25 Nov 2012

quiXote II caballero XLIII fin

Torre Inquisición #25N Gustav Doré @acampadaBCN 1862 La palmera es bella Naranjas Martagón #emboscadaSol #17a 2011

Capítulo XLIII.
De los consejos segundos que dio don QuiXote a Sancho Panza
¿Quién oyera el pasado razonamiento de don QuiXote que no le tuviera por persona
muy cuerda y mejor intencionada? Pero, como muchas veces en el progreso desta
grande historia queda dicho, solamente disparaba en tocándole en la caballería,
y en los demás discursos mostraba tener claro y desenfadado entendimiento, de
manera que a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus
obras; pero en ésta destos segundos documentos que dio a Sancho, mostró tener
gran donaire, y puso su discreción y su locura en un levantado punto.

Atentísimamente le escuchaba Sancho, y procuraba conservar en la memoria sus
consejos, como quien pensaba guardarlos y salir por ellos a buen parto de la
preñez de su gobierno. Prosiguió, pues, don QuiXote, y dijo:

-En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo primero que
te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer,
como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que las uñas
largas les hermosean las manos, como si aquel escremento y añadidura que se
dejan de cortar fuese uña, siendo antes garras de cernícalo lagartijero: puerco
y extraordinario abuso. No andes, Sancho, desceñido y flojo, que el vestido
descompuesto da indicios de ánimo desmazalado, si ya la descompostura y flojedad
no cae debajo de socarronería, como se juzgó en la de Julio César. Toma con
discreción el pulso a lo que pudiere valer tu oficio, y si sufriere que des
librea a tus criados, dásela honesta y provechosa más que vistosa y bizarra, y
repártela entre tus criados y los pobres: quiero decir que si has de vestir seis
pajes, viste tres y otros tres pobres, y así tendrás pajes para el cielo y para
el suelo; y este nuevo modo de dar librea no la alcanzan los vanagloriosos. No
comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería. Anda
despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti
mismo, que toda afectación es mala. Come poco y cena más poco, que la salud de
todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber,
considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra. Ten
cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie.

-Eso de erutar no entiendo -dijo Sancho.

Y don QuiXote le dijo:

-Erutar, Sancho, quiere decir regoldar, y éste es uno de los más torpes vocablos
que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo; y así, la gente
curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los regüeldos,
erutaciones; y, cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el
uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto
es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso.

-En verdad, señor -dijo Sancho-, que uno de los consejos y avisos que pienso
llevar en la memoria ha de ser el de no regoldar, porque lo suelo hacer muy a
menudo.

-Erutar, Sancho, que no regoldar -dijo don QuiXote.

-Erutar diré de aquí adelante -respondió Sancho-, y a fee que no se me olvide.

-También, Sancho, no has de mezclar en tus pláticas la muchedumbre de refranes
que sueles; que, puesto que los refranes son sentencias breves, muchas veces los
traes tan por los cabellos, que más parecen disparates que sentencias.

-Eso Dios lo puede remediar -respondió Sancho-, porque sé más refranes que un
libro, y viénenseme tantos juntos a la boca cuando hablo, que riñen por salir
unos con otros, pero la lengua va arrojando los primeros que encuentra, aunque
no vengan a pelo. Mas yo tendré cuenta de aquí adelante de decir los que
convengan a la gravedad de mi cargo, que en casa llena presto se guisa la cena,
y quien destaja no baraja, y a buen salvo está el que repica, y el dar y el
tener seso ha menester.

-¡Eso sí, Sancho! -dijo don QuiXote-: ¡encaja, ensarta, enhila refranes, que
nadie te va a la mano! ¡Castígame mi madre, y yo trómpogelas! Estoyte diciendo
que escuses refranes, y en un instante has echado aquí una letanía dellos, que
así cuadran con lo que vamos tratando como por los cerros de Úbeda. Mira,
Sancho, no te digo yo que parece mal un refrán traído a propósito, pero cargar y
ensartar refranes a troche moche hace la plática desmayada y baja. Cuando
subieres a caballo, no vayas echando el cuerpo sobre el arzón postrero, ni
lleves las piernas tiesas y tiradas y desviadas de la barriga del caballo, ni
tampoco vayas tan flojo que parezca que vas sobre el rucio: que el andar a
caballo a unos hace caballeros; a otros, caballerizos. Sea moderado tu sueño,
que el que no madruga con el sol, no goza del día; y advierte, ¡oh Sancho!, que
la diligencia es madre de la buena ventura, y la pereza, su contraria, jamás
llegó al término que pide un buen deseo. Este último consejo que ahora darte
quiero, puesto que no sirva para adorno del cuerpo, quiero que le lleves muy en
la memoria, que creo que no te será de menos provecho que los que hasta aquí te
he dado; y es que jamás te pongas a disputar de linajes, a lo menos,
comparándolos entre sí, pues, por fuerza, en los que se comparan uno ha de ser
el mejor, y del que abatieres serás aborrecido, y del que levantares en ninguna
manera premiado. Tu vestido será calza entera, ropilla larga, herreruelo un poco
más largo; greguescos, ni por pienso, que no les están bien ni a los caballeros
ni a los gobernadores. Por ahora, esto se me ha ofrecido, Sancho, que
aconsejarte; andará el tiempo, y, según las ocasiones, así serán mis documentos,
como tú tengas cuidado de avisarme el estado en que te hallares.

-Señor -respondió Sancho-, bien veo que todo cuanto vuestra merced me ha dicho
son cosas buenas, santas y provechosas, pero ¿de qué han de servir, si de
ninguna me acuerdo? Verdad sea que aquello de no dejarme crecer las uñas y de
casarme otra vez, si se ofreciere, no se me pasará del magín, pero esotros
badulaques y enredos y revoltillos, no se me acuerda ni acordará más dellos que
de las nubes de antaño, y así, será menester que se me den por escrito, que,
puesto que no sé leer ni escribir, yo se los daré a mi confesor para que me los
encaje y recapacite cuando fuere menester.

-¡Ah, pecador de mí -respondió don QuiXote-, y qué mal parece en los
gobernadores el no saber leer ni escribir!; porque has de saber, ¡oh Sancho!,
que no saber un hombre leer, o ser zurdo, arguye una de dos cosas: o que fue
hijo de padres demasiado de humildes y bajos, o él tan travieso y malo que no
pudo entrar en el buen uso ni la buena doctrina. Gran falta es la que llevas
contigo, y así, querría que aprendieses a firmar siquiera.

-Bien sé firmar mi nombre -respondió Sancho-, que cuando fui prioste en mi
lugar, aprendí a hacer unas letras como de marca de fardo, que decían que decía
mi nombre; cuanto más, que fingiré que tengo tullida la mano derecha, y haré que
firme otro por mí; que para todo hay remedio, si no es para la muerte; y,
teniendo yo el mando y el palo, haré lo que quisiere; cuanto más, que el que
tiene el padre alcalde… Y, siendo yo gobernador, que es más que ser alcalde,
¡llegaos, que la dejan ver! No, sino popen y calóñenme, que vendrán por lana y
volverán trasquilados; y a quien Dios quiere bien, la casa le sabe; y las
necedades del rico por sentencias pasan en el mundo; y, siéndolo yo, siendo
gobernador y juntamente liberal, como lo pienso ser, no habrá falta que se me
parezca. No, sino haceos miel, y paparos han moscas; tanto vales cuanto tienes,
decía una mi agüela, y del hombre arraigado no te verás vengado.

-¡Oh, maldito seas de Dios, Sancho! -dijo a esta sazón don QuiXote-. ¡Sesenta
mil satanases te lleven a ti y a tus refranes! Una hora ha que los estás
ensartando y dándome con cada uno tragos de tormento. Yo te aseguro que estos
refranes te han de llevar un día a la horca; por ellos te han de quitar el
gobierno tus vasallos, o ha de haber entre ellos comunidades. Dime, ¿dónde los
hallas, ignorante, o cómo los aplicas, mentecato, que para decir yo uno y
aplicarle bien, sudo y trabajo como si cavase?

-Por Dios, señor nuestro amo -replicó Sancho-, que vuesa merced se queja de bien
pocas cosas. ¿A qué diablos se pudre de que yo me sirva de mi hacienda, que
ninguna otra tengo, ni otro caudal alguno, sino refranes y más refranes? Y ahora
se me ofrecen cuatro que venían aquí pintiparados, o como peras en tabaque, pero
no los diré, porque al buen callar llaman Sancho.

-Ese Sancho no eres tú -dijo don QuiXote-, porque no sólo no eres buen callar,
sino mal hablar y mal porfiar; y, con todo eso, querría saber qué cuatro
refranes te ocurrían ahora a la memoria que venían aquí a propósito, que yo ando
recorriendo la mía, que la tengo buena, y ninguno se me ofrece.

-¿Qué mejores -dijo Sancho- que “entre dos muelas cordales nunca pongas tus
pulgares”, y “a idos de mi casa y qué queréis con mi mujer, no hay responder”, y
“si da el cántaro en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro”,
todos los cuales vienen a pelo? Que nadie se tome con su gobernador ni con el
que le manda, porque saldrá lastimado, como el que pone el dedo entre dos muelas
cordales, y aunque no sean cordales, como sean muelas, no importa; y a lo que
dijere el gobernador no hay que replicar, como al “salíos de mi casa y qué
queréis con mi mujer”. Pues lo de la piedra en el cántaro un ciego lo verá. Así
que, es menester que el que vee la mota en el ojo ajeno, vea la viga en el suyo,
porque no se diga por él: “espantóse la muerta de la degollada”, y vuestra
merced sabe bien que más sabe el necio en su casa que el cuerdo en la ajena.

-Eso no, Sancho -respondió don QuiXote-, que el necio en su casa ni en la ajena
sabe nada, a causa que sobre el aumento de la necedad no asienta ningún discreto
edificio. Y dejemos esto aquí, Sancho, que si mal gobernares, tuya será la
culpa, y mía la vergüenza; mas consuélome que he hecho lo que debía en
aconsejarte con las veras y con la discreción a mí posible: con esto salgo de mi
obligación y de mi promesa. Dios te guíe, Sancho, y te gobierne en tu gobierno,
y a mí me saque del escrúpulo que me queda que has de dar con toda la ínsula
patas arriba, cosa que pudiera yo escusar con descubrir al duque quién eres,
diciéndole que toda esa gordura y esa personilla que tienes no es otra cosa que
un costal lleno de refranes y de malicias.

-Señor -replicó Sancho-, si a vuestra merced le parece que no soy de pro para
este gobierno, desde aquí le suelto, que más quiero un solo negro de la uña de
mi alma que a todo mi cuerpo; y así me sustentaré Sancho a secas con pan y
cebolla, como gobernador con perdices y capones; y más que, mientras se duerme,
todos son iguales, los grandes y los menores, los pobres y los ricos; y si
vuestra merced mira en ello, verá que sólo vuestra merced me ha puesto en esto
de gobernar: que yo no sé más de gobiernos de ínsulas que un buitre; y si se
imagina que por ser gobernador me ha de llevar el diablo, más me quiero ir
Sancho al cielo que gobernador al infierno.

-Por Dios, Sancho -dijo don QuiXote-, que, por solas estas últimas razones que
has dicho, juzgo que mereces ser gobernador de mil ínsulas: buen natural tienes,
sin el cual no hay ciencia que valga; encomiéndate a Dios, y procura no errar en
la primera intención; quiero decir que siempre tengas intento y firme propósito
de acertar en cuantos negocios te ocurrieren, porque siempre favorece el cielo
los buenos deseos. Y vámonos a comer, que creo que ya estos señores nos
aguardan.

Capítulo XLIV.

Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la estraña
aventura que en el castillo sucedió a don QuiXote

Dicen que en el propio original desta historia se lee que, llegando Cide Hamete
a escribir este capítulo, no le tradujo su intérprete como él le había escrito,
que fue un modo de queja que tuvo el moro de sí mismo, por haber tomado entre
manos una historia tan seca y tan limitada como esta de don QuiXote, por
parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho, sin osar estenderse a
otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos; y decía que el ir
siempre atenido el entendimiento, la mano y la pluma a escribir de un solo
sujeto y hablar por las bocas de pocas personas era un trabajo incomportable,
cuyo fruto no redundaba en el de su autor, y que, por huir deste inconveniente,
había usado en la primera parte del artificio de algunas novelas, como fueron la
del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, que están como separadas de
la historia, puesto que las demás que allí se cuentan son casos sucedidos al
mismo don QuiXote, que no podían dejar de escribirse. También pensó, como él
dice, que muchos, llevados de la atención que piden las hazañas de don QuiXote,
no la darían a las novelas, y pasarían por ellas, o con priesa o con enfado, sin
advertir la gala y artificio que en sí contienen, el cual se mostrara bien al
descubierto cuando, por sí solas, sin arrimarse a las locuras de don QuiXote ni
a las sandeces de Sancho, salieran a luz. Y así, en esta segunda parte no quiso
ingerir novelas sueltas ni pegadizas, sino algunos episodios que lo pareciesen,
nacidos de los mesmos sucesos que la verdad ofrece; y aun éstos, limitadamente y
con solas las palabras que bastan a declararlos; y, pues se contiene y cierra en
los estrechos límites de la narración, teniendo habilidad, suficiencia y
entendimiento para tratar del universo todo, pide no se desprecie su trabajo, y
se le den alabanzas, no por lo que escribe, sino por lo que ha dejado de
escribir.

Y luego prosigue la historia diciendo que, en acabando de comer don QuiXote, el
día que dio los consejos a Sancho, aquella tarde se los dio escritos, para que
él buscase quien se los leyese; pero, apenas se los hubo dado, cuando se le
cayeron y vinieron a manos del duque, que los comunicó con la duquesa, y los dos
se admiraron de nuevo de la locura y del ingenio de don QuiXote; y así, llevando
adelante sus burlas, aquella tarde enviaron a Sancho con mucho acompañamiento al
lugar que para él había de ser ínsula.

Acaeció, pues, que el que le llevaba a cargo era un mayordomo del duque, muy
discreto y muy gracioso -que no puede haber gracia donde no hay discreción-, el
cual había hecho la persona de la condesa Trifaldi, con el donaire que queda
referido; y con esto, y con ir industriado de sus señores de cómo se había de
haber con Sancho, salió con su intento maravillosamente. Digo, pues, que acaeció
que, así como Sancho vio al tal mayordomo, se le figuró en su rostro el mesmo de
la Trifaldi, y, volviéndose a su señor, le dijo:

-Señor, o a mí me ha de llevar el diablo de aquí de donde estoy, en justo y en
creyente, o vuestra merced me ha de confesar que el rostro deste mayordomo del
duque, que aquí está, es el mesmo de la Dolorida.

Miró don QuiXote atentamente al mayordomo, y, habiéndole mirado, dijo a Sancho:

-No hay para qué te lleve el diablo, Sancho, ni en justo ni en creyente, que no
sé lo que quieres decir; que el rostro de la Dolorida es el del mayordomo, pero
no por eso el mayordomo es la Dolorida; que, a serlo, implicaría contradición
muy grande, y no es tiempo ahora de hacer estas averiguaciones, que sería
entrarnos en intricados laberintos. Créeme, amigo, que es menester rogar a
Nuestro Señor muy de veras que nos libre a los dos de malos hechiceros y de
malos encantadores.

-No es burla, señor -replicó Sancho-, sino que denantes le oí hablar, y no
pareció sino que la voz de la Trifaldi me sonaba en los oídos. Ahora bien, yo
callaré, pero no dejaré de andar advertido de aquí adelante, a ver si descubre
otra señal que confirme o desfaga mi sospecha.

-Así lo has de hacer, Sancho -dijo don QuiXote-, y darásme aviso de todo lo que
en este caso descubrieres y de todo aquello que en el gobierno te sucediere.

Salió, en fin, Sancho, acompañado de mucha gente, vestido a lo letrado, y encima
un gabán muy ancho de chamelote de aguas leonado, con una montera de lo mesmo,
sobre un macho a la jineta, y detrás dél, por orden del duque, iba el rucio con
jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía Sancho la cabeza de
cuando en cuando a mirar a su asno, con cuya compañía iba tan contento que no se
trocara con el emperador de Alemania.

Al despedirse de los duques, les besó las manos, y tomó la bendición de su
señor, que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos.
Deja, lector amable, ir en paz y en hora buena al buen Sancho, y espera dos
fanegas de risa, que te ha de causar el saber cómo se portó en su cargo, y, en
tanto, atiende a saber lo que le pasó a su amo aquella noche; que si con ello no
rieres, por lo menos desplegarás los labios con risa de jimia, porque los
sucesos de don QuiXote, o se han de celebrar con admiración, o con risa.

