viéndole caído, dio voces a su
moledor que no le diese otro palo, porque era un pobre caballero encantado, que
no había hecho mal a nadie en todos los días de su vida. Mas, lo que detuvo al
villano no fueron las voces de Sancho, sino el ver que don Quijote no bullía pie
ni mano; y así, creyendo que le había muerto, con priesa se alzó la túnica a la
cinta, y dio a huir por la campaña como un gamo.

Ya en esto llegaron todos los de la compañía de don Quijote adonde él estaba; y
más los de la procesión, que los vieron venir corriendo, y con ellos los
cuadrilleros con sus ballestas, temieron algún mal suceso, y hiciéronse todos un
remolino alrededor de la imagen; y, alzados los capirotes, empuñando las
diciplinas, y los clérigos los ciriales, esperaban el asalto con determinación
de defenderse, y aun ofender, si pudiesen, a sus acometedores; pero la fortuna
lo hizo mejor que se pensaba, porque Sancho no hizo otra cosa que arrojarse
sobre el cuerpo de su señor, haciendo sobre él el más doloroso y risueño llanto
del mundo, creyendo que estaba muerto.

El cura fue conocido de otro cura que en la procesión venía, cuyo conocimiento
puso en sosiego el concebido temor de los dos escuadrones. El primer cura dio al
segundo, en dos razones, cuenta de quién era don Quijote, y así él como toda la
turba de los diciplinantes fueron a ver si estaba muerto el pobre caballero, y
oyeron que Sancho Panza, con lágrimas en los ojos, decía:

-¡Oh flor de la caballería, que con solo un garrotazo acabaste la carrera de tus
tan bien gastados años! ¡Oh honra de tu linaje, honor y gloria de toda la
Mancha, y aun de todo el mundo, el cual, faltando tú en él, quedará lleno de
malhechores, sin temor de ser castigados de sus malas fechorías! ¡Oh liberal
sobre todos los Alejandros, pues por solos ocho meses de servicio me tenías dada
la mejor ínsula que el mar ciñe y rodea! ¡Oh humilde con los soberbios y
arrogante con los humildes, acometedor de peligros, sufridor de afrentas,
enamorado sin causa, imitador de los buenos, azote de los malos, enemigo de los
ruines, en fin, caballero andante, que es todo lo que decir se puede!
Con las voces y gemidos de Sancho revivió don Quijote, y la primer palabra que
dijo fue:

-El que de vos vive ausente, dulcísima Dulcinea, a mayores miserias que éstas
está sujeto. Ayúdame, Sancho amigo, a ponerme sobre el carro encantado, que ya
no estoy para oprimir la silla de Rocinante, porque tengo todo este hombro hecho
pedazos.

-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, y volvamos a mi
aldea en compañía destos señores, que su bien desean, y allí daremos orden de
hacer otra salida que nos sea de más provecho y fama.

-Bien dices, Sancho -respondió don Quijote-, y será gran prudencia dejar pasar
el mal influjo de las estrellas que agora corre.

El canónigo y el cura y barbero le dijeron que haría muy bien en hacer lo que
decía; y así, habiendo recebido grande gusto de las simplicidades de Sancho
Panza, pusieron a don Quijote en el carro, como antes venía. La procesión volvió
a ordenarse y a proseguir su camino; el cabrero se despidió de todos; los
cuadrilleros no quisieron pasar adelante, y el cura les pagó lo que se les
debía. El canónigo pidió al cura le avisase el suceso de don Quijote, si sanaba
de su locura o si proseguía en ella, y con esto tomó licencia para seguir su
viaje. En fin, todos se dividieron y apartaron, quedando solos el cura y
barbero, don Quijote y Panza, y el bueno de Rocinante, que a todo lo que había
visto estaba con tanta paciencia como su amo.

El boyero unció sus bueyes y acomodó a don Quijote sobre un haz de heno, y con
su acostumbrada flema siguió el camino que el cura quiso, y a cabo de seis días
llegaron a la aldea de don Quijote, adonde entraron en la mitad del día, que
acertó a ser domingo, y la gente estaba toda en la plaza, por mitad de la cual
atravesó el carro de don Quijote. Acudieron todos a ver lo que en el carro
venía, y, cuando conocieron a su compatrioto, quedaron maravillados, y un
muchacho acudió corriendo a dar las nuevas a su ama y a su sobrina de que su tío
y su señor venía flaco y amarillo, y tendido sobre un montón de heno y sobre un
carro de bueyes. Cosa de lástima fue oír los gritos que las dos buenas señoras
alzaron, las bofetadas que se dieron, las maldiciones que de nuevo echaron a los
malditos libros de caballerías; todo lo cual se renovó cuando vieron entrar a
don Quijote por sus puertas.

