20 May 2010

50 QuiXote II caballero 1/11 Cervantes 1616

Segunda parte del ingenioso caballero don QuiXote de la Mancha

TASA

Yo, Hernando de Vallejo, escribano de Cámara del Rey nuestro señor, de los que
residen en su Consejo, doy fe que, habiéndose visto por los señores dél un libro
que compuso Miguel de Cervantes Saavedra, intitulado Don QuiXote de la Mancha,
Segunda parte, que con licencia de Su Majestad fue impreso, le tasaron a cuatro
maravedís cada pliego en papel, el cual tiene setenta y tres pliegos, que al
dicho respeto suma y monta docientos y noventa y dos maravedís, y mandaron que
esta tasa se ponga al principio de cada volumen del dicho libro, para que se
sepa y entienda lo que por él se ha de pedir y llevar, sin que se exceda en ello
en manera alguna, como consta y parece por el auto y decreto original sobre ello
dado, y que queda en mi poder, a que me refiero; y de mandamiento de los dichos
señores del Consejo y de pedimiento de la parte del dicho Miguel de Cervantes,
di esta fee en Madrid, a veinte y uno días del mes de otubre del mil y
seiscientos y quince años.

Hernando de Vallejo.

FE DE ERRATAS

Vi este libro intitulado Segunda parte de don QuiXote de la Mancha, compuesto
por Miguel de Cervantes Saavedra, y no hay en él cosa digna de notar que no
corresponda a su original. Dada en Madrid, a veinte y uno de otubre, mil y
seiscientos y quince.

El licenciado Francisco Murcia de la Llana.

APROBACIÓN

Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he hecho ver el libro
contenido en este memorial: no contiene cosa contra la fe ni buenas costumbres,
antes es libro de mucho entretenimiento lícito, mezclado de mucha filosofía
moral; puédesele dar licencia para imprimirle. En Madrid, a cinco de noviembre
de mil seiscientos y quince.

Doctor Gutierre de Cetina.

APROBACIÓN

Por comisión y mandado de los señores del Consejo, he visto la Segunda parte de
don QuiXote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra: no contiene cosa
contra nuestra santa fe católica, ni buenas costumbres, antes, muchas de honesta
recreación y apacible divertimiento, que los antiguos juzgaron convenientes a
sus repúblicas, pues aun en la severa de los lacedemonios levantaron estatua a
la risa, y los de Tesalia la dedicaron fiestas, como lo dice Pausanias, referido
de Bosio, libro II De signis Ecclesiae, cap. 10, alentando ánimos marchitos y
espíritus melancólicos, de que se acordó Tulio en el primero De legibus, y el
poeta diciendo:

Interpone tuis interdum gaudia curis,

lo cual hace el autor mezclando las veras a las burlas, lo dulce a lo provechoso
y lo moral a lo faceto, disimulando en el cebo del donaire el anzuelo de la
reprehensión, y cumpliendo con el acertado asunto en que pretende la expulsión
de los libros de caballerías, pues con su buena diligencia mañosamente
alimpiando de su contagiosa dolencia a estos reinos, es obra muy digna de su
grande ingenio, honra y lustre de nuestra nación, admiración y invidia de las
estrañas. Éste es mi parecer, salvo etc. En Madrid, a 17 de marzo de 1615.

El maestro Josef de Valdivielso.

APROBACIÓN

Por comisión del señor doctor Gutierre de Cetina, vicario general desta villa de
Madrid, corte de Su Majestad, he visto este libro de la Segunda parte del
ingenioso caballero don QuiXote de la Mancha, por Miguel de Cervantes Saavedra,
y no hallo en él cosa indigna de un cristiano celo, ni que disuene de la
decencia debida a buen ejemplo, ni virtudes morales; antes, mucha erudición y
aprovechamiento, así en la continencia de su bien seguido asunto para extirpar
los vanos y mentirosos libros de caballerías, cuyo contagio había cundido más de
lo que fuera justo, como en la lisura del lenguaje castellano, no adulterado con
enfadosa y estudiada afectación, vicio con razón aborrecido de hombres cuerdos;
y en la correción de vicios que generalmente toca, ocasionado de sus agudos
discursos, guarda con tanta cordura las leyes de reprehensión cristiana, que
aquel que fuere tocado de la enfermedad que pretende curar, en lo dulce y
sabroso de sus medicinas gustosamente habrá bebido, cuando menos lo imagine, sin
empacho ni asco alguno, lo provechoso de la detestación de su vicio, con que se
hallará, que es lo más difícil de conseguirse, gustoso y reprehendido. Ha habido
muchos que, por no haber sabido templar ni mezclar a propósito lo útil con lo
dulce, han dado con todo su molesto trabajo en tierra, pues no pudiendo imitar a
Diógenes en lo filósofo y docto, atrevida, por no decir licenciosa y
desalumbradamente, le pretenden imitar en lo cínico, entregándose a
maldicientes, inventando casos que no pasaron, para hacer capaz al vicio que
tocan de su áspera reprehensión, y por ventura descubren caminos para seguirle,
hasta entonces ignorados, con que vienen a quedar, si no reprehensores, a lo
menos maestros dél. Hácense odiosos a los bien entendidos, con el pueblo pierden
el crédito, si alguno tuvieron, para admitir sus escritos y los vicios que
arrojada e imprudentemente quisieren corregir en muy peor estado que antes, que
no todas las postemas a un mismo tiempo están dispuestas para admitir las
recetas o cauterios; antes, algunos mucho mejor reciben las blandas y suaves
medicinas, con cuya aplicación, el atentado y docto médico consigue el fin de
resolverlas, término que muchas veces es mejor que no el que se alcanza con el
rigor del hierro. Bien diferente han sentido de los escritos de Miguel de
Cervantes, así nuestra nación como las estrañas, pues como a milagro desean ver
el autor de libros que con general aplauso, así por su decoro y decencia como
por la suavidad y blandura de sus discursos, han recebido España, Francia,
Italia, Alemania y Flandes. Certifico con verdad que en veinte y cinco de
febrero deste año de seiscientos y quince, habiendo ido el ilustrísimo señor don
Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo de Toledo, mi señor, a pagar la
visita que a Su Ilustrísima hizo el embajador de Francia, que vino a tratar
cosas tocantes a los casamientos de sus príncipes y los de España, muchos
caballeros franceses, de los que vinieron acompañando al embajador, tan corteses
como entendidos y amigos de buenas letras, se llegaron a mí y a otros capellanes
del cardenal mi señor, deseosos de saber qué libros de ingenio andaban más
validos; y, tocando acaso en éste que yo estaba censurando, apenas oyeron el
nombre de Miguel de Cervantes, cuando se comenzaron a hacer lenguas,
encareciendo la estimación en que, así en Francia como en los reinos sus
confinantes, se tenían sus obras: la Galatea, que alguno dellos tiene casi de
memoria la primera parte désta, y las Novelas. Fueron tantos sus
encarecimientos, que me ofrecí llevarles que viesen el autor dellas, que
estimaron con mil demostraciones de vivos deseos. Preguntáronme muy por menor su
edad, su profesión, calidad y cantidad. Halléme obligado a decir que era viejo,
soldado, hidalgo y pobre, a que uno respondió estas formales palabras: ”Pues,
¿a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?”
Acudió otro de aquellos caballeros con este pensamiento y con mucha agudeza, y
dijo: ”Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga
abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el
mundo”. Bien creo que está, para censura, un poco larga; alguno dirá que toca
los límites de lisonjero elogio; mas la verdad de lo que cortamente digo deshace
en el crítico la sospecha y en mí el cuidado; además que el día de hoy no se
lisonjea a quien no tiene con qué cebar el pico del adulador, que, aunque
afectuosa y falsamente dice de burlas, pretende ser remunerado de veras. En
Madrid, a veinte y siete de febrero de mil y seiscientos y quince.

El licenciado Márquez Torres.

PRIVILEGIO

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes Saavedra, nos fue fecha
relación que habíades compuesto la Segunda parte de don QuiXote de la Mancha, de
la cual hacíades presentación, y, por ser libro de historia agradable y honesta,
y haberos costado mucho trabajo y estudio, nos suplicastes os mandásemos dar
licencia para le poder imprimir y privilegio por veinte años, o como la nuestra
merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho
libro se hizo la diligencia que la premática por nos sobre ello fecha dispone,
fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula en la dicha razón, y
nos tuvímoslo por bien. Por la cual vos damos licencia y facultad para que, por
tiempo y espacio de diez años, cumplidos primeros siguientes, que corran y se
cuenten desde el día de la fecha de esta nuestra cédula en adelante, vos, o la
persona que para ello vuestro poder hobiere, y no otra alguna, podáis imprimir y
vender el dicho libro que desuso se hace mención; y por la presente damos
licencia y facultad a cualquier impresor de nuestros reinos que nombráredes para
que durante el dicho tiempo le pueda imprimir por el original que en el nuestro
Consejo se vio, que va rubricado y firmado al fin de Hernando de Vallejo,
nuestro escribano de Cámara, y uno de los que en él residen, con que antes y
primero que se venda lo traigáis ante ellos, juntamente con el dicho original,
para que se vea si la dicha impresión está conforme a él, o traigáis fe en
pública forma cómo, por corretor por nos nombrado, se vio y corrigió la dicha
impresión por el dicho original, y más al dicho impresor que ansí imprimiere el
dicho libro no imprima el principio y primer pliego dél, ni entregue más de un
solo libro con el original al autor y persona a cuya costa lo imprimiere, ni a
otra alguna, para efecto de la dicha correción y tasa, hasta que antes y primero
el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo, y estando
hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego,
en el cual imediatamente ponga esta nuestra licencia y la aprobación, tasa y
erratas, ni lo podáis vender ni vendáis vos ni otra persona alguna, hasta que
esté el dicho libro en la forma susodicha, so pena de caer e incurrir en las
penas contenidas en la dicha premática y leyes de nuestros reinos que sobre ello
disponen; y más, que durante el dicho tiempo persona alguna sin vuestra licencia
no le pueda imprimir ni vender, so pena que el que lo imprimiere y vendiere haya
perdido y pierda cualesquiera libros, moldes y aparejos que dél tuviere, y más
incurra en pena de cincuenta mil maravedís por cada vez que lo contrario
hiciere, de la cual dicha pena sea la tercia parte para nuestra Cámara, y la
otra tercia parte para el juez que lo sentenciare, y la otra tercia parte par el
que lo denunciare; y más a los del nuestro Consejo, presidentes, oidores de las
nuestras Audiencias, alcaldes, alguaciles de la nuestra Casa y Corte y
Chancillerías, y a otras cualesquiera justicias de todas las ciudades, villas y
lugares de los nuestros reinos y señoríos, y a cada uno en su juridición, ansí a
los que agora son como a los que serán de aquí adelante, que vos guarden y
cumplan esta nuestra cédula y merced, que ansí vos hacemos, y contra ella no
vayan ni pasen en manera alguna, so pena de la nuestra merced y de diez mil
maravedís para la nuestra Cámara. Dada en Madrid, a treinta días del mes de
marzo de mil y seiscientos y quince años.

YO, EL REY.

Por mandado del Rey nuestro señor:

Pedro de Contreras.

PRÓLOGO AL LECTOR

¡Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre,
o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganzas, riñas y
vituperios del autor del segundo Don QuiXote; digo de aquel que dicen que se
engendró en Tordesillas y nació en Tarragona! Pues en verdad que no te he dar
este contento; que, puesto que los agravios despiertan la cólera en los más
humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que
lo diera del asno, del mentecato y del atrevido, pero no me pasa por el
pensamiento: castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo haya. Lo
que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si
hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi
manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que
vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros. Si mis
heridas no resplandecen en los ojos de quien las mira, son estimadas, a lo
menos, en la estimación de los que saben dónde se cobraron; que el soldado más
bien parece muerto en la batalla que libre en la fuga; y es esto en mí de
manera, que si ahora me propusieran y facilitaran un imposible, quisiera antes
haberme hallado en aquella facción prodigiosa que sano ahora de mis heridas sin
haberme hallado en ella. Las que el soldado muestra en el rostro y en los
pechos, estrellas son que guían a los demás al cielo de la honra, y al de desear
la justa alabanza; y hase de advertir que no se escribe con las canas, sino con
el entendimiento, el cual suele mejorarse con los años.

He sentido también que me llame invidioso, y que, como a ignorante, me describa
qué cosa sea la invidia; que, en realidad de verdad, de dos que hay, yo no
conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y, siendo esto así,
como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por
añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo
dijo, engañóse de todo en todo: que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y
la ocupación continua y virtuosa. Pero, en efecto, le agradezco a este señor
autor el decir que mis novelas son más satíricas que ejemplares, pero que son
buenas; y no lo pudieran ser si no tuvieran de todo.

Paréceme que me dices que ando muy limitado y que me contengo mucho en los
términos de mi modestia, sabiendo que no se ha añadir aflición al afligido, y
que la que debe de tener este señor sin duda es grande, pues no osa parecer a
campo abierto y al cielo claro, encubriendo su nombre, fingiendo su patria, como
si hubiera hecho alguna traición de lesa majestad. Si, por ventura, llegares a
conocerle, dile de mi parte que no me tengo por agraviado: que bien sé lo que
son tentaciones del demonio, y que una de las mayores es ponerle a un hombre en
el entendimiento que puede componer y imprimir un libro, con que gane tanta fama
como dineros, y tantos dineros cuanta fama; y, para confirmación desto, quiero
que en tu buen donaire y gracia le cuentes este cuento:

«Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio
loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin, y, en
cogiendo algún perro en la calle, o en cualquiera otra parte, con el un pie le
cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba
el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota; y, en
teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga, y le soltaba,
diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos: “¿Pensarán vuestras
mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?”»

¿Pensará vuestra merced ahora que es poco trabajo hacer un libro?

Y si este cuento no le cuadrare, dirásle, lector amigo, éste, que también es de
loco y de perro:

«Había en Córdoba otro loco, que tenía por costumbre de traer encima de la
cabeza un pedazo de losa de mármol, o un canto no muy liviano, y, en topando
algún perro descuidado, se le ponía junto, y a plomo dejaba caer sobre él el
peso. Amohinábase el perro, y, dando ladridos y aullidos, no paraba en tres
calles. Sucedió, pues, que, entre los perros que descargó la carga, fue uno un
perro de un bonetero, a quien quería mucho su dueño. Bajó el canto, diole en la
cabeza, alzó el grito el molido perro, violo y sintiólo su amo, asió de una vara
de medir, y salió al loco y no le dejó hueso sano; y cada palo que le daba
decía: “Perro ladrón, ¿a mi podenco? ¿No viste, cruel, que era podenco mi
perro?” Y, repitiéndole el nombre de podenco muchas veces, envió al loco hecho
una alheña. Escarmentó el loco y retiróse, y en más de un mes no salió a la
plaza; al cabo del cual tiempo, volvió con su invención y con más carga.
Llegábase donde estaba el perro, y, mirándole muy bien de hito en hito, y sin
querer ni atreverse a descargar la piedra, decía: “Este es podenco: ¡guarda!”
En efeto, todos cuantos perros topaba, aunque fuesen alanos, o gozques, decía
que eran podencos; y así, no soltó más el canto.»

Quizá de esta suerte le podrá acontecer a este historiador: que no se atreverá a
soltar más la presa de su ingenio en libros que, en siendo malos, son más duros
que las peñas.

Dile también que de la amenaza que me hace, que me ha de quitar la ganancia con
su libro, no se me da un ardite, que, acomodándome al entremés famoso de La
Perendenga, le respondo que me viva el Veinte y cuatro, mi señor, y Cristo con
todos. Viva el gran conde de Lemos, cuya cristiandad y liberalidad, bien
conocida, contra todos los golpes de mi corta fortuna me tiene en pie, y vívame
la suma caridad del ilustrísimo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas, y
siquiera no haya emprentas en el mundo, y siquiera se impriman contra mí más
libros que tienen letras las Coplas de Mingo Revulgo. Estos dos príncipes, sin
que los solicite adulación mía ni otro género de aplauso, por sola su bondad,
han tomado a su cargo el hacerme merced y favorecerme; en lo que me tengo por
más dichoso y más rico que si la fortuna por camino ordinario me hubiera puesto
en su cumbre. La honra puédela tener el pobre, pero no el vicioso; la pobreza
puede anublar a la nobleza, pero no escurecerla del todo; pero, como la virtud
dé alguna luz de sí, aunque sea por los inconvenientes y resquicios de la
estrecheza, viene a ser estimada de los altos y nobles espíritus, y, por el
consiguiente, favorecida. Y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino
advertirte que consideres que esta segunda parte de Don QuiXote que te ofrezco
es cortada del mismo artífice y del mesmo paño que la primera, y que en ella te
doy a don QuiXote dilatado, y, finalmente, muerto y sepultado, porque ninguno se
atreva a levantarle nuevos testimonios, pues bastan los pasados y basta también
que un hombre honrado haya dado noticia destas discretas locuras, sin querer de
nuevo entrarse en ellas: que la abundancia de las cosas, aunque sean buenas,
hace que no se estimen, y la carestía, aun de las malas, se estima en algo.
Olvídaseme de decirte que esperes el Persiles, que ya estoy acabando, y la
segunda parte de Galatea.

DEDICATORIA

AL CONDE DE LEMOS

Enviando a Vuestra Excelencia los días pasados mis comedias, antes impresas que
representadas, si bien me acuerdo, dije que don QuiXote quedaba calzadas las
espuelas para ir a besar las manos a Vuestra Excelencia; y ahora digo que se las
ha calzado y se ha puesto en camino, y si él allá llega, me parece que habré
hecho algún servicio a Vuestra Excelencia, porque es mucha la priesa que de
infinitas partes me dan a que le envíe para quitar el hámago y la náusea que ha
causado otro don QuiXote, que, con nombre de segunda parte, se ha disfrazado y
corrido por el orbe; y el que más ha mostrado desearle ha sido el grande
emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una
carta con un propio, pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se le enviase,
porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana, y quería
que el libro que se leyese fuese el de la historia de don QuiXote. Juntamente
con esto, me decía que fuese yo a ser el rector del tal colegio.

Preguntéle al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de
costa. Respondióme que ni por pensamiento. “Pues, hermano -le respondí yo-, vos
os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a las que venís
despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan largo viaje; además
que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y emperador por emperador, y
monarca por monarca, en Nápoles tengo al grande conde de Lemos, que, sin tantos
titulillos de colegios ni rectorías, me sustenta, me ampara y hace más merced
que la que yo acierto a desear”.

Con esto le despedí, y con esto me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia los
Trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de cuatro
meses, Deo volente; el cual ha de ser o el más malo o el mejor que en nuestra
lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me
arrepiento de haber dicho el más malo, porque, según la opinión de mis amigos,
ha de llegar al estremo de bondad posible.

Venga Vuestra Excelencia con la salud que es deseado; que ya estará Persiles
para besarle las manos, y yo los pies, como criado que soy de Vuestra
Excelencia. De Madrid, último de otubre de mil seiscientos y quince.

Criado de Vuestra Excelencia,

Miguel de Cervantes Saavedra.

Capítulo I. De lo que el cura y el barbero pasaron con don QuiXote
cerca de su enfermedad

Cuenta Cide Hamete Benengeli, en la segunda parte desta historia y tercera
salida de don QuiXote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes sin
verle, por no renovarle y traerle a la memoria las cosas pasadas; pero no por
esto dejaron de visitar a su sobrina y a su ama, encargándolas tuviesen cuenta
con regalarle, dándole a comer cosas confortativas y apropiadas para el corazón
y el celebro, de donde procedía, según buen discurso, toda su mala ventura. Las
cuales dijeron que así lo hacían, y lo harían, con la voluntad y cuidado
posible, porque echaban de ver que su señor por momentos iba dando muestras de
estar en su entero juicio; de lo cual recibieron los dos gran contento, por
parecerles que habían acertado en haberle traído encantado en el carro de los
bueyes, como se contó en la primera parte desta tan grande como puntual
historia, en su último capítulo. Y así, determinaron de visitarle y hacer
esperiencia de su mejoría, aunque tenían casi por imposible que la tuviese, y
acordaron de no tocarle en ningún punto de la andante caballería, por no ponerse
a peligro de descoser los de la herida, que tan tiernos estaban.

Visitáronle, en fin, y halláronle sentado en la cama, vestida una almilla de
bayeta verde, con un bonete colorado toledano; y estaba tan seco y amojamado,
que no parecía sino hecho de carne momia. Fueron dél muy bien recebidos,
preguntáronle por su salud, y él dio cuenta de sí y de ella con mucho juicio y
con muy elegantes palabras; y en el discurso de su plática vinieron a tratar en
esto que llaman razón de estado y modos de gobierno, enmendando este abuso y
condenando aquél, reformando una costumbre y desterrando otra, haciéndose cada
uno de los tres un nuevo legislador, un Licurgo moderno o un Solón flamante; y
de tal manera renovaron la república, que no pareció sino que la habían puesto
en una fragua, y sacado otra de la que pusieron; y habló don QuiXote con tanta
discreción en todas las materias que se tocaron, que los dos esaminadores
creyeron indubitadamente que estaba del todo bueno y en su entero juicio.
Halláronse presentes a la plática la sobrina y ama, y no se hartaban de dar
gracias a Dios de ver a su señor con tan buen entendimiento; pero el cura,
mudando el propósito primero, que era de no tocarle en cosa de caballerías,
quiso hacer de todo en todo esperiencia si la sanidad de don QuiXote era falsa o
verdadera, y así, de lance en lance, vino a contar algunas nuevas que habían
venido de la corte; y, entre otras, dijo que se tenía por cierto que el Turco
bajaba con una poderosa armada, y que no se sabía su designio, ni adónde había
de descargar tan gran nublado; y, con este temor, con que casi cada año nos toca
arma, estaba puesta en ella toda la cristiandad, y Su Majestad había hecho
proveer las costas de Nápoles y Sicilia y la isla de Malta. A esto respondió don
QuiXote:

-Su Majestad ha hecho como prudentísimo guerrero en proveer sus estados con
tiempo, porque no le halle desapercebido el enemigo; pero si se tomara mi
consejo, aconsejárale yo que usara de una prevención, de la cual Su Majestad la
hora de agora debe estar muy ajeno de pensar en ella.
Apenas oyó esto el cura, cuando dijo entre sí:

-¡Dios te tenga de su mano, pobre don QuiXote: que me parece que te despeñas de
la alta cumbre de tu locura hasta el profundo abismo de tu simplicidad!