Cuéntase, pues, que, apenas se hubo partido Sancho, cuando don QuiXote sintió su
soledad; y si le fuera posible revocarle la comisión y quitarle el gobierno, lo
hiciera. Conoció la duquesa su melancolía, y preguntóle que de qué estaba
triste; que si era por la ausencia de Sancho, que escuderos, dueñas y doncellas
había en su casa que le servirían muy a satisfación de su deseo.

-Verdad es, señora mía -respondió don QuiXote-, que siento la ausencia de
Sancho, pero no es ésa la causa principal que me hace parecer que estoy triste,
y, de los muchos ofrecimientos que vuestra excelencia me hace, solamente acepto
y escojo el de la voluntad con que se me hacen, y, en lo demás, suplico a
Vuestra Excelencia que dentro de mi aposento consienta y permita que yo solo sea
el que me sirva.

-En verdad -dijo la duquesa-, señor don QuiXote, que no ha de ser así: que le
han de servir cuatro doncellas de las mías, hermosas como unas flores.

-Para mí -respondió don QuiXote- no serán ellas como flores, sino como espinas
que me puncen el alma. Así entrarán ellas en mi aposento, ni cosa que lo
parezca, como volar. Si es que vuestra grandeza quiere llevar adelante el
hacerme merced sin yo merecerla, déjeme que yo me las haya conmigo, y que yo me
sirva de mis puertas adentro, que yo ponga una muralla en medio de mis deseos y
de mi honestidad; y no quiero perder esta costumbre por la liberalidad que
vuestra alteza quiere mostrar conmigo. Y, en resolución, antes dormiré vestido
que consentir que nadie me desnude.

-No más, no más, señor don QuiXote -replicó la duquesa-. Por mí digo que daré
orden que ni aun una mosca entre en su estancia, no que una doncella; no soy yo
persona, que por mí se ha de descabalar la decencia del señor don QuiXote; que,
según se me ha traslucido, la que más campea entre sus muchas virtudes es la de
la honestidad. Desnúdese vuesa merced y vístase a sus solas y a su modo, como y
cuando quisiere, que no habrá quien lo impida, pues dentro de su aposento
hallará los vasos necesarios al menester del que duerme a puerta cerrada, porque
ninguna natural necesidad le obligue a que la abra. Viva mil siglos la gran
Dulcinea del Toboso, y sea su nombre estendido por toda la redondez de la
tierra, pues mereció ser amada de tan valiente y tan honesto caballero, y los
benignos cielos infundan en el corazón de Sancho Panza, nuestro gobernador, un
deseo de acabar presto sus diciplinas, para que vuelva a gozar el mundo de la
belleza de tan gran señora.
A lo cual dijo don QuiXote:
-Vuestra altitud ha hablado como quien es, que en la boca de las buenas señoras
no ha de haber ninguna que sea mala; y más venturosa y más conocida será en el
mundo Dulcinea por haberla alabado vuestra grandeza, que por todas las alabanzas
que puedan darle los más elocuentes de la tierra.
-Agora bien, señor don QuiXote -replicó la duquesa-, la hora de cenar se llega,
y el duque debe de esperar: venga vuesa merced y cenemos, y acostaráse temprano,
que el viaje que ayer hizo de Candaya no fue tan corto que no haya causado algún
molimiento.
-No siento ninguno, señora -respondió don QuiXote-, porque osaré jurar a Vuestra
Excelencia que en mi vida he subido sobre bestia más reposada ni de mejor paso
que Clavileño; y no sé yo qué le pudo mover a Malambruno para deshacerse de tan
ligera y tan gentil cabalgadura, y abrasarla así, sin más ni más.
-A eso se puede imaginar -respondió la duquesa- que, arrepentido del mal que
había hecho a la Trifaldi y compañía, y a otras personas, y de las maldades que
como hechicero y encantador debía de haber cometido, quiso concluir con todos
los instrumentos de su oficio, y, como a principal y que más le traía
desasosegado, vagando de tierra en tierra, abrasó a Clavileño; que con sus
abrasadas cenizas y con el trofeo del cartel queda eterno el valor del gran don
QuiXote de la Mancha.
De nuevo nuevas gracias dio don QuiXote a la duquesa, y, en cenando, don QuiXote
se retiró en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con él a
servirle: tanto se temía de encontrar ocasiones que le moviesen o forzasen a
perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardaba, siempre puesta en la
imaginación la bondad de Amadís, flor y espejo de los andantes caballeros. Cerró
tras sí la puerta, y a la luz de dos velas de cera se desnudó, y al descalzarse
-¡oh desgracia indigna de tal persona!- se le soltaron, no suspiros, ni otra
cosa, que desacreditasen la limpieza de su policía, sino hasta dos docenas de
puntos de una media, que quedó hecha celosía. Afligióse en estremo el buen
señor, y diera él por tener allí un adarme de seda verde una onza de plata; digo
seda verde porque las medias eran verdes.
Aquí exclamó Benengeli, y, escribiendo, dijo ”¡Oh pobreza, pobreza! ¡No sé yo
con qué razón se movió aquel gran poeta cordobés a llamarte
dádiva santa desagradecida!
Yo, aunque moro, bien sé, por la comunicación que he tenido con cristianos, que
la santidad consiste en la caridad, humildad, fee, obediencia y pobreza; pero,
con todo eso, digo que ha de tener mucho de Dios el que se viniere a contentar
con ser pobre, si no es de aquel modo de pobreza de quien dice uno de sus
mayores santos: “Tened todas las cosas como si no las tuviésedes”; y a esto
llaman pobreza de espíritu; pero tú, segunda pobreza, que eres de la que yo
hablo, ¿por qué quieres estrellarte con los hidalgos y bien nacidos más que con
la otra gente? ¿Por qué los obligas a dar pantalia a los zapatos, y a que los
botones de sus ropillas unos sean de seda, otros de cerdas, y otros de vidro?
¿Por qué sus cuellos, por la mayor parte, han de ser siempre escarolados, y no
abiertos con molde?” Y en esto se echará de ver que es antiguo el uso del
almidón y de los cuellos abiertos. Y prosiguió: ”¡Miserable del bien nacido que
va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita
al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa
que le obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra
espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del zapato,
el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de su estómago!”
Todo esto se le renovó a don QuiXote en la soltura de sus puntos, pero consolóse
con ver que Sancho le había dejado unas botas de camino, que pensó ponerse otro
día. Finalmente, él se recostó pensativo y pesaroso, así de la falta que Sancho
le hacía como de la inreparable desgracia de sus medias, a quien tomara los
puntos, aunque fuera con seda de otra color, que es una de las mayores señales
de miseria que un hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrecheza.
Mató las velas; hacía calor y no podía dormir; levantóse del lecho y abrió un
poco la ventana de una reja que daba sobre un hermoso jardín, y, al abrirla,
sintió y oyó que andaba y hablaba gente en el jardín. Púsose a escuchar
atentamente. Levantaron la voz los de abajo, tanto, que pudo oír estas razones:
-No me porfíes, ¡oh Emerencia!, que cante, pues sabes que, desde el punto que
este forastero entró en este castillo y mis ojos le miraron, yo no sé cantar,
sino llorar; cuanto más, que el sueño de mi señora tiene más de ligero que de
pesado, y no querría que nos hallase aquí por todo el tesoro del mundo. Y,
puesto caso que durmiese y no despertase, en vano sería mi canto si duerme y no
despierta para oírle este nuevo Eneas, que ha llegado a mis regiones para
dejarme escarnida.
-No des en eso, Altisidora amiga -respondieron-, que sin duda la duquesa y
cuantos hay en esa casa duermen, si no es el señor de tu corazón y el
despertador de tu alma, porque ahora sentí que abría la ventana de la reja de su
estancia, y sin duda debe de estar despierto; canta, lastimada mía, en tono bajo
y suave al son de tu arpa, y, cuando la duquesa nos sienta, le echaremos la
culpa al calor que hace.
-No está en eso el punto, ¡oh Emerencia! -respondió la Altisidora-, sino en que
no querría que mi canto descubriese mi corazón y fuese juzgada de los que no
tienen noticia de las fuerzas poderosas de amor por doncella antojadiza y
liviana. Pero venga lo que viniere, que más vale vergüenza en cara que mancilla
en corazón.
Y, en esto, sintió tocar una arpa suavísimamente. Oyendo lo cual, quedó don
QuiXote pasmado, porque en aquel instante se le vinieron a la memoria las
infinitas aventuras semejantes a aquélla, de ventanas, rejas y jardines,
músicas, requiebros y desvanecimientos que en los sus desvanecidos libros de
caballerías había leído. Luego imaginó que alguna doncella de la duquesa estaba
dél enamorada, y que la honestidad la forzaba a tener secreta su voluntad; temió
no le rindiese, y propuso en su pensamiento el no dejarse vencer; y,
encomendándose de todo buen ánimo y buen talante a su señora Dulcinea del
Toboso, determinó de escuchar la música; y, para dar a entender que allí estaba,
dio un fingido estornudo, de que no poco se alegraron las doncellas, que otra
cosa no deseaban sino que don QuiXote las oyese. Recorrida, pues, y afinada la
arpa, Altisidora dio principio a este romance:
-¡Oh, tú, que estás en tu lecho,
entre sábanas de holanda,
durmiendo a pierna tendida
de la noche a la mañana,
caballero el más valiente
que ha producido la Mancha,
más honesto y más bendito
que el oro fino de Arabia!
Oye a una triste doncella,
bien crecida y mal lograda,
que en la luz de tus dos soles
se siente abrasar el alma.
Tú buscas tus aventuras,
y ajenas desdichas hallas;
das las feridas, y niegas
el remedio de sanarlas.
Dime, valeroso joven,
que Dios prospere tus ansias,
si te criaste en la Libia,
o en las montañas de Jaca;
si sierpes te dieron leche;
si, a dicha, fueron tus amas
la aspereza de las selvas
y el horror de las montañas.
Muy bien puede Dulcinea,
doncella rolliza y sana,
preciarse de que ha rendido
a una tigre y fiera brava.
Por esto será famosa
desde Henares a Jarama,
desde el Tajo a Manzanares,
desde Pisuerga hasta Arlanza.
Trocáreme yo por ella,
y diera encima una saya
de las más gayadas mías,
que de oro le adornan franjas.
¡Oh, quién se viera en tus brazos,
o si no, junto a tu cama,
rascándote la cabeza
y matándote la caspa!
Mucho pido, y no soy digna
de merced tan señalada:
los pies quisiera traerte,
que a una humilde esto le basta.
¡Oh, qué de cofias te diera,
qué de escarpines de plata,
qué de calzas de damasco,
qué de herreruelos de holanda!
¡Qué de finísimas perlas,
cada cual como una agalla,
que, a no tener compañeras,
Las solas fueran llamadas!
No mires de tu Tarpeya
este incendio que me abrasa,
Nerón manchego del mundo,
ni le avives con tu saña.
Niña soy, pulcela tierna,
mi edad de quince no pasa:
catorce tengo y tres meses,
te juro en Dios y en mi ánima.
No soy renca, ni soy coja,
ni tengo nada de manca;
los cabellos, como lirios,
que, en pie, por el suelo arrastran.
Y, aunque es mi boca aguileña
y la nariz algo chata,
ser mis dientes de topacios
mi belleza al cielo ensalza.
Mi voz, ya ves, si me escuchas,
que a la que es más dulce iguala,
y soy de disposición
algo menos que mediana.
Estas y otras gracias mías,
son despojos de tu aljaba;
desta casa soy doncella,
y Altisidora me llaman.
Aquí dio fin el canto de la malferida Altisidora, y comenzó el asombro del
requirido don QuiXote, el cual, dando un gran suspiro, dijo entre sí:
-¡Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me
mire que de mí no se enamore…! ¡Que tenga de ser tan corta de ventura la sin
par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la incomparable
firmeza mía…! ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices?
¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a quince años? Dejad, dejad a la
miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que Amor quiso darle en
rendirle mi corazón y entregarle mi alma. Mirad, caterva enamorada, que para
sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, y para todas las demás soy de
pedernal; para ella soy miel, y para vosotras acíbar; para mí sola Dulcinea es
la hermosa, la discreta, la honesta, la gallarda y la bien nacida, y las demás,
las feas, las necias, las livianas y las de peor linaje; para ser yo suyo, y no
de otra alguna, me arrojó la naturaleza al mundo. Llore o cante Altisidora;
desespérese Madama, por quien me aporrearon en el castillo del moro encantado,
que yo tengo de ser de Dulcinea, cocido o asado, limpio, bien criado y honesto,
a pesar de todas las potestades hechiceras de la tierra.
Y, con esto, cerró de golpe la ventana, y, despechado y pesaroso, como si le
hubiera acontecido alguna gran desgracia, se acostó en su lecho, donde le
dejaremos por ahora, porque nos está llamando el gran Sancho Panza, que quiere
dar principio a su famoso gobierno.

Capítulo XLV.

De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del
modo que comenzó a gobernar

¡Oh perpetuo descubridor de los antípodas, hacha del mundo, ojo del cielo, meneo
dulce de las cantimploras, Timbrio aquí, Febo allí, tirador acá, médico acullá,
padre de la Poesía, inventor de la Música: tú que siempre sales, y, aunque lo
parece, nunca te pones! A ti digo, ¡oh sol, con cuya ayuda el hombre engendra al
hombre!; a ti digo que me favorezcas, y alumbres la escuridad de mi ingenio,
para que pueda discurrir por sus puntos en la narración del gobierno del gran
Sancho Panza; que sin ti, yo me siento tibio, desmazalado y confuso.
Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil
vecinos, que era de los mejores que el duque tenía. Diéronle a entender que se
llamaba la ínsula Barataria, o ya porque el lugar se llamaba Baratario, o ya por
el barato con que se le había dado el gobierno. Al llegar a las puertas de la
villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle; tocaron las
campanas, y todos los vecinos dieron muestras de general alegría, y con mucha
pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego, con algunas
ridículas ceremonias, le entregaron las llaves del pueblo, y le admitieron por
perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.

El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada
a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los que lo
sabían, que eran muchos. Finalmente, en sacándole de la iglesia, le llevaron a
la silla del juzgado y le sentaron en ella; y el mayordomo del duque le dijo:
-Es costumbre antigua en esta ínsula, señor gobernador, que el que viene a tomar
posesión desta famosa ínsula está obligado a responder a una pregunta que se le
hiciere, que sea algo intricada y dificultosa, de cuya respuesta el pueblo toma
y toca el pulso del ingenio de su nuevo gobernador; y así, o se alegra o se
entristece con su venida.

En tanto que el mayordomo decía esto a Sancho, estaba él mirando unas grandes y
muchas letras que en la pared frontera de su silla estaban escritas; y, como él
no sabía leer, preguntó que qué eran aquellas pinturas que en aquella pared
estaban. Fuele respondido:

-Señor, allí esta escrito y notado el día en que Vuestra Señoría tomó posesión
desta ínsula, y dice el epitafio: Hoy día, a tantos de tal mes y de tal año,
tomó la posesión desta ínsula el señor don Sancho Panza, que muchos años la
goce.

-Y ¿a quién llaman don Sancho Panza? -preguntó Sancho.