A las nuevas desta venida de don Quijote, acudió la mujer de Sancho Panza, que
ya había sabido que había ido con él sirviéndole de escudero, y, así como vio a
Sancho, lo primero que le preguntó fue que si venía bueno el asno. Sancho
respondió que venía mejor que su amo.

-Gracias sean dadas a Dios -replicó ella-, que tanto bien me ha hecho; pero
contadme agora, amigo: ¿qué bien habéis sacado de vuestras escuderías?, ¿qué
saboyana me traes a mí?, ¿qué zapaticos a vuestros hijos?

-No traigo nada deso -dijo Sancho-, mujer mía, aunque traigo otras cosas de más
momento y consideración.

-Deso recibo yo mucho gusto -respondió la mujer-; mostradme esas cosas de más
consideración y más momento, amigo mío, que las quiero ver, para que se me
alegre este corazón, que tan triste y descontento ha estado en todos los siglos
de vuestra ausencia.

-En casa os las mostraré, mujer -dijo Panza-, y por agora estad contenta, que,
siendo Dios servido de que otra vez salgamos en viaje a buscar aventuras, vos me
veréis presto conde o gobernador de una ínsula, y no de las de por ahí, sino la
mejor que pueda hallarse.

-Quiéralo así el cielo, marido mío; que bien lo habemos menester. Mas, decidme:
¿qué es eso de ínsulas, que no lo entiendo?

-No es la miel para la boca del asno -respondió Sancho-; a su tiempo lo verás,
mujer, y aun te admirarás de oírte llamar Señoría de todos tus vasallos.

-¿Qué es lo que decís, Sancho, de señorías, ínsulas y vasallos? –respondió Juana
Panza, que así se llamaba la mujer de Sancho, aunque no eran parientes, sino
porque se usa en la Mancha tomar las mujeres el apellido de sus maridos.

-No te acucies, Juana, por saber todo esto tan apriesa; basta que te digo
verdad, y cose la boca. Sólo te sabré decir, así de paso, que no hay cosa más
gustosa en el mundo que ser un hombre honrado escudero de un caballero andante
buscador de aventuras. Bien es verdad que las más que se hallan no salen tan a
gusto como el hombre querría, porque de ciento que se encuentran, las noventa y
nueve suelen salir aviesas y torcidas. Sélo yo de expiriencia, porque de algunas
he salido manteado, y de otras molido; pero, con todo eso, es linda cosa esperar
los sucesos atravesando montes, escudriñando selvas, pisando peñas, visitando
castillos, alojando en ventas a toda discreción, sin pagar, ofrecido sea al
diablo, el maravedí.

Todas estas pláticas pasaron entre Sancho Panza y Juana Panza, su mujer, en
tanto que el ama y sobrina de don Quijote le recibieron, y le desnudaron, y le
tendieron en su antiguo lecho. Mirábalas él con ojos atravesados, y no acababa
de entender en qué parte estaba. El cura encargó a la sobrina tuviese gran
cuenta con regalar a su tío, y que estuviesen alerta de que otra vez no se les
escapase, contando lo que había sido menester para traelle a su casa. Aquí
alzaron las dos de nuevo los gritos al cielo; allí se renovaron las maldiciones
de los libros de caballerías, allí pidieron al cielo que confundiese en el
centro del abismo a los autores de tantas mentiras y disparates. Finalmente,
ellas quedaron confusas y temerosas de que se habían de ver sin su amo y tío en
el mesmo punto que tuviese alguna mejoría; y sí fue como ellas se lo imaginaron.
Pero el autor desta historia, puesto que con curiosidad y diligencia ha buscado
los hechos que don Quijote hizo en su tercera salida, no ha podido hallar
noticia de ellas, a lo menos por escrituras auténticas; sólo la fama ha
guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote, la tercera vez que
salió de su casa, fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en
aquella ciudad hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen
entendimiento. Ni de su fin y acabamiento pudo alcanzar cosa alguna, ni la
alcanzara ni supiera si la buena suerte no le deparara un antiguo médico que
tenía en su poder una caja de plomo, que, según él dijo, se había hallado en los
cimientos derribados de una antigua ermita que se renovaba; en la cual caja se
habían hallado unos pergaminos escritos con letras góticas, pero en versos
castellanos, que contenían muchas de sus hazañas y daban noticia de la hermosura
de Dulcinea del Toboso, de la figura de Rocinante, de la fidelidad de Sancho
Panza y de la sepultura del mesmo don Quijote, con diferentes epitafios y
elogios de su vida y costumbres.