Mas el barbero, que ya había dado en el mesmo pensamiento que el cura, preguntó
a don QuiXote cuál era la advertencia de la prevención que decía era bien se
hiciese; quizá podría ser tal, que se pusiese en la lista de los muchos
advertimientos impertinentes que se suelen dar a los príncipes.

-El mío, señor rapador -dijo don QuiXote-, no será impertinente, sino
perteneciente.

-No lo digo por tanto -replicó el barbero-, sino porque tiene mostrado la
esperiencia que todos o los más arbitrios que se dan a Su Majestad, o son
imposibles, o disparatados, o en daño del rey o del reino.

-Pues el mío -respondió don QuiXote- ni es imposible ni disparatado, sino el más
fácil, el más justo y el más mañero y breve que puede caber en pensamiento de
arbitrante alguno.

-Ya tarda en decirle vuestra merced, señor don QuiXote -dijo el cura.

-No querría -dijo don QuiXote- que le dijese yo aquí agora, y amaneciese mañana
en los oídos de los señores consejeros, y se llevase otro las gracias y el
premio de mi trabajo.

-Por mí -dijo el barbero-, doy la palabra, para aquí y para delante de Dios, de
no decir lo que vuestra merced dijere a rey ni a roque, ni a hombre terrenal,
juramento que aprendí del romance del cura que en el prefacio avisó al rey del
ladrón que le había robado las cien doblas y la su mula la andariega.

-No sé historias -dijo don QuiXote-, pero sé que es bueno ese juramento, en fee
de que sé que es hombre de bien el señor barbero.

-Cuando no lo fuera -dijo el cura-, yo le abono y salgo por él, que en este caso
no hablará más que un mudo, so pena de pagar lo juzgado y sentenciado.

-Y a vuestra merced, ¿quién le fía, señor cura? -dijo don QuiXote.

-Mi profesión -respondió el cura-, que es de guardar secreto.

-¡Cuerpo de tal! -dijo a esta sazón don QuiXote-. ¿Hay más, sino mandar Su
Majestad por público pregón que se junten en la corte para un día señalado todos
los caballeros andantes que vagan por España; que, aunque no viniesen sino media
docena, tal podría venir entre ellos, que solo bastase a destruir toda la
potestad del Turco? Esténme vuestras mercedes atentos, y vayan conmigo. ¿Por
ventura es cosa nueva deshacer un solo caballero andante un ejército de
docientos mil hombres, como si todos juntos tuvieran una sola garganta, o fueran
hechos de alfenique? Si no, díganme: ¿cuántas historias están llenas destas
maravillas? ¡Había, en hora mala para mí, que no quiero decir para otro, de
vivir hoy el famoso don Belianís, o alguno de los del inumerable linaje de
Amadís de Gaula; que si alguno déstos hoy viviera y con el Turco se afrontara, a
fee que no le arrendara la ganancia! Pero Dios mirará por su pueblo, y deparará
alguno que, si no tan bravo como los pasados andantes caballeros, a lo menos no
les será inferior en el ánimo; y Dios me entiende, y no digo más.

-¡Ay! -dijo a este punto la sobrina-; ¡que me maten si no quiere mi señor volver
a ser caballero andante!

A lo que dijo don QuiXote:

-Caballero andante he de morir, y baje o suba el Turco cuando él quisiere y cuan
poderosamente pudiere; que otra vez digo que Dios me entiende.
A esta sazón dijo el barbero:

-Suplico a vuestras mercedes que se me dé licencia para contar un cuento breve
que sucedió en Sevilla, que, por venir aquí como de molde, me da gana de
contarle.

Dio la licencia don QuiXote, y el cura y los demás le prestaron atención, y él
comenzó desta manera:

-«En la casa de los locos de Sevilla estaba un hombre a quien sus parientes
habían puesto allí por falto de juicio. Era graduado en cánones por Osuna, pero,
aunque lo fuera por Salamanca, según opinión de muchos, no dejara de ser loco.
Este tal graduado, al cabo de algunos años de recogimiento, se dio a entender
que estaba cuerdo y en su entero juicio, y con esta imaginación escribió al
arzobispo, suplicándole encarecidamente y con muy concertadas razones le mandase
sacar de aquella miseria en que vivía, pues por la misericordia de Dios había ya
cobrado el juicio perdido; pero que sus parientes, por gozar de la parte de su
hacienda, le tenían allí, y, a pesar de la verdad, querían que fuese loco hasta
la muerte.

»El arzobispo, persuadido de muchos billetes concertados y discretos, mandó a un
capellán suyo se informase del retor de la casa si era verdad lo que aquel
licenciado le escribía, y que asimesmo hablase con el loco, y que si le
pareciese que tenía juicio, le sacase y pusiese en libertad. Hízolo así el
capellán, y el retor le dijo que aquel hombre aún se estaba loco: que, puesto
que hablaba muchas veces como persona de grande entendimiento, al cabo disparaba
con tantas necedades, que en muchas y en grandes igualaban a sus primeras
discreciones, como se podía hacer la esperiencia hablándole. Quiso hacerla el
capellán, y, poniéndole con el loco, habló con él una hora y más, y en todo
aquel tiempo jamás el loco dijo razón torcida ni disparatada; antes, habló tan
atentadamente, que el capellán fue forzado a creer que el loco estaba cuerdo; y
entre otras cosas que el loco le dijo fue que el retor le tenía ojeriza, por no
perder los regalos que sus parientes le hacían porque dijese que aún estaba
loco, y con lúcidos intervalos; y que el mayor contrario que en su desgracia
tenía era su mucha hacienda, pues, por gozar della sus enemigos, ponían dolo y
dudaban de la merced que Nuestro Señor le había hecho en volverle de bestia en
hombre. Finalmente, él habló de manera que hizo sospechoso al retor, codiciosos
y desalmados a sus parientes, y a él tan discreto que el capellán se determinó a
llevársele consigo a que el arzobispo le viese y tocase con la mano la verdad de
aquel negocio.

»Con esta buena fee, el buen capellán pidió al retor mandase dar los vestidos
con que allí había entrado el licenciado; volvió a decir el retor que mirase lo
que hacía, porque, sin duda alguna, el licenciado aún se estaba loco. No
sirvieron de nada para con el capellán las prevenciones y advertimientos del
retor para que dejase de llevarle; obedeció el retor, viendo ser orden del
arzobispo; pusieron al licenciado sus vestidos, que eran nuevos y decentes, y,
como él se vio vestido de cuerdo y desnudo de loco, suplicó al capellán que por
caridad le diese licencia para ir a despedirse de sus compañeros los locos. El
capellán dijo que él le quería acompañar y ver los locos que en la casa había.
Subieron, en efeto, y con ellos algunos que se hallaron presentes; y, llegado el
licenciado a una jaula adonde estaba un loco furioso, aunque entonces sosegado y
quieto, le dijo: “Hermano mío, mire si me manda algo, que me voy a mi casa; que
ya Dios ha sido servido, por su infinita bondad y misericordia, sin yo
merecerlo, de volverme mi juicio: ya estoy sano y cuerdo; que acerca del poder
de Dios ninguna cosa es imposible. Tenga grande esperanza y confianza en Él,
que, pues a mí me ha vuelto a mi primero estado, también le volverá a él si en
Él confía. Yo tendré cuidado de enviarle algunos regalos que coma, y cómalos en
todo caso, que le hago saber que imagino, como quien ha pasado por ello, que
todas nuestras locuras proceden de tener los estómagos vacíos y los celebros
llenos de aire. Esfuércese, esfuércese, que el descaecimiento en los infortunios
apoca la salud y acarrea la muerte”.

»Todas estas razones del licenciado escuchó otro loco que estaba en otra jaula,
frontero de la del furioso, y, levantándose de una estera vieja donde estaba
echado y desnudo en cueros, preguntó a grandes voces quién era el que se iba
sano y cuerdo. El licenciado respondió: “Yo soy, hermano, el que me voy; que ya
no tengo necesidad de estar más aquí, por lo que doy infinitas gracias a los
cielos, que tan grande merced me han hecho”. “Mirad lo que decís, licenciado,
no os engañe el diablo -replicó el loco-; sosegad el pie, y estaos quedito en
vuestra casa, y ahorraréis la vuelta”. “Yo sé que estoy bueno -replicó el
licenciado-, y no habrá para qué tornar a andar estaciones”. “¿Vos bueno? -
dijo el loco-: agora bien, ello dirá; andad con Dios, pero yo os voto a Júpiter,
cuya majestad yo represento en la tierra, que por solo este pecado que hoy
comete Sevilla, en sacaros desta casa y en teneros por cuerdo, tengo de hacer un
tal castigo en ella, que quede memoria dél por todos los siglos del los siglos,
amén. ¿No sabes tú, licenciadillo menguado, que lo podré hacer, pues, como digo,
soy Júpiter Tonante, que tengo en mis manos los rayos abrasadores con que puedo
y suelo amenazar y destruir el mundo? Pero con sola una cosa quiero castigar a
este ignorante pueblo, y es con no llover en él ni en todo su distrito y
contorno por tres enteros años, que se han de contar desde el día y punto en que
ha sido hecha esta amenaza en adelante. ¿Tú libre, tú sano, tú cuerdo, y yo
loco, y yo enfermo, y yo atado…? Así pienso llover como pensar ahorcarme”.

»A las voces y a las razones del loco estuvieron los circustantes atentos, pero
nuestro licenciado, volviéndose a nuestro capellán y asiéndole de las manos, le
dijo: ”No tenga vuestra merced pena, señor mío, ni haga caso de lo que este
loco ha dicho, que si él es Júpiter y no quisiere llover, yo, que soy Neptuno,
el padre y el dios de las aguas, lloveré todas las veces que se me antojare y
fuere menester”. A lo que respondió el capellán: ”Con todo eso, señor Neptuno,
no será bien enojar al señor Júpiter: vuestra merced se quede en su casa, que
otro día, cuando haya más comodidad y más espacio, volveremos por vuestra
merced”. Rióse el retor y los presentes, por cuya risa se medio corrió el
capellán; desnudaron al licenciado, quedóse en casa y acabóse el cuento.»

-Pues, ¿éste es el cuento, señor barbero -dijo don QuiXote-, que, por venir aquí
como de molde, no podía dejar de contarle? ¡Ah, señor rapista, señor rapista, y
cuán ciego es aquel que no vee por tela de cedazo! Y ¿es posible que vuestra
merced no sabe que las comparaciones que se hacen de ingenio a ingenio, de valor
a valor, de hermosura a hermosura y de linaje a linaje son siempre odiosas y mal
recebidas? Yo, señor barbero, no soy Neptuno, el dios de las aguas, ni procuro
que nadie me tenga por discreto no lo siendo; sólo me fatigo por dar a entender
al mundo en el error en que está en no renovar en sí el felicísimo tiempo donde
campeaba la orden de la andante caballería. Pero no es merecedora la depravada
edad nuestra de gozar tanto bien como el que gozaron las edades donde los
andantes caballeros tomaron a su cargo y echaron sobre sus espaldas la defensa
de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y
pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes. Los más de los
caballeros que agora se usan, antes les crujen los damascos, los brocados y
otras ricas telas de que se visten, que la malla con que se arman; ya no hay
caballero que duerma en los campos, sujeto al rigor del cielo, armado de todas
armas desde los pies a la cabeza; y ya no hay quien, sin sacar los pies de los
estribos, arrimado a su lanza, sólo procure descabezar, como dicen, el sueño,
como lo hacían los caballeros andantes. Ya no hay ninguno que, saliendo deste
bosque, entre en aquella montaña, y de allí pise una estéril y desierta playa
del mar, las más veces proceloso y alterado, y, hallando en ella y en su orilla
un pequeño batel sin remos, vela, mástil ni jarcia alguna, con intrépido corazón
se arroje en él, entregándose a las implacables olas del mar profundo, que ya le
suben al cielo y ya le bajan al abismo; y él, puesto el pecho a la
incontrastable borrasca, cuando menos se cata, se halla tres mil y más leguas
distante del lugar donde se embarcó, y, saltando en tierra remota y no conocida,
le suceden cosas dignas de estar escritas, no en pergaminos, sino en bronces.
Mas agora, ya triunfa la pereza de la diligencia, la ociosidad del trabajo, el
vicio de la virtud, la arrogancia de la valentía y la teórica de la práctica de
las armas, que sólo vivieron y resplandecieron en las edades del oro y en los
andantes caballeros. Si no, díganme: ¿quién más honesto y más valiente que el
famoso Amadís de Gaula?; ¿quién más discreto que Palmerín de Inglaterra?; ¿quién
más acomodado y manual que Tirante el Blanco?; ¿quién más galán que Lisuarte de
Grecia?; ¿quién más acuchillado ni acuchillador que don Belianís?; ¿quién más
intrépido que Perión de Gaula, o quién más acometedor de peligros que Felixmarte
de Hircania, o quién más sincero que Esplandián?; ¿quién mas arrojado que don
Cirongilio de Tracia?; ¿quién más bravo que Rodamonte?; ¿quién más prudente que
el rey Sobrino?; ¿quién más atrevido que Reinaldos?; ¿quién más invencible que
Roldán?; y ¿quién más gallardo y más cortés que Rugero, de quien decienden hoy
los duques de Ferrara, según Turpín en su Cosmografía? Todos estos caballeros, y
otros muchos que pudiera decir, señor cura, fueron caballeros andantes, luz y
gloria de la caballería. Déstos, o tales como éstos, quisiera yo que fueran los
de mi arbitrio, que, a serlo, Su Majestad se hallara bien servido y ahorrara de
mucho gasto, y el Turco se quedara pelando las barbas, y con esto, no quiero
quedar en mi casa, pues no me saca el capellán della; y si su Júpiter, como ha
dicho el barbero, no lloviere, aquí estoy yo, que lloveré cuando se me antojare.
Digo esto porque sepa el señor Bacía que le entiendo.

-En verdad, señor don QuiXote -dijo el barbero-, que no lo dije por tanto, y así
me ayude Dios como fue buena mi intención, y que no debe vuestra merced
sentirse.

-Si puedo sentirme o no -respondió don QuiXote-, yo me lo sé.
A esto dijo el cura:

-Aun bien que yo casi no he hablado palabra hasta ahora, y no quisiera quedar
con un escrúpulo que me roe y escarba la conciencia, nacido de lo que aquí el
señor don QuiXote ha dicho.

-Para otras cosas más -respondió don QuiXote- tiene licencia el señor cura; y
así, puede decir su escrúpulo, porque no es de gusto andar con la conciencia
escrupulosa.

-Pues con ese beneplácito -respondió el cura-, digo que mi escrúpulo es que no
me puedo persuadir en ninguna manera a que toda la caterva de caballeros
andantes que vuestra merced, señor don QuiXote, ha referido, hayan sido real y
verdaderamente personas de carne y hueso en el mundo; antes, imagino que todo es
ficción, fábula y mentira, y sueños contados por hombres despiertos, o, por
mejor decir, medio dormidos.

-Ése es otro error -respondió don QuiXote- en que han caído muchos, que no creen
que haya habido tales caballeros en el mundo; y yo muchas veces, con diversas
gentes y ocasiones, he procurado sacar a la luz de la verdad este casi común
engaño; pero algunas veces no he salido con mi intención, y otras sí,
sustentándola sobre los hombros de la verdad; la cual verdad es tan cierta, que
estoy por decir que con mis propios ojos vi a Amadís de Gaula, que era un hombre
alto de cuerpo, blanco de rostro, bien puesto de barba, aunque negra, de vista
entre blanda y rigurosa, corto de razones, tardo en airarse y presto en deponer
la ira; y del modo que he delineado a Amadís pudiera, a mi parecer, pintar y
descubrir todos cuantos caballeros andantes andan en las historias en el orbe,
que, por la aprehensión que tengo de que fueron como sus historias cuentan, y
por las hazañas que hicieron y condiciones que tuvieron, se pueden sacar por
buena filosofía sus faciones, sus colores y estaturas.

-¿Que tan grande le parece a vuestra merced, mi señor don QuiXote –preguntó el
barbero-, debía de ser el gigante Morgante?

-En esto de gigantes -respondió don QuiXote- hay diferentes opiniones, si los ha
habido o no en el mundo; pero la Santa Escritura, que no puede faltar un átomo
en la verdad, nos muestra que los hubo, contándonos la historia de aquel
filisteazo de Golías, que tenía siete codos y medio de altura, que es una
desmesurada grandeza. También en la isla de Sicilia se han hallado canillas y
espaldas tan grandes, que su grandeza manifiesta que fueron gigantes sus dueños,
y tan grandes como grandes torres; que la geometría saca esta verdad de duda.
Pero, con todo esto, no sabré decir con certidumbre qué tamaño tuviese Morgante,
aunque imagino que no debió de ser muy alto; y muéveme a ser deste parecer
hallar en la historia donde se hace mención particular de sus hazañas que muchas
veces dormía debajo de techado; y, pues hallaba casa donde cupiese, claro está
que no era desmesurada su grandeza.

-Así es -dijo el cura.

El cual, gustando de oírle decir tan grandes disparates, le preguntó que qué
sentía acerca de los rostros de Reinaldos de Montalbán y de don Roldán, y de los
demás Doce Pares de Francia, pues todos habían sido caballeros andantes.

-De Reinaldos -respondió don QuiXote- me atrevo a decir que era ancho de rostro,
de color bermejo, los ojos bailadores y algo saltados, puntoso y colérico en
demasía, amigo de ladrones y de gente perdida. De Roldán, o Rotolando, o
Orlando, que con todos estos nombres le nombran las historias, soy de parecer y
me afirmo que fue de mediana estatura, ancho de espaldas, algo estevado, moreno
de rostro y barbitaheño, velloso en el cuerpo y de vista amenazadora; corto de
razones, pero muy comedido y bien criado.

-Si no fue Roldán más gentilhombre que vuestra merced ha dicho -replicó el cura-
, no fue maravilla que la señora Angélica la Bella le desdeñase y dejase por la
gala, brío y donaire que debía de tener el morillo barbiponiente a quien ella se
entregó; y anduvo discreta de adamar antes la blandura de Medoro que la aspereza
de Roldán.

-Esa Angélica -respondió don QuiXote-, señor cura, fue una doncella destraída,
andariega y algo antojadiza, y tan lleno dejó el mundo de sus impertinencias
como de la fama de su hermosura: despreció mil señores, mil valientes y mil
discretos, y contentóse con un pajecillo barbilucio, sin otra hacienda ni nombre
que el que le pudo dar de agradecido la amistad que guardó a su amigo. El gran
cantor de su belleza, el famoso Ariosto, por no atreverse, o por no querer
cantar lo que a esta señora le sucedió después de su ruin entrego, que no
debieron ser cosas demasiadamente honestas, la dejó donde dijo:
Y como del Catay recibió el cetro, quizá otro cantará con mejor plectro.
Y, sin duda, que esto fue como profecía; que los poetas también se llaman vates,
que quiere decir adivinos. Véese esta verdad clara, porque, después acá, un
famoso poeta andaluz lloró y cantó sus lágrimas, y otro famoso y único poeta
castellano cantó su hermosura.

-Dígame, señor don QuiXote -dijo a esta sazón el barbero-, ¿no ha habido algún
poeta que haya hecho alguna sátira a esa señora Angélica, entre tantos como la
han alabado?

-Bien creo yo -respondió don QuiXote- que si Sacripante o Roldán fueran poetas,
que ya me hubieran jabonado a la doncella; porque es propio y natural de los
poetas desdeñados y no admitidos de sus damas fingidas –o fingidas, en efeto, de
aquéllos a quien ellos escogieron por señoras de sus pensamientos-, vengarse con
sátiras y libelos (venganza, por cierto, indigna de pechos generosos), pero
hasta agora no ha llegado a mi noticia ningún verso infamatorio contra la señora
Angélica, que trujo revuelto el mundo.

-¡Milagro! -dijo el cura.

Y, en esto, oyeron que la ama y la sobrina, que ya habían dejado la
conversación, daban grandes voces en el patio, y acudieron todos al ruido.

Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la
sobrina y ama de don QuiXote, con otros sujetos graciosos

Cuenta la historia que las voces que oyeron don QuiXote, el cura y el barbero
eran de la sobrina y ama, que las daban diciendo a Sancho Panza, que pugnaba por
entrar a ver a don QuiXote, y ellas le defendían la puerta:

-¿Qué quiere este mostrenco en esta casa? Idos a la vuestra, hermano, que vos
sois, y no otro, el que destrae y sonsaca a mi señor, y le lleva por esos
andurriales.

A lo que Sancho respondió:

-Ama de Satanás, el sonsacado, y el destraído, y el llevado por esos andurriales
soy yo, que no tu amo; él me llevó por esos mundos, y vosotras os engañáis en la
mitad del justo precio: él me sacó de mi casa con engañifas, prometiéndome una
ínsula, que hasta agora la espero.

-Malas ínsulas te ahoguen -respondió la sobrina-, Sancho maldito. Y ¿qué son
ínsulas? ¿Es alguna cosa de comer, golosazo, comilón, que tú eres?

-No es de comer -replicó Sancho-, sino de gobernar y regir mejor que cuatro
ciudades y que cuatro alcaldes de corte.