-A vuestra señoría -respondió el mayordomo-, que en esta ínsula no ha entrado
otro Panza sino el que está sentado en esa silla.
-Pues advertid, hermano -dijo Sancho-, que yo no tengo don, ni en todo mi linaje
le ha habido: Sancho Panza me llaman a secas, y Sancho se llamó mi padre, y
Sancho mi agüelo, y todos fueron Panzas, sin añadiduras de dones ni donas; y yo
imagino que en esta ínsula debe de haber más dones que piedras; pero basta: Dios
me entiende, y podrá ser que, si el gobierno me dura cuatro días, yo escardaré
estos dones, que, por la muchedumbre, deben de enfadar como los mosquitos. Pase
adelante con su pregunta el señor mayordomo, que yo responderé lo mejor que
supiere, ora se entristezca o no se entristezca el pueblo.
A este instante entraron en el juzgado dos hombres, el uno vestido de labrador y
el otro de sastre, porque traía unas tijeras en la mano, y el sastre dijo:
-Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en
razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer (que yo, con perdón de los
presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito), y, poniéndome un pedazo
de paño en las manos, me preguntó: ”Señor, ¿habría en esto paño harto para
hacerme una caperuza?” Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debióse de
imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar
alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los
sastres, y replicóme que mirase si habría para dos; adivinéle el pensamiento y
díjele que sí; y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo
caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en
este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la
hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño.
-¿Es todo esto así, hermano? -preguntó Sancho.
-Sí, señor -respondió el hombre-, pero hágale vuestra merced que muestre las
cinco caperuzas que me ha hecho.
-De buena gana -respondió el sastre.
Y, sacando encontinente la mano debajo del herreruelo, mostró en ella cinco
caperuzas puestas en las cinco cabezas de los dedos de la mano, y dijo:
-He aquí las cinco caperuzas que este buen hombre me pide, y en Dios y en mi
conciencia que no me ha quedado nada del paño, y yo daré la obra a vista de
veedores del oficio.
Todos los presentes se rieron de la multitud de las caperuzas y del nuevo
pleito. Sancho se puso a considerar un poco, y dijo:
-Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones, sino juzgar luego
a juicio de buen varón; y así, yo doy por sentencia que el sastre pierda las
hechuras, y el labrador el paño, y las caperuzas se lleven a los presos de la
cárcel, y no haya más.
Si la sentencia pasada de la bolsa del ganadero movió a admiración a los
circunstantes, ésta les provocó a risa; pero, en fin, se hizo lo que mandó el
gobernador; ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno traía una
cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:
-Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro, por
hacerle placer y buena obra, con condición que me los volviese cuando se los
pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en mayor necesidad
de volvérmelos que la que él tenía cuando yo se los presté; pero, por parecerme
que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces, y no
solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que nunca tales diez
escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo
testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no me los ha vuelto; querría
que vuestra merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto, yo se
los perdono para aquí y para delante de Dios.

-¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? -dijo Sancho.

A lo que dijo el viejo:

-Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara; y, pues
él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado real y
verdaderamente.

Bajó el gobernador la vara, y, en tanto, el viejo del báculo dio el báculo al
otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho,
y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le
habían prestado aquellos diez escudos que se le pedían; pero que él se los había
vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir por
momentos. Viendo lo cual el gran gobernador, preguntó al acreedor qué respondía
a lo que decía su contrario; y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir
verdad, porque le tenía por hombre de bien y buen cristiano, y que a él se le
debía de haber olvidado el cómo y cuándo se los había vuelto, y que desde allí
en adelante jamás le pidiría nada. Tornó a tomar su báculo el deudor, y, bajando
la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se
iba, y viendo también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el
pecho, y, poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices,
estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó que le
llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y, en viéndole
Sancho, le dijo:

-Dadme, buen hombre, ese báculo, que le he menester.

-De muy buena gana -respondió el viejo-: hele aquí, señor.

Y púsosele en la mano. Tomóle Sancho, y, dándosele al otro viejo, le dijo:

-Andad con Dios, que ya vais pagado.

-¿Yo, señor? -respondió el viejo-. Pues, ¿vale esta cañaheja diez escudos de
oro?

-Sí -dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora se
verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.
Y mandó que allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose así, y
en el corazón della hallaron diez escudos en oro. Quedaron todos admirados, y
tuvieron a su gobernador por un nuevo Salomón.
Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos
diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su
contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los
había dado real y verdaderamente, y que, en acabando de jurar, le tornó a pedir
el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél estaba la paga de lo que
pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos
tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y más, que él había oído
contar otro caso como aquél al cura de su lugar, y que él tenía tan gran
memoria, que, a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera
tal memoria en toda la ínsula. Finalmente, el un viejo corrido y el otro pagado,
se fueron, y los presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras,
hechos y movimientos de Sancho no acababa de determinarse si le tendría y
pondría por tonto o por discreto.
Luego, acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente de
un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces, diciendo:
-¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la iré a
buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha cogido en
la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal
lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo tenía guardado más de
veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y cristianos, de naturales y
estranjeros; y yo, siempre dura como un alcornoque, conservándome entera como la
salamanquesa en el fuego, o como la lana entre las zarzas, para que este buen
hombre llegase ahora con sus manos limpias a manosearme.
-Aun eso está por averiguar: si tiene limpias o no las manos este galán
-dijo Sancho.
Y, volviéndose al hombre, le dijo qué decía y respondía a la querella de aquella
mujer. El cual, todo turbado, respondió:
-Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda, y esta mañana salía deste
lugar de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me llevaron de
alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían; volvíame a mi aldea,
topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca y todo lo
cuece, hizo que yogásemos juntos; paguéle lo soficiente, y ella, mal contenta,
asió de mí, y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que la forcé, y
miente, para el juramento que hago o pienso hacer; y ésta es toda la verdad, sin
faltar meaja.
Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata; él
dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa de cuero. Mandó que
la sacase y se la entregase, así como estaba, a la querellante; él lo hizo
temblando; tomóla la mujer, y, haciendo mil zalemas a todos y rogando a Dios por
la vida y salud del señor gobernador, que así miraba por las huérfanas
menesterosas y doncellas; y con esto se salió del juzgado, llevando la bolsa
asida con entrambas manos, aunque primero miró si era de plata la moneda que
llevaba dentro.
Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que ya se le saltaban las
lágrimas, y los ojos y el corazón se iban tras su bolsa:
-Buen hombre, id tras aquella mujer y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y
volved aquí con ella.
Y no lo dijo a tonto ni a sordo, porque luego partió como un rayo y fue a lo que
se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin de aquel
pleito, y de allí a poco volvieron el hombre y la mujer más asidos y aferrados
que la vez primera: ella la saya levantada y en el regazo puesta la bolsa, y el
hombre pugnando por quitársela; mas no era posible, según la mujer la defendía,
la cual daba voces diciendo:
-¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la poca
vergüenza y el poco temor deste desalmado, que, en mitad de poblado y en mitad
de la calle, me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced mandó darme.
-Y ¿háosla quitado? -preguntó el gobernador.
-¿Cómo quitar? -respondió la mujer-. Antes me dejara yo quitar la vida que me
quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las barbas,
que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y escoplos no
serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aun garras de leones: antes el ánima
de en mitad en mitad de las carnes!
-Ella tiene razón -dijo el hombre-, y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y
confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.
Entonces el gobernador dijo a la mujer:
-Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.
Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre, y dijo a la
esforzada y no forzada:
-Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta
bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las
fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y mucho de
enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la redonda, so
pena de docientos azotes. ¡Andad luego digo, churrillera, desvergonzada y
embaidora!
Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al
hombre:
-Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí
adelante, si no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de yogar
con nadie.
El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes
quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo gobernador.
Todo lo cual, notado de su coronista, fue luego escrito al duque, que con gran
deseo lo estaba esperando.
Y quédese aquí el buen Sancho, que es mucha la priesa que nos da su amo,
alborozado con la música de Altisidora.

Capítulo XLVI.

Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don QuiXote
en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora
Dejamos al gran don QuiXote envuelto en los pensamientos que le habían causado
la música de la enamorada doncella Altisidora. Acostóse con ellos, y, como si
fueran pulgas, no le dejaron dormir ni sosegar un punto, y juntábansele los que
le faltaban de sus medias; pero, como es ligero el tiempo, y no hay barranco que
le detenga, corrió caballero en las horas, y con mucha presteza llegó la de la
mañana. Lo cual visto por don QuiXote, dejó las blandas plumas, y, no nada
perezoso, se vistió su acamuzado vestido y se calzó sus botas de camino, por
encubrir la desgracia de sus medias; arrojóse encima su mantón de escarlata y
púsose en la cabeza una montera de terciopelo verde, guarnecida de pasamanos de
plata; colgó el tahelí de sus hombros con su buena y tajadora espada, asió un
gran rosario que consigo contino traía, y con gran prosopopeya y contoneo salió
a la antesala, donde el duque y la duquesa estaban ya vestidos y como
esperándole; y, al pasar por una galería, estaban aposta esperándole Altisidora
y la otra doncella su amiga, y, así como Altisidora vio a don QuiXote, fingió
desmayarse, y su amiga la recogió en sus faldas, y con gran presteza la iba a
desabrochar el pecho. Don QuiXote, que lo vio, llegándose a ellas, dijo:
-Ya sé yo de qué proceden estos accidentes.
-No sé yo de qué -respondió la amiga-, porque Altisidora es la doncella más sana
de toda esta casa, y yo nunca la he sentido un ¡ay! en cuanto ha que la conozco,
que mal hayan cuantos caballeros andantes hay en el mundo, si es que todos son
desagradecidos. Váyase vuesa merced, señor don QuiXote, que no volverá en sí
esta pobre niña en tanto que vuesa merced aquí estuviere.
A lo que respondió don QuiXote:
-Haga vuesa merced, señora, que se me ponga un laúd esta noche en mi aposento,
que yo consolaré lo mejor que pudiere a esta lastimada doncella; que en los
principios amorosos los desengaños prestos suelen ser remedios calificados.
Y con esto se fue, porque no fuese notado de los que allí le viesen. No se hubo
bien apartado, cuando, volviendo en sí la desmayada Altisidora, dijo a su
compañera:
-Menester será que se le ponga el laúd, que sin duda don QuiXote quiere darnos
música, y no será mala, siendo suya.
Fueron luego a dar cuenta a la duquesa de lo que pasaba y del laúd que pedía don
QuiXote, y ella, alegre sobremodo, concertó con el duque y con sus doncellas de
hacerle una burla que fuese más risueña que dañosa, y con mucho contento
esperaban la noche, que se vino tan apriesa como se había venido el día, el cual
pasaron los duques en sabrosas pláticas con don QuiXote. Y la duquesa aquel día
real y verdaderamente despachó a un paje suyo, que había hecho en la selva la
figura encantada de Dulcinea, a Teresa Panza, con la carta de su marido Sancho
Panza, y con el lío de ropa que había dejado para que se le enviase,
encargándole le trujese buena relación de todo lo que con ella pasase.
Hecho esto, y llegadas las once horas de la noche, halló don QuiXote una vihuela
en su aposento; templóla, abrió la reja, y sintió que andaba gente en el jardín;
y, habiendo recorrido los trastes de la vihuela y afinándola lo mejor que supo,
escupió y remondóse el pecho, y luego, con una voz ronquilla, aunque entonada,
cantó el siguiente romance, que él mismo aquel día había compuesto:

-Suelen las fuerzas de amor

sacar de quicio a las almas,

tomando por instrumento

la ociosidad descuidada.

Suele el coser y el labrar,

y el estar siempre ocupada,

ser antídoto al veneno

de las amorosas ansias.

Las doncellas recogidas

que aspiran a ser casadas,

la honestidad es la dote

y voz de sus alabanzas.

Los andantes caballeros,

y los que en la corte andan,

requiébranse con las libres,

con las honestas se casan.

Hay amores de levante,

que entre huéspedes se tratan,

que llegan presto al poniente,

porque en el partirse acaban.

El amor recién venido,

que hoy llegó y se va mañana,

las imágines no deja

bien impresas en el alma.

Pintura sobre pintura

ni se muestra ni señala;

y do hay primera belleza,

la segunda no hace baza.

Dulcinea del Toboso

del alma en la tabla rasa

tengo pintada de modo

que es imposible borrarla.

La firmeza en los amantes

es la parte más preciada,

por quien hace amor milagros,

y asimesmo los levanta.

Aquí llegaba don QuiXote de su canto, a quien estaban escuchando el duque y la
duquesa, Altisidora y casi toda la gente del castillo, cuando de improviso,
desde encima de un corredor que sobre la reja de don QuiXote a plomo caía,
descolgaron un cordel donde venían más de cien cencerros asidos, y luego, tras
ellos, derramaron un gran saco de gatos, que asimismo traían cencerros menores
atados a las colas. Fue tan grande el ruido de los cencerros y el mayar de los
gatos, que, aunque los duques habían sido inventores de la burla, todavía les
sobresaltó; y, temeroso, don QuiXote quedó pasmado. Y quiso la suerte que dos o
tres gatos se entraron por la reja de su estancia, y, dando de una parte a otra,
parecía que una región de diablos andaba en ella. Apagaron las velas que en el
aposento ardían, y andaban buscando por do escaparse. El descolgar y subir del
cordel de los grandes cencerros no cesaba; la mayor parte de la gente del
castillo, que no sabía la verdad del caso, estaba suspensa y admirada.
Levantóse don QuiXote en pie, y, poniendo mano a la espada, comenzó a tirar
estocadas por la reja y a decir a grandes voces:

-¡Afuera, malignos encantadores! ¡Afuera, canalla hechiceresca, que yo soy don
QuiXote de la Mancha, contra quien no valen ni tienen fuerza vuestras malas intenciones!

Y, volviéndose a los gatos que andaban por el aposento, les tiró muchas
cuchilladas; ellos acudieron a la reja, y por allí se salieron, aunque uno,
viéndose tan acosado de las cuchilladas de don QuiXote, le saltó al rostro y le
asió de las narices con las uñas y los dientes, por cuyo dolor don QuiXote
comenzó a dar los mayores gritos que pudo. Oyendo lo cual el duque y la duquesa,
y considerando lo que podía ser, con mucha presteza acudieron a su estancia, y,
abriendo con llave maestra, vieron al pobre caballero pugnando con todas sus
fuerzas por arrancar el gato de su rostro. Entraron con luces y vieron la
desigual pelea; acudió el duque a despartirla, y don QuiXote dijo a voces:
-¡No me le quite nadie! ¡Déjenme mano a mano con este demonio, con este
hechicero, con este encantador, que yo le daré a entender de mí a él quién es
don QuiXote de la Mancha!
Pero el gato, no curándose destas amenazas, gruñía y apretaba. Mas, en fin, el
duque se le desarraigó y le echó por la reja.

Quedó don QuiXote acribado el rostro y no muy sanas las narices, aunque muy
despechado porque no le habían dejado fenecer la batalla que tan trabada tenía
con aquel malandrín encantador. Hicieron traer aceite de Aparicio, y la misma
Altisidora, con sus blanquísimas manos, le puso unas vendas por todo lo herido;
y, al ponérselas, con voz baja le dijo:

-Todas estas malandanzas te suceden, empedernido caballero, por el pecado de tu
dureza y pertinacia; y plega a Dios que se le olvide a Sancho tu escudero el
azotarse, porque nunca salga de su encanto esta tan amada tuya Dulcinea, ni tú
lo goces, ni llegues a tálamo con ella, a lo menos viviendo yo, que te adoro.

A todo esto no respondió don QuiXote otra palabra si no fue dar un profundo
suspiro, y luego se tendió en su lecho, agradeciendo a los duques la merced, no
porque él tenía temor de aquella canalla gatesca, encantadora y cencerruna, sino
porque había conocido la buena intención con que habían venido a socorrerle. Los
duques le dejaron sosegar, y se fueron, pesarosos del mal suceso de la burla;
que no creyeron que tan pesada y costosa le saliera a don QuiXote aquella
aventura, que le costó cinco días de encerramiento y de cama, donde le sucedió
otra aventura más gustosa que la pasada, la cual no quiere su historiador contar
ahora, por acudir a Sancho Panza, que andaba muy solícito y muy gracioso en su
gobierno.

Capítulo XLVII.

Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno
Cuenta la historia que desde el juzgado llevaron a Sancho Panza a un suntuoso
palacio, adonde en una gran sala estaba puesta una real y limpísima mesa; y, así
como Sancho entró en la sala, sonaron chirimías, y salieron cuatro pajes a darle
aguamanos, que Sancho recibió con mucha gravedad.

Cesó la música, sentóse Sancho a la cabecera de la mesa, porque no había más de
aquel asiento, y no otro servicio en toda ella. Púsose a su lado en pie un
personaje, que después mostró ser médico, con una varilla de ballena en la mano.
Levantaron una riquísima y blanca toalla con que estaban cubiertas las frutas y
mucha diversidad de platos de diversos manjares; uno que parecía estudiante echó
la bendición, y un paje puso un babador randado a Sancho; otro que hacía el
oficio de maestresala, llegó un plato de fruta delante; pero, apenas hubo comido
un bocado, cuando el de la varilla tocando con ella en el plato, se le quitaron
de delante con grandísima celeridad; pero el maestresala le llegó otro de otro
manjar. Iba a probarle Sancho; pero, antes que llegase a él ni le gustase, ya la
varilla había tocado en él, y un paje alzádole con tanta presteza como el de la
fruta. Visto lo cual por Sancho, quedó suspenso, y, mirando a todos, preguntó si
se había de comer aquella comida como juego de maesecoral. A lo cual respondió
el de la vara:

-No se ha de comer, señor gobernador, sino como es uso y costumbre en las otras
ínsulas donde hay gobernadores. Yo, señor, soy médico, y estoy asalariado en
esta ínsula para serlo de los gobernadores della, y miro por su salud mucho más
que por la mía, estudiando de noche y de día, y tanteando la complexión del
gobernador, para acertar a curarle cuando cayere enfermo; y lo principal que
hago es asistir a sus comidas y cenas, y a dejarle comer de lo que me parece que
le conviene, y a quitarle lo que imagino que le ha de hacer daño y ser nocivo al
estómago; y así, mandé quitar el plato de la fruta, por ser demasiadamente
húmeda, y el plato del otro manjar también le mandé quitar, por ser
demasiadamente caliente y tener muchas especies, que acrecientan la sed; y el
que mucho bebe mata y consume el húmedo radical, donde consiste la vida.