Y los que se pudieron leer y sacar en limpio fueron los que aquí pone el
fidedigno autor desta nueva y jamás vista historia. El cual autor no pide a los
que la leyeren, en premio del inmenso trabajo que le costó inquerir y buscar
todos los archivos manchegos, por sacarla a luz, sino que le den el mesmo
crédito que suelen dar los discretos a los libros de caballerías, que tan
validos andan en el mundo; que con esto se tendrá por bien pagado y satisfecho,
y se animará a sacar y buscar otras, si no tan verdaderas, a lo menos de tanta
invención y pasatiempo.

Las palabras primeras que estaban escritas en el pergamino que se halló en la
caja de plomo eran éstas:

LOS ACADÉMICOS DE LA ARGAMASILLA,

LUGAR DE LA MANCHA,

EN VIDA Y MUERTE DEL VALEROSO

DON QUIJOTE DE LA MANCHA,

HOC SCRIPSERUNT:

EL MONICONGO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,

A LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

El calvatrueno que adornó a la Mancha

de más despojos que Jasón decreta;

el jüicio que tuvo la veleta

aguda donde fuera mejor ancha,

el brazo que su fuerza tanto ensancha,

que llegó del Catay hasta Gaeta,

la musa más horrenda y más discreta

que grabó versos en la broncínea plancha,

el que a cola dejó los Amadises,

y en muy poquito a Galaores tuvo,

estribando en su amor y bizarría,

el que hizo callar los Belianises,

aquel que en Rocinante errando anduvo,

yace debajo desta losa fría.

DEL PANIAGUADO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,

In laudem Dulcineae del Toboso

Soneto

Esta que veis de rostro amondongado,

alta de pechos y ademán brioso,

es Dulcinea, reina del Toboso,

de quien fue el gran Quijote aficionado.

Pisó por ella el uno y otro lado

de la gran Sierra Negra, y el famoso

campo de Montïel, hasta el herboso

llano de Aranjüez, a pie y cansado.

Culpa de Rocinante, ¡oh dura estrella!,

que esta manchega dama, y este invito

andante caballero, en tiernos años,

ella dejó, muriendo, de ser bella;

y él, aunque queda en mármores escrito,

no pudo huir de amor, iras y engaños.

DEL CAPRICHOSO, DISCRETÍSIMO ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LOOR DE ROCINANTE, CABALLO DE DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Soneto

En el soberbio trono diamantino

que con sangrientas plantas huella Marte,

frenético, el Manchego su estandarte

tremola con esfuerzo peregrino.

Cuelga las armas y el acero fino

con que destroza, asuela, raja y parte:

¡nuevas proezas!, pero inventa el arte

un nuevo estilo al nuevo paladino.

Y si de su Amadís se precia Gaula,

por cuyos bravos descendientes Grecia

triunfó mil veces y su fama ensancha,

hoy a Quijote le corona el aula

do Belona preside, y dél se precia,

más que Grecia ni Gaula, la alta Mancha.

Nunca sus glorias el olvido mancha,

pues hasta Rocinante, en ser gallardo,

excede a Brilladoro y a Bayardo.

DEL BURLADOR, ACADÉMICO ARGAMASILLESCO,
A SANCHO PANZA

Soneto

DEL CACHIDIABLO, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DON QUIJOTE

Epitafio

Aquí yace el caballero,

bien molido y mal andante,

a quien llevó Rocinante

por uno y otro sendero.

Sancho Panza el majadero

yace también junto a él,

escudero el más fïel

que vio el trato de escudero.

DEL TIQUITOC, ACADÉMICO DE LA ARGAMASILLA,
EN LA SEPULTURA DE DULCINEA DEL TOBOSO

Epitafio

Reposa aquí Dulcinea;

y, aunque de carnes rolliza,

la volvió en polvo y ceniza

la muerte espantable y fea.

Fue de castiza ralea,

y tuvo asomos de dama;

del gran Quijote fue llama,

y fue gloria de su aldea.

Éstos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estar carcomida la
letra, se entregaron a un académico para que por conjeturas los declarase.
Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias y mucho trabajo, y
que tiene intención de sacallos a luz, con esperanza de la tercera salida de don
Quijote.

Forsi altro canterà con miglior plectio.

Finis

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  1. Como Tramitar…

    [...]50 QuiXote I hidalgo 44/fin Cervantes 1605 « quiXote[...]…

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