-Con todo eso -dijo el ama-, no entraréis acá, saco de maldades y costal de
malicias. Id a gobernar vuestra casa y a labrar vuestros pegujares, y dejaos de
pretender ínsulas ni ínsulos.

Grande gusto recebían el cura y el barbero de oír el coloquio de los tres; pero
don QuiXote, temeroso que Sancho se descosiese y desbuchase algún montón de
maliciosas necedades, y tocase en puntos que no le estarían bien a su crédito,
le llamó, y hizo a las dos que callasen y le dejasen entrar. Entró Sancho, y el
cura y el barbero se despidieron de don QuiXote, de cuya salud desesperaron,
viendo cuán puesto estaba en sus desvariados pensamientos, y cuán embebido en la
simplicidad de sus malandantes caballerías; y así, dijo el cura al barbero:

-Vos veréis, compadre, cómo, cuando menos lo pensemos, nuestro hidalgo sale otra
vez a volar la ribera.

No pongo yo duda en eso -respondió el barbero-, pero no me maravillo tanto de la
locura del caballero como de la simplicidad del escudero, que tan creído tiene
aquello de la ínsula, que creo que no se lo sacarán del casco cuantos desengaños
pueden imaginarse.

-Dios los remedie -dijo el cura-, y estemos a la mira: veremos en lo que para
esta máquina de disparates de tal caballero y de tal escudero, que parece que
los forjaron a los dos en una mesma turquesa, y que las locuras del señor, sin
las necedades del criado, no valían un ardite.

-Así es -dijo el barbero-, y holgara mucho saber qué tratarán ahora los dos.

-Yo seguro -respondió el cura- que la sobrina o el ama nos lo cuenta después,
que no son de condición que dejarán de escucharlo.

En tanto, don QuiXote se encerró con Sancho en su aposento; y, estando solos, le
dijo:

-Mucho me pesa, Sancho, que hayas dicho y digas que yo fui el que te saqué de
tus casillas, sabiendo que yo no me quedé en mis casas: juntos salimos, juntos
fuimos y juntos peregrinamos; una misma fortuna y una misma suerte ha corrido
por los dos: si a ti te mantearon una vez, a mí me han molido ciento, y esto es
lo que te llevo de ventaja.

-Eso estaba puesto en razón -respondió Sancho-, porque, según vuestra merced
dice, más anejas son a los caballeros andantes las desgracias que a sus
escuderos.

-Engáñaste, Sancho -dijo don QuiXote-; según aquello, quando caput dolet…,
etcétera.

-No entiendo otra lengua que la mía -respondió Sancho.

-Quiero decir -dijo don QuiXote- que, cuando la cabeza duele, todos los miembros
duelen; y así, siendo yo tu amo y señor, soy tu cabeza, y tú mi parte, pues eres
mi criado; y, por esta razón, el mal que a mí me toca, o tocare, a ti te ha de
doler, y a mí el tuyo.

-Así había de ser -dijo Sancho-, pero cuando a mí me manteaban como a miembro,
se estaba mi cabeza detrás de las bardas, mirándome volar por los aires, sin
sentir dolor alguno; y, pues los miembros están obligados a dolerse del mal de
la cabeza, había de estar obligada ella a dolerse dellos.

-¿Querrás tú decir agora, Sancho -respondió don QuiXote-, que no me dolía yo
cuando a ti te manteaban? Y si lo dices, no lo digas, ni lo pienses; pues más
dolor sentía yo entonces en mi espíritu que tú en tu cuerpo. Pero dejemos esto
aparte por agora, que tiempo habrá donde lo ponderemos y pongamos en su punto, y
dime, Sancho amigo: ¿qué es lo que dicen de mí por ese lugar? ¿En qué opinión me
tiene el vulgo, en qué los hidalgos y en qué los caballeros? ¿Qué dicen de mi
valentía, qué de mis hazañas y qué de mi cortesía? ¿Qué se platica del asumpto
que he tomado de resucitar y volver al mundo la ya olvidada orden caballeresca?
Finalmente, quiero, Sancho, me digas lo que acerca desto ha llegado a tus oídos;
y esto me has de decir sin añadir al bien ni quitar al mal cosa alguna, que de
los vasallos leales es decir la verdad a sus señores en su ser y figura propia,
sin que la adulación la acreciente o otro vano respeto la disminuya; y quiero
que sepas, Sancho, que si a los oídos de los príncipes llegase la verdad
desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían, otras edades
serían tenidas por más de hierro que la nuestra, que entiendo que, de las que
ahora se usan, es la dorada. Sírvate este advertimiento, Sancho, para que
discreta y bienintencionadamente pongas en mis oídos la verdad de las cosas que
supieres de lo que te he preguntado.

-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió Sancho-, con condición que
vuestra merced no se ha de enojar de lo que dijere, pues quiere que lo diga en
cueros, sin vestirlo de otras ropas de aquellas con que llegaron a mi noticia.

-En ninguna manera me enojaré -respondió don QuiXote-. Bien puedes, Sancho,
hablar libremente y sin rodeo alguno.

-Pues lo primero que digo -dijo-, es que el vulgo tiene a vuestra merced por
grandísimo loco, y a mí por no menos mentecato. Los hidalgos dicen que, no
conteniéndose vuestra merced en los límites de la hidalguía, se ha puesto don y
se ha arremetido a caballero con cuatro cepas y dos yugadas de tierra y con un
trapo atrás y otro adelante. Dicen los caballeros que no querrían que los
hidalgos se opusiesen a ellos, especialmente aquellos hidalgos escuderiles que
dan humo a los zapatos y toman los puntos de las medias negras con seda verde.

-Eso -dijo don QuiXote- no tiene que ver conmigo, pues ando siempre bien
vestido, y jamás remendado; roto, bien podría ser; y el roto, más de las armas
que del tiempo.

-En lo que toca -prosiguió Sancho- a la valentía, cortesía, hazañas y asumpto de
vuestra merced, hay diferentes opiniones; unos dicen: “loco, pero gracioso”;
otros, “valiente, pero desgraciado”; otros, “cortés, pero impertinente”; y por
aquí van discurriendo en tantas cosas, que ni a vuestra merced ni a mí nos dejan
hueso sano.

-Mira, Sancho -dijo don QuiXote-: dondequiera que está la virtud en eminente
grado, es perseguida. Pocos o ninguno de los famosos varones que pasaron dejó de
ser calumniado de la malicia. Julio César, animosísimo, prudentísimo y
valentísimo capitán, fue notado de ambicioso y algún tanto no limpio, ni en sus
vestidos ni en sus costumbres. Alejandro, a quien sus hazañas le alcanzaron el
renombre de Magno, dicen dél que tuvo sus ciertos puntos de borracho. De
Hércules, el de los muchos trabajos, se cuenta que fue lascivo y muelle. De don
Galaor, hermano de Amadís de Gaula, se murmura que fue más que demasiadamente
rijoso; y de su hermano, que fue llorón. Así que, ¡oh Sancho!, entre las tantas
calumnias de buenos, bien pueden pasar las mías, como no sean más de las que has
dicho.

-¡Ahí está el toque, cuerpo de mi padre! -replicó Sancho.

-Pues, ¿hay más? -preguntó don QuiXote.

-Aún la cola falta por desollar -dijo Sancho-. Lo de hasta aquí son tortas y pan
pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de las
caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las diga
todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el hijo de Bartolomé
Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y, yéndole yo a
dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra
merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don QuiXote de la Mancha; y dice que me
mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea
del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de
espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.

-Yo te aseguro, Sancho -dijo don QuiXote-, que debe de ser algún sabio
encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada
de lo que quieren escribir.

-Y ¡cómo -dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller
Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la
historia se llama Cide Hamete Berenjena!

-Ese nombre es de moro -respondió don QuiXote.

-Así será -respondió Sancho-, porque por la mayor parte he oído decir que los
moros son amigos de berenjenas.

-Tú debes, Sancho -dijo don QuiXote-, errarte en el sobrenombre de ese Cide, que
en arábigo quiere decir señor.

-Bien podría ser -replicó Sancho-, mas, si vuestra merced gusta que yo le haga
venir aquí, iré por él en volandas.

-Harásme mucho placer, amigo -dijo don QuiXote-, que me tiene suspenso lo que me
has dicho, y no comeré bocado que bien me sepa hasta ser informado de todo.

-Pues yo voy por él -respondió Sancho.

Y, dejando a su señor, se fue a buscar al bachiller, con el cual volvió de allí
a poco espacio, y entre los tres pasaron un graciosísimo coloquio.

Capítulo III. Del ridículo razonamiento que pasó entre don QuiXote, Sancho
Panza y el bachiller Sansón Carrasco

Pensativo además quedó don QuiXote, esperando al bachiller Carrasco, de quien
esperaba oír las nuevas de sí mismo puestas en libro, como había dicho Sancho; y
no se podía persuadir a que tal historia hubiese, pues aún no estaba enjuta en
la cuchilla de su espada la sangre de los enemigos que había muerto, y ya
querían que anduviesen en estampa sus altas caballerías. Con todo eso, imaginó
que algún sabio, o ya amigo o enemigo, por arte de encantamento las habrá dado a
la estampa: si amigo, para engrandecerlas y levantarlas sobre las más señaladas
de caballero andante; si enemigo, para aniquilarlas y ponerlas debajo de las más
viles que de algún vil escudero se hubiesen escrito, puesto -decía entre sí- que
nunca hazañas de escuderos se escribieron; y cuando fuese verdad que la tal
historia hubiese, siendo de caballero andante, por fuerza había de ser
grandílocua, alta, insigne, magnífica y verdadera.

Con esto se consoló algún tanto, pero desconsolóle pensar que su autor era moro,
según aquel nombre de Cide; y de los moros no se podía esperar verdad alguna,
porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase no hubiese
tratado sus amores con alguna indecencia, que redundase en menoscabo y perjuicio
de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso; deseaba que hubiese declarado
su fidelidad y el decoro que siempre la había guardado, menospreciando reinas,
emperatrices y doncellas de todas calidades, teniendo a raya los ímpetus de los
naturales movimientos; y así, envuelto y revuelto en estas y otras muchas
imaginaciones, le hallaron Sancho y Carrasco, a quien don QuiXote recibió con
mucha cortesía.

Era el bachiller, aunque se llamaba Sansón, no muy grande de cuerpo, aunque muy
gran socarrón, de color macilenta, pero de muy buen entendimiento; tendría hasta
veinte y cuatro años, carirredondo, de nariz chata y de boca grande, señales
todas de ser de condición maliciosa y amigo de donaires y de burlas, como lo
mostró en viendo a don QuiXote, poniéndose delante dél de rodillas, diciéndole:

-Déme vuestra grandeza las manos, señor don QuiXote de la Mancha; que, por el
hábito de San Pedro que visto, aunque no tengo otras órdenes que las cuatro
primeras, que es vuestra merced uno de los más famosos caballeros andantes que
ha habido, ni aun habrá, en toda la redondez de la tierra. Bien haya Cide Hamete
Benengeli, que la historia de vuestras grandezas dejó escritas, y rebién haya el
curioso que tuvo cuidado de hacerlas traducir de arábigo en nuestro vulgar
castellano, para universal entretenimiento de las gentes.

Hízole levantar don QuiXote, y dijo:

-Desa manera, ¿verdad es que hay historia mía, y que fue moro y sabio el que la
compuso?

-Es tan verdad, señor -dijo Sansón-, que tengo para mí que el día de hoy están
impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal,
Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se está
imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni
lengua donde no se traduzga.

-Una de las cosas -dijo a esta sazón don QuiXote- que más debe de dar contento a
un hombre virtuoso y eminente es verse, viviendo, andar con buen nombre por las
lenguas de las gentes, impreso y en estampa. Dije con buen nombre porque, siendo
al contrario, ninguna muerte se le igualará.

-Si por buena fama y si por buen nombre va -dijo el bachiller-, solo vuestra
merced lleva la palma a todos los caballeros andantes; porque el moro en su
lengua y el cristiano en la suya tuvieron cuidado de pintarnos muy al vivo la
gallardía de vuestra merced, el ánimo grande en acometer los peligros, la
paciencia en las adversidades y el sufrimiento, así en las desgracias como en
las heridas, la honestidad y continencia en los amores tan platónicos de vuestra
merced y de mi señora doña Dulcinea del Toboso.

-Nunca -dijo a este punto Sancho Panza- he oído llamar con don a mi señora
Dulcinea, sino solamente la señora Dulcinea del Toboso, y ya en esto anda errada
la historia.

-No es objeción de importancia ésa -respondió Carrasco.

-No, por cierto -respondió don QuiXote-; pero dígame vuestra merced, señor
bachiller: ¿qué hazañas mías son las que más se ponderan en esa historia?

-En eso -respondió el bachiller-, hay diferentes opiniones, como hay diferentes
gustos: unos se atienen a la aventura de los molinos de viento, que a vuestra
merced le parecieron Briareos y gigantes; otros, a la de los batanes; éste, a la
descripción de los dos ejércitos, que después parecieron ser dos manadas de
carneros; aquél encarece la del muerto que llevaban a enterrar a Segovia; uno
dice que a todas se aventaja la de la libertad de los galeotes; otro, que
ninguna iguala a la de los dos gigantes benitos, con la pendencia del valeroso
vizcaíno.

-Dígame, señor bachiller -dijo a esta sazón Sancho-: ¿entra ahí la aventura de
los yangüeses, cuando a nuestro buen Rocinante se le antojó pedir cotufas en el
golfo?

-No se le quedó nada -respondió Sansón- al sabio en el tintero: todo lo dice y
todo lo apunta, hasta lo de las cabriolas que el buen Sancho hizo en la manta.

-En la manta no hice yo cabriolas -respondió Sancho-; en el aire sí, y aun más
de las que yo quisiera.

-A lo que yo imagino -dijo don QuiXote-, no hay historia humana en el mundo que
no tenga sus altibajos, especialmente las que tratan de caballerías, las cuales
nunca pueden estar llenas de prósperos sucesos.

-Con todo eso -respondió el bachiller-, dicen algunos que han leído la historia
que se holgaran se les hubiera olvidado a los autores della algunos de los
infinitos palos que en diferentes encuentros dieron al señor don QuiXote.

-Ahí entra la verdad de la historia -dijo Sancho.

-También pudieran callarlos por equidad -dijo don QuiXote-, pues las acciones
que ni mudan ni alteran la verdad de la historia no hay para qué escribirlas, si
han de redundar en menosprecio del señor de la historia. A fee que no fue tan
piadoso Eneas como Virgilio le pinta, ni tan prudente Ulises como le describe
Homero.

-Así es -replicó Sansón-, pero uno es escribir como poeta y otro como
historiador: el poeta puede contar, o cantar las cosas, no como fueron, sino
como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino
como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna.

-Pues si es que se anda a decir verdades ese señor moro -dijo Sancho-, a buen
seguro que entre los palos de mi señor se hallen los míos; porque nunca a su
merced le tomaron la medida de las espaldas que no me la tomasen a mí de todo el
cuerpo; pero no hay de qué maravillarme, pues, como dice el mismo señor mío, del
dolor de la cabeza han de participar los miembros.

-Socarrón sois, Sancho -respondió don QuiXote-. A fee que no os falta memoria
cuando vos queréis tenerla.

-Cuando yo quisiese olvidarme de los garrotazos que me han dado –dijo Sancho-,
no lo consentirán los cardenales, que aún se están frescos en las costillas.

-Callad, Sancho -dijo don QuiXote-, y no interrumpáis al señor bachiller, a
quien suplico pase adelante en decirme lo que se dice de mí en la referida
historia.

-Y de mí -dijo Sancho-, que también dicen que soy yo uno de los principales
presonajes della.

-Personajes que no presonajes, Sancho amigo -dijo Sansón.

-¿Otro reprochador de voquibles tenemos? -dijo Sancho-. Pues ándense a eso, y no
acabaremos en toda la vida.

-Mala me la dé Dios, Sancho -respondió el bachiller-, si no sois vos la segunda
persona de la historia; y que hay tal, que precia más oíros hablar a vos que al
más pintado de toda ella, puesto que también hay quien diga que anduvistes
demasiadamente de crédulo en creer que podía ser verdad el gobierno de aquella
ínsula, ofrecida por el señor don QuiXote, que está presente.

-Aún hay sol en las bardas -dijo don QuiXote-, y, mientras más fuere entrando en
edad Sancho, con la esperiencia que dan los años, estará más idóneo y más hábil
para ser gobernador que no está agora.

-Por Dios, señor -dijo Sancho-, la isla que yo no gobernase con los años que
tengo, no la gobernaré con los años de Matusalén. El daño está en que la dicha
ínsula se entretiene, no sé dónde, y no en faltarme a mí el caletre para
gobernarla.

-Encomendadlo a Dios, Sancho -dijo don QuiXote-, que todo se hará bien, y quizá
mejor de lo que vos pensáis; que no se mueve la hoja en el árbol sin la voluntad
de Dios.

-Así es verdad -dijo Sansón-, que si Dios quiere, no le faltarán a Sancho mil
islas que gobernar, cuanto más una.

-Gobernador he visto por ahí -dijo Sancho- que, a mi parecer, no llegan a la
suela de mi zapato, y, con todo eso, los llaman señoría, y se sirven con plata.

-Ésos no son gobernadores de ínsulas -replicó Sansón-, sino de otros gobiernos
más manuales; que los que gobiernan ínsulas, por lo menos han de saber
gramática.

-Con la grama bien me avendría yo -dijo Sancho-, pero con la tica, ni me tiro ni
me pago, porque no la entiendo. Pero, dejando esto del gobierno en las manos de
Dios, que me eche a las partes donde más de mí se sirva, digo, señor bachiller
Sansón Carrasco, que infinitamente me ha dado gusto que el autor de la historia
haya hablado de mí de manera que no enfadan las cosas que de mí se cuentan; que
a fe de buen escudero que si hubiera dicho de mí cosas que no fueran muy de
cristiano viejo, como soy, que nos habían de oír los sordos.

-Eso fuera hacer milagros -respondió Sansón.

-Milagros o no milagros -dijo Sancho-, cada uno mire cómo habla o cómo escribe
de las presonas, y no ponga a troche moche lo primero que le viene al magín.

-Una de las tachas que ponen a la tal historia -dijo el bachiller- es que su
autor puso en ella una novela intitulada El curioso impertinente; no por mala ni
por mal razonada, sino por no ser de aquel lugar, ni tiene que ver con la
historia de su merced del señor don QuiXote.

-Yo apostaré -replicó Sancho- que ha mezclado el hideperro berzas con
capachos.

-Ahora digo -dijo don QuiXote- que no ha sido sabio el autor de mi historia,
sino algún ignorante hablador, que, a tiento y sin algún discurso, se puso a
escribirla, salga lo que saliere, como hacía Orbaneja, el pintor de Úbeda, al
cual preguntándole qué pintaba, respondió: ”Lo que saliere”. Tal vez pintaba
un gallo, de tal suerte y tan mal parecido, que era menester que con letras
góticas escribiese junto a él: “Éste es gallo”. Y así debe de ser de mi
historia, que tendrá necesidad de comento para entenderla.

-Eso no -respondió Sansón-, porque es tan clara, que no hay cosa que dificultar
en ella: los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y
los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida
de todo género de gentes, que, apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen:
“allí va Rocinante”. Y los que más se han dado a su letura son los pajes: no hay
antecámara de señor donde no se halle un Don QuiXote: unos le toman si otros le
dejan; éstos le embisten y aquéllos le piden. Finalmente, la tal historia es del
más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora se haya visto,
porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta ni un
pensamiento menos que católico.

-A escribir de otra suerte -dijo don QuiXote-, no fuera escribir verdades, sino
mentiras; y los historiadores que de mentiras se valen habían de ser quemados,
como los que hacen moneda falsa; y no sé yo qué le movió al autor a valerse de
novelas y cuentos ajenos, habiendo tanto que escribir en los míos: sin duda se
debió de atener al refrán: “De paja y de heno…”, etcétera. Pues en verdad que
en sólo manifestar mis pensamientos, mis sospiros, mis lágrimas, mis buenos
deseos y mis acometimientos pudiera hacer un volumen mayor, o tan grande que el
que pueden hacer todas las obras del Tostado. En efeto, lo que yo alcanzo, señor
bachiller, es que para componer historias y libros, de cualquier suerte que
sean, es menester un gran juicio y un maduro entendimiento. Decir gracias y
escribir donaires es de grandes ingenios: la más discreta figura de la comedia
es la del bobo, porque no lo ha de ser el que quiere dar a entender que es
simple. La historia es como cosa sagrada; porque ha de ser verdadera, y donde
está la verdad está Dios, en cuanto a verdad; pero, no obstante esto, hay
algunos que así componen y arrojan libros de sí como si fuesen buñuelos.

-No hay libro tan malo -dijo el bachiller- que no tenga algo bueno.

-No hay duda en eso -replicó don QuiXote-; pero muchas veces acontece que los
que tenían méritamente granjeada y alcanzada gran fama por sus escritos, en
dándolos a la estampa, la perdieron del todo, o la menoscabaron en algo.

-La causa deso es -dijo Sansón- que, como las obras impresas se miran despacio,
fácilmente se veen sus faltas, y tanto más se escudriñan cuanto es mayor la fama
del que las compuso. Los hombres famosos por sus ingenios, los grandes poetas,
los ilustres historiadores, siempre, o las más veces, son envidiados de aquellos
que tienen por gusto y por particular entretenimiento juzgar los escritos
ajenos, sin haber dado algunos propios a la luz del mundo.

-Eso no es de maravillar -dijo don QuiXote-, porque muchos teólogos hay que no
son buenos para el púlpito, y son bonísimos para conocer las faltas o sobras de
los que predican.