-Desa manera, aquel plato de perdices que están allí asadas, y, a mi parecer,
bien sazonadas, no me harán algún daño.

A lo que el médico respondió:

-Ésas no comerá el señor gobernador en tanto que yo tuviere vida.

-Pues, ¿por qué? -dijo Sancho.

Y el médico respondió:

-Porque nuestro maestro Hipócrates, norte y luz de la medicina, en un aforismo
suyo, dice: Omnis saturatio mala, perdices autem pessima. Quiere decir: “Toda
hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima”.

-Si eso es así -dijo Sancho-, vea el señor doctor de cuantos manjares hay en
esta mesa cuál me hará más provecho y cuál menos daño, y déjeme comer dél sin
que me le apalee; porque, por vida del gobernador, y así Dios me le deje gozar,
que me muero de hambre, y el negarme la comida, aunque le pese al señor doctor y
él más me diga, antes será quitarme la vida que aumentármela.

-Vuestra merced tiene razón, señor gobernador -respondió el médico-; y así, es
mi parecer que vuestra merced no coma de aquellos conejos guisados que allí
están, porque es manjar peliagudo. De aquella ternera, si no fuera asada y en
adobo, aún se pudiera probar, pero no hay para qué.

Y Sancho dijo:

-Aquel platonazo que está más adelante vahando me parece que es olla podrida,
que por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas hay, no podré
dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho.

-Absit! -dijo el médico-. Vaya lejos de nosotros tan mal pensamiento: no hay
cosa en el mundo de peor mantenimiento que una olla podrida. Allá las ollas
podridas para los canónigos, o para los retores de colegios, o para las bodas
labradorescas, y déjennos libres las mesas de los gobernadores, donde ha de
asistir todo primor y toda atildadura; y la razón es porque siempre y a doquiera
y de quienquiera son más estimadas las medicinas simples que las compuestas,
porque en las simples no se puede errar y en las compuestas sí, alterando la
cantidad de las cosas de que son compuestas; mas lo que yo sé que ha de comer el
señor gobernador ahora, para conservar su salud y corroborarla, es un ciento de
cañutillos de suplicaciones y unas tajadicas subtiles de carne de membrillo, que
le asienten el estómago y le ayuden a la digestión.

Oyendo esto Sancho, se arrimó sobre el espaldar de la silla y miró de hito en
hito al tal médico, y con voz grave le preguntó cómo se llamaba y dónde había
estudiado. A lo que él respondió:

-Yo, señor gobernador, me llamo el doctor Pedro Recio de Agüero, y soy natural
de un lugar llamado Tirteafuera, que está entre Caracuel y Almodóvar del Campo,
a la mano derecha, y tengo el grado de doctor por la universidad de Osuna.

A lo que respondió Sancho, todo encendido en cólera:

-Pues, señor doctor Pedro Recio de Mal Agüero, natural de Tirteafuera, lugar que
está a la derecha mano como vamos de Caracuel a Almodóvar del Campo, graduado en
Osuna, quíteseme luego delante, si no, voto al sol que tome un garrote y que a
garrotazos, comenzando por él, no me ha de quedar médico en toda la ínsula, a lo
menos de aquellos que yo entienda que son ignorantes; que a los médicos sabios,
prudentes y discretos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como a personas
divinas. Y vuelvo a decir que se me vaya, Pedro Recio, de aquí; si no, tomaré
esta silla donde estoy sentado y se la estrellaré en la cabeza; y pídanmelo en
residencia, que yo me descargaré con decir que hice servicio a Dios en matar a
un mal médico, verdugo de la república. Y denme de comer, o si no, tómense su
gobierno, que oficio que no da de comer a su dueño no vale dos habas.

Alborotóse el doctor, viendo tan colérico al gobernador, y quiso hacer
tirteafuera de la sala, sino que en aquel instante sonó una corneta de posta en
la calle, y, asomándose el maestresala a la ventana, volvió diciendo:

-Correo viene del duque mi señor; algún despacho debe de traer de importancia.
Entró el correo sudando y asustado, y, sacando un pliego del seno, le puso en
las manos del gobernador, y Sancho le puso en las del mayordomo, a quien mandó
leyese el sobreescrito, que decía así: A don Sancho Panza, gobernador de la
ínsula Barataria, en su propia mano o en las de su secretario. Oyendo lo cual,
Sancho dijo:

-¿Quién es aquí mi secretario?

-Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.

-Con esa añadidura -dijo Sancho-, bien podéis ser secretario del mismo
emperador. Abrid ese pliego, y mirad lo que dice.

Hízolo así el recién nacido secretario, y, habiendo leído lo que decía, dijo que
era negocio para tratarle a solas. Mandó Sancho despejar la sala, y que no
quedasen en ella sino el mayordomo y el maestresala, y los demás y el médico se
fueron; y luego el secretario leyó la carta, que así decía:

A mi noticia ha llegado, señor don Sancho Panza, que unos enemigos míos y desa
ínsula la han de dar un asalto furioso, no sé qué noche; conviene velar y estar
alerta, porque no le tomen desapercebido. Sé también, por espías verdaderas, que
han entrado en ese lugar cuatro personas disfrazadas para quitaros la vida,
porque se temen de vuestro ingenio; abrid el ojo, y mirad quién llega a
hablaros, y no comáis de cosa que os presentaren. Yo tendré cuidado de
socorreros si os viéredes en trabajo, y en todo haréis como se espera de vuestro
entendimiento. Deste lugar, a 16 de agosto, a las cuatro de la mañana.

Vuestro amigo,

El Duque.

Quedó atónito Sancho, y mostraron quedarlo asimismo los circunstantes; y,
volviéndose al mayordomo, le dijo:

-Lo que agora se ha de hacer, y ha de ser luego, es meter en un calabozo al
doctor Recio; porque si alguno me ha de matar, ha de ser él, y de muerte
adminícula y pésima, como es la de la hambre.

-También -dijo el maestresala- me parece a mí que vuesa merced no coma de todo
lo que está en esta mesa, porque lo han presentado unas monjas, y, como suele
decirse, detrás de la cruz está el diablo.

-No lo niego -respondió Sancho-, y por ahora denme un pedazo de pan y obra de
cuatro libras de uvas, que en ellas no podrá venir veneno; porque, en efecto, no
puedo pasar sin comer, y si es que hemos de estar prontos para estas batallas
que nos amenazan, menester será estar bien mantenidos, porque tripas llevan
corazón, que no corazón tripas. Y vos, secretario, responded al duque mi señor y
decidle que se cumplirá lo que manda como lo manda, sin faltar punto; y daréis
de mi parte un besamanos a mi señora la duquesa, y que le suplico no se le
olvide de enviar con un propio mi carta y mi lío a mi mujer Teresa Panza, que en
ello recibiré mucha merced, y tendré cuidado de servirla con todo lo que mis
fuerzas alcanzaren; y de camino podéis encajar un besamanos a mi señor don
QuiXote de la Mancha, porque vea que soy pan agradecido; y vos, como buen
secretario y como buen vizcaíno, podéis añadir todo lo que quisiéredes y más
viniere a cuento. Y álcense estos manteles, y denme a mí de comer, que yo me
avendré con cuantas espías y matadores y encantadores vinieren sobre mí y sobre
mi ínsula.

En esto entró un paje, y dijo:

-Aquí está un labrador negociante que quiere hablar a Vuestra Señoría en un
negocio, según él dice, de mucha importancia.

-Estraño caso es éste -dijo Sancho- destos negociantes. ¿Es posible que sean tan
necios, que no echen de ver que semejantes horas como éstas no son en las que
han de venir a negociar? ¿Por ventura los que gobernamos, los que somos jueces,
no somos hombres de carne y de hueso, y que es menester que nos dejen descansar
el tiempo que la necesidad pide, sino que quieren que seamos hechos de piedra
marmol? Por Dios y en mi conciencia que si me dura el gobierno (que no durará,
según se me trasluce), que yo ponga en pretina a más de un negociante. Agora
decid a ese buen hombre que entre; pero adviértase primero no sea alguno de los
espías, o matador mío.

-No, señor -respondió el paje-, porque parece una alma de cántaro, y yo sé poco,
o él es tan bueno como el buen pan.

-No hay que temer -dijo el mayordomo-, que aquí estamos todos.

-¿Sería posible -dijo Sancho-, maestresala, que agora que no está aquí el doctor
Pedro Recio, que comiese yo alguna cosa de peso y de sustancia, aunque fuese un
pedazo de pan y una cebolla?

-Esta noche, a la cena, se satisfará la falta de la comida, y quedará Vuestra
Señoría satisfecho y pagado -dijo el maestresala.

-Dios lo haga -respondió Sancho.

Y, en esto, entró el labrador, que era de muy buena presencia, y de mil leguas
se le echaba de ver que era bueno y buena alma. Lo primero que dijo fue:

-¿Quién es aquí el señor gobernador?

-¿Quién ha de ser -respondió el secretario-, sino el que está sentado en la
silla?

-Humíllome, pues, a su presencia -dijo el labrador.

Y, poniéndose de rodillas, le pidió la mano para besársela. Negósela Sancho, y
mandó que se levantase y dijese lo que quisiese. Hízolo así el labrador, y luego
dijo:

-Yo, señor, soy labrador, natural de Miguel Turra, un lugar que está dos leguas
de Ciudad Real.

-¡Otro Tirteafuera tenemos! -dijo Sancho-. Decid, hermano, que lo que yo os sé
decir es que sé muy bien a Miguel Turra, y que no está muy lejos de mi pueblo.
-Es, pues, el caso, señor -prosiguió el labrador-, que yo, por la misericordia
de Dios, soy casado en paz y en haz de la Santa Iglesia Católica Romana; tengo
dos hijos estudiantes que el menor estudia para bachiller y el mayor para
licenciado; soy viudo, porque se murió mi mujer, o, por mejor decir, me la mató
un mal médico, que la purgó estando preñada, y si Dios fuera servido que saliera
a luz el parto, y fuera hijo, yo le pusiere a estudiar para doctor, porque no
tuviera invidia a sus hermanos el bachiller y el licenciado.

-De modo -dijo Sancho- que si vuestra mujer no se hubiera muerto, o la hubieran
muerto, vos no fuérades agora viudo.
-No, señor, en ninguna manera -respondió el labrador.
-¡Medrados estamos! -replicó Sancho-. Adelante, hermano, que es hora de dormir
más que de negociar.
-Digo, pues -dijo el labrador-, que este mi hijo que ha de ser bachiller se
enamoró en el mesmo pueblo de una doncella llamada Clara Perlerina, hija de
Andrés Perlerino, labrador riquísimo; y este nombre de Perlerines no les viene
de abolengo ni otra alcurnia, sino porque todos los deste linaje son perláticos,
y por mejorar el nombre los llaman Perlerines; aunque, si va decir la verdad, la
doncella es como una perla oriental, y, mirada por el lado derecho, parece una
flor del campo; por el izquierdo no tanto, porque le falta aquel ojo, que se le
saltó de viruelas; y, aunque los hoyos del rostro son muchos y grandes, dicen
los que la quieren bien que aquéllos no son hoyos, sino sepulturas donde se
sepultan las almas de sus amantes. Es tan limpia que, por no ensuciar la cara,
trae las narices, como dicen, arremangadas, que no parece sino que van huyendo
de la boca; y, con todo esto, parece bien por estremo, porque tiene la boca
grande, y, a no faltarle diez o doce dientes y muelas, pudiera pasar y echar
raya entre las más bien formadas. De los labios no tengo qué decir, porque son
tan sutiles y delicados que, si se usaran aspar labios, pudieran hacer dellos
una madeja; pero, como tienen diferente color de la que en los labios se usa
comúnmente, parecen milagrosos, porque son jaspeados de azul y verde y
aberenjenado; y perdóneme el señor gobernador si por tan menudo voy pintando las
partes de la que al fin al fin ha de ser mi hija, que la quiero bien y no me
parece mal.

-Pintad lo que quisiéredes -dijo Sancho-, que yo me voy recreando en la pintura,
y si hubiera comido, no hubiera mejor postre para mí que vuestro retrato.
-Eso tengo yo por servir -respondió el labrador-, pero tiempo vendrá en que
seamos, si ahora no somos. Y digo, señor, que si pudiera pintar su gentileza y
la altura de su cuerpo, fuera cosa de admiración; pero no puede ser, a causa de
que ella está agobiada y encogida, y tiene las rodillas con la boca, y, con todo
eso, se echa bien de ver que si se pudiera levantar, diera con la cabeza en el
techo; y ya ella hubiera dado la mano de esposa a mi bachiller, sino que no la
puede estender, que está añudada; y, con todo, en las uñas largas y acanaladas
se muestra su bondad y buena hechura.

-Está bien -dijo Sancho-, y haced cuenta, hermano, que ya la habéis pintado de
los pies a la cabeza. ¿Qué es lo que queréis ahora? Y venid al punto sin rodeos
ni callejuelas, ni retazos ni añadiduras.

-Querría, señor -respondió el labrador-, que vuestra merced me hiciese merced de
darme una carta de favor para mi consuegro, suplicándole sea servido de que este
casamiento se haga, pues no somos desiguales en los bienes de fortuna, ni en los
de la naturaleza; porque, para decir la verdad, señor gobernador, mi hijo es
endemoniado, y no hay día que tres o cuatro veces no le atormenten los malignos
espíritus; y de haber caído una vez en el fuego, tiene el rostro arrugado como
pergamino, y los ojos algo llorosos y manantiales; pero tiene una condición de
un ángel, y si no es que se aporrea y se da de puñadas él mesmo a sí mesmo,
fuera un bendito.

-¿Queréis otra cosa, buen hombre? -replicó Sancho.

-Otra cosa querría -dijo el labrador-, sino que no me atrevo a decirlo; pero
vaya, que, en fin, no se me ha de podrir en el pecho, pegue o no pegue. Digo,
señor, que querría que vuesa merced me diese trecientos o seiscientos ducados
para ayuda a la dote de mi bachiller; digo para ayuda de poner su casa, porque,
en fin, han de vivir por sí, sin estar sujetos a las impertinencias de los
suegros.

-Mirad si queréis otra cosa -dijo Sancho-, y no la dejéis de decir por empacho
ni por vergüenza.

-No, por cierto -respondió el labrador.

Y, apenas dijo esto, cuando, levantándose en pie el gobernador, asió de la silla
en que estaba sentado y dijo:

-¡Voto a tal, don patán rústico y mal mirado, que si no os apartáis y ascondéis
luego de mi presencia, que con esta silla os rompa y abra la cabeza! Hideputa
bellaco, pintor del mesmo demonio, ¿y a estas horas te vienes a pedirme
seiscientos ducados?; y ¿dónde los tengo yo, hediondo?; y ¿por qué te los había
de dar, aunque los tuviera, socarrón y mentecato?; y ¿qué se me da a mí de
Miguel Turra, ni de todo el linaje de los Perlerines? ¡Va de mí, digo; si no,
por vida del duque mi señor, que haga lo que tengo dicho! Tú no debes de ser de
Miguel Turra, sino algún socarrón que, para tentarme, te ha enviado aquí el
infierno. Dime, desalmado, aún no ha día y medio que tengo el gobierno, y ¿ya
quieres que tenga seiscientos ducados?
Hizo de señas el maestresala al labrador que se saliese de la sala, el cual lo
hizo cabizbajo y, al parecer, temeroso de que el gobernador no ejecutase su
cólera, que el bellacón supo hacer muy bien su oficio.
Pero dejemos con su cólera a Sancho, y ándese la paz en el corro, y volvamos a
don QuiXote, que le dejamos vendado el rostro y curado de las gatescas heridas,
de las cuales no sanó en ocho días, en uno de los cuales le sucedió lo que Cide
Hamete promete de contar con la puntualidad y verdad que suele contar las cosas
desta historia, por mínimas que sean.

Capítulo XLVIII.

De lo que le sucedió a don QuiXote con doña Rodríguez, la dueña
de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna
Además estaba mohíno y malencólico el mal ferido don QuiXote, vendado el rostro
y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato, desdichas
anejas a la andante caballería. Seis días estuvo sin salir en público, en una
noche de las cuales, estando despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y
en el perseguimiento de Altisidora, sintió que con una llave abrían la puerta de
su aposento, y luego imaginó que la enamorada doncella venía para sobresaltar su
honestidad y ponerle en condición de faltar a la fee que guardar debía a su
señora Dulcinea del Toboso.

-No -dijo creyendo a su imaginación, y esto, con voz que pudiera ser oída-; no
ha de ser parte la mayor hermosura de la tierra para que yo deje de adorar la
que tengo grabada y estampada en la mitad de mi corazón y en lo más escondido de
mis entrañas, ora estés, señora mía, transformada en cebolluda labradora, ora en
ninfa del dorado Tajo, tejiendo telas de oro y sirgo compuestas, ora te tenga
Merlín, o Montesinos, donde ellos quisieren; que, adondequiera eres mía, y
adoquiera he sido yo, y he de ser, tuyo.

El acabar estas razones y el abrir de la puerta fue todo uno. Púsose en pie
sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una
galocha en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados: el rostro, por los
aruños; los bigotes, porque no se le desmayasen y cayesen; en el cual traje
parecía la más extraordinaria fantasma que se pudiera pensar.
Clavó los ojos en la puerta, y, cuando esperaba ver entrar por ella a la rendida
y lastimada Altisidora, vio entrar a una reverendísima dueña con unas tocas
blancas repulgadas y luengas, tanto, que la cubrían y enmantaban desde los pies
a la cabeza. Entre los dedos de la mano izquierda traía una media vela
encendida, y con la derecha se hacía sombra, porque no le diese la luz en los
ojos, a quien cubrían unos muy grandes antojos. Venía pisando quedito, y movía
los pies blandamente.

Miróla don QuiXote desde su atalaya, y cuando vio su adeliño y notó su silencio,
pensó que alguna bruja o maga venía en aquel traje a hacer en él alguna mala
fechuría, y comenzó a santiguarse con mucha priesa. Fuese llegando la visión, y,
cuando llegó a la mitad del aposento, alzó los ojos y vio la priesa con que se
estaba haciendo cruces don QuiXote; y si él quedó medroso en ver tal figura,
ella quedó espantada en ver la suya, porque, así como le vio tan alto y tan
amarillo, con la colcha y con las vendas, que le desfiguraban, dio una gran voz,
diciendo:

-¡Jesús! ¿Qué es lo que veo?
Y con el sobresalto se le cayó la vela de las manos; y, viéndose a escuras,
volvió las espaldas para irse, y con el miedo tropezó en sus faldas y dio
consigo una gran caída. Don QuiXote, temeroso, comenzó a decir:
-Conjúrote, fantasma, o lo que eres, que me digas quién eres, y que me digas qué
es lo que de mí quieres. Si eres alma en pena, dímelo, que yo haré por ti todo
cuanto mis fuerzas alcanzaren, porque soy católico cristiano y amigo de hacer
bien a todo el mundo; que para esto tomé la orden de la caballería andante que
profeso, cuyo ejercicio aun hasta hacer bien a las ánimas de purgatorio se
estiende.
La brumada dueña, que oyó conjurarse, por su temor coligió el de don QuiXote, y
con voz afligida y baja le respondió:
-Señor don QuiXote, si es que acaso vuestra merced es don QuiXote, yo no soy
fantasma, ni visión, ni alma de purgatorio, como vuestra merced debe de haber
pensado, sino doña Rodríguez, la dueña de honor de mi señora la duquesa, que,
con una necesidad de aquellas que vuestra merced suele remediar, a vuestra
merced vengo.
-Dígame, señora doña Rodríguez -dijo don QuiXote-: ¿por ventura viene vuestra
merced a hacer alguna tercería? Porque le hago saber que no soy de provecho para
nadie, merced a la sin par belleza de mi señora Dulcinea del Toboso. Digo, en
fin, señora doña Rodríguez, que, como vuestra merced salve y deje a una parte
todo recado amoroso, puede volver a encender su vela, y vuelva, y departiremos
de todo lo que más mandare y más en gusto le viniere, salvando, como digo, todo
incitativo melindre.
-¿Yo recado de nadie, señor mío? -respondió la dueña-. Mal me conoce vuestra
merced; sí, que aún no estoy en edad tan prolongada que me acoja a semejantes
niñerías, pues, Dios loado, mi alma me tengo en las carnes, y todos mis dientes
y muelas en la boca, amén de unos pocos que me han usurpado unos catarros, que
en esta tierra de Aragón son tan ordinarios. Pero espéreme vuestra merced un
poco; saldré a encender mi vela, y volveré en un instante a contar mis cuitas,
como a remediador de todas las del mundo.
Y, sin esperar respuesta, se salió del aposento, donde quedó don QuiXote
sosegado y pensativo esperándola; pero luego le sobrevinieron mil pensamientos
acerca de aquella nueva aventura, y parecíale ser mal hecho y peor pensado
ponerse en peligro de romper a su señora la fee prometida, y decíase a sí mismo:
-¿Quién sabe si el diablo, que es sutil y mañoso, querrá engañarme agora con una
dueña, lo que no ha podido con emperatrices, reinas, duquesas, marquesas ni
condesas? Que yo he oído decir muchas veces y a muchos discretos que, si él
puede, antes os la dará roma que aguileña. Y ¿quién sabe si esta soledad, esta
ocasión y este silencio despertará mis deseos que duermen, y harán que al cabo
de mis años venga a caer donde nunca he tropezado? Y, en casos semejantes, mejor
es huir que esperar la batalla. Pero yo no debo de estar en mi juicio, pues
tales disparates digo y pienso; que no es posible que una dueña toquiblanca,
larga y antojuna pueda mover ni levantar pensamiento lascivo en el más desalmado
pecho del mundo. ¿Por ventura hay dueña en la tierra que tenga buenas carnes?
¿Por ventura hay dueña en el orbe que deje de ser impertinente, fruncida y
melindrosa? ¡Afuera, pues, caterva dueñesca, inútil para ningún humano regalo!
¡Oh, cuán bien hacía aquella señora de quien se dice que tenía dos dueñas de
bulto con sus antojos y almohadillas al cabo de su estrado, como que estaban
labrando, y tanto le servían para la autoridad de la sala aquellas estatuas como
las dueñas verdaderas!
Y, diciendo esto, se arrojó del lecho, con intención de cerrar la puerta y no
dejar entrar a la señora Rodríguez; mas, cuando la llegó a cerrar, ya la señora
Rodríguez volvía, encendida una vela de cera blanca, y cuando ella vio a don
QuiXote de más cerca, envuelto en la colcha, con las vendas, galocha o becoquín,
temió de nuevo, y, retirándose atrás como dos pasos, dijo:
-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse
vuesa merced levantado de su lecho.
-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don QuiXote-; y así,
pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.

-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la dueña.

-A vos y de vos la pido -replicó don QuiXote-, porque ni yo soy de mármol ni vos
de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más,
según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la
cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido. Pero
dadme, señora, la mano, que yo no quiero otra seguridad mayor que la de mi
continencia y recato, y la que ofrecen esas reverendísimas tocas.
Y, diciendo esto, besó su derecha mano, y le asió de la suya, que ella le dio
con las mesmas ceremonias.

Aquí hace Cide Hamete un paréntesis, y dice que por Mahoma que diera, por ver ir
a los dos así asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor almalafa de
dos que tenía.

Entróse, en fin, don QuiXote en su lecho, y quedóse doña Rodríguez sentada en
una silla, algo desviada de la cama, no quitándose los antojos ni la vela. Don
QuiXote se acorrucó y se cubrió todo, no dejando más de el rostro descubierto;
y, habiéndose los dos sosegado, el primero que rompió el silencio fue don
QuiXote, diciendo:

-Puede vuesa merced ahora, mi señora doña Rodríguez, descoserse y desbuchar todo
aquello que tiene dentro de su cuitado corazón y lastimadas entrañas, que será
de mí escuchada con castos oídos, y socorrida con piadosas obras.
-Así lo creo yo -respondió la dueña-, que de la gentil y agradable presencia de
vuesa merced no se podía esperar sino tan cristiana respuesta. «Es, pues, el
caso, señor don QuiXote, que, aunque vuesa merced me vee sentada en esta silla y
en la mitad del reino de Aragón, y en hábito de dueña aniquilada y asendereada,
soy natural de las Asturias de Oviedo, y de linaje que atraviesan por él muchos
de los mejores de aquella provincia; pero mi corta suerte y el descuido de mis
padres, que empobrecieron antes de tiempo, sin saber cómo ni cómo no, me
trujeron a la corte, a Madrid, donde por bien de paz y por escusar mayores
desventuras, mis padres me acomodaron a servir de doncella de labor a una
principal señora; y quiero hacer sabidor a vuesa merced que en hacer vainillas y
labor blanca ninguna me ha echado el pie adelante en toda la vida. Mis padres me
dejaron sirviendo y se volvieron a su tierra, y de allí a pocos años se debieron
de ir al cielo, porque eran además buenos y católicos cristianos. Quedé
huérfana, y atenida al miserable salario y a las angustiadas mercedes que a las
tales criadas se suele dar en palacio; y, en este tiempo, sin que diese yo
ocasión a ello, se enamoró de mi un escudero de casa, hombre ya en días, barbudo
y apersonado, y, sobre todo, hidalgo como el rey, porque era montañés. No
tratamos tan secretamente nuestros amores que no viniesen a noticia de mi
señora, la cual, por escusar dimes y diretes, nos casó en paz y en haz de la
Santa Madre Iglesia Católica Romana, de cuyo matrimonio nació una hija para
rematar con mi ventura, si alguna tenía; no porque yo muriese del parto, que le
tuve derecho y en sazón, sino porque desde allí a poco murió mi esposo de un
cierto espanto que tuvo, que, a tener ahora lugar para contarle, yo sé que
vuestra merced se admirara.»
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente, y dijo:
-Perdóneme vuestra merced, señor don QuiXote, que no va más en mi mano, porque
todas las veces que me acuerdo de mi mal logrado se me arrasan los ojos de
lágrimas. ¡Válame Dios, y con qué autoridad llevaba a mi señora a las ancas de
una poderosa mula, negra como el mismo azabache! Que entonces no se usaban
coches ni sillas, como agora dicen que se usan, y las señoras iban a las ancas
de sus escuderos. Esto, a lo menos, no puedo dejar de contarlo, porque se note
la crianza y puntualidad de mi buen marido. «Al entrar de la calle de Santiago,
en Madrid, que es algo estrecha, venía a salir por ella un alcalde de corte con
dos alguaciles delante, y, así como mi buen escudero le vio, volvió las riendas
a la mula, dando señal de volver a acompañarle. Mi señora, que iba a las ancas,
con voz baja le decía: “-¿Qué hacéis, desventurado? ¿No veis que voy aquí?” El
alcalde, de comedido, detuvo la rienda al caballo y díjole: “-Seguid, señor,
vuestro camino, que yo soy el que debo acompañar a mi señora doña Casilda”, que
así era el nombre de mi ama. Todavía porfiaba mi marido, con la gorra en la
mano, a querer ir acompañando al alcalde, viendo lo cual mi señora, llena de
cólera y enojo, sacó un alfiler gordo, o creo que un punzón, del estuche, y
clavósele por los lomos, de manera que mi marido dio una gran voz y torció el
cuerpo, de suerte que dio con su señora en el suelo. Acudieron dos lacayos suyos
a levantarla, y lo mismo hizo el alcalde y los alguaciles; alborotóse la Puerta
de Guadalajara, digo, la gente baldía que en ella estaba; vínose a pie mi ama, y
mi marido acudió en casa de un barbero diciendo que llevaba pasadas de parte a
parte las entrañas. Divulgóse la cortesía de mi esposo, tanto, que los muchachos
le corrían por las calles, y por esto y porque él era algún tanto corto de
vista, mi señora la duquesa le despidió, de cuyo pesar, sin duda alguna, tengo
para mí que se le causó el mal de la muerte. Quedé yo viuda y desamparada, y con
hija a cuestas, que iba creciendo en hermosura como la espuma de la mar.
Finalmente, como yo tuviese fama de gran labrandera, mi señora la duquesa, que
estaba recién casada con el duque mi señor, quiso traerme consigo a este reino
de Aragón y a mi hija ni más ni menos, adonde, yendo días y viniendo días,
creció mi hija, y con ella todo el donaire del mundo: canta como una calandria,
danza como el pensamiento, baila como una perdida, lee y escribe como un maestro
de escuela, y cuenta como un avariento. De su limpieza no digo nada: que el agua
que corre no es más limpia, y debe de tener agora, si mal no me acuerdo, diez y
seis años, cinco meses y tres días, uno más a menos. En resolución: de esta mi
muchacha se enamoró un hijo de un labrador riquísimo que está en una aldea del
duque mi señor, no muy lejos de aquí. En efecto, no sé cómo ni cómo no, ellos se
juntaron, y, debajo de la palabra de ser su esposo, burló a mi hija, y no se la
quiere cumplir; y, aunque el duque mi señor lo sabe, porque yo me he quejado a
él, no una, sino muchas veces, y pedídole mande que el tal labrador se case con
mi hija, hace orejas de mercader y apenas quiere oírme; y es la causa que, como
el padre del burlador es tan rico y le presta dineros, y le sale por fiador de
sus trampas por momentos, no le quiere descontentar ni dar pesadumbre en ningún
modo.» Querría, pues, señor mío, que vuesa merced tomase a cargo el deshacer
este agravio, o ya por ruegos, o ya por armas, pues, según todo el mundo dice,
vuesa merced nació en él para deshacerlos y para enderezar los tuertos y amparar
los miserables; y póngasele a vuesa merced por delante la orfandad de mi hija,
su gentileza, su mocedad, con todas las buenas partes que he dicho que tiene;
que en Dios y en mi conciencia que de cuantas doncellas tiene mi señora, que no
hay ninguna que llegue a la suela de su zapato, y que una que llaman Altisidora,
que es la que tienen por más desenvuelta y gallarda, puesta en comparación de mi
hija, no la llega con dos leguas. Porque quiero que sepa vuesa merced, señor
mío, que no es todo oro lo que reluce; porque esta Altisidorilla tiene más de
presunción que de hermosura, y más de desenvuelta que de recogida, además que no
está muy sana: que tiene un cierto allento cansado, que no hay sufrir el estar
junto a ella un momento. Y aun mi señora la duquesa… Quiero callar, que se
suele decir que las paredes tienen oídos.

-¿Qué tiene mi señora la duquesa, por vida mía, señora doña Rodríguez? -preguntó
don QuiXote.

-Con ese conjuro -respondió la dueña-, no puedo dejar de responder a lo que se
me pregunta con toda verdad. ¿Vee vuesa merced, señor don QuiXote, la hermosura
de mi señora la duquesa, aquella tez de rostro, que no parece sino de una espada
acicalada y tersa, aquellas dos mejillas de leche y de carmín, que en la una
tiene el sol y en la otra la luna, y aquella gallardía con que va pisando y aun
despreciando el suelo, que no parece sino que va derramando salud donde pasa?
Pues sepa vuesa merced que lo puede agradecer, primero, a Dios, y luego, a dos
fuentes que tiene en las dos piernas, por donde se desagua todo el mal humor de
quien dicen los médicos que está llena.

-¡Santa María! -dijo don QuiXote-. Y ¿es posible que mi señora la duquesa tenga
tales desaguaderos? No lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos; pero, pues
la señora doña Rodríguez lo dice, debe de ser así. Pero tales fuentes, y en
tales lugares, no deben de manar humor, sino ámbar líquido. Verdaderamente que
ahora acabo de creer que esto de hacerse fuentes debe de ser cosa importante
para salud.