-Todo eso es así, señor don QuiXote -dijo Carrasco-, pero quisiera yo que los
tales censuradores fueran más misericordiosos y menos escrupulosos, sin atenerse
a los átomos del sol clarísimo de la obra de que murmuran; que si aliquando
bonus dormitat Homerus, consideren lo mucho que estuvo despierto, por dar la luz
de su obra con la menos sombra que pudiese; y quizá podría ser que lo que a
ellos les parece mal fuesen lunares, que a las veces acrecientan la hermosura
del rostro que los tiene; y así, digo que es grandísimo el riesgo a que se pone
el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal,
que satisfaga y contente a todos los que le leyeren.

-El que de mí trata -dijo don QuiXote-, a pocos habrá contentado.

-Antes es al revés; que, como de stultorum infinitus est numerus, infinitos son
los que han gustado de la tal historia; y algunos han puesto falta y dolo en la
memoria del autor, pues se le olvida de contar quién fue el ladrón que hurtó el
rucio a Sancho, que allí no se declara, y sólo se infiere de lo escrito que se
le hurtaron, y de allí a poco le vemos a caballo sobre el mesmo jumento, sin
haber parecido. También dicen que se le olvidó poner lo que Sancho hizo de
aquellos cien escudos que halló en la maleta en Sierra Morena, que nunca más los
nombra, y hay muchos que desean saber qué hizo dellos, o en qué los gastó, que
es uno de los puntos sustanciales que faltan en la obra.

Sancho respondió:

-Yo, señor Sansón, no estoy ahora para ponerme en cuentas ni cuentos; que me ha
tomado un desmayo de estómago, que si no le reparo con dos tragos de lo añejo,
me pondrá en la espina de Santa Lucía. En casa lo tengo, mi oíslo me aguarda; en
acabando de comer, daré la vuelta, y satisfaré a vuestra merced y a todo el
mundo de lo que preguntar quisieren, así de la pérdida del jumento como del
gasto de los cien escudos.

Y, sin esperar respuesta ni decir otra palabra, se fue a su casa.
Don QuiXote pidió y rogó al bachiller se quedase a hacer penitencia con él. Tuvo
el bachiller el envite: quedóse, añadióse al ordinaro un par de pichones,
tratóse en la mesa de caballerías, siguióle el humor Carrasco, acabóse el
banquete, durmieron la siesta, volvió Sancho y renovóse la plática pasada.

Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de
sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse

Volvió Sancho a casa de don QuiXote, y, volviendo al pasado razonamiento, dijo:

-A lo que el señor Sansón dijo que se deseaba saber quién, o cómo, o cuándo se
me hurtó el jumento, respondiendo digo que la noche misma que, huyendo de la
Santa Hermandad, nos entramos en Sierra Morena, después de la aventura sin
ventura de los galeotes y de la del difunto que llevaban a Segovia, mi señor y
yo nos metimos entre una espesura, adonde mi señor arrimado a su lanza, y yo
sobre mi rucio, molidos y cansados de las pasadas refriegas, nos pusimos a
dormir como si fuera sobre cuatro colchones de pluma; especialmente yo dormí con
tan pesado sueño, que quienquiera que fue tuvo lugar de llegar y suspenderme
sobre cuatro estacas que puso a los cuatro lados de la albarda, de manera que me
dejó a caballo sobre ella, y me sacó debajo de mí al rucio, sin que yo lo
sintiese.

-Eso es cosa fácil, y no acontecimiento nuevo, que lo mesmo le sucedió a
Sacripante cuando, estando en el cerco de Albraca, con esa misma invención le
sacó el caballo de entre las piernas aquel famoso ladrón llamado Brunelo.

-Amaneció -prosiguió Sancho-, y, apenas me hube estremecido, cuando, faltando
las estacas, di conmigo en el suelo una gran caída; miré por el jumento, y no le
vi; acudiéronme lágrimas a los ojos, y hice una lamentación, que si no la puso
el autor de nuestra historia, puede hacer cuenta que no puso cosa buena. Al cabo
de no sé cuántos días, viniendo con la señora princesa Micomicona, conocí mi
asno, y que venía sobre él en hábito de gitano aquel Ginés de Pasamonte, aquel
embustero y grandísimo maleador que quitamos mi señor y yo de la cadena.

-No está en eso el yerro -replicó Sansón-, sino en que, antes de haber parecido
el jumento, dice el autor que iba a caballo Sancho en el mesmo rucio.

-A eso -dijo Sancho-, no sé qué responder, sino que el historiador se engañó, o
ya sería descuido del impresor.

-Así es, sin duda -dijo Sansón-; pero, ¿qué se hicieron los cien escudos?;
¿deshiciéronse?

Respondió Sancho:

-Yo los gasté en pro de mi persona y de la de mi mujer, y de mis hijos, y ellos
han sido causa de que mi mujer lleve en paciencia los caminos y carreras que he
andado sirviendo a mi señor don QuiXote; que si, al cabo de tanto tiempo,
volviera sin blanca y sin el jumento a mi casa, negra ventura me esperaba; y si
hay más que saber de mí, aquí estoy, que responderé al mismo rey en presona, y
nadie tiene para qué meterse en si truje o no truje, si gasté o no gasté; que si
los palos que me dieron en estos viajes se hubieran de pagar a dinero, aunque no
se tasaran sino a cuatro maravedís cada uno, en otros cien escudos no había para
pagarme la mitad; y cada uno meta la mano en su pecho, y no se ponga a juzgar lo
blanco por negro y lo negro por blanco; que cada uno es como Dios le hizo, y aun
peor muchas veces.

-Yo tendré cuidado -dijo Carrasco- de acusar al autor de la historia que si otra
vez la imprimiere, no se le olvide esto que el buen Sancho ha dicho, que será
realzarla un buen coto más de lo que ella se está.

-¿Hay otra cosa que enmendar en esa leyenda, señor bachiller? -preguntó don
QuiXote.

-Sí debe de haber -respondió él-, pero ninguna debe de ser de la importancia de
las ya referidas.

-Y por ventura -dijo don QuiXote-, ¿promete el autor segunda parte?

-Sí promete -respondió Sansón-, pero dice que no ha hallado ni sabe quién la
tiene, y así, estamos en duda si saldrá o no; y así por esto como porque algunos
dicen: “Nunca segundas partes fueron buenas”, y otros: “De las cosas de don
QuiXote bastan las escritas”, se duda que no ha de haber segunda parte; aunque
algunos que son más joviales que saturninos dicen: “Vengan más quijotadas:
embista don QuiXote y hable Sancho Panza, y sea lo que fuere, que con eso nos
contentamos”.

-Y ¿a qué se atiene el autor?

-A que -respondió Sansón-, en hallando que halle la historia, que él va buscando
con extraordinarias diligencias, la dará luego a la estampa, llevado más del
interés que de darla se le sigue que de otra alabanza alguna.

A lo que dijo Sancho:

-¿Al dinero y al interés mira el autor? Maravilla será que acierte, porque no
hará sino harbar, harbar, como sastre en vísperas de pascuas, y las obras que se
hacen apriesa nunca se acaban con la perfeción que requieren. Atienda ese señor
moro, o lo que es, a mirar lo que hace; que yo y mi señor le daremos tanto ripio
a la mano en materia de aventuras y de sucesos diferentes, que pueda componer no
sólo segunda parte, sino ciento. Debe de pensar el buen hombre, sin duda, que
nos dormimos aquí en las pajas; pues ténganos el pie al herrar, y verá del que
cosqueamos. Lo que yo sé decir es que si mi señor tomase mi consejo, ya habíamos
de estar en esas campañas deshaciendo agravios y enderezando tuertos, como es
uso y costumbre de los buenos andantes caballeros.

No había bien acabado de decir estas razones Sancho, cuando llegaron a sus oídos
relinchos de Rocinante; los cuales relinchos tomó don QuiXote por felicísimo
agüero, y determinó de hacer de allí a tres o cuatro días otra salida; y,
declarando su intento al bachiller, le pidió consejo por qué parte comenzaría su
jornada; el cual le respondió que era su parecer que fuese al reino de Aragón y
a la ciudad de Zaragoza, adonde, de allí a pocos días, se habían de hacer unas
solenísimas justas por la fiesta de San Jorge, en las cuales podría ganar fama
sobre todos los caballeros aragoneses, que sería ganarla sobre todos los del
mundo. Alabóle ser honradísima y valentísima su determinación, y advirtióle que
anduviese más atentado en acometer los peligros, a causa que su vida no era
suya, sino de todos aquellos que le habían de menester para que los amparase y
socorriese en sus desventuras.

-Deso es lo que yo reniego, señor Sansón -dijo a este punto Sancho-, que así
acomete mi señor a cien hombres armados como un muchacho goloso a media docena
de badeas. ¡Cuerpo del mundo, señor bachiller! Sí, que tiempos hay de acometer y
tiempos de retirar; sí, no ha de ser todo “¡Santiago, y cierra, España!” Y más,
que yo he oído decir, y creo que a mi señor mismo, si mal no me acuerdo, que en
los estremos de cobarde y de temerario está el medio de la valentía; y si esto
es así, no quiero que huya sin tener para qué, ni que acometa cuando la demasía
pide otra cosa. Pero, sobre todo, aviso a mi señor que si me ha de llevar
consigo, ha de ser con condición que él se lo ha de batallar todo, y que yo no
he de estar obligado a otra cosa que a mirar por su persona en lo que tocare a
su limpieza y a su regalo; que en esto yo le bailaré el agua delante; pero
pensar que tengo de poner mano a la espada, aunque sea contra villanos
malandrines de hacha y capellina, es pensar en lo escusado. Yo, señor Sansón, no
pienso granjear fama de valiente, sino del mejor y más leal escudero que jamás
sirvió a caballero andante; y si mi señor don QuiXote, obligado de mis muchos y
buenos servicios, quisiere darme alguna ínsula de las muchas que su merced dice
que se ha de topar por ahí, recibiré mucha merced en ello; y cuando no me la
diere, nacido soy, y no ha de vivir el hombre en hoto de otro sino de Dios; y
más, que tan bien, y aun quizá mejor, me sabrá el pan desgobernado que siendo
gobernador; y ¿sé yo por ventura si en esos gobiernos me tiene aparejada el
diablo alguna zancadilla donde tropiece y caiga y me haga las muelas? Sancho
nací, y Sancho pienso morir; pero si con todo esto, de buenas a buenas, sin
mucha solicitud y sin mucho riesgo, me deparase el cielo alguna ínsula, o otra
cosa semejante, no soy tan necio que la desechase; que también se dice: “Cuando
te dieren la vaquilla, corre con la soguilla”; y “Cuando viene el bien, mételo
en tu casa”.

-Vos, hermano Sancho -dijo Carrasco-, habéis hablado como un catedrático; pero,
con todo eso, confiad en Dios y en el señor don QuiXote, que os ha de dar un
reino, no que una ínsula.

-Tanto es lo de más como lo de menos -respondió Sancho-; aunque sé decir al
señor Carrasco que no echara mi señor el reino que me diera en saco roto, que yo
he tomado el pulso a mí mismo, y me hallo con salud para regir reinos y gobernar
ínsulas, y esto ya otras veces lo he dicho a mi señor.

-Mirad, Sancho -dijo Sansón-, que los oficios mudan las costumbres, y podría ser
que viéndoos gobernador no conociésedes a la madre que os parió.

-Eso allá se ha de entender -respondió Sancho- con los que nacieron en las
malvas, y no con los que tienen sobre el alma cuatro dedos de enjundia de
cristianos viejos, como yo los tengo. ¡No, sino llegaos a mi condición, que
sabrá usar de desagradecimiento con alguno!

-Dios lo haga -dijo don QuiXote-, y ello dirá cuando el gobierno venga; que ya
me parece que le trayo entre los ojos.

Dicho esto, rogó al bachiller que, si era poeta, le hiciese merced de componerle
unos versos que tratasen de la despedida que pensaba hacer de su señora Dulcinea
del Toboso, y que advirtiese que en el principio de cada verso había de poner
una letra de su nombre, de manera que al fin de los versos, juntando las
primeras letras, se leyese: Dulcinea del Toboso.

El bachiller respondió que, puesto que él no era de los famosos poetas que había
en España, que decían que no eran sino tres y medio, que no dejaría de componer
los tales metros, aunque hallaba una dificultad grande en su composición, a
causa que las letras que contenían el nombre eran diez y siete; y que si hacía
cuatro castellanas de a cuatro versos, sobrara una letra; y si de a cinco, a
quien llaman décimas o redondillas, faltaban tres letras; pero, con todo eso,
procuraría embeber una letra lo mejor que pudiese, de manera que en las cuatro
castellanas se incluyese el nombre de Dulcinea del Toboso.

-Ha de ser así en todo caso -dijo don QuiXote-; que si allí no va el nombre
patente y de manifiesto, no hay mujer que crea que para ella se hicieron los
metros.

Quedaron en esto y en que la partida sería de allí a ocho días. Encargó don
QuiXote al bachiller la tuviese secreta, especialmente al cura y a maese
Nicolás, y a su sobrina y al ama, porque no estorbasen su honrada y valerosa
determinación. Todo lo prometió Carrasco. Con esto se despidió, encargando a don
QuiXote que de todos sus buenos o malos sucesos le avisase, habiendo comodidad;
y así, se despidieron, y Sancho fue a poner en orden lo necesario para su
jornada.

Capítulo V. De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y
su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación

(Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo, dice que
le tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que
se podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene
por posible que él las supiese; pero que no quiso dejar de traducirlo, por
cumplir con lo que a su oficio debía; y así, prosiguió diciendo:)

Llegó Sancho a su casa tan regocijado y alegre, que su mujer conoció su alegría
a tiro de ballesta; tanto, que la obligó a preguntarle:

-¿Qué traés, Sancho amigo, que tan alegre venís?

A lo que él respondió:

-Mujer mía, si Dios quisiera, bien me holgara yo de no estar tan contento como
muestro.

-No os entiendo, marido -replicó ella-, y no sé qué queréis decir en eso de que
os holgáredes, si Dios quisiera, de no estar contento; que, maguer tonta, no sé
yo quién recibe gusto de no tenerle.

-Mirad, Teresa -respondió Sancho-: yo estoy alegre porque tengo determinado de
volver a servir a mi amo don QuiXote, el cual quiere la vez tercera salir a
buscar las aventuras; y yo vuelvo a salir con él, porque lo quiere así mi
necesidad, junto con la esperanza, que me alegra, de pensar si podré hallar
otros cien escudos como los ya gastados, puesto que me entristece el haberme de
apartar de ti y de mis hijos; y si Dios quisiera darme de comer a pie enjuto y
en mi casa, sin traerme por vericuetos y encrucijadas, pues lo podía hacer a
poca costa y no más de quererlo, claro está que mi alegría fuera más firme y
valedera, pues que la que tengo va mezclada con la tristeza del dejarte; así
que, dije bien que holgara, si Dios quisiera, de no estar contento.

-Mirad, Sancho -replicó Teresa-: después que os hicistes miembro de caballero
andante habláis de tan rodeada manera, que no hay quien os entienda.

-Basta que me entienda Dios, mujer -respondió Sancho-, que Él es el entendedor
de todas las cosas, y quédese esto aquí; y advertid, hermana, que os conviene
tener cuenta estos tres días con el rucio, de manera que esté para armas tomar:
dobladle los piensos, requerid la albarda y las demás jarcias, porque no vamos a
bodas, sino a rodear el mundo, y a tener dares y tomares con gigantes, con
endriagos y con vestiglos, y a oír silbos, rugidos, bramidos y baladros; y aun
todo esto fuera flores de cantueso si no tuviéramos que entender con yangüeses y
con moros encantados.

-Bien creo yo, marido -replicó Teresa-, que los escuderos andantes no comen el
pan de balde; y así, quedaré rogando a Nuestro Señor os saque presto de tanta
mala ventura.

-Yo os digo, mujer -respondió Sancho-, que si no pensase antes de mucho tiempo
verme gobernador de una ínsula, aquí me caería muerto.

-Eso no, marido mío -dijo Teresa-: viva la gallina, aunque sea con su pepita;
vivid vos, y llévese el diablo cuantos gobiernos hay en el mundo; sin gobierno
salistes del vientre de vuestra madre, sin gobierno habéis vivido hasta ahora, y
sin gobierno os iréis, o os llevarán, a la sepultura cuando Dios fuere servido.
Como ésos hay en el mundo que viven sin gobierno, y no por eso dejan de vivir y
de ser contados en el número de las gentes. La mejor salsa del mundo es la
hambre; y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto. Pero mirad,
Sancho: si por ventura os viéredes con algún gobierno, no os olvidéis de mí y de
vuestros hijos. Advertid que Sanchico tiene ya quince años cabales, y es razón
que vaya a la escuela, si es que su tío el abad le ha de dejar hecho de la
Iglesia. Mirad también que Mari Sancha, vuestra hija, no se morirá si la
casamos; que me va dando barruntos que desea tanto tener marido como vos deseáis
veros con gobierno; y, en fin en fin, mejor parece la hija mal casada que bien
abarraganada.

-A buena fe -respondió Sancho- que si Dios me llega a tener algo qué de
gobierno, que tengo de casar, mujer mía, a Mari Sancha tan altamente que no la
alcancen sino con llamarla señora.

-Eso no, Sancho -respondió Teresa-: casadla con su igual, que es lo más
acertado; que si de los zuecos la sacáis a chapines, y de saya parda de
catorceno a verdugado y saboyanas de seda, y de una Marica y un tú a una doña
tal y señoría, no se ha de hallar la mochacha, y a cada paso ha de caer en mil
faltas, descubriendo la hilaza de su tela basta y grosera.

-Calla, boba -dijo Sancho-, que todo será usarlo dos o tres años; que después le
vendrá el señorío y la gravedad como de molde; y cuando no, ¿qué importa? Séase
ella señoría, y venga lo que viniere.

-Medíos, Sancho, con vuestro estado -respondió Teresa-; no os queráis alzar a
mayores, y advertid al refrán que dice: “Al hijo de tu vecino, límpiale las
narices y métele en tu casa”. ¡Por cierto, que sería gentil cosa casar a nuestra
María con un condazo, o con caballerote que, cuando se le antojase, la pusiese
como nueva, llamándola de villana, hija del destripaterrones y de la
pelarruecas! ¡No en mis días, marido! ¡Para eso, por cierto, he criado yo a mi
hija! Traed vos dineros, Sancho, y el casarla dejadlo a mi cargo; que ahí está
Lope Tocho, el hijo de Juan Tocho, mozo rollizo y sano, y que le conocemos, y sé
que no mira de mal ojo a la mochacha; y con éste, que es nuestro igual, estará
bien casada, y le tendremos siempre a nuestros ojos, y seremos todos unos,
padres y hijos, nietos y yernos, y andará la paz y la bendición de Dios entre
todos nosotros; y no casármela vos ahora en esas cortes y en esos palacios
grandes, adonde ni a ella la entiendan, ni ella se entienda.

-Ven acá, bestia y mujer de Barrabás -replicó Sancho-: ¿por qué quieres tú
ahora, sin qué ni para qué, estorbarme que no case a mi hija con quien me dé
nietos que se llamen señoría? Mira, Teresa: siempre he oído decir a mis mayores
que el que no sabe gozar de la ventura cuando le viene, que no se debe quejar si
se le pasa. Y no sería bien que ahora, que está llamando a nuestra puerta, se la
cerremos; dejémonos llevar deste viento favorable que nos sopla.

(Por este modo de hablar, y por lo que más abajo dice Sancho, dijo el tradutor
desta historia que tenía por apócrifo este capítulo.)

-¿No te parece, animalia -prosiguió Sancho-, que será bien dar con mi cuerpo en
algún gobierno provechoso que nos saque el pie del lodo? Y cásese a Mari Sancha
con quien yo quisiere, y verás cómo te llaman a ti doña Teresa Panza, y te
sientas en la iglesia sobre alcatifa, almohadas y arambeles, a pesar y despecho
de las hidalgas del pueblo. ¡No, sino estaos siempre en un ser, sin crecer ni
menguar, como figura de paramento! Y en esto no hablemos más, que Sanchica ha de
ser condesa, aunque tú más me digas.

-¿Veis cuanto decís, marido? -respondió Teresa-. Pues, con todo eso, temo que
este condado de mi hija ha de ser su perdición. Vos haced lo que quisiéredes,
ora la hagáis duquesa o princesa, pero séos decir que no será ello con voluntad
ni consentimiento mío. Siempre, hermano, fui amiga de la igualdad, y no puedo
ver entonos sin fundamentos. Teresa me pusieron en el bautismo, nombre mondo y
escueto, sin añadiduras ni cortapisas, ni arrequives de dones ni donas; Cascajo
se llamó mi padre, y a mí, por ser vuestra mujer, me llaman Teresa Panza, que a
buena razón me habían de llamar Teresa Cascajo. Pero allá van reyes do quieren
leyes, y con este nombre me contento, sin que me le pongan un don encima, que
pese tanto que no le pueda llevar, y no quiero dar que decir a los que me vieren
andar vestida a lo condesil o a lo de gobernadora, que luego dirán: ”¡Mirad qué
entonada va la pazpuerca!; ayer no se hartaba de estirar de un copo de estopa, y
iba a misa cubierta la cabeza con la falda de la saya, en lugar de manto, y ya
hoy va con verdugado, con broches y con entono, como si no la conociésemos”. Si
Dios me guarda mis siete, o mis cinco sentidos, o los que tengo, no pienso dar
ocasión de verme en tal aprieto. Vos, hermano, idos a ser gobierno o ínsulo, y
entonaos a vuestro gusto; que mi hija ni yo, por el siglo de mi madre, que no
nos hemos de mudar un paso de nuestra aldea: la mujer honrada, la pierna
quebrada, y en casa; y la doncella honesta, el hacer algo es su fiesta. Idos con
vuestro don QuiXote a vuestras aventuras, y dejadnos a nosotras con nuestras
malas venturas, que Dios nos las mejorará como seamos buenas; y yo no sé, por
cierto, quién le puso a él don, que no tuvieron sus padres ni sus agüelos.