Apenas acabó don QuiXote de decir esta razón, cuando con un gran golpe abrieron
las puertas del aposento, y del sobresalto del golpe se le cayó a doña Rodríguez
la vela de la mano, y quedó la estancia como boca de lobo, como suele decirse.
Luego sintió la pobre dueña que la asían de la garganta con dos manos, tan
fuertemente que no la dejaban gañir, y que otra persona, con mucha presteza, sin
hablar palabra, le alzaba las faldas, y con una, al parecer, chinela, le comenzó
a dar tantos azotes, que era una compasión; y, aunque don QuiXote se la tenía,
no se meneaba del lecho, y no sabía qué podía ser aquello, y estábase quedo y
callando, y aun temiendo no viniese por él la tanda y tunda azotesca. Y no fue
vano su temor, porque, en dejando molida a la dueña los callados verdugos (la
cual no osaba quejarse), acudieron a don QuiXote, y, desenvolviéndole de la
sábana y de la colcha, le pellizcaron tan a menudo y tan reciamente, que no pudo
dejar de defenderse a puñadas, y todo esto en silencio admirable. Duró la
batalla casi media hora; saliéronse las fantasmas, recogió doña Rodríguez sus
faldas, y, gimiendo su desgracia, se salió por la puerta afuera, sin decir
palabra a don QuiXote, el cual, doloroso y pellizcado, confuso y pensativo, se
quedó solo, donde le dejaremos deseoso de saber quién había sido el perverso
encantador que tal le había puesto. Pero ello se dirá a su tiempo, que Sancho
Panza nos llama, y el buen concierto de la historia lo pide.

Capítulo XLIX.

De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula
Dejamos al gran gobernador enojado y mohíno con el labrador pintor y socarrón,
el cual, industriado del mayordomo, y el mayordomo del duque, se burlaban de
Sancho; pero él se las tenía tiesas a todos, maguera tonto, bronco y rollizo, y
dijo a los que con él estaban, y al doctor Pedro Recio, que, como se acabó el
secreto de la carta del duque, había vuelto a entrar en la sala:
-Ahora verdaderamente que entiendo que los jueces y gobernadores deben de ser, o
han de ser, de bronce, para no sentir las importunidades de los negociantes, que
a todas horas y a todos tiempos quieren que los escuchen y despachen, atendiendo
sólo a su negocio, venga lo que viniere; y si el pobre del juez no los escucha y
despacha, o porque no puede o porque no es aquél el tiempo diputado para darles
audiencia, luego les maldicen y murmuran, y les roen los huesos, y aun les
deslindan los linajes. Negociante necio, negociante mentecato, no te apresures;
espera sazón y coyuntura para negociar: no vengas a la hora del comer ni a la
del dormir, que los jueces son de carne y de hueso y han de dar a la naturaleza
lo que naturalmente les pide, si no es yo, que no le doy de comer a la mía,
merced al señor doctor Pedro Recio Tirteafuera, que está delante, que quiere que
muera de hambre, y afirma que esta muerte es vida, que así se la dé Dios a él y
a todos los de su ralea: digo, a la de los malos médicos, que la de los buenos,
palmas y lauros merecen.

Todos los que conocían a Sancho Panza se admiraban, oyéndole hablar tan
elegantemente, y no sabían a qué atribuirlo, sino a que los oficios y cargos
graves, o adoban o entorpecen los entendimientos. Finalmente, el doctor Pedro
Recio Agüero de Tirteafuera prometió de darle de cenar aquella noche, aunque
excediese de todos los aforismos de Hipócrates. Con esto quedó contento el
gobernador, y esperaba con grande ansia llegase la noche y la hora de cenar; y,
aunque el tiempo, al parecer suyo, se estaba quedo, sin moverse de un lugar,
todavía se llegó por él el tanto deseado, donde le dieron de cenar un salpicón
de vaca con cebolla, y unas manos cocidas de ternera algo entrada en días.
Entregóse en todo con más gusto que si le hubieran dado francolines de Milán,
faisanes de Roma, ternera de Sorrento, perdices de Morón, o gansos de Lavajos;
y, entre la cena, volviéndose al doctor, le dijo:

-Mirad, señor doctor: de aquí adelante no os curéis de darme a comer cosas
regaladas ni manjares esquisitos, porque será sacar a mi estómago de sus
quicios, el cual está acostumbrado a cabra, a vaca, a tocino, a cecina, a nabos
y a cebollas; y, si acaso le dan otros manjares de palacio, los recibe con
melindre, y algunas veces con asco. Lo que el maestresala puede hacer es traerme
estas que llaman ollas podridas, que mientras más podridas son, mejor huelen, y
en ellas puede embaular y encerrar todo lo que él quisiere, como sea de comer,
que yo se lo agradeceré y se lo pagaré algún día; y no se burle nadie conmigo,
porque o somos o no somos: vivamos todos y comamos en buena paz compaña, pues,
cuando Dios amanece, para todos amanece. Yo gobernaré esta ínsula sin perdonar
derecho ni llevar cohecho, y todo el mundo traiga el ojo alerta y mire por el
virote, porque les hago saber que el diablo está en Cantillana, y que, si me dan
ocasión, han de ver maravillas. No, sino haceos miel, y comeros han moscas.
-Por cierto, señor gobernador -dijo el maestresala-, que vuesa merced tiene
mucha razón en cuanto ha dicho, y que yo ofrezco en nombre de todos los
insulanos desta ínsula que han de servir a vuestra merced con toda puntualidad,
amor y benevolencia, porque el suave modo de gobernar que en estos principios
vuesa merced ha dado no les da lugar de hacer ni de pensar cosa que en
deservicio de vuesa merced redunde.
-Yo lo creo -respondió Sancho-, y serían ellos unos necios si otra cosa hiciesen
o pensasen. Y vuelvo a decir que se tenga cuenta con mi sustento y con el de mi
rucio, que es lo que en este negocio importa y hace más al caso; y, en siendo
hora, vamos a rondar, que es mi intención limpiar esta ínsula de todo género de
inmundicia y de gente vagamunda, holgazanes, y mal entretenida; porque quiero
que sepáis, amigos, que la gente baldía y perezosa es en la república lo mesmo
que los zánganos en las colmenas, que se comen la miel que las trabajadoras
abejas hacen. Pienso favorecer a los labradores, guardar sus preeminencias a los
hidalgos, premiar los virtuosos y, sobre todo, tener respeto a la religión y a
la honra de los religiosos. ¿Qué os parece desto, amigos? ¿Digo algo, o
quiébrome la cabeza?

-Dice tanto vuesa merced, señor gobernador -dijo el mayordomo-, que estoy
admirado de ver que un hombre tan sin letras como vuesa merced, que, a lo que
creo, no tiene ninguna, diga tales y tantas cosas llenas de sentencias y de
avisos, tan fuera de todo aquello que del ingenio de vuesa merced esperaban los
que nos enviaron y los que aquí venimos. Cada día se veen cosas nuevas en el
mundo: las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados.
Llegó la noche, y cenó el gobernador, con licencia del señor doctor Recio.
Aderezáronse de ronda; salió con el mayordomo, secretario y maestresala, y el
coronista que tenía cuidado de poner en memoria sus hechos, y alguaciles y
escribanos, tantos que podían formar un mediano escuadrón. Iba Sancho en medio,
con su vara, que no había más que ver, y pocas calles andadas del lugar,
sintieron ruido de cuchilladas; acudieron allá, y hallaron que eran dos solos
hombres los que reñían, los cuales, viendo venir a la justicia, se estuvieron
quedos; y el uno dellos dijo:

-¡Aquí de Dios y del rey! ¿Cómo y que se ha de sufrir que roben en poblado en
este pueblo, y que salga a saltear en él en la mitad de las calles?

-Sosegaos, hombre de bien -dijo Sancho-, y contadme qué es la causa desta
pendencia, que yo soy el gobernador.

El otro contrario dijo:

-Señor gobernador, yo la diré con toda brevedad. Vuestra merced sabrá que este
gentilhombre acaba de ganar ahora en esta casa de juego que está aquí frontero
más de mil reales, y sabe Dios cómo; y, hallándome yo presente, juzgué más de
una suerte dudosa en su favor, contra todo aquello que me dictaba la conciencia;
alzóse con la ganancia, y, cuando esperaba que me había de dar algún escudo, por
lo menos, de barato, como es uso y costumbre darle a los hombres principales
como yo, que estamos asistentes para bien y mal pasar, y para apoyar sinrazones
y evitar pendencias, él embolsó su dinero y se salió de la casa. Yo vine
despechado tras él, y con buenas y corteses palabras le he pedido que me diese
siquiera ocho reales, pues sabe que yo soy hombre honrado y que no tengo oficio
ni beneficio, porque mis padres no me le enseñaron ni me le dejaron, y el
socarrón, que no es más ladrón que Caco, ni más fullero que Andradilla, no
quería darme más de cuatro reales; ¡porque vea vuestra merced, señor gobernador,
qué poca vergüenza y qué poca conciencia! Pero a fee que, si vuesa merced no
llegara, que yo le hiciera vomitar la ganancia, y que había de saber con cuántas
entraba la romana.

-¿Qué decís vos a esto? -preguntó Sancho.

Y el otro respondió que era verdad cuanto su contrario decía, y no había querido
darle más de cuatro reales porque se los daba muchas veces; y los que esperan
barato han de ser comedidos y tomar con rostro alegre lo que les dieren, sin
ponerse en cuentas con los gananciosos, si ya no supiesen de cierto que son
fulleros y que lo que ganan es mal ganado; y que, para señal que él era hombre
de bien y no ladrón, como decía, ninguna había mayor que el no haberle querido
dar nada; que siempre los fulleros son tributarios de los mirones que los
conocen.

-Así es -dijo el mayordomo-. Vea vuestra merced, señor gobernador, qué es lo que
se ha de hacer destos hombres.

-Lo que se ha de hacer es esto -respondió Sancho-: vos, ganancioso, bueno, o
malo, o indiferente, dad luego a este vuestro acuchillador cien reales, y más,
habéis de desembolsar treinta para los pobres de la cárcel; y vos, que no tenéis
oficio ni beneficio y andáis de nones en esta ínsula, tomad luego esos cien
reales, y mañana en todo el día salid desta ínsula desterrado por diez años, so
pena, si lo quebrantáredes, los cumpláis en la otra vida,colgándoos yo de una
picota, o, a lo menos, el verdugo por mi mandado; y ninguno me replique, que le
asentaré la mano.
Desembolsó el uno, recibió el otro, éste se salió de la ínsula, y aquél se fue a
su casa, y el gobernador quedó diciendo:
-Ahora, yo podré poco, o quitaré estas casas de juego, que a mí se me trasluce
que son muy perjudiciales.

-Ésta, a lo menos -dijo un escribano-, no la podrá vuesa merced quitar, porque
la tiene un gran personaje, y más es sin comparación lo que él pierde al año que
lo que saca de los naipes. Contra otros garitos de menor cantía podrá vuestra
merced mostrar su poder, que son los que más daño hacen y más insolencias
encubren; que en las casas de los caballeros principales y de los señores no se
atreven los famosos fulleros a usar de sus tretas; y, pues el vicio del juego se
ha vuelto en ejercicio común, mejor es que se juegue en casas principales que no
en la de algún oficial, donde cogen a un desdichado de media noche abajo y le
desuellan vivo.

-Agora, escribano -dijo Sancho-, yo sé que hay mucho que decir en eso.

Y, en esto, llegó un corchete que traía asido a un mozo, y dijo:

-Señor gobernador, este mancebo venía hacia nosotros, y, así como columbró la
justicia, volvió las espaldas y comenzó a correr como un gamo, señal que debe de
ser algún delincuente. Yo partí tras él, y, si no fuera porque tropezó y cayó,
no le alcanzara jamás.

-¿Por qué huías, hombre? -preguntó Sancho.

A lo que el mozo respondió:

-Señor, por escusar de responder a las muchas preguntas que las justicias hacen.

-¿Qué oficio tienes?

-Tejedor.

-¿Y qué tejes?

-Hierros de lanzas, con licencia buena de vuestra merced.

-¿Graciosico me sois? ¿De chocarrero os picáis? ¡Está bien! Y ¿adónde íbades
ahora?

-Señor, a tomar el aire.

-Y ¿adónde se toma el aire en esta ínsula?

-Adonde sopla.

-¡Bueno: respondéis muy a propósito! Discreto sois, mancebo; pero haced cuenta
que yo soy el aire, y que os soplo en popa, y os encamino a la cárcel. ¡Asilde,
hola, y llevadle, que yo haré que duerma allí sin aire esta noche!

-¡Par Dios -dijo el mozo-, así me haga vuestra merced dormir en la cárcel como
hacerme rey!

-Pues, ¿por qué no te haré yo dormir en la cárcel? -respondió Sancho-. ¿No tengo
yo poder para prenderte y soltarte cada y cuando que quisiere?

-Por más poder que vuestra merced tenga -dijo el mozo-, no será bastante para
hacerme dormir en la cárcel.

-¿Cómo que no? -replicó Sancho-. Llevalde luego donde verá por sus ojos el
desengaño, aunque más el alcaide quiera usar con él de su interesal liberalidad;
que yo le pondré pena de dos mil ducados si te deja salir un paso de la cárcel.

-Todo eso es cosa de risa -respondió el mozo-. El caso es que no me harán dormir
en la cárcel cuantos hoy viven.

-Dime, demonio -dijo Sancho-, ¿tienes algún ángel que te saque y que te quite
los grillos que te pienso mandar echar?

-Ahora, señor gobernador -respondió el mozo con muy buen donaire-, estemos a
razón y vengamos al punto. Prosuponga vuestra merced que me manda llevar a la
cárcel, y que en ella me echan grillos y cadenas, y que me meten en un calabozo,
y se le ponen al alcaide graves penas si me deja salir, y que él lo cumple como
se le manda; con todo esto, si yo no quiero dormir, y estarme despierto toda la
noche, sin pegar pestaña, ¿será vuestra merced bastante con todo su poder para
hacerme dormir, si yo no quiero?

-No, por cierto -dijo el secretario-, y el hombre ha salido con su intención.

-De modo -dijo Sancho- que no dejaréis de dormir por otra cosa que por vuestra
voluntad, y no por contravenir a la mía.

-No, señor -dijo el mozo-, ni por pienso.

-Pues andad con Dios -dijo Sancho-; idos a dormir a vuestra casa, y Dios os dé
buen sueño, que yo no quiero quitárosle; pero aconséjoos que de aquí adelante no
os burléis con la justicia, porque toparéis con alguna que os dé con la burla en
los cascos.

Fuese el mozo, y el gobernador prosiguió con su ronda, y de allí a poco vinieron
dos corchetes que traían a un hombre asido, y dijeron:

-Señor gobernador, este que parece hombre no lo es, sino mujer, y no fea, que
viene vestida en hábito de hombre.

Llegáronle a los ojos dos o tres lanternas, a cuyas luces descubrieron un rostro
de una mujer, al parecer, de diez y seis o pocos más años, recogidos los
cabellos con una redecilla de oro y seda verde, hermosa como mil perlas.
Miráronla de arriba abajo, y vieron que venía con unas medias de seda encarnada,
con ligas de tafetán blanco y rapacejos de oro y aljófar; los greguescos eran
verdes, de tela de oro, y una saltaembarca o ropilla de lo mesmo, suelta, debajo
de la cual traía un jubón de tela finísima de oro y blanco, y los zapatos eran
blancos y de hombre. No traía espada ceñida, sino una riquísima daga, y en los
dedos, muchos y muy buenos anillos. Finalmente, la moza parecía bien a todos, y
ninguno la conoció de cuantos la vieron, y los naturales del lugar dijeron que
no podían pensar quién fuese, y los consabidores de las burlas que se habían de
hacer a Sancho fueron los que más se admiraron, porque aquel suceso y hallazgo
no venía ordenado por ellos; y así, estaban dudosos, esperando en qué pararía el
caso.

Sancho quedó pasmado de la hermosura de la moza, y preguntóle quién era, adónde
iba y qué ocasión le había movido para vestirse en aquel hábito. Ella, puestos
los ojos en tierra con honestísima vergüenza, respondió:
-No puedo, señor, decir tan en público lo que tanto me importaba fuera secreto;
una cosa quiero que se entienda: que no soy ladrón ni persona facinorosa, sino
una doncella desdichada a quien la fuerza de unos celos ha hecho romper el
decoro que a la honestidad se debe.
Oyendo esto el mayordomo, dijo a Sancho:

-Haga, señor gobernador, apartar la gente, porque esta señora con menos empacho
pueda decir lo que quisiere.

Mandólo así el gobernador; apartáronse todos, si no fueron el mayordomo,
maestresala y el secretario. Viéndose, pues, solos, la doncella prosiguió
diciendo:

-«Yo, señores, soy hija de Pedro Pérez Mazorca, arrendador de las lanas deste
lugar, el cual suele muchas veces ir en casa de mi padre.»
-Eso no lleva camino -dijo el mayordomo-, señora, porque yo conozco muy bien a
Pedro Pérez y sé que no tiene hijo ninguno, ni varón ni hembra; y más, que decís
que es vuestro padre, y luego añadís que suele ir muchas veces en casa de
vuestro padre.