-Ahora digo -replicó Sancho- que tienes algún familiar en ese cuerpo. ¡Válate
Dios, la mujer, y qué de cosas has ensartado unas en otras, sin tener pies ni
cabeza! ¿Qué tiene que ver el Cascajo, los broches, los refranes y el entono con
lo que yo digo? Ven acá, mentecata e ignorante (que así te puedo llamar, pues no
entiendes mis razones y vas huyendo de la dicha): si yo dijera que mi hija se
arrojara de una torre abajo, o que se fuera por esos mundos, como se quiso ir la
infanta doña Urraca, tenías razón de no venir con mi gusto; pero si en dos
paletas, y en menos de un abrir y cerrar de ojos, te la chanto un don y una
señoría a cuestas, y te la saco de los rastrojos, y te la pongo en toldo y en
peana, y en un estrado de más almohadas de velludo que tuvieron moros en su
linaje los Almohadas de Marruecos, ¿por qué no has de consentir y querer lo que
yo quiero?

-¿Sabéis por qué, marido? -respondió Teresa-; por el refrán que dice: “¡Quien te
cubre, te descubre!” Por el pobre todos pasan los ojos como de corrida, y en el
rico los detienen; y si el tal rico fue un tiempo pobre, allí es el murmurar y
el maldecir, y el peor perseverar de los maldicientes, que los hay por esas
calles a montones, como enjambres de abejas.

-Mira, Teresa -respondió Sancho-, y escucha lo que agora quiero decirte; quizá
no lo habrás oído en todos los días de tu vida, y yo agora no hablo de mío; que
todo lo que pienso decir son sentencias del padre predicador que la Cuaresma
pasada predicó en este pueblo, el cual, si mal no me acuerdo, dijo que todas las
cosas presentes que los ojos están mirando se presentan, están y asisten en
nuestra memoria mucho mejor y con más vehemencia que las cosas pasadas.

(Todas estas razones que aquí va diciendo Sancho son las segundas por quien dice
el tradutor que tiene por apócrifo este capítulo, que exceden a la capacidad de
Sancho. El cual prosiguió diciendo:)

-De donde nace que, cuando vemos alguna persona bien aderezada, y con ricos
vestidos compuesta, y con pompa de criados, parece que por fuerza nos mueve y
convida a que la tengamos respeto, puesto que la memoria en aquel instante nos
represente alguna bajeza en que vimos a la tal persona; la cual inominia, ahora
sea de pobreza o de linaje, como ya pasó, no es, y sólo es lo que vemos
presente. Y si éste a quien la fortuna sacó del borrador de su bajeza (que por
estas mesmas razones lo dijo el padre) a la alteza de su prosperidad, fuere bien
criado, liberal y cortés con todos, y no se pusiere en cuentos con aquellos que
por antigüedad son nobles, ten por cierto, Teresa, que no habrá quien se acuerde
de lo que fue, sino que reverencien lo que es, si no fueren los invidiosos, de
quien ninguna próspera fortuna está segura.

-Yo no os entiendo, marido -replicó Teresa-: haced lo que quisiéredes, y no me
quebréis más la cabeza con vuestras arengas y retóricas. Y si estáis revuelto en
hacer lo que decís…

-Resuelto has de decir, mujer -dijo Sancho-, y no revuelto.

-No os pongáis a disputar, marido, conmigo -respondió Teresa-. Yo hablo como
Dios es servido, y no me meto en más dibujos; y digo que si estáis porfiando en
tener gobierno, que llevéis con vos a vuestro hijo Sancho, para que desde agora
le enseñéis a tener gobierno, que bien es que los hijos hereden y aprendan los
oficios de sus padres.

-En teniendo gobierno -dijo Sancho-, enviaré por él por la posta, y te enviaré
dineros, que no me faltarán, pues nunca falta quien se los preste a los
gobernadores cuando no los tienen; y vístele de modo que disimule lo que es y
parezca lo que ha de ser.

-Enviad vos dinero -dijo Teresa-, que yo os lo vistiré como un palmito.

-En efecto, quedamos de acuerdo -dijo Sancho- de que ha de ser condesa nuestra
hija.

-El día que yo la viere condesa -respondió Teresa-, ése haré cuenta que la
entierro, pero otra vez os digo que hagáis lo que os diere gusto, que con esta
carga nacemos las mujeres, de estar obedientes a sus maridos, aunque sean unos
porros.

Y, en esto, comenzó a llorar tan de veras como si ya viera muerta y enterrada a
Sanchica. Sancho la consoló diciéndole que, ya que la hubiese de hacer condesa,
la haría todo lo más tarde que ser pudiese. Con esto se acabó su plática, y
Sancho volvió a ver a don QuiXote para dar orden en su partida.

Capítulo VI. De lo que le pasó a Don QuiXote con su sobrina y con su ama, y es
uno de los importantes capítulos de toda la historia

En tanto que Sancho Panza y su mujer Teresa Cascajo pasaron la impertinente
referida plática, no estaban ociosas la sobrina y el ama de don QuiXote, que por
mil señales iban coligiendo que su tío y señor quería desgarrarse la vez
tercera, y volver al ejercicio de su, para ellas, mal andante caballería:
procuraban por todas las vías posibles apartarle de tan mal pensamiento, pero
todo era predicar en desierto y majar en hierro frío. Con todo esto, entre otras
muchas razones que con él pasaron, le dijo el ama:

-En verdad, señor mío, que si vuesa merced no afirma el pie llano y se está
quedo en su casa, y se deja de andar por los montes y por los valles como ánima
en pena, buscando esas que dicen que se llaman aventuras, a quien yo llamo
desdichas, que me tengo de quejar en voz y en grita a Dios y al rey, que pongan
remedio en ello.

A lo que respondió don QuiXote:

-Ama, lo que Dios responderá a tus quejas yo no lo sé, ni lo que ha de responder
Su Majestad tampoco, y sólo sé que si yo fuera rey, me escusara de responder a
tanta infinidad de memoriales impertinentes como cada día le dan; que uno de los
mayores trabajos que los reyes tienen, entre otros muchos, es el estar obligados
a escuchar a todos y a responder a todos; y así, no querría yo que cosas mías le
diesen pesadumbre.

A lo que dijo el ama:

-Díganos, señor: en la corte de Su Majestad, ¿no hay caballeros?

-Sí -respondió don QuiXote-, y muchos; y es razón que los haya, para adorno de
la grandeza de los príncipes y para ostentación de la majestad real.
-Pues, ¿no sería vuesa merced -replicó ella- uno de los que a pie quedo
sirviesen a su rey y señor, estándose en la corte?

-Mira, amiga -respondió don QuiXote-: no todos los caballeros pueden ser
cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes: de
todos ha de haber en el mundo; y, aunque todos seamos caballeros, va mucha
diferencia de los unos a los otros; porque los cortesanos, sin salir de sus
aposentos ni de los umbrales de la corte, se pasean por todo el mundo, mirando
un mapa, sin costarles blanca, ni padecer calor ni frío, hambre ni sed; pero
nosotros, los caballeros andantes verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las
inclemencias del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la
tierra con nuestros mismos pies; y no solamente conocemos los enemigos pintados,
sino en su mismo ser, y en todo trance y en toda ocasión los acometemos, sin
mirar en niñerías, ni en las leyes de los desafíos; si lleva, o no lleva, más
corta la lanza, o la espada; si trae sobre sí reliquias, o algún engaño
encubierto; si se ha de partir y hacer tajadas el sol, o no, con otras
ceremonias deste jaez, que se usan en los desafíos particulares de persona a
persona, que tú no sabes y yo sí. Y has de saber más: que el buen caballero
andante, aunque vea diez gigantes que con las cabezas no sólo tocan, sino pasan
las nubes, y que a cada uno le sirven de piernas dos grandísimas torres, y que
los brazos semejan árboles de gruesos y poderosos navíos, y cada ojo como una
gran rueda de molino y más ardiendo que un horno de vidrio, no le han de
espantar en manera alguna; antes con gentil continente y con intrépido corazón
los ha de acometer y embestir, y, si fuere posible, vencerlos y desbaratarlos en
un pequeño instante, aunque viniesen armados de unas conchas de un cierto
pescado que dicen que son más duras que si fuesen de diamantes, y en lugar de
espadas trujesen cuchillos tajantes de damasquino acero, o porras ferradas con
puntas asimismo de acero, como yo las he visto más de dos veces. Todo esto he
dicho, ama mía, porque veas la diferencia que hay de unos caballeros a otros; y
sería razón que no hubiese príncipe que no estimase en más esta segunda, o, por
mejor decir, primera especie de caballeros andantes, que, según leemos en sus
historias, tal ha habido entre ellos que ha sido la salud no sólo de un reino,
sino de muchos.

-¡Ah, señor mío! -dijo a esta sazón la sobrina-; advierta vuestra merced que
todo eso que dice de los caballeros andantes es fábula y mentira, y sus
historias, ya que no las quemasen, merecían que a cada una se le echase un
sambenito, o alguna señal en que fuese conocida por infame y por gastadora de
las buenas costumbres.

-Por el Dios que me sustenta -dijo don QuiXote-, que si no fueras mi sobrina
derechamente, como hija de mi misma hermana, que había de hacer un tal castigo
en ti, por la blasfemia que has dicho, que sonara por todo el mundo. ¿Cómo que
es posible que una rapaza que apenas sabe menear doce palillos de randas se
atreva a poner lengua y a censurar las historias de los caballeros andantes?
¿Qué dijera el señor Amadís si lo tal oyera? Pero a buen seguro que él te
perdonara, porque fue el más humilde y cortés caballero de su tiempo, y, demás,
grande amparador de las doncellas; mas, tal te pudiera haber oído que no te
fuera bien dello, que no todos son corteses ni bien mirados: algunos hay
follones y descomedidos. Ni todos los que se llaman caballeros lo son de todo en
todo: que unos son de oro, otros de alquimia, y todos parecen caballeros, pero
no todos pueden estar al toque de la piedra de la verdad. Hombres bajos hay que
revientan por parecer caballeros, y caballeros altos hay que parece que aposta
mueren por parecer hombres bajos; aquéllos se llevantan o con la ambición o con
la virtud, éstos se abajan o con la flojedad o con el vicio; y es menester
aprovecharnos del conocimiento discreto para distinguir estas dos maneras de
caballeros, tan parecidos en los nombres y tan distantes en las acciones.

-¡Válame Dios! -dijo la sobrina-. ¡Que sepa vuestra merced tanto, señor tío,
que, si fuese menester en una necesidad, podría subir en un púlpito e irse a
predicar por esas calles, y que, con todo esto, dé en una ceguera tan grande y
en una sandez tan conocida, que se dé a entender que es valiente, siendo viejo,
que tiene fuerzas, estando enfermo, y que endereza tuertos, estando por la edad
agobiado, y, sobre todo, que es caballero, no lo siendo; porque, aunque lo
puedan ser los hidalgos, no lo son los pobres!

-Tienes mucha razón, sobrina, en lo que dices -respondió don QuiXote-, y cosas
te pudiera yo decir cerca de los linajes, que te admiraran; pero, por no mezclar
lo divino con lo humano, no las digo. Mirad, amigas: a cuatro suertes de
linajes, y estadme atentas, se pueden reducir todos los que hay en el mundo, que
son éstas: unos, que tuvieron principios humildes, y se fueron estendiendo y
dilatando hasta llegar a una suma grandeza; otros, que tuvieron principios
grandes, y los fueron conservando y los conservan y mantienen en el ser que
comenzaron; otros, que, aunque tuvieron principios grandes, acabaron en punta,
como pirámide, habiendo diminuido y aniquilado su principio hasta parar en
nonada, como lo es la punta de la pirámide, que respeto de su basa o asiento no
es nada; otros hay, y éstos son los más, que ni tuvieron principio bueno ni
razonable medio, y así tendrán el fin, sin nombre, como el linaje de la gente
plebeya y ordinaria. De los primeros, que tuvieron principio humilde y subieron
a la grandeza que agora conservan, te sirva de ejemplo la Casa Otomana, que, de
un humilde y bajo pastor que le dio principio, está en la cumbre que le vemos.
Del segundo linaje, que tuvo principio en grandeza y la conserva sin aumentarla,
serán ejemplo muchos príncipes que por herencia lo son, y se conservan en ella,
sin aumentarla ni diminuirla, conteniéndose en los límites de sus estados
pacíficamente. De los que comenzaron grandes y acabaron en punta hay millares de
ejemplos, porque todos los Faraones y Tolomeos de Egipto, los Césares de Roma,
con toda la caterva, si es que se le puede dar este nombre, de infinitos
príncipes, monarcas, señores, medos, asirios, persas, griegos y bárbaros, todos
estos linajes y señoríos han acabado en punta y en nonada, así ellos como los
que les dieron principio, pues no será posible hallar agora ninguno de sus
decendientes, y si le hallásemos, sería en bajo y humilde estado. Del linaje
plebeyo no tengo qué decir, sino que sirve sólo de acrecentar el número de los
que viven, sin que merezcan otra fama ni otro elogio sus grandezas. De todo lo
dicho quiero que infiráis, bobas mías, que es grande la confusión que hay entre
los linajes, y que solos aquéllos parecen grandes y ilustres que lo muestran en
la virtud, y en la riqueza y liberalidad de sus dueños. Dije virtudes, riquezas
y liberalidades, porque el grande que fuere vicioso será vicioso grande, y el
rico no liberal será un avaro mendigo; que al poseedor de las riquezas no le
hace dichoso el tenerlas, sino el gastarlas, y no el gastarlas comoquiera, sino
el saberlas bien gastar. Al caballero pobre no le queda otro camino para mostrar
que es caballero sino el de la virtud, siendo afable, bien criado, cortés y
comedido, y oficioso; no soberbio, no arrogante, no murmurador, y, sobre todo,
caritativo; que con dos maravedís que con ánimo alegre dé al pobre se mostrará
tan liberal como el que a campana herida da limosna, y no habrá quien le vea
adornado de las referidas virtudes que, aunque no le conozca, deje de juzgarle y
tenerle por de buena casta, y el no serlo sería milagro; y siempre la alabanza
fue premio de la virtud, y los virtuosos no pueden dejar de ser alabados. Dos
caminos hay, hijas, por donde pueden ir los hombres a llegar a ser ricos y
honrados: el uno es el de las letras; otro, el de las armas. Yo tengo más armas
que letras, y nací, según me inclino a las armas, debajo de la influencia del
planeta Marte; así que, casi me es forzoso seguir por su camino, y por él tengo
de ir a pesar de todo el mundo, y será en balde cansaros en persuadirme a que no
quiera yo lo que los cielos quieren, la fortuna ordena y la razón pide, y, sobre
todo, mi voluntad desea. Pues con saber, como sé, los innumerables trabajos que
son anejos al andante caballería, sé también los infinitos bienes que se
alcanzan con ella; y sé que la senda de la virtud es muy estrecha, y el camino
del vicio, ancho y espacioso; y sé que sus fines y paraderos son diferentes,
porque el del vicio, dilatado y espacioso, acaba en la muerte, y el de la
virtud, angosto y trabajoso, acaba en vida, y no en vida que se acaba, sino en
la que no tendrá fin; y sé, como dice el gran poeta castellano nuestro, que

Por estas asperezas se camina

de la inmortalidad al alto asiento,

do nunca arriba quien de allí declina.

-¡Ay, desdichada de mí -dijo la sobrina-, que también mi señor es poeta!.
Todo lo sabe, todo lo alcanza: yo apostaré que si quisiera ser albañil, que
supiera fabricar una casa como una jaula.

Yo te prometo, sobrina -respondió don QuiXote-, que si estos pensamientos
caballerescos no me llevasen tras sí todos los sentidos, que no habría cosa que
yo no hiciese, ni curiosidad que no saliese de mis manos, especialmente jaulas y
palillos de dientes.

A este tiempo, llamaron a la puerta, y, preguntando quién llamaba, respondió
Sancho Panza que él era; y, apenas le hubo conocido el ama, cuando corrió a
esconderse por no verle: tanto le aborrecía. Abrióle la sobrina, salió a
recebirle con los brazos abiertos su señor don QuiXote, y encerráronse los dos
en su aposento, donde tuvieron otro coloquio, que no le hace ventaja el pasado.

Capítulo VII. De lo que pasó don QuiXote con su escudero, con otros sucesos
famosísimos

Apenas vio el ama que Sancho Panza se encerraba con su señor, cuando dio en la
cuenta de sus tratos; y, imaginando que de aquella consulta había de salir la
resolución de su tercera salida y tomando su manto, toda llena de congoja y
pesadumbre, se fue a buscar al bachiller Sansón Carrasco, pareciéndole que, por
ser bien hablado y amigo fresco de su señor, le podría persuadir a que dejase
tan desvariado propósito.

Hallóle paseándose por el patio de su casa, y, viéndole, se dejó caer ante sus
pies, trasudando y congojosa. Cuando la vio Carrasco con muestras tan doloridas
y sobresaltadas, le dijo:

-¿Qué es esto, señora ama? ¿Qué le ha acontecido, que parece que se le quiere
arrancar el alma?

-No es nada, señor Sansón mío, sino que mi amo se sale; ¡sálese sin duda!

-Y ¿por dónde se sale, señora? -preguntó Sansón-. ¿Hásele roto alguna parte de
su cuerpo?

-No se sale -respondió ella-, sino por la puerta de su locura. Quiero decir,
señor bachiller de mi ánima, que quiere salir otra vez, que con ésta será la
tercera, a buscar por ese mundo lo que él llama venturas, que yo no puedo
entender cómo les da este nombre. La vez primera nos le volvieron atravesado
sobre un jumento, molido a palos. La segunda vino en un carro de bueyes, metido
y encerrado en una jaula, adonde él se daba a entender que estaba encantado; y
venía tal el triste, que no le conociera la madre que le parió: flaco, amarillo,
los ojos hundidos en los últimos camaranchones del celebro, que, para haberle de
volver algún tanto en sí, gasté más de seiscientos huevos, como lo sabe Dios y
todo el mundo, y mis gallinas, que no me dejaran mentir.

-Eso creo yo muy bien -respondió el bachiller-; que ellas son tan buenas, tan
gordas y tan bien criadas, que no dirán una cosa por otra, si reventasen. En
efecto, señora ama: ¿no hay otra cosa, ni ha sucedido otro desmán alguno, sino
el que se teme que quiere hacer el señor don QuiXote?

-No, señor -respondió ella.

-Pues no tenga pena -respondió el bachiller-, sino váyase en hora buena a su
casa, y téngame aderezado de almorzar alguna cosa caliente, y, de camino, vaya
rezando la oración de Santa Apolonia si es que la sabe, que yo iré luego allá, y
verá maravillas.

-¡Cuitada de mí! -replicó el ama-; ¿la oración de Santa Apolonia dice vuestra
merced que rece?: eso fuera si mi amo lo hubiera de las muelas, pero no lo ha
sino de los cascos.

-Yo sé lo que digo, señora ama: váyase y no se ponga a disputar conmigo, pues
sabe que soy bachiller por Salamanca, que no hay más que bachillear -respondió
Carrasco.

Y con esto, se fue el ama, y el bachiller fue luego a buscar al cura, a
comunicar con él lo que se dirá a su tiempo.

En el que estuvieron encerrados don QuiXote y Sancho, pasaron las razones que
con mucha puntualidad y verdadera relación cuenta la historia.

Dijo Sancho a su amo:

-Señor, ya yo tengo relucida a mi mujer a que me deje ir con vuestra merced
adonde quisiere llevarme.

-Reducida has de decir, Sancho -dijo don QuiXote-, que no relucida.

-Una o dos veces -respondió Sancho-, si mal no me acuerdo, he suplicado a
vuestra merced que no me emiende los vocablos, si es que entiende lo que quiero
decir en ellos, y que, cuando no los entienda, diga: “Sancho, o diablo, no te
entiendo”; y si yo no me declarare, entonces podrá emendarme; que yo soy tan
fócil…

-No te entiendo, Sancho -dijo luego don QuiXote-, pues no sé qué quiere decir
soy tan fócil.

-Tan fócil quiere decir -respondió Sancho- soy tan así.

-Menos te entiendo agora -replicó don QuiXote.

-Pues si no me puede entender -respondió Sancho-, no sé cómo lo diga: no sé más,
y Dios sea conmigo.

-Ya, ya caigo -respondió don QuiXote- en ello: tú quieres decir que eres tan
dócil, blando y mañero que tomarás lo que yo te dijere, y pasarás por lo que te
enseñare.

-Apostaré yo -dijo Sancho- que desde el emprincipio me caló y me entendió, sino
que quiso turbarme por oírme decir otras docientas patochadas.

-Podrá ser -replicó don QuiXote-. Y, en efecto, ¿qué dice Teresa?

-Teresa dice -dijo Sancho- que ate bien mi dedo con vuestra merced, y que hablen
cartas y callen barbas, porque quien destaja no baraja, pues más vale un toma
que dos te daré. Y yo digo que el consejo de la mujer es poco, y el que no le
toma es loco.

-Y yo lo digo también -respondió don QuiXote-. Decid, Sancho amigo; pasá
adelante, que habláis hoy de perlas.

-Es el caso -replicó Sancho- que, como vuestra merced mejor sabe, todos estamos
sujetos a la muerte, y que hoy somos y mañana no, y que tan presto se va el
cordero como el carnero, y que nadie puede prometerse en este mundo más horas de
vida de las que Dios quisiere darle, porque la muerte es sorda, y, cuando llega
a llamar a las puertas de nuestra vida, siempre va depriesa y no la harán
detener ni ruegos, ni fuerzas, ni ceptros, ni mitras, según es pública voz y
fama, y según nos lo dicen por esos púlpitos.

-Todo eso es verdad -dijo don QuiXote-, pero no sé dónde vas a parar.

-Voy a parar -dijo Sancho- en que vuesa merced me señale salario conocido de lo
que me ha de dar cada mes el tiempo que le sirviere, y que el tal salario se me
pague de su hacienda; que no quiero estar a mercedes, que llegan tarde, o mal, o
nunca; con lo mío me ayude Dios. En fin, yo quiero saber lo que gano, poco o
mucho que sea, que sobre un huevo pone la gallina, y muchos pocos hacen un
mucho, y mientras se gana algo no se pierde nada. Verdad sea que si sucediese,
lo cual ni lo creo ni lo espero, que vuesa merced me diese la ínsula que me
tiene prometida, no soy tan ingrato, ni llevo las cosas tan por los cabos, que
no querré que se aprecie lo que montare la renta de la tal ínsula, y se
descuente de mi salario gata por cantidad.

-Sancho amigo -respondió don QuiXote-, a las veces, tan buena suele ser una gata
como una rata.

-Ya entiendo -dijo Sancho-: yo apostaré que había de decir rata, y no gata; pero
no importa nada, pues vuesa merced me ha entendido.

-Y tan entendido -respondió don QuiXote- que he penetrado lo último de tus
pensamientos, y sé al blanco que tiras con las inumerables saetas de tus
refranes. Mira, Sancho: yo bien te señalaría salario, si hubiera hallado en
alguna de las historias de los caballeros andantes ejemplo que me descubriese y
mostrase, por algún pequeño resquicio, qué es lo que solían ganar cada mes, o
cada año; pero yo he leído todas o las más de sus historias, y no me acuerdo
haber leído que ningún caballero andante haya señalado conocido salario a su
escudero. Sólo sé que todos servían a merced, y que, cuando menos se lo
pensaban, si a sus señores les había corrido bien la suerte, se hallaban
premiados con una ínsula, o con otra cosa equivalente, y, por lo menos, quedaban
con título y señoría. Si con estas esperanzas y aditamentos vos, Sancho, gustáis
de volver a servirme, sea en buena hora: que pensar que yo he de sacar de sus
términos y quicios la antigua usanza de la caballería andante es pensar en lo
escusado. Así que, Sancho mío, volveos a vuestra casa, y declarad a vuestra
Teresa mi intención; y si ella gustare y vos gustáredes de estar a merced
conmigo, bene quidem; y si no, tan amigos como de antes; que si al palomar no le
falta cebo, no le faltarán palomas. Y advertid, hijo, que vale más buena
esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera,
Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar refranes como
llovidos. Y, finalmente, quiero decir, y os digo, que si no queréis venir a
merced conmigo y correr la suerte que yo corriere, que Dios quede con vos y os
haga un santo; que a mí no me faltarán escuderos más obedientes, más solícitos,
y no tan empachados ni tan habladores como vos.

Cuando Sancho oyó la firme resolución de su amo se le anubló el cielo y se le
cayeron las alas del corazón, porque tenía creído que su señor no se iría sin él
por todos los haberes del mundo; y así, estando suspenso y pensativo, entró
Sansón Carrasco y la sobrina, deseosos de oír con qué razones persuadía a su
señor que no tornarse a buscar las aventuras. Llegó Sansón, socarrón famoso, y,
abrazándole como la vez primera y con voz levantada, le dijo:

-¡Oh flor de la andante caballería; oh luz resplandeciente de las armas; oh
honor y espejo de la nación española! Plega a Dios todopoderoso, donde más
largamente se contiene, que la persona o personas que pusieren impedimento y
estorbaren tu tercera salida, que no la hallen en el laberinto de sus deseos, ni
jamás se les cumpla lo que mal desearen.

Y, volviéndose al ama, le dijo:

-Bien puede la señora ama no rezar más la oración de Santa Apolonia, que yo sé
que es determinación precisa de las esferas que el señor don QuiXote vuelva a
ejecutar sus altos y nuevos pensamientos, y yo encargaría mucho mi conciencia si
no intimase y persuadiese a este caballero que no tenga más tiempo encogida y
detenida la fuerza de su valeroso brazo y la bondad de su ánimo valentísimo,
porque defrauda con su tardanza el derecho de los tuertos, el amparo de los
huérfanos, la honra de las doncellas, el favor de las viudas y el arrimo de las
casadas, y otras cosas deste jaez, que tocan, atañen, dependen y son anejas a la
orden de la caballería andante. ¡Ea, señor don QuiXote mío, hermoso y bravo,
antes hoy que mañana se ponga vuestra merced y su grandeza en camino; y si
alguna cosa faltare para ponerle en ejecución, aquí estoy yo para suplirla con
mi persona y hacienda; y si fuere necesidad servir a tu magnificencia de
escudero, lo tendré a felicísima ventura!

A esta sazón, dijo don QuiXote, volviéndose a Sancho:

-¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar escuderos? Mira quién se ofrece
a serlo, sino el inaudito bachiller Sansón Carrasco, perpetuo trastulo y
regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses, sano de su persona,
ágil de sus miembros, callado, sufridor así del calor como del frío, así de la
hambre como de la sed, con todas aquellas partes que se requieren para ser
escudero de un caballero andante. Pero no permita el cielo que, por seguir mi
gusto, desjarrete y quiebre la coluna de las letras y el vaso de las ciencias, y
tronque la palma eminente de las buenas y liberales artes. Quédese el nuevo
Sansón en su patria, y, honrándola, honre juntamente las canas de sus ancianos
padres; que yo con cualquier escudero estaré contento, ya que Sancho no se digna
de venir conmigo.

-Sí digno -respondió Sancho, enternecido y llenos de lágrimas los ojos; y
prosiguió-: No se dirá por mí, señor mío: el pan comido y la compañía deshecha;
sí, que no vengo yo de alguna alcurnia desagradecida, que ya sabe todo el mundo,
y especialmente mi pueblo, quién fueron los Panzas, de quien yo deciendo, y más,
que tengo conocido y calado por muchas buenas obras, y por más buenas palabras,
el deseo que vuestra merced tiene de hacerme merced; y si me he puesto en
cuentas de tanto más cuanto acerca de mi salario, ha sido por complacer a mi
mujer; la cual, cuando toma la mano a persuadir una cosa, no hay mazo que tanto
apriete los aros de una cuba como ella aprieta a que se haga lo que quiere;
pero, en efeto, el hombre ha de ser hombre, y la mujer, mujer; y, pues yo soy
hombre dondequiera, que no lo puedo negar, también lo quiero ser en mi casa,
pese a quien pesare; y así, no hay más que hacer, sino que vuestra merced ordene
su testamento con su codicilo, en modo que no se pueda revolcar, y pongámonos
luego en camino, porque no padezca el alma del señor Sansón, que dice que su
conciencia le lita que persuada a vuestra merced a salir vez tercera por ese
mundo; y yo de nuevo me ofrezco a servir a vuestra merced fiel y legalmente, tan
bien y mejor que cuantos escuderos han servido a caballeros andantes en los
pasados y presentes tiempos.

Admirado quedó el bachiller de oír el término y modo de hablar de Sancho Panza;
que, puesto que había leído la primera historia de su señor, nunca creyó que era
tan gracioso como allí le pintan; pero, oyéndole decir ahora testamento y
codicilo que no se pueda revolcar, en lugar de testamento y codicilo que no se
pueda revocar, creyó todo lo que dél había leído, y confirmólo por uno de los
más solenes mentecatos de nuestros siglos; y dijo entre sí que tales dos locos
como amo y mozo no se habrían visto en el mundo.

Finalmente, don QuiXote y Sancho se abrazaron y quedaron amigos, y con parecer y
beneplácito del gran Carrasco, que por entonces era su oráculo, se ordenó que de
allí a tres días fuese su partida; en los cuales habría lugar de aderezar lo
necesario para el viaje, y de buscar una celada de encaje, que en todas maneras
dijo don QuiXote que la había de llevar. Ofreciósela Sansón, porque sabía no se
la negaría un amigo suyo que la tenía, puesto que estaba más escura por el orín
y el moho que clara y limpia por el terso acero.

Las maldiciones que las dos, ama y sobrina, echaron al bachiller no tuvieron
cuento: mesaron sus cabellos, arañaron sus rostros, y, al modo de las
endechaderas que se usaban, lamentaban la partida como si fuera la muerte de su
señor. El designo que tuvo Sansón, para persuadirle a que otra vez saliese, fue
hacer lo que adelante cuenta la historia, todo por consejo del cura y del
barbero, con quien él antes lo había comunicado.

En resolución, en aquellos tres días don QuiXote y Sancho se acomodaron de lo
que les pareció convenirles; y, habiendo aplacado Sancho a su mujer, y don
QuiXote a su sobrina y a su ama, al anochecer, sin que nadie lo viese, sino el
bachiller, que quiso acompañarles media legua del lugar, se pusieron en camino
del Toboso: don QuiXote sobre su buen Rocinante, y Sancho sobre su antiguo
rucio, proveídas las alforjas de cosas tocantes a la bucólica, y la bolsa de
dineros que le dio don QuiXote para lo que se ofreciese. Abrazóle Sansón, y
suplicóle le avisase de su buena o mala suerte, para alegrarse con ésta o
entristecerse con aquélla, como las leyes de su amistad pedían. Prometióselo don
QuiXote, dio Sansón la vuelta a su lugar, y los dos tomaron la de la gran ciudad
del Toboso.

Capítulo VIII. Donde se cuenta lo que le sucedió a don QuiXote, yendo a ver su
señora Dulcinea del Toboso

“¡Bendito sea el poderoso Alá! -dice Hamete Benengeli al comienzo deste octavo
capítulo-. ¡Bendito sea Alá!”, repite tres veces; y dice que da estas
bendiciones por ver que tiene ya en campaña a don QuiXote y a Sancho, y que los
letores de su agradable historia pueden hacer cuenta que desde este punto
comienzan las hazañas y donaires de don QuiXote y de su escudero; persuádeles
que se les olviden las pasadas caballerías del ingenioso hidalgo, y pongan los
ojos en las que están por venir, que desde agora en el camino del Toboso
comienzan, como las otras comenzaron en los campos de Montiel, y no es mucho lo
que pide para tanto como él promete; y así prosigue diciendo:

Solos quedaron don QuiXote y Sancho, y, apenas se hubo apartado Sansón, cuando
comenzó a relinchar Rocinante y a sospirar el rucio, que de entrambos, caballero
y escudero, fue tenido a buena señal y por felicísimo agüero; aunque, si se ha
de contar la verdad, más fueron los sospiros y rebuznos del rucio que los
relinchos del rocín, de donde coligió Sancho que su ventura había de sobrepujar
y ponerse encima de la de su señor, fundándose no sé si en astrología judiciaria
que él se sabía, puesto que la historia no lo declara; sólo le oyeron decir que,
cuando tropezaba o caía, se holgara no haber salido de casa, porque del tropezar
o caer no se sacaba otra cosa sino el zapato roto o las costillas quebradas; y,
aunque tonto, no andaba en esto muy fuera de camino. Díjole don QuiXote:

-Sancho amigo, la noche se nos va entrando a más andar, y con más escuridad de
la que habíamos menester para alcanzar a ver con el día al Toboso, adonde tengo
determinado de ir antes que en otra aventura me ponga, y allí tomaré la
bendición y buena licencia de la sin par Dulcinea, con la cual licencia pienso y
tengo por cierto de acabar y dar felice cima a toda peligrosa aventura, porque
ninguna cosa desta vida hace más valientes a los caballeros andantes que verse
favorecidos de sus damas.

-Yo así lo creo -respondió Sancho-; pero tengo por dificultoso que vuestra
merced pueda hablarla ni verse con ella, en parte, a lo menos, que pueda recebir
su bendición, si ya no se la echa desde las bardas del corral, por donde yo la
vi la vez primera, cuando le llevé la carta donde iban las nuevas de las
sandeces y locuras que vuestra merced quedaba haciendo en el corazón de Sierra
Morena.

-¿Bardas de corral se te antojaron aquéllas, Sancho -dijo don QuiXote-, adonde o
por donde viste aquella jamás bastantemente alabada gentileza y hermosura? No
debían de ser sino galerías o corredores, o lonjas, o como las llaman, de ricos
y reales palacios.

-Todo pudo ser -respondió Sancho-, pero a mí bardas me parecieron, si no es que
soy falto de memoria.

-Con todo eso, vamos allá, Sancho -replicó don QuiXote-, que como yo la vea, eso
se me da que sea por bardas que por ventanas, o por resquicios, o verjas de
jardines; que cualquier rayo que del sol de su belleza llegue a mis ojos
alumbrará mi entendimiento y fortalecerá mi corazón, de modo que quede único y
sin igual en la discreción y en la valentía.

-Pues en verdad, señor -respondió Sancho-, que cuando yo vi ese sol de la señora
Dulcinea del Toboso, que no estaba tan claro, que pudiese echar de sí rayos
algunos, y debió de ser que, como su merced estaba ahechando aquel trigo que
dije, el mucho polvo que sacaba se le puso como nube ante el rostro y se le
escureció.

-¡Que todavía das, Sancho -dijo don QuiXote-, en decir, en pensar, en creer y en
porfiar que mi señora Dulcinea ahechaba trigo, siendo eso un menester y
ejercicio que va desviado de todo lo que hacen y deben hacer las personas
principales que están constituidas y guardadas para otros ejercicios y
entretenimientos, que muestran a tiro de ballesta su principalidad…! Mal se te
acuerdan a ti, ¡oh Sancho!, aquellos versos de nuestro poeta donde nos pinta las
labores que hacían allá en sus moradas de cristal aquellas cuatro ninfas que del
Tajo amado sacaron las cabezas, y se sentaron a labrar en el prado verde
aquellas ricas telas que allí el ingenioso poeta nos describe, que todas eran de
oro, sirgo y perlas contestas y tejidas. Y desta manera debía de ser el de mi
señora cuando tú la viste; sino que la envidia que algún mal encantador debe de
tener a mis cosas, todas las que me han de dar gusto trueca y vuelve en
diferentes figuras que ellas tienen; y así, temo que, en aquella historia que
dicen que anda impresa de mis hazañas, si por ventura ha sido su autor algún
sabio mi enemigo, habrá puesto unas cosas por otras, mezclando con una verdad
mil mentiras, divertiéndose a contar otras acciones fuera de lo que requiere la
continuación de una verdadera historia. ¡Oh envidia, raíz de infinitos males y
carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite
consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias.

-Eso es lo que yo digo también -respondió Sancho-, y pienso que en esa leyenda o
historia que nos dijo el bachiller Carrasco que de nosotros había visto debe de
andar mi honra a coche acá, cinchado, y, como dicen, al estricote, aquí y allí,
barriendo las calles. Pues, a fe de bueno, que no he dicho yo mal de ningún
encantador, ni tengo tantos bienes que pueda ser envidiado; bien es verdad que
soy algo malicioso, y que tengo mis ciertos asomos de bellaco, pero todo lo
cubre y tapa la gran capa de la simpleza mía, siempre natural y nunca
artificiosa. Y cuando otra cosa no tuviese sino el creer, como siempre creo,
firme y verdaderamente en Dios y en todo aquello que tiene y cree la Santa
Iglesia Católica Romana, y el ser enemigo mortal, como lo soy, de los judíos,
debían los historiadores tener misericordia de mí y tratarme bien en sus
escritos. Pero digan lo que quisieren; que desnudo nací, desnudo me hallo: ni
pierdo ni gano; aunque, por verme puesto en libros y andar por ese mundo de mano
en mano, no se me da un higo que digan de mí todo lo que quisieren.

-Eso me parece, Sancho -dijo don QuiXote-, a lo que sucedió a un famoso poeta
destos tiempos, el cual, habiendo hecho una maliciosa sátira contra todas las
damas cortesanas, no puso ni nombró en ella a una dama que se podía dudar si lo
era o no; la cual, viendo que no estaba en la lista de las demás, se quejó al
poeta, diciéndole que qué había visto en ella para no ponerla en el número de
las otras, y que alargase la sátira, y la pusiese en el ensanche; si no, que
mirase para lo que había nacido. Hízolo así el poeta, y púsola cual no digan
dueñas, y ella quedó satisfecha, por verse con fama, aunque infame. También
viene con esto lo que cuentan de aquel pastor que puso fuego y abrasó el templo
famoso de Diana, contado por una de las siete maravillas del mundo, sólo porque
quedase vivo su nombre en los siglos venideros; y, aunque se mandó que nadie le
nombrase, ni hiciese por palabra o por escrito mención de su nombre, porque no
consiguiese el fin de su deseo, todavía se supo que se llamaba Eróstrato.
También alude a esto lo que sucedió al grande emperador Carlo Quinto con un
caballero en Roma. Quiso ver el emperador aquel famoso templo de la Rotunda, que
en la antigüedad se llamó el templo de todos los dioses, y ahora, con mejor
vocación, se llama de todos los santos, y es el edificio que más entero ha
quedado de los que alzó la gentilidad en Roma, y es el que más conserva la fama
de la grandiosidad y magnificencia de sus fundadores: él es de hechura de una
media naranja, grandísimo en estremo, y está muy claro, sin entrarle otra luz
que la que le concede una ventana, o, por mejor decir, claraboya redonda que
está en su cima, desde la cual mirando el emperador el edificio, estaba con él y
a su lado un caballero romano, declarándole los primores y sutilezas de aquella
gran máquina y memorable arquitetura; y, habiéndose quitado de la claraboya,
dijo al emperador: “Mil veces, Sacra Majestad, me vino deseo de abrazarme con
vuestra Majestad y arrojarme de aquella claraboya abajo, por dejar de mí fama
eterna en el mundo”. “Yo os agradezco -respondió el emperador- el no haber
puesto tan mal pensamiento en efeto, y de aquí adelante no os pondré yo en
ocasión que volváis a hacer prueba de vuestra lealtad; y así, os mando que jamás
me habléis, ni estéis donde yo estuviere”. Y, tras estas palabras, le hizo una
gran merced. Quiero decir, Sancho, que el deseo de alcanzar fama es activo en
gran manera. ¿Quién piensas tú que arrojó a Horacio del puente abajo, armado de
todas armas, en la profundidad del Tibre? ¿Quién abrasó el brazo y la mano a
Mucio? ¿Quién impelió a Curcio a lanzarse en la profunda sima ardiente que
apareció en la mitad de Roma? ¿Quién, contra todos los agüeros que en contra se
le habían mostrado, hizo pasar el Rubicón a César? Y, con ejemplos más modernos,
¿quién barrenó los navíos y dejó en seco y aislados los valerosos españoles
guiados por el cortesísimo Cortés en el Nuevo Mundo? Todas estas y otras grandes
y diferentes hazañas son, fueron y serán obras de la fama, que los mortales
desean como premios y parte de la inmortalidad que sus famosos hechos merecen,
puesto que los cristianos, católicos y andantes caballeros más habemos de
atender a la gloria de los siglos venideros, que es eterna en las regiones
etéreas y celestes, que a la vanidad de la fama que en este presente y acabable
siglo se alcanza; la cual fama, por mucho que dure, en fin se ha de acabar con
el mesmo mundo, que tiene su fin señalado. Así, ¡oh Sancho!, que nuestras obras
no han de salir del límite que nos tiene puesto la religión cristiana, que
profesamos. Hemos de matar en los gigantes a la soberbia; a la envidia, en la
generosidad y buen pecho; a la ira, en el reposado continente y quietud del
ánimo; a la gula y al sueño, en el poco comer que comemos y en el mucho velar
que velamos; a la lujuria y lascivia, en la lealtad que guardamos a las que
hemos hecho señoras de nuestros pensamientos; a la pereza, con andar por todas
las partes del mundo, buscando las ocasiones que nos puedan hacer y hagan, sobre
cristianos, famosos caballeros. Ves aquí, Sancho, los medios por donde se
alcanzan los estremos de alabanzas que consigo trae la buena fama.

-Todo lo que vuestra merced hasta aquí me ha dicho -dijo Sancho- lo he entendido
muy bien, pero, con todo eso, querría que vuestra merced me sorbiese una duda
que agora en este punto me ha venido a la memoria.

-Asolviese quieres decir, Sancho -dijo don QuiXote-. Di en buen hora, que yo
responderé lo que supiere.

-Dígame, señor -prosiguió Sancho-: esos Julios o Agostos, y todos esos
caballeros hazañosos que ha dicho, que ya son muertos, ¿dónde están agora?

-Los gentiles -respondió don QuiXote- sin duda están en el infierno; los
cristianos, si fueron buenos cristianos, o están en el purgatorio o en el cielo.

-Está bien -dijo Sancho-, pero sepamos ahora: esas sepulturas donde están los
cuerpos desos señorazos, ¿tienen delante de sí lámparas de plata, o están
adornadas las paredes de sus capillas de muletas, de mortajas, de cabelleras, de
piernas y de ojos de cera? Y si desto no, ¿de qué están adornadas?

A lo que respondió don QuiXote:

-Los sepulcros de los gentiles fueron por la mayor parte suntuosos templos: las
cenizas del cuerpo de Julio César se pusieron sobre una pirámide de piedra de
desmesurada grandeza, a quien hoy llaman en Roma La aguja de San Pedro; al
emperador Adriano le sirvió de sepultura un castillo tan grande como una buena
aldea, a quien llamaron Moles Hadriani, que agora es el castillo de Santángel en
Roma; la reina Artemisa sepultó a su marido Mausoleo en un sepulcro que se tuvo
por una de las siete maravillas del mundo; pero ninguna destas sepulturas ni
otras muchas que tuvieron los gentiles se adornaron con mortajas ni con otras
ofrendas y señales que mostrasen ser santos los que en ellas estaban sepultados.

-A eso voy -replicó Sancho-. Y dígame agora: ¿cuál es más: resucitar a un
muerto, o matar a un gigante?