-Ya yo había dado en ello -dijo Sancho.

-Ahora, señores, yo estoy turbada, y no sé lo que me digo -respondió la
doncella-; pero la verdad es que yo soy hija de Diego de la Llana, que todos
vuesas mercedes deben de conocer.

-Aún eso lleva camino -respondió el mayordomo-, que yo conozco a Diego de la
Llana, y sé que es un hidalgo principal y rico, y que tiene un hijo y una hija,
y que después que enviudó no ha habido nadie en todo este lugar que pueda decir
que ha visto el rostro de su hija; que la tiene tan encerrada que no da lugar al
sol que la vea; y, con todo esto, la fama dice que es en estremo hermosa.

-Así es la verdad -respondió la doncella-, y esa hija soy yo; si la fama miente
o no en mi hermosura ya os habréis, señores, desengañado, pues me habéis visto.
Y, en esto, comenzó a llorar tiernamente; viendo lo cual el secretario, se llegó
al oído del maestresala y le dijo muy paso:

-Sin duda alguna que a esta pobre doncella le debe de haber sucedido algo de
importancia, pues en tal traje, y a tales horas, y siendo tan principal, anda
fuera de su casa.

-No hay dudar en eso -respondió el maestresala-; y más, que esa sospecha la
confirman sus lágrimas.

Sancho la consoló con las mejores razones que él supo, y le pidió que sin temor
alguno les dijese lo que le había sucedido; que todos procurarían remediarlo con
muchas veras y por todas las vías posibles.

-«Es el caso, señores -respondió ella-, que mi padre me ha tenido encerrada diez
años ha, que son los mismos que a mi madre come la tierra. En casa dicen misa en
un rico oratorio, y yo en todo este tiempo no he visto que el sol del cielo de
día, y la luna y las estrellas de noche, ni sé qué son calles, plazas, ni
templos, ni aun hombres, fuera de mi padre y de un hermano mío, y de Pedro Pérez
el arrendador, que, por entrar de ordinario en mi casa, se me antojó decir que
era mi padre, por no declarar el mío. Este encerramiento y este negarme el salir
de casa, siquiera a la iglesia, ha muchos días y meses que me trae muy
desconsolada; quisiera yo ver el mundo, o, a lo menos, el pueblo donde nací,
pareciéndome que este deseo no iba contra el buen decoro que las doncellas
principales deben guardar a sí mesmas. Cuando oía decir que corrían toros y
jugaban cañas, y se representaban comedias, preguntaba a mi hermano, que es un
año menor que yo, que me dijese qué cosas eran aquéllas y otras muchas que yo no
he visto; él me lo declaraba por los mejores modos que sabía, pero todo era
encenderme más el deseo de verlo. Finalmente, por abreviar el cuento de mi
perdición, digo que yo rogué y pedí a mi hermano, que nunca tal pidiera ni tal
rogara…»

Y tornó a renovar el llanto. El mayordomo le dijo:

-Prosiga vuestra merced, señora, y acabe de decirnos lo que le ha sucedido, que
nos tienen a todos suspensos sus palabras y sus lágrimas.

-Pocas me quedan por decir -respondió la doncella-, aunque muchas lágrimas sí
que llorar, porque los mal colocados deseos no pueden traer consigo otros
descuentos que los semejantes.

Habíase sentado en el alma del maestresala la belleza de la doncella, y llegó
otra vez su lanterna para verla de nuevo; y parecióle que no eran lágrimas las
que lloraba, sino aljófar o rocío de los prados, y aun las subía de punto y las
llegaba a perlas orientales, y estaba deseando que su desgracia no fuese tanta
como daban a entender los indicios de su llanto y de sus suspiros. Desesperábase
el gobernador de la tardanza que tenía la moza en dilatar su historia, y díjole
que acabase de tenerlos más suspensos, que era tarde y faltaba mucho que andar
del pueblo. Ella, entre interrotos sollozos y mal formados suspiros, dijo:

-«No es otra mi desgracia, ni mi infortunio es otro sino que yo rogué a mi
hermano que me vistiese en hábitos de hombre con uno de sus vestidos y que me
sacase una noche a ver todo el pueblo, cuando nuestro padre durmiese; él,
importunado de mis ruegos, condecendió con mi deseo, y, poniéndome este vestido
y él vestiéndose de otro mío, que le está como nacido, porque él no tiene pelo
de barba y no parece sino una doncella hermosísima, esta noche, debe de haber
una hora, poco más o menos, nos salimos de casa; y, guiados de nuestro mozo y
desbaratado discurso, hemos rodeado todo el pueblo, y cuando queríamos volver a
casa, vimos venir un gran tropel de gente, y mi hermano me dijo: “Hermana, ésta
debe de ser la ronda: aligera los pies y pon alas en ellos, y vente tras mí
corriendo, porque no nos conozcan, que nos será mal contado”. Y, diciendo esto,
volvió las espaldas y comenzó, no digo a correr, sino a volar; yo, a menos de
seis pasos, caí, con el sobresalto, y entonces llegó el ministro de la justicia
que me trujo ante vuestras mercedes, adonde, por mala y antojadiza, me veo
avergonzada ante tanta gente.»

-¿En efecto, señora -dijo Sancho-, no os ha sucedido otro desmán alguno, ni
celos, como vos al principio de vuestro cuento dijistes, no os sacaron de
vuestra casa?

-No me ha sucedido nada, ni me sacaron celos, sino sólo el deseo de ver mundo,
que no se estendía a más que a ver las calles de este lugar.

Y acabó de confirmar ser verdad lo que la doncella decía llegar los corchetes
con su hermano preso, a quien alcanzó uno dellos cuando se huyó de su hermana.
No traía sino un faldellín rico y una mantellina de damasco azul con pasamanos
de oro fino, la cabeza sin toca ni con otra cosa adornada que con sus mesmos
cabellos, que eran sortijas de oro, según eran rubios y enrizados. Apartáronse
con el gobernador, mayordomo y maestresala, y, sin que lo oyese su hermana, le
preguntaron cómo venía en aquel traje, y él, con no menos vergüenza y empacho,
contó lo mesmo que su hermana había contado, de que recibió gran gusto el
enamorado maestresala. Pero el gobernador les dijo:

-Por cierto, señores, que ésta ha sido una gran rapacería, y para contar esta
necedad y atrevimiento no eran menester tantas largas, ni tantas lágrimas y
suspiros; que con decir: “Somos fulano y fulana, que nos salimos a espaciar de
casa de nuestros padres con esta invención, sólo por curiosidad, sin otro
designio alguno”, se acabara el cuento, y no gemidicos, y lloramicos, y darle.

-Así es la verdad -respondió la doncella-, pero sepan vuesas mercedes que la
turbación que he tenido ha sido tanta, que no me ha dejado guardar el término
que debía.

-No se ha perdido nada -respondió Sancho-. Vamos, y dejaremos a vuesas mercedes
en casa de su padre; quizá no los habrá echado menos. Y, de aquí adelante, no se
muestren tan niños, ni tan deseosos de ver mundo, que la doncella honrada, la
pierna quebrada, y en casa; y la mujer y la gallina, por andar se pierden aína;
y la que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista. No digo más.
El mancebo agradeció al gobernador la merced que quería hacerles de volverlos a
su casa, y así, se encaminaron hacia ella, que no estaba muy lejos de allí.
Llegaron, pues, y, tirando el hermano una china a una reja, al momento bajó una
criada, que los estaba esperando, y les abrió la puerta, y ellos se entraron,
dejando a todos admirados, así de su gentileza y hermosura como del deseo que
tenían de ver mundo, de noche y sin salir del lugar; pero todo lo atribuyeron a
su poca edad.

Quedó el maestresala traspasado su corazón, y propuso de luego otro día
pedírsela por mujer a su padre, teniendo por cierto que no se la negaría, por
ser él criado del duque; y aun a Sancho le vinieron deseos y barruntos de casar
al mozo con Sanchica, su hija, y determinó de ponerlo en plática a su tiempo,
dándose a entender que a una hija de un gobernador ningún marido se le podía
negar.

Con esto, se acabó la ronda de aquella noche, y de allí a dos días el gobierno,
con que se destroncaron y borraron todos sus designios, como se verá adelante.

Capítulo L.

Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que
azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don QuiXote, con el suceso que
tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza
Dice Cide Hamete, puntualísimo escudriñador de los átomos desta verdadera
historia, que al tiempo que doña Rodríguez salió de su aposento para ir a la
estancia de don QuiXote, otra dueña que con ella dormía lo sintió, y que, como
todas las dueñas son amigas de saber, entender y oler, se fue tras ella, con
tanto silencio, que la buena Rodríguez no lo echó de ver; y, así como la dueña
la vio entrar en la estancia de don QuiXote, porque no faltase en ella la
general costumbre que todas las dueñas tienen de ser chismosas, al momento lo
fue a poner en pico a su señora la duquesa, de cómo doña Rodríguez quedaba en el
aposento de don QuiXote.

La duquesa se lo dijo al duque, y le pidió licencia para que ella y Altisidora
viniesen a ver lo que aquella dueña quería con don QuiXote; el duque se la dio,
y las dos, con gran tiento y sosiego, paso ante paso, llegaron a ponerse junto a
la puerta del aposento, y tan cerca, que oían todo lo que dentro hablaban; y,
cuando oyó la duquesa que Rodríguez había echado en la calle el Aranjuez de sus
fuentes, no lo pudo sufrir, ni menos Altisidora; y así, llenas de cólera y
deseosas de venganza, entraron de golpe en el aposento, y acrebillaron a don
QuiXote y vapularon a la dueña del modo que queda contado; porque las afrentas
que van derechas contra la hermosura y presunción de las mujeres, despierta en
ellas en gran manera la ira y enciende el deseo de vengarse.

Contó la duquesa al duque lo que le había pasado, de lo que se holgó mucho, y la
duquesa, prosiguiendo con su intención de burlarse y recibir pasatiempo con don
QuiXote, despachó al paje que había hecho la figura de Dulcinea en el concierto
de su desencanto -que tenía bien olvidado Sancho Panza con la ocupación de su
gobierno- a Teresa Panza, su mujer, con la carta de su marido, y con otra suya,
y con una gran sarta de corales ricos presentados.

Dice, pues, la historia, que el paje era muy discreto y agudo, y, con deseo de
servir a sus señores, partió de muy buena gana al lugar de Sancho; y, antes de
entrar en él, vio en un arroyo estar lavando cantidad de mujeres, a quien
preguntó si le sabrían decir si en aquel lugar vivía una mujer llamada Teresa
Panza, mujer de un cierto Sancho Panza, escudero de un caballero llamado don
QuiXote de la Mancha, a cuya pregunta se levantó en pie una mozuela que estaba
lavando, y dijo:

-Esa Teresa Panza es mi madre, y ese tal Sancho, mi señor padre, y el tal
caballero, nuestro amo.

-Pues venid, doncella -dijo el paje-, y mostradme a vuestra madre, porque le
traigo una carta y un presente del tal vuestro padre.

-Eso haré yo de muy buena gana, señor mío -respondió la moza, que mostraba ser
de edad de catorce años, poco más a menos.

Y, dejando la ropa que lavaba a otra compañera, sin tocarse ni calzarse, que
estaba en piernas y desgreñada, saltó delante de la cabalgadura del paje, y
dijo:
-Venga vuesa merced, que a la entrada del pueblo está nuestra casa, y mi madre
en ella, con harta pena por no haber sabido muchos días ha de mi señor padre.
-Pues yo se las llevo tan buenas -dijo el paje- que tiene que dar bien gracias a
Dios por ellas.
Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha, y,
antes de entrar en su casa, dijo a voces desde la puerta:
-Salga, madre Teresa, salga, salga, que viene aquí un señor que trae cartas y
otras cosas de mi buen padre.
A cuyas voces salió Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con una
saya parda. Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por vergonzoso
lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos. No era muy
vieja, aunque mostraba pasar de los cuarenta, pero fuerte, tiesa, nervuda y
avellanada; la cual, viendo a su hija, y al paje a caballo, le dijo:

-¿Qué es esto, niña? ¿Qué señor es éste?

-Es un servidor de mi señora doña Teresa Panza -respondió el paje.

Y, diciendo y haciendo, se arrojó del caballo y se fue con mucha humildad a
poner de hinojos ante la señora Teresa, diciendo:

-Déme vuestra merced sus manos, mi señora doña Teresa, bien así como mujer
legítima y particular del señor don Sancho Panza, gobernador propio de la ínsula
Barataria.

-¡Ay, señor mío, quítese de ahí; no haga eso -respondió Teresa-, que yo no soy
nada palaciega, sino una pobre labradora, hija de un estripaterrones y mujer de
un escudero andante, y no de gobernador alguno!

-Vuesa merced -respondió el paje- es mujer dignísima de un gobernador
archidignísimo; y, para prueba desta verdad, reciba vuesa merced esta carta y
este presente.

Y sacó al instante de la faldriquera una sarta de corales con estremos de oro, y
se la echó al cuello y dijo:

-Esta carta es del señor gobernador, y otra que traigo y estos corales son de mi
señora la duquesa, que a vuestra merced me envía.
Quedó pasmada Teresa, y su hija ni más ni menos, y la muchacha dijo:

-Que me maten si no anda por aquí nuestro señor amo don QuiXote, que debe de
haber dado a padre el gobierno o condado que tantas veces le había prometido.

-Así es la verdad -respondió el paje-: que, por respeto del señor don QuiXote,
es ahora el señor Sancho gobernador de la ínsula Barataria, como se verá por
esta carta.

-Léamela vuesa merced, señor gentilhombre -dijo Teresa-, porque, aunque yo sé
hilar, no sé leer migaja.

-Ni yo tampoco -añadió Sanchica-; pero espérenme aquí, que yo iré a llamar quien
la lea, ora sea el cura mesmo, o el bachiller Sansón Carrasco, que vendrán de
muy buena gana, por saber nuevas de mi padre.

-No hay para qué se llame a nadie, que yo no sé hilar, pero sé leer, y la leeré.
Y así, se la leyó toda, que, por quedar ya referida, no se pone aquí; y luego
sacó otra de la duquesa, que decía desta manera:

Amiga Teresa:

Las buenas partes de la bondad y del ingenio de vuestro marido Sancho me
movieron y obligaron a pedir a mi marido el duque le diese un gobierno de una
ínsula, de muchas que tiene. Tengo noticia que gobierna como un girifalte, de lo
que yo estoy muy contenta, y el duque mi señor, por el consiguiente; por lo que
doy muchas gracias al cielo de no haberme engañado en haberle escogido para el
tal gobierno; porque quiero que sepa la señora Teresa que con dificultad se
halla un buen gobernador en el mundo, y tal me haga a mí Dios como Sancho
gobierna.

Ahí le envío, querida mía, una sarta de corales con estremos de oro; yo me
holgara que fuera de perlas orientales, pero quien te da el hueso, no te querría
ver muerta: tiempo vendrá en que nos conozcamos y nos comuniquemos, y Dios sabe
lo que será. Encomiéndeme a Sanchica, su hija, y dígale de mi parte que se
apareje, que la tengo de casar altamente cuando menos lo piense.
Dícenme que en ese lugar hay bellotas gordas: envíeme hasta dos docenas, que las
estimaré en mucho, por ser de su mano, y escríbame largo, avisándome de su salud
y de su bienestar; y si hubiere menester alguna cosa, no tiene que hacer más que
boquear: que su boca será medida, y Dios me la guarde. Deste lugar.

Su amiga, que bien la quiere,

La Duquesa.

-¡Ay -dijo Teresa en oyendo la carta-, y qué buena y qué llana y qué humilde
señora! Con estas tales señoras me entierren a mí, y no las hidalgas que en este
pueblo se usan, que piensan que por ser hidalgas no las ha de tocar el viento, y
van a la iglesia con tanta fantasía como si fuesen las mesmas reinas, que no
parece sino que tienen a deshonra el mirar a una labradora; y veis aquí donde
esta buena señora, con ser duquesa, me llama amiga, y me trata como si fuera su
igual, que igual la vea yo con el más alto campanario que hay en la Mancha. Y,
en lo que toca a las bellotas, señor mío, yo le enviaré a su señoría un celemín,
que por gordas las pueden venir a ver a la mira y a la maravilla. Y por ahora,
Sanchica, atiende a que se regale este señor: pon en orden este caballo, y saca
de la caballeriza güevos, y corta tocino adunia, y démosle de comer como a un
príncipe, que las buenas nuevas que nos ha traído y la buena cara que él tiene
lo merece todo; y, en tanto, saldré yo a dar a mis vecinas las nuevas de nuestro
contento, y al padre cura y a maese Nicolás el barbero, que tan amigos son y han
sido de tu padre.