-La respuesta está en la mano -respondió don QuiXote-: más es resucitar a un
muerto.

-Cogido le tengo -dijo Sancho-: luego la fama del que resucita muertos, da vista
a los ciegos, endereza los cojos y da salud a los enfermos, y delante de sus
sepulturas arden lámparas, y están llenas sus capillas de gentes devotas que de
rodillas adoran sus reliquias, mejor fama será, para este y para el otro siglo,
que la que dejaron y dejaren cuantos emperadores gentiles y caballeros andantes
ha habido en el mundo.

-También confieso esa verdad -respondió don QuiXote.

-Pues esta fama, estas gracias, estas prerrogativas, como llaman a esto -
respondió Sancho-, tienen los cuerpos y las reliquias de los santos que, con
aprobación y licencia de nuestra santa madre Iglesia, tienen lámparas, velas,
mortajas, muletas, pinturas, cabelleras, ojos, piernas, con que aumentan la
devoción y engrandecen su cristiana fama. Los cuerpos de los santos o sus
reliquias llevan los reyes sobre sus hombros, besan los pedazos de sus huesos,
adornan y enriquecen con ellos sus oratorios y sus más preciados altares…

-¿Qué quieres que infiera, Sancho, de todo lo que has dicho? -dijo don QuiXote.

-Quiero decir -dijo Sancho- que nos demos a ser santos, y alcanzaremos más
brevemente la buena fama que pretendemos; y advierta, señor, que ayer o antes de
ayer, que, según ha poco se puede decir desta manera, canonizaron o beatificaron
dos frailecitos descalzos, cuyas cadenas de hierro con que ceñían y atormentaban
sus cuerpos se tiene ahora a gran ventura el besarlas y tocarlas, y están en más
veneración que está, según dije, la espada de Roldán en la armería del rey,
nuestro señor, que Dios guarde. Así que, señor mío, más vale ser humilde
frailecito, de cualquier orden que sea, que valiente y andante caballero; mas
alcanzan con Dios dos docenas de diciplinas que dos mil lanzadas, ora las den a
gigantes, ora a vestiglos o a endrigos.

-Todo eso es así -respondió don QuiXote-, pero no todos podemos ser frailes, y
muchos son los caminos por donde lleva Dios a los suyos al cielo: religión es la
caballería; caballeros santos hay en la gloria.

-Sí -respondió Sancho-, pero yo he oído decir que hay más frailes en el cielo
que caballeros andantes.

-Eso es -respondió don QuiXote- porque es mayor el número de los religiosos que
el de los caballeros.

-Muchos son los andantes -dijo Sancho.

-Muchos -respondió don QuiXote-, pero pocos los que merecen nombre de
caballeros.

En estas y otras semejantes pláticas se les pasó aquella noche y el día
siguiente, sin acontecerles cosa que de contar fuese, de que no poco le pesó a
don QuiXote. En fin, otro día, al anochecer, descubrieron la gran ciudad del
Toboso, con cuya vista se le alegraron los espíritus a don QuiXote y se le
entristecieron a Sancho, porque no sabía la casa de Dulcinea, ni en su vida la
había visto, como no la había visto su señor; de modo que el uno por verla, y el
otro por no haberla visto, estaban alborotados, y no imaginaba Sancho qué había
de hacer cuando su dueño le enviase al Toboso. Finalmente, ordenó don QuiXote
entrar en la ciudad entrada la noche, y, en tanto que la hora se llegaba, se
quedaron entre unas encinas que cerca del Toboso estaban, y, llegado el
determinado punto, entraron en la ciudad, donde les sucedió cosas que a cosas
llegan.

Capítulo IX. Donde se cuenta lo que en él se verá

Media noche era por filo, poco más a menos, cuando don QuiXote y Sancho dejaron
el monte y entraron en el Toboso. Estaba el pueblo en un sosegado silencio,
porque todos sus vecinos dormían y reposaban a pierna tendida, como suele
decirse. Era la noche entreclara, puesto que quisiera Sancho que fuera del todo
escura, por hallar en su escuridad disculpa de su sandez. No se oía en todo el
lugar sino ladridos de perros, que atronaban los oídos de don QuiXote y turbaban
el corazón de Sancho. De cuando en cuando, rebuznaba un jumento, gruñían
puercos, mayaban gatos, cuyas voces, de diferentes sonidos, se aumentaban con el
silencio de la noche, todo lo cual tuvo el enamorado caballero a mal agüero;
pero, con todo esto, dijo a Sancho:

-Sancho, hijo, guía al palacio de Dulcinea: quizá podrá ser que la hallemos
despierta.

-¿A qué palacio tengo de guiar, cuerpo del sol -respondió Sancho-, que en el que
yo vi a su grandeza no era sino casa muy pequeña?

-Debía de estar retirada, entonces -respondió don QuiXote-, en algún pequeño
apartamiento de su alcázar, solazándose a solas con sus doncellas, como es uso y
costumbre de las altas señoras y princesas.

-Señor -dijo Sancho-, ya que vuestra merced quiere, a pesar mío, que sea alcázar
la casa de mi señora Dulcinea, ¿es hora ésta por ventura de hallar la puerta
abierta? Y ¿será bien que demos aldabazos para que nos oyan y nos abran,
metiendo en alboroto y rumor toda la gente? ¿Vamos por dicha a llamar a la casa
de nuestras mancebas, como hacen los abarraganados, que llegan, y llaman, y
entran a cualquier hora, por tarde que sea?

-Hallemos primero una por una el alcázar -replicó don QuiXote-, que entonces yo
te diré, Sancho, lo que será bien que hagamos. Y advierte, Sancho, que yo veo
poco, o que aquel bulto grande y sombra que desde aquí se descubre la debe de
hacer el palacio de Dulcinea.

-Pues guíe vuestra merced -respondió Sancho-: quizá será así; aunque yo lo veré
con los ojos y lo tocaré con las manos, y así lo creeré yo como creer que es
ahora de día.

Guió don QuiXote, y, habiendo andado como docientos pasos, dio con el bulto que
hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que el tal edificio no
era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:

-Con la iglesia hemos dado, Sancho.

-Ya lo veo -respondió Sancho-; y plega a Dios que no demos con nuestra
sepultura, que no es buena señal andar por los cimenterios a tales horas, y más,
habiendo yo dicho a vuestra merced, si mal no me acuerdo, que la casa desta
señora ha de estar en una callejuela sin salida.

-¡Maldito seas de Dios, mentecato! -dijo don QuiXote-. ¿Adónde has tú hallado
que los alcázares y palacios reales estén edificados en callejuelas sin salida?

-Señor -respondió Sancho-, en cada tierra su uso: quizá se usa aquí en el Toboso
edificar en callejuelas los palacios y edificios grandes; y así, suplico a
vuestra merced me deje buscar por estas calles o callejuelas que se me ofrecen:
podría ser que en algún rincón topase con ese alcázar, que le vea yo comido de
perros, que así nos trae corridos y asendereados.

-Habla con respeto, Sancho, de las cosas de mi señora -dijo don QuiXote-, y
tengamos la fiesta en paz, y no arrojemos la soga tras el caldero.

-Yo me reportaré -respondió Sancho-; pero, ¿con qué paciencia podré llevar que
quiera vuestra merced que de sola una vez que vi la casa de nuestra ama, la haya
de saber siempre y hallarla a media noche, no hallándola vuestra merced, que la
debe de haber visto millares de veces?

-Tú me harás desesperar, Sancho -dijo don QuiXote-. Ven acá, hereje: ¿no te he
dicho mil veces que en todos los días de mi vida no he visto a la sin par
Dulcinea, ni jamás atravesé los umbrales de su palacio, y que sólo estoy
enamorado de oídas y de la gran fama que tiene de hermosa y discreta?

-Ahora lo oigo -respondió Sancho-; y digo que, pues vuestra merced no la ha
visto, ni yo tampoco…

-Eso no puede ser -replicó don QuiXote-; que, por lo menos, ya me has dicho tú
que la viste ahechando trigo, cuando me trujiste la respuesta de la carta que le
envié contigo.

-No se atenga a eso, señor -respondió Sancho-, porque le hago saber que también
fue de oídas la vista y la respuesta que le truje; porque, así sé yo quién es la
señora Dulcinea como dar un puño en el cielo.

-Sancho, Sancho -respondió don QuiXote-, tiempos hay de burlar, y tiempos donde
caen y parecen mal las burlas. No porque yo diga que ni he visto ni hablado a la
señora de mi alma has tú de decir también que ni la has hablado ni visto, siendo
tan al revés como sabes.

Estando los dos en estas pláticas, vieron que venía a pasar por donde estaban
uno con dos mulas, que, por el ruido que hacía el arado, que arrastraba por el
suelo, juzgaron que debía de ser labrador, que habría madrugado antes del día a
ir a su labranza; y así fue la verdad. Venía el labrador cantando aquel romance
que dicen:

Mala la hubistes, franceses,
en esa de Roncesvalles.

-Que me maten, Sancho -dijo, en oyéndole, don QuiXote-, si nos ha de suceder
cosa buena esta noche. ¿No oyes lo que viene cantando ese villano?

-Sí oigo -respondió Sancho-; pero, ¿qué hace a nuestro propósito la caza de
Roncesvalles? Así pudiera cantar el romance de Calaínos, que todo fuera uno para
sucedernos bien o mal en nuestro negocio.

Llegó, en esto, el labrador, a quien don QuiXote preguntó:

-¿Sabréisme decir, buen amigo, que buena ventura os dé Dios, dónde son por aquí
los palacios de la sin par princesa doña Dulcinea del Toboso?

-Señor -respondió el mozo-, yo soy forastero y ha pocos días que estoy en este
pueblo, sirviendo a un labrador rico en la labranza del campo; en esa casa
frontera viven el cura y el sacristán del lugar; entrambos, o cualquier dellos,
sabrá dar a vuestra merced razón desa señora princesa, porque tienen la lista de
todos los vecinos del Toboso; aunque para mí tengo que en todo él no vive
princesa alguna; muchas señoras, sí, principales, que cada una en su casa puede
ser princesa.

-Pues entre ésas -dijo don QuiXote- debe de estar, amigo, ésta por quien te
pregunto.

-Podría ser -respondió el mozo-; y adiós, que ya viene el alba.

Y, dando a sus mulas, no atendió a más preguntas. Sancho, que vio suspenso a su
señor y asaz mal contento, le dijo:

-Señor, ya se viene a más andar el día, y no será acertado dejar que nos halle
el sol en la calle; mejor será que nos salgamos fuera de la ciudad, y que
vuestra merced se embosque en alguna floresta aquí cercana, y yo volveré de día,
y no dejaré ostugo en todo este lugar donde no busque la casa, alcázar o palacio
de mi señora, y asaz sería de desdichado si no le hallase; y, hallándole,
hablaré con su merced, y le diré dónde y cómo queda vuestra merced esperando que
le dé orden y traza para verla, sin menoscabo de su honra y fama.

-Has dicho, Sancho -dijo don QuiXote-, mil sentencias encerradas en el círculo
de breves palabras: el consejo que ahora me has dado le apetezco y recibo de
bonísima gana. Ven, hijo, y vamos a buscar donde me embosque, que tú volverás,
como dices, a buscar, a ver y hablar a mi señora, de cuya discreción y cortesía
espero más que milagrosos favores.

Rabiaba Sancho por sacar a su amo del pueblo, porque no averiguase la mentira de
la respuesta que de parte de Dulcinea le había llevado a Sierra Morena; y así,
dio priesa a la salida, que fue luego, y a dos millas del lugar hallaron una
floresta o bosque, donde don QuiXote se emboscó en tanto que Sancho volvía a la
ciudad a hablar a Dulcinea; en cuya embajada le sucedieron cosas que piden nueva
atención y nuevo crédito.

Capítulo X. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la
señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos

Llegando el autor desta grande historia a contar lo que en este capítulo cuenta,
dice que quisiera pasarle en silencio, temeroso de que no había de ser creído,
porque las locuras de don QuiXote llegaron aquí al término y raya de las mayores
que pueden imaginarse, y aun pasaron dos tiros de ballesta más allá de las
mayores. Finalmente, aunque con este miedo y recelo, las escribió de la misma
manera que él las hizo, sin añadir ni quitar a la historia un átomo de la
verdad, sin dársele nada por las objeciones que podían ponerle de mentiroso. Y
tuvo razón, porque la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la
mentira como el aceite sobre el agua.

Y así, prosiguiendo su historia, dice que, así como don QuiXote se emboscó en la
floresta, encinar o selva junto al gran Toboso, mandó a Sancho volver a la
ciudad, y que no volviese a su presencia sin haber primero hablado de su parte a
su señora, pidiéndola fuese servida de dejarse ver de su cautivo caballero, y se
dignase de echarle su bendición, para que pudiese esperar por ella felicísimos
sucesos de todos sus acometimientos y dificultosas empresas. Encargóse Sancho de
hacerlo así como se le mandaba, y de traerle tan buena respuesta como le trujo
la vez primera.

-Anda, hijo -replicó don QuiXote-, y no te turbes cuando te vieres ante la luz
del sol de hermosura que vas a buscar. ¡Dichoso tú sobre todos los escuderos del
mundo! Ten memoria, y no se te pase della cómo te recibe: si muda las colores el
tiempo que la estuvieres dando mi embajada; si se desasosiega y turba oyendo mi
nombre; si no cabe en la almohada, si acaso la hallas sentada en el estrado rico
de su autoridad; y si está en pie, mírala si se pone ahora sobre el uno, ahora
sobre el otro pie; si te repite la respuesta que te diere dos o tres veces; si
la muda de blanda en áspera, de aceda en amorosa; si levanta la mano al cabello
para componerle, aunque no esté desordenado; finalmente, hijo, mira todas sus
acciones y movimientos; porque si tú me los relatares como ellos fueron, sacaré
yo lo que ella tiene escondido en lo secreto de su corazón acerca de lo que al
fecho de mis amores toca; que has de saber, Sancho, si no lo sabes, que entre
los amantes, las acciones y movimientos exteriores que muestran, cuando de sus
amores se trata, son certísimos correos que traen las nuevas de lo que allá en
lo interior del alma pasa. Ve, amigo, y guíete otra mejor ventura que la mía, y
vuélvate otro mejor suceso del que yo quedo temiendo y esperando en esta amarga
soledad en que me dejas.

-Yo iré y volveré presto -dijo Sancho-; y ensanche vuestra merced, señor mío,
ese corazoncillo, que le debe de tener agora no mayor que una avellana, y
considere que se suele decir que buen corazón quebranta mala ventura, y que
donde no hay tocinos, no hay estacas; y también se dice: donde no piensa, salta
la liebre. Dígolo porque si esta noche no hallamos los palacios o alcázares de
mi señora, agora que es de día los pienso hallar, cuando menos los piense, y
hallados, déjenme a mí con ella.

-Por cierto, Sancho -dijo don QuiXote-, que siempre traes tus refranes tan a
pelo de lo que tratamos cuanto me dé Dios mejor ventura en lo que deseo.
Esto dicho, volvió Sancho las espaldas y vareó su rucio, y don QuiXote se quedó
a caballo, descansando sobre los estribos y sobre el arrimo de su lanza, lleno
de tristes y confusas imaginaciones, donde le dejaremos, yéndonos con Sancho
Panza, que no menos confuso y pensativo se apartó de su señor que él quedaba; y
tanto, que, apenas hubo salido del bosque, cuando, volviendo la cabeza y viendo
que don QuiXote no parecía, se apeó del jumento, y, sentándose al pie de un
árbol, comenzó a hablar consigo mesmo y a decirse:

-Sepamos agora, Sancho hermano, adónde va vuesa merced. ¿Va a buscar algún
jumento que se le haya perdido? “No, por cierto”. Pues, ¿qué va a buscar?
“Voy a buscar, como quien no dice nada, a una princesa, y en ella al sol de la
hermosura y a todo el cielo junto”. Y ¿adónde pensáis hallar eso que decís,
Sancho? “¿Adónde? En la gran ciudad del Toboso”. Y bien: ¿y de parte de quién
la vais a buscar? ”De parte del famoso caballero don QuiXote de la Mancha, que
desface los tuertos, y da de comer al que ha sed, y de beber al que ha hambre”.
Todo eso está muy bien. Y ¿sabéis su casa, Sancho? ”Mi amo dice que han de ser
unos reales palacios o unos soberbios alcázares”. Y ¿habéisla visto algún día
por ventura? ”Ni yo ni mi amo la habemos visto jamás”. Y ¿paréceos que fuera
acertado y bien hecho que si los del Toboso supiesen que estáis vos aquí con
intención de ir a sonsacarles sus princesas y a desasosegarles sus damas,
viniesen y os moliesen las costillas a puros palos, y no os dejasen hueso sano?
”En verdad que tendrían mucha razón, cuando no considerasen que soy mandado, y
que mensajero sois, amigo, no merecéis culpa, non”. No os fiéis en eso, Sancho,
porque la gente manchega es tan colérica como honrada, y no consiente cosquillas
de nadie. Vive Dios que si os huele, que os mando mala ventura. ”¡Oxte, puto!
¡Allá darás, rayo! ¡No, sino ándeme yo buscando tres pies al gato por el gusto
ajeno! Y más, que así será buscar a Dulcinea por el Toboso como a Marica por
Rávena, o al bachiller en Salamanca. ¡El diablo, el diablo me ha metido a mí en
esto, que otro no!”

Este soliloquio pasó consigo Sancho, y lo que sacó dél fue que volvió a decirse:

-Ahora bien, todas las cosas tienen remedio, si no es la muerte, debajo de cuyo
yugo hemos de pasar todos, mal que nos pese, al acabar de la vida. Este mi amo,
por mil señales, he visto que es un loco de atar, y aun también yo no le quedo
en zaga, pues soy más mentecato que él, pues le sigo y le sirvo, si es verdadero
el refrán que dice: “Dime con quién andas, decirte he quién eres”, y el otro de
“No con quien naces, sino con quien paces”. Siendo, pues, loco, como lo es, y de
locura que las más veces toma unas cosas por otras, y juzga lo blanco por negro
y lo negro por blanco, como se pareció cuando dijo que los molinos de viento
eran gigantes, y las mulas de los religiosos dromedarios, y las manadas de
carneros ejércitos de enemigos, y otras muchas cosas a este tono, no será muy
difícil hacerle creer que una labradora, la primera que me topare por aquí, es
la señora Dulcinea; y, cuando él no lo crea, juraré yo; y si él jurare, tornaré
yo a jurar; y si porfiare, porfiaré yo más, y de manera que tengo de tener la
mía siempre sobre el hito, venga lo que viniere. Quizá con esta porfía acabaré
con él que no me envíe otra vez a semejantes mensajerías, viendo cuán mal recado
le traigo dellas, o quizá pensará, como yo imagino, que algún mal encantador de
estos que él dice que le quieren mal la habrá mudado la figura por hacerle mal y
daño.

Con esto que pensó Sancho Panza quedó sosegado su espíritu, y tuvo por bien
acabado su negocio, y deteniéndose allí hasta la tarde, por dar lugar a que don
QuiXote pensase que le había tenido para ir y volver del Toboso; y sucedióle
todo tan bien que, cuando se levantó para subir en el rucio, vio que del Toboso
hacia donde él estaba venían tres labradoras sobre tres pollinos, o pollinas,
que el autor no lo declara, aunque más se puede creer que eran borricas, por ser
ordinaria caballería de las aldeanas; pero, como no va mucho en esto, no hay
para qué detenernos en averiguarlo. En resolución: así como Sancho vio a las
labradoras, a paso tirado volvió a buscar a su señor don QuiXote, y hallóle
suspirando y diciendo mil amorosas lamentaciones. Como don QuiXote le vio, le
dijo:

-¿Qué hay, Sancho amigo? ¿Podré señalar este día con piedra blanca, o con negra?

-Mejor será -respondió Sancho- que vuesa merced le señale con almagre, como
rétulos de cátedras, porque le echen bien de ver los que le vieren.

-De ese modo -replicó don QuiXote-, buenas nuevas traes.

-Tan buenas -respondió Sancho-, que no tiene más que hacer vuesa merced sino
picar a Rocinante y salir a lo raso a ver a la señora Dulcinea del Toboso, que
con otras dos doncellas suyas viene a ver a vuesa merced.

-¡Santo Dios! ¿Qué es lo que dices, Sancho amigo? -dijo don QuiXote-. Mira no me
engañes, ni quieras con falsas alegrías alegrar mis verdaderas tristezas.

-¿Qué sacaría yo de engañar a vuesa merced -respondió Sancho-, y más estando tan
cerca de descubrir mi verdad? Pique, señor, y venga, y verá venir a la princesa,
nuestra ama, vestida y adornada, en fin, como quien ella es. Sus doncellas y
ella todas son una ascua de oro, todas mazorcas de perlas, todas son diamantes,
todas rubíes, todas telas de brocado de más de diez altos; los cabellos, sueltos
por las espaldas, que son otros tantos rayos del sol que andan jugando con el
viento; y, sobre todo, vienen a caballo sobre tres cananeas remendadas, que no
hay más que ver.

-Hacaneas querrás decir, Sancho.

-Poca diferencia hay -respondió Sancho- de cananeas a hacaneas; pero, vengan
sobre lo que vinieren, ellas vienen las más galanas señoras que se puedan
desear, especialmente la princesa Dulcinea, mi señora, que pasma los sentidos.

-Vamos, Sancho hijo -respondió don QuiXote-; y, en albricias destas no esperadas
como buenas nuevas, te mando el mejor despojo que ganare en la primera aventura
que tuviere, y si esto no te contenta, te mando las crías que este año me dieren
las tres yeguas mías, que tú sabes que quedan para parir en el prado concejil de
nuestro pueblo.

-A las crías me atengo -respondió Sancho-, porque de ser buenos los despojos de
la primera aventura no está muy cierto.

Ya en esto salieron de la selva, y descubrieron cerca a las tres aldeanas.
Tendió don QuiXote los ojos por todo el camino del Toboso, y como no vio sino a
las tres labradoras, turbóse todo, y preguntó a Sancho si las había dejado fuera
de la ciudad.

-¿Cómo fuera de la ciudad? -respondió-. ¿Por ventura tiene vuesa merced los ojos
en el colodrillo, que no vee que son éstas, las que aquí vienen,
resplandecientes como el mismo sol a mediodía?

-Yo no veo, Sancho -dijo don QuiXote-, sino a tres labradoras sobre tres
borricos.

-¡Agora me libre Dios del diablo! -respondió Sancho-. Y ¿es posible que tres
hacaneas, o como se llaman, blancas como el ampo de la nieve, le parezcan a
vuesa merced borricos? ¡Vive el Señor, que me pele estas barbas si tal fuese
verdad!

-Pues yo te digo, Sancho amigo -dijo don QuiXote-, que es tan verdad que son
borricos, o borricas, como yo soy don QuiXote y tú Sancho Panza; a lo menos, a
mí tales me parecen.

-Calle, señor -dijo Sancho-, no diga la tal palabra, sino despabile esos ojos,
y venga a hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya llega cerca.
Y, diciendo esto, se adelantó a recebir a las tres aldeanas; y, apeándose del
rucio, tuvo del cabestro al jumento de una de las tres labradoras, y, hincando
ambas rodillas en el suelo, dijo:

-Reina y princesa y duquesa de la hermosura, vuestra altivez y grandeza sea
servida de recebir en su gracia y buen talente al cautivo caballero vuestro, que
allí está hecho piedra mármol, todo turbado y sin pulsos de verse ante vuestra
magnífica presencia. Yo soy Sancho Panza, su escudero, y él es el asendereado
caballero don QuiXote de la Mancha, llamado por otro nombre el Caballero de la
Triste Figura.

A esta sazón, ya se había puesto don QuiXote de hinojos junto a Sancho, y miraba
con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora, y,
como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque
era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los
labios. Las labradoras estaban asimismo atónitas, viendo aquellos dos hombres
tan diferentes hincados de rodillas, que no dejaban pasar adelante a su
compañera; pero, rompiendo el silencio la detenida, toda desgraciada y mohína,
dijo:

-Apártense nora en tal del camino, y déjenmos pasar, que vamos de priesa.
A lo que respondió Sancho:

-¡Oh princesa y señora universal del Toboso! ¿Cómo vuestro magnánimo corazón no
se enternece viendo arrodillado ante vuestra sublimada presencia a la coluna y
sustento de la andante caballería?

Oyendo lo cual, otra de las dos dijo:

-Mas, ¡jo, que te estrego, burra de mi suegro! ¡Mirad con qué se vienen los
señoritos ahora a hacer burla de las aldeanas, como si aquí no supiésemos echar
pullas como ellos! Vayan su camino, e déjenmos hacer el nueso, y serles ha sano.

-Levántate, Sancho -dijo a este punto don QuiXote-, que ya veo que la Fortuna,
de mi mal no harta, tiene tomados los caminos todos por donde pueda venir algún
contento a esta ánima mezquina que tengo en las carnes. Y tú, ¡oh estremo del
valor que puede desearse, término de la humana gentileza, único remedio deste
afligido corazón que te adora!, ya que el maligno encantador me persigue, y ha
puesto nubes y cataratas en mis ojos, y para sólo ellos y no para otros ha
mudado y transformado tu sin igual hermosura y rostro en el de una labradora
pobre, si ya también el mío no le ha cambiado en el de algún vestiglo, para
hacerle aborrecible a tus ojos, no dejes de mirarme blanda y amorosamente,
echando de ver en esta sumisión y arrodillamiento que a tu contrahecha hermosura
hago, la humildad con que mi alma te adora.

-¡Tomá que mi agüelo! -respondió la aldeana-. ¡Amiguita soy yo de oír
resquebrajos! Apártense y déjenmos ir, y agradecérselo hemos.

Apartóse Sancho y dejóla ir, contentísimo de haber salido bien de su enredo.
Apenas se vio libre la aldeana que había hecho la figura de Dulcinea, cuando,
picando a su cananea con un aguijón que en un palo traía, dio a correr por el
prado adelante. Y, como la borrica sentía la punta del aguijón, que le fatigaba
más de lo ordinario, comenzó a dar corcovos, de manera que dio con la señora
Dulcinea en tierra; lo cual visto por don QuiXote, acudió a levantarla, y Sancho
a componer y cinchar el albarda, que también vino a la barriga de la pollina.
Acomodada, pues, la albarda, y quiriendo don QuiXote levantar a su encantada
señora en los brazos sobre la jumenta, la señora, levantándose del suelo, le
quitó de aquel trabajo, porque, haciéndose algún tanto atrás, tomó una
corridica, y, puestas ambas manos sobre las ancas de la pollina, dio con su
cuerpo, más ligero que un halcón, sobre la albarda, y quedó a horcajadas, como
si fuera hombre; y entonces dijo Sancho:

-¡Vive Roque, que es la señora nuestra ama más ligera que un acotán, y que puede
enseñar a subir a la jineta al más diestro cordobés o mejicano! El arzón trasero
de la silla pasó de un salto, y sin espuelas hace correr la hacanea como una
cebra. Y no le van en zaga sus doncellas; que todas corren como el viento.
Y así era la verdad, porque, en viéndose a caballo Dulcinea, todas picaron tras
ella y dispararon a correr, sin volver la cabeza atrás por espacio de más de
media legua. Siguiólas don QuiXote con la vista, y, cuando vio que no parecían,
volviéndose a Sancho, le dijo:

-Sancho, ¿qué te parece cuán malquisto soy de encantadores? Y mira hasta dónde
se estiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar
del contento que pudiera darme ver en su ser a mi señora. En efecto, yo nací
para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y
asiesten las flechas de la mala fortuna. Y has también de advertir, Sancho, que
no se contentaron estos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea,
sino que la transformaron y volvieron en una figura tan baja y tan fea como la
de aquella aldeana, y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las
principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y
entre flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegé a subir a Dulcinea
sobre su hacanea, según tú dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de
ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma.

-¡Oh canalla! -gritó a esta sazón Sancho- ¡Oh encantadores aciagos y
malintencionados, y quién os viera a todos ensartados por las agallas, como
sardinas en lercha! Mucho sabéis, mucho podéis y mucho más hacéis. Bastaros
debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas
alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo,
y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que le tocárades en el
olor; que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto debajo de aquella
fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su
hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía sobre el labio
derecho, a manera de bigote, con siete o ocho cabellos rubios como hebras de oro
y largos de más de un palmo.

-A ese lunar -dijo don QuiXote-, según la correspondencia que tienen entre sí
los del rostro con los del cuerpo, ha de tener otro Dulcinea en la tabla del
muslo que corresponde al lado donde tiene el del rostro, pero muy luengos para
lunares son pelos de la grandeza que has significado.

-Pues yo sé decir a vuestra merced -respondió Sancho- que le parecían allí como
nacidos.

-Yo lo creo, amigo -replicó don QuiXote-, porque ninguna cosa puso la naturaleza
en Dulcinea que no fuese perfecta y bien acabada; y así, si tuviera cien lunares
como el que dices, en ella no fueran lunares, sino lunas y estrellas
resplandecientes. Pero dime, Sancho: aquella que a mí me pareció albarda, que tú
aderezaste, ¿era silla rasa o sillón?

-No era -respondió Sancho- sino silla a la jineta, con una cubierta de campo que
vale la mitad de un reino, según es de rica.

-¡Y que no viese yo todo eso, Sancho! -dijo don QuiXote-. Ahora torno a decir, y
diré mil veces, que soy el más desdichado de los hombres.

Harto tenía que hacer el socarrón de Sancho en disimular la risa, oyendo las
sandeces de su amo, tan delicadamente engañado. Finalmente, después de otras
muchas razones que entre los dos pasaron, volvieron a subir en sus bestias, y
siguieron el camino de Zaragoza, adonde pensaban llegar a tiempo que pudiesen
hallarse en unas solenes fiestas que en aquella insigne ciudad cada año suelen
hacerse. Pero, antes que allá llegasen, les sucedieron cosas que, por muchas,
grandes y nuevas, merecen ser escritas y leídas, como se verá adelante.

Capítulo XI.

De la estraña aventura que le sucedió al valeroso don QuiXote
con el carro, o carreta, de Las Cortes de la Muerte

Pensativo además iba don QuiXote por su camino adelante, considerando la mala
burla que le habían hecho los encantadores, volviendo a su señora Dulcinea en la
mala figura de la aldeana, y no imaginaba qué remedio tendría para volverla a su
ser primero; y estos pensamientos le llevaban tan fuera de sí, que, sin
sentirlo, soltó las riendas a Rocinante, el cual, sintiendo la libertad que se
le daba, a cada paso se detenía a pacer la verde yerba de que aquellos campos
abundaban. De su embelesamiento le volvió Sancho Panza, diciéndole:

-Señor, las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres;
pero si los hombres las sienten demasiado, se vuelven bestias: vuestra merced se
reporte, y vuelva en sí, y coja las riendas a Rocinante, y avive y despierte, y
muestre aquella gallardía que conviene que tengan los caballeros andantes. ¿Qué
diablos es esto? ¿Qué descaecimiento es éste? ¿Estamos aquí, o en Francia? Mas
que se lleve Satanás a cuantas Dulcineas hay en el mundo, pues vale más la salud
de un solo caballero andante que todos los encantos y transformaciones de la
tierra.

-Calla, Sancho -respondió don QuiXote con voz no muy desmayada-; calla, digo, y
no digas blasfemias contra aquella encantada señora, que de su desgracia y
desventura yo solo tengo la culpa: de la invidia que me tienen los malos ha
nacido su mala andanza.

-Así lo digo yo -respondió Sancho-: quien la vido y la vee ahora, ¿cuál es el
corazón que no llora?

-Eso puedes tú decir bien, Sancho -replicó don QuiXote-, pues la viste en la
entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se estendió a turbarte la
vista ni a encubrirte su belleza: contra mí solo y contra mis ojos se endereza
la fuerza de su veneno. Mas, con todo esto, he caído, Sancho, en una cosa, y es
que me pintaste mal su hermosura, porque, si mal no me acuerdo, dijiste que
tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo
que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes
esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas; y esas
perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes, que sin duda te trocaste,
Sancho, tomando los ojos por los dientes.

-Todo puede ser -respondió Sancho-, porque también me turbó a mí su hermosura
como a vuesa merced su fealdad. Pero encomendémoslo todo a Dios, que Él es el
sabidor de las cosas que han de suceder en este valle de lágrimas, en este mal
mundo que tenemos, donde apenas se halla cosa que esté sin mezcla de maldad,
embuste y bellaquería. De una cosa me pesa, señor mío, más que de otras; que es
pensar qué medio se ha de tener cuando vuesa merced venza a algún gigante o otro
caballero, y le mande que se vaya a presentar ante la hermosura de la señora
Dulcinea: ¿adónde la ha de hallar este pobre gigante, o este pobre y mísero
caballero vencido? Paréceme que los veo andar por el Toboso hechos unos
bausanes, buscando a mi señora Dulcinea, y, aunque la encuentren en mitad de la
calle, no la conocerán más que a mi padre.

-Quizá, Sancho -respondió don QuiXote-, no se estenderá el encantamento a quitar
el conocimiento de Dulcinea a los vencidos y presentados gigantes y caballeros;
y, en uno o dos de los primeros que yo venza y le envíe, haremos la experiencia
si la ven o no, mandándoles que vuelvan a darme relación de lo que acerca desto
les hubiere sucedido.

-Digo, señor -replicó Sancho-, que me ha parecido bien lo que vuesa merced ha
dicho, y que con ese artificio vendremos en conocimiento de lo que deseamos; y
si es que ella a solo vuesa merced se encubre, la desgracia más será de vuesa
merced que suya; pero, como la señora Dulcinea tenga salud y contento, nosotros
por acá nos avendremos y lo pasaremos lo mejor que pudiéremos, buscando nuestras
aventuras y dejando al tiempo que haga de las suyas, que él es el mejor médico
destas y de otras mayores enfermedades.

Responder quería don QuiXote a Sancho Panza, pero estorbóselo una carreta que
salió al través del camino, cargada de los más diversos y estraños personajes y
figuras que pudieron imaginarse. El que guiaba las mulas y servía de carretero
era un feo demonio. Venía la carreta descubierta al cielo abierto, sin toldo ni
zarzo. La primera figura que se ofreció a los ojos de don QuiXote fue la de la
misma Muerte, con rostro humano; junto a ella venía un ángel con unas grandes y
pintadas alas; al un lado estaba un emperador con una corona, al parecer de oro,
en la cabeza; a los pies de la Muerte estaba el dios que llaman Cupido, sin
venda en los ojos, pero con su arco, carcaj y saetas. Venía también un caballero
armado de punta en blanco, excepto que no traía morrión, ni celada, sino un
sombrero lleno de plumas de diversas colores; con éstas venían otras personas de
diferentes trajes y rostros. Todo lo cual visto de improviso, en alguna manera
alborotó a don QuiXote y puso miedo en el corazón de Sancho; mas luego se alegró
don QuiXote, creyendo que se le ofrecía alguna nueva y peligrosa aventura, y con
este pensamiento, y con ánimo dispuesto de acometer cualquier peligro, se puso
delante de la carreta, y, con voz alta y amenazadora, dijo:

-Carretero, cochero, o diablo, o lo que eres, no tardes en decirme quién eres, a
dó vas y quién es la gente que llevas en tu carricoche, que más parece la barca
de Carón que carreta de las que se usan.

A lo cual, mansamente, deteniendo el Diablo la carreta, respondió:

-Señor, nosotros somos recitantes de la compañía de Angulo el Malo; hemos hecho
en un lugar que está detrás de aquella loma, esta mañana, que es la octava del
Corpus, el auto de Las Cortes de la Muerte, y hémosle de hacer esta tarde en
aquel lugar que desde aquí se parece; y, por estar tan cerca y escusar el
trabajo de desnudarnos y volvernos a vestir, nos vamos vestidos con los mesmos
vestidos que representamos. Aquel mancebo va de Muerte; el otro, de Ángel;
aquella mujer, que es la del autor, va de Reina; el otro, de Soldado; aquél, de
Emperador, y yo, de Demonio, y soy una de las principales figuras del auto,
porque hago en esta compañía los primeros papeles. Si otra cosa vuestra merced
desea saber de nosotros, pregúntemelo, que yo le sabré responder con toda
puntualidad; que, como soy demonio, todo se me alcanza.

-Por la fe de caballero andante -respondió don QuiXote-, que, así como vi este
carro, imaginé que alguna grande aventura se me ofrecía; y ahora digo que es
menester tocar las apariencias con la mano para dar lugar al desengaño. Andad
con Dios, buena gente, y haced vuestra fiesta, y mirad si mandáis algo en que
pueda seros de provecho, que lo haré con buen ánimo y buen talante, porque desde
mochacho fui aficionado a la carátula, y en mi mocedad se me iban los ojos tras
la farándula.

Estando en estas pláticas, quiso la suerte que llegase uno de la compañía, que
venía vestido de bojiganga, con muchos cascabeles, y en la punta de un palo
traía tres vejigas de vaca hinchadas; el cual moharracho, llegándose a don
QuiXote, comenzó a esgrimir el palo y a sacudir el suelo con las vejigas, y a
dar grandes saltos, sonando los cascabeles, cuya mala visión así alborotó a
Rocinante, que, sin ser poderoso a detenerle don QuiXote, tomando el freno entre
los dientes, dio a correr por el campo con más ligereza que jamás prometieron
los huesos de su notomía. Sancho, que consideró el peligro en que iba su amo de
ser derribado, saltó del rucio, y a toda priesa fue a valerle; pero, cuando a él
llegó, ya estaba en tierra, y junto a él, Rocinante, que, con su amo, vino al
suelo: ordinario fin y paradero de las lozanías de Rocinante y de sus
atrevimientos.

Mas, apenas hubo dejado su caballería Sancho por acudir a don QuiXote, cuando el
demonio bailador de las vejigas saltó sobre el rucio, y, sacudiéndole con ellas,
el miedo y ruido, más que el dolor de los golpes, le hizo volar por la campaña
hacia el lugar donde iban a hacer la fiesta. Miraba Sancho la carrera de su
rucio y la caída de su amo, y no sabía a cuál de las dos necesidades acudiría
primero; pero, en efecto, como buen escudero y como buen criado, pudo más con él
el amor de su señor que el cariño de su jumento, puesto que cada vez que veía
levantar las vejigas en el aire y caer sobre las ancas de su rucio eran para él
tártagos y sustos de muerte, y antes quisiera que aquellos golpes se los dieran
a él en las niñas de los ojos que en el más mínimo pelo de la cola de su asno.
Con esta perpleja tribulación llegó donde estaba don QuiXote, harto más
maltrecho de lo que él quisiera, y, ayudándole a subir sobre Rocinante, le dijo:

-Señor, el Diablo se ha llevado al rucio.

-¿Qué diablo? -preguntó don QuiXote.

-El de las vejigas -respondió Sancho.

-Pues yo le cobraré -replicó don QuiXote-, si bien se encerrase con él en los
más hondos y escuros calabozos del infierno. Sígueme, Sancho, que la carreta va
despacio, y con las mulas della satisfaré la pérdida del rucio.

-No hay para qué hacer esa diligencia, señor -respondió Sancho-: vuestra merced
temple su cólera, que, según me parece, ya el Diablo ha dejado el rucio, y
vuelve a la querencia.

Y así era la verdad; porque, habiendo caído el Diablo con el rucio, por imitar a
don QuiXote y a Rocinante, el Diablo se fue a pie al pueblo, y el jumento se
volvió a su amo.

-Con todo eso -dijo don QuiXote-, será bien castigar el descomedimiento de aquel
demonio en alguno de los de la carreta, aunque sea el mesmo emperador.

-Quítesele a vuestra merced eso de la imaginación -replicó Sancho-, y tome mi
consejo, que es que nunca se tome con farsantes, que es gente favorecida.
Recitante he visto yo estar preso por dos muertes y salir libre y sin costas.
Sepa vuesa merced que, como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen,
todos los amparan, ayudan y estiman, y más siendo de aquellos de las compañías
reales y de título, que todos, o los más, en sus trajes y compostura parecen
unos príncipes.

-Pues con todo -respondió don QuiXote-, no se me ha de ir el demonio farsante
alabando, aunque le favorezca todo el género humano.

Y, diciendo esto, volvió a la carreta, que ya estaba bien cerca del pueblo.
Iba dando voces, diciendo:

-Deteneos, esperad, turba alegre y regocijada, que os quiero dar a entender cómo
se han de tratar los jumentos y alimañas que sirven de caballería a los
escuderos de los caballeros andantes.

Tan altos eran los gritos de don QuiXote, que los oyeron y entendieron los de la
carreta; y, juzgando por las palabras la intención del que las decía, en un
instante saltó la Muerte de la carreta, y tras ella, el Emperador, el Diablo
carretero y el Ángel, sin quedarse la Reina ni el dios Cupido; y todos se
cargaron de piedras y se pusieron en ala, esperando recebir a don QuiXote en las
puntas de sus guijarros. Don QuiXote, que los vio puestos en tan gallardo
escuadrón, los brazos levantados con ademán de despedir poderosamente las
piedras, detuvo las riendas a Rocinante y púsose a pensar de qué modo los
acometería con menos peligro de su persona. En esto que se detuvo, llegó Sancho,
y, viéndole en talle de acometer al bien formado escuadrón, le dijo:

-Asaz de locura sería intentar tal empresa: considere vuesa merced, señor mío,
que para sopa de arroyo y tente bonete, no hay arma defensiva en el mundo, si no
es embutirse y encerrarse en una campana de bronce; y también se ha de
considerar que es más temeridad que valentía acometer un hombre solo a un
ejército donde está la Muerte, y pelean en persona emperadores, y a quien ayudan
los buenos y los malos ángeles; y si esta consideración no le mueve a estarse
quedo, muévale saber de cierto que, entre todos los que allí están, aunque
parecen reyes, príncipes y emperadores, no hay ningún caballero andante.

-Ahora sí -dijo don QuiXote- has dado, Sancho, en el punto que puede y debe
mudarme de mi ya determinado intento. Yo no puedo ni debo sacar la espada, como
otras veces muchas te he dicho, contra quien no fuere armado caballero. A ti,
Sancho, toca, si quieres tomar la venganza del agravio que a tu rucio se le ha
hecho, que yo desde aquí te ayudaré con voces y advertimientos saludables.

-No hay para qué, señor -respondió Sancho-, tomar venganza de nadie, pues no es
de buenos cristianos tomarla de los agravios; cuanto más, que yo acabaré con mi
asno que ponga su ofensa en las manos de mi voluntad, la cual es de vivir
pacíficamente los días que los cielos me dieren de vida.

-Pues ésa es tu determinación -replicó don QuiXote-, Sancho bueno, Sancho
discreto, Sancho cristiano y Sancho sincero, dejemos estas fantasmas y volvamos
a buscar mejores y más calificadas aventuras; que yo veo esta tierra de talle,
que no han de faltar en ella muchas y muy milagrosas.

Volvió las riendas luego, Sancho fue a tomar su rucio, la Muerte con todo su
escuadrón volante volvieron a su carreta y prosiguieron su viaje, y este felice
fin tuvo la temerosa aventura de la carreta de la Muerte, gracias sean dadas al
saludable consejo que Sancho Panza dio a su amo; al cual, el día siguiente, le
sucedió otra con un enamorado y andante caballero, de no menos suspensión que la
pasada.

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  1. Farandula…

    [...]50 QuiXote II caballero 1/11 Cervantes 1616 « quiXote[...]…

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