-Sí haré, madre -respondió Sanchica-; pero mire que me ha de dar la mitad desa
sarta; que no tengo yo por tan boba a mi señora la duquesa, que se la había de
enviar a ella toda.

-Todo es para ti, hija -respondió Teresa-, pero déjamela traer algunos días al
cuello, que verdaderamente parece que me alegra el corazón.

-También se alegrarán -dijo el paje- cuando vean el lío que viene en este
portamanteo, que es un vestido de paño finísimo que el gobernador sólo un día
llevó a caza, el cual todo le envía para la señora Sanchica.
-Que me viva él mil años -respondió Sanchica-, y el que lo trae, ni más ni
menos, y aun dos mil, si fuere necesidad.
Salióse en esto Teresa fuera de casa, con las cartas, y con la sarta al cuello,
y iba tañendo en las cartas como si fuera en un pandero; y, encontrándose acaso
con el cura y Sansón Carrasco, comenzó a bailar y a decir:

-¡A fe que agora que no hay pariente pobre! ¡Gobiernito tenemos! ¡No, sino
tómese conmigo la más pintada hidalga, que yo la pondré como nueva!

-¿Qué es esto, Teresa Panza? ¿Qué locuras son éstas, y qué papeles son ésos?

-No es otra la locura sino que éstas son cartas de duquesas y de gobernadores, y
estos que traigo al cuello son corales finos; las avemarías y los padres
nuestros son de oro de martillo, y yo soy gobernadora.

-De Dios en ayuso, no os entendemos, Teresa, ni sabemos lo que os decís.

-Ahí lo podrán ver ellos -respondió Teresa.
Y dioles las cartas. Leyólas el cura de modo que las oyó Sansón Carrasco, y
Sansón y el cura se miraron el uno al otro, como admirados de lo que habían
leído; y preguntó el bachiller quién había traído aquellas cartas. Respondió
Teresa que se viniesen con ella a su casa y verían el mensajero, que era un
mancebo como un pino de oro, y que le traía otro presente que valía más de
tanto. Quitóle el cura los corales del cuello, y mirólos y remirólos, y,
certificándose que eran finos, tornó a admirarse de nuevo, y dijo:

-Por el hábito que tengo, que no sé qué me diga ni qué me piense de estas cartas
y destos presentes: por una parte, veo y toco la fineza de estos corales, y por
otra, leo que una duquesa envía a pedir dos docenas de bellotas.

-¡Aderézame esas medidas! -dijo entonces Carrasco-. Agora bien, vamos a ver al
portador deste pliego, que dél nos informaremos de las dificultades que se nos
ofrecen.

Hiciéronlo así, y volvióse Teresa con ellos. Hallaron al paje cribando un poco
de cebada para su cabalgadura, y a Sanchica cortando un torrezno para empedrarle
con güevos y dar de comer al paje, cuya presencia y buen adorno contentó mucho a
los dos; y, después de haberle saludado cortésmente, y él a ellos, le preguntó
Sansón les dijese nuevas así de don QuiXote como de Sancho Panza; que, puesto
que habían leído las cartas de Sancho y de la señora duquesa, todavía estaban
confusos y no acababan de atinar qué sería aquello del gobierno de Sancho, y más
de una ínsula, siendo todas o las más que hay en el mar Mediterráneo de Su
Majestad. A lo que el paje respondió:

-De que el señor Sancho Panza sea gobernador, no hay que dudar en ello; de que
sea ínsula o no la que gobierna, en eso no me entremeto, pero basta que sea un
lugar de más de mil vecinos; y, en cuanto a lo de las bellotas, digo que mi
señora la duquesa es tan llana y tan humilde, que no -decía él- enviar a pedir
bellotas a una labradora, pero que le acontecía enviar a pedir un peine prestado
a una vecina suya. Porque quiero que sepan vuestras mercedes que las señoras de
Aragón, aunque son tan principales, no son tan puntuosas y levantadas como las
señoras castellanas; con más llaneza tratan con las gentes.

Estando en la mitad destas pláticas, saltó Sanchica con un halda de güevos, y
preguntó al paje:

-Dígame, señor: ¿mi señor padre trae por ventura calzas atacadas después que es
gobernador?

-No he mirado en ello -respondió el paje-, pero sí debe de traer.

-¡Ay Dios mío -replicó Sanchica-, y que será de ver a mi padre con pedorreras!
¿No es bueno sino que desde que nací tengo deseo de ver a mi padre con calzas
atacadas?

-Como con esas cosas le verá vuestra merced si vive -respondió el paje-. Par
Dios, términos lleva de caminar con papahígo, con solos dos meses que le dure el
gobierno.

Bien echaron de ver el cura y el bachiller que el paje hablaba socarronamente,
pero la fineza de los corales y el vestido de caza que Sancho enviaba lo
deshacía todo; que ya Teresa les había mostrado el vestido. Y no dejaron de
reírse del deseo de Sanchica, y más cuando Teresa dijo:
-Señor cura, eche cata por ahí si hay alguien que vaya a Madrid, o a Toledo,
para que me compre un verdugado redondo, hecho y derecho, y sea al uso y de los
mejores que hubiere; que en verdad en verdad que tengo de honrar el gobierno de
mi marido en cuanto yo pudiere, y aun que si me enojo, me tengo de ir a esa
corte, y echar un coche, como todas; que la que tiene marido gobernador muy bien
le puede traer y sustentar.
-Y ¡cómo, madre! -dijo Sanchica-. Pluguiese a Dios que fuese antes hoy que
mañana, aunque dijesen los que me viesen ir sentada con mi señora madre en aquel
coche: ”¡Mirad la tal por cual, hija del harto de ajos, y cómo va sentada y
tendida en el coche, como si fuera una papesa!” Pero pisen ellos los lodos, y
ándeme yo en mi coche, levantados los pies del suelo. ¡Mal año y mal mes para
cuantos murmuradores hay en el mundo, y ándeme yo caliente, y ríase la gente!
¿Digo bien, madre mía?

-Y ¡cómo que dices bien, hija! -respondió Teresa-. Y todas estas venturas, y aun
mayores, me las tiene profetizadas mi buen Sancho, y verás tú, hija, cómo no
para hasta hacerme condesa: que todo es comenzar a ser venturosas; y, como yo he
oído decir muchas veces a tu buen padre, que así como lo es tuyo lo es de los
refranes, cuando te dieren la vaquilla, corre con soguilla: cuando te dieren un
gobierno, cógele; cuando te dieren un condado, agárrale, y cuando te hicieren
tus, tus, con alguna buena dádiva, envásala. ¡No, sino dormíos, y no respondáis
a las venturas y buenas dichas que están llamando a la puerta de vuestra casa!

-Y ¿qué se me da a mí -añadió Sanchica- que diga el que quisiere cuando me vea
entonada y fantasiosa: “Viose el perro en bragas de cerro…”, y lo demás?
Oyendo lo cual el cura, dijo:

-Yo no puedo creer sino que todos los deste linaje de los Panzas nacieron cada
uno con un costal de refranes en el cuerpo: ninguno dellos he visto que no los
derrame a todas horas y en todas las pláticas que tienen.

-Así es la verdad -dijo el paje-, que el señor gobernador Sancho a cada paso los
dice, y, aunque muchos no vienen a propósito, todavía dan gusto, y mi señora la
duquesa y el duque los celebran mucho.

-¿Que todavía se afirma vuestra merced, señor mío -dijo el bachiller-, ser
verdad esto del gobierno de Sancho, y de que hay duquesa en el mundo que le
envíe presentes y le escriba? Porque nosotros, aunque tocamos los presentes y
hemos leído las cartas, no lo creemos, y pensamos que ésta es una de las cosas
de don QuiXote, nuestro compatrioto, que todas piensa que son hechas por
encantamento; y así, estoy por decir que quiero tocar y palpar a vuestra merced,
por ver si es embajador fantástico o hombre de carne y hueso.

-Señores, yo no sé más de mí -respondió el paje- sino que soy embajador
verdadero, y que el señor Sancho Panza es gobernador efectivo, y que mis señores
duque y duquesa pueden dar, y han dado, el tal gobierno; y que he oído decir que
en él se porta valentísimamente el tal Sancho Panza; si en esto hay encantamento
o no, vuestras mercedes lo disputen allá entre ellos, que yo no sé otra cosa,
para el juramento que hago, que es por vida de mis padres, que los tengo vivos y
los amo y los quiero mucho.

-Bien podrá ello ser así -replicó el bachiller-, pero dubitat Augustinus.

-Dude quien dudare -respondió el paje-, la verdad es la que he dicho, y esta que
ha de andar siempre sobre la mentira,como el aceite sobre el agua; y si no,
operibus credite, et non verbis: véngase alguno de vuesas mercedes conmigo, y
verán con los ojos lo que no creen por los oídos.

-Esa ida a mí toca -dijo Sanchica-: lléveme vuestra merced, señor, a las ancas
de su rocín, que yo iré de muy buena gana a ver a mi señor padre.

-Las hijas de los gobernadores no han de ir solas por los caminos, sino
acompañadas de carrozas y literas y de gran número de sirvientes.

-Par Dios -respondió Sancha-, tan bién me vaya yo sobre una pollina como sobre
un coche. ¡Hallado la habéis la melindrosa!

-Calla, mochacha -dijo Teresa-, que no sabes lo que te dices, y este señor está
en lo cierto: que tal el tiempo, tal el tiento; cuando Sancho, Sancha, y cuando
gobernador, señora, y no sé si diga algo.

-Más dice la señora Teresa de lo que piensa -dijo el paje-; y denme de comer y
despáchenme luego, porque pienso volverme esta tarde.
A lo que dijo el cura:

-Vuestra merced se vendrá a hacer penitencia conmigo, que la señora Teresa
más tiene voluntad que alhajas para servir a tan buen huésped.
Rehusólo el paje; pero, en efecto, lo hubo de conceder por su mejora, y el cura
le llevó consigo de buena gana, por tener lugar de preguntarle de espacio por
don QuiXote y sus hazañas.

El bachiller se ofreció de escribir las cartas a Teresa de la respuesta, pero
ella no quiso que el bachiller se metiese en sus cosas, que le tenía por algo
burlón; y así, dio un bollo y dos huevos a un monacillo que sabía escribir, el
cual le escribió dos cartas, una para su marido y otra para la duquesa, notadas
de su mismo caletre, que no son las peores que en esta grande historia se ponen,
como se verá adelante.

Capítulo LI.

Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales
como buenos

Amaneció el día que se siguió a la noche de la ronda del gobernador, la cual el
maestresala pasó sin dormir, ocupado el pensamiento en el rostro, brío y belleza
de la disfrazada doncella; y el mayordomo ocupó lo que della faltaba en escribir
a sus señores lo que Sancho Panza hacía y decía, tan admirado de sus hechos como
de sus dichos: porque andaban mezcladas sus palabras y sus acciones, con asomos
discretos y tontos.

Levantóse, en fin, el señor gobernador, y, por orden del doctor Pedro Recio, le
hicieron desayunar con un poco de conserva y cuatro tragos de agua fría, cosa
que la trocara Sancho con un pedazo de pan y un racimo de uvas; pero, viendo que
aquello era más fuerza que voluntad, pasó por ello, con harto dolor de su alma y
fatiga de su estómago, haciéndole creer Pedro Recio que los manjares pocos y
delicados avivaban el ingenio, que era lo que más convenía a las personas
constituidas en mandos y en oficios graves, donde se han de aprovechar no tanto
de las fuerzas corporales como de las del entendimiento.
Con esta sofistería padecía hambre Sancho, y tal, que en su secreto maldecía el
gobierno y aun a quien se le había dado; pero, con su hambre y con su conserva,
se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció fue una pregunta que
un forastero le hizo, estando presentes a todo el mayordomo y los demás
acólitos, que fue:

-Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté
vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso).
Digo, pues, que sobre este río estaba una puente, y al cabo della, una horca y
una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que
juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era
en esta forma: “Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de
jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere
mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión
alguna”. Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego
en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban
pasar libremente. Sucedió, pues, que, tomando juramento a un hombre, juró y dijo
que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí
estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento y dijeron: ”Si a
este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y, conforme a
la ley, debe morir; y si le ahorcamos, él juró que iba a morir en aquella horca,
y, habiendo jurado verdad, por la misma ley debe ser libre”. Pídese a vuesa
merced, señor gobernador, qué harán los jueces del tal hombre; que aun hasta
agora están dudosos y suspensos. Y, habiendo tenido noticia del agudo y elevado
entendimiento de vuestra merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuestra
merced de su parte diese su parecer en tan intricado y dudoso caso.
A lo que respondió Sancho:
-Por cierto que esos señores jueces que a mí os envían lo pudieran haber
escusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo; pero,
con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le entienda: quizá
podría ser que diese en el hito.
Volvió otra y otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho, y
Sancho dijo:
-A mi parecer, este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: el tal
hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró verdad, y por
la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y si no le ahorcan, juró
mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.
-Así es como el señor gobernador dice -dijo el mensajero-; y cuanto a la
entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.
-Digo yo, pues, agora -replicó Sancho- que deste hombre aquella parte que juró
verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta manera se
cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.
-Pues, señor gobernador -replicó el preguntador-, será necesario que el tal
hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por fuerza
ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de
necesidad espresa que se cumpla con ella.
-Venid acá, señor buen hombre -respondió Sancho-; este pasajero que decís, o yo
soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la
puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y,
siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí
os enviaron que, pues están en un fil las razones de condenarle o asolverle, que
le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que mal, y
esto lo diera firmado de mi nombre, si supiera firmar; y yo en este caso no he
hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos
que me dio mi amo don QuiXote la noche antes que viniese a ser gobernador desta
ínsula: que fue que, cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y
acogiese a la misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por
venir en este caso como de molde.
Así es -respondió el mayordomo-, y tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio
leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran
Panza ha dado. Y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré orden
como el señor gobernador coma muy a su gusto.
-Eso pido, y barras derechas -dijo Sancho-: denme de comer, y lluevan casos y
dudas sobre mí, que yo las despabilaré en el aire.
Cumplió su palabra el mayordomo, pareciéndole ser cargo de conciencia matar de
hambre a tan discreto gobernador; y más, que pensaba concluir con él aquella
misma noche haciéndole la burla última que traía en comisión de hacerle.
Sucedió, pues, que, habiendo comido aquel día contra las reglas y aforismos del
doctor Tirteafuera, al levantar de los manteles, entró un correo con una carta
de don QuiXote para el gobernador. Mandó Sancho al secretario que la leyese para
sí, y que si no viniese en ella alguna cosa digna de secreto, la leyese en voz
alta. Hízolo así el secretario, y, repasándola primero, dijo:
-Bien se puede leer en voz alta, que lo que el señor don QuiXote escribe a
vuestra merced merece estar estampado y escrito con letras de oro, y dice así:
Carta de don QuiXote de la Mancha a Sancho Panza, gobernador de la ínsula
Barataria
Cuando esperaba oír nuevas de tus descuidos e impertinencias, Sancho amigo, las
oí de tus discreciones, de que di por ello gracias particulares al cielo, el
cual del estiércol sabe levantar los pobres, y de los tontos hacer discretos.
Dícenme que gobiernas como si fueses hombre, y que eres hombre como si fueses
bestia, según es la humildad con que te tratas; y quiero que adviertas, Sancho,
que muchas veces conviene y es necesario, por la autoridad del oficio, ir contra
la humildad del corazón; porque el buen adorno de la persona que está puesta en
graves cargos ha de ser conforme a lo que ellos piden, y no a la medida de lo
que su humilde condición le inclina. Vístete bien, que un palo compuesto no
parece palo. No digo que traigas dijes ni galas, ni que siendo juez te vistas
como soldado, sino que te adornes con el hábito que tu oficio requiere, con tal
que sea limpio y bien compuesto.
Para ganar la voluntad del pueblo que gobiernas, entre otras has de hacer dos
cosas: la una, ser bien criado con todos, aunque esto ya otra vez te lo he
dicho; y la otra, procurar la abundancia de los mantenimientos; que no hay cosa
que más fatigue el corazón de los pobres que la hambre y la carestía.
No hagas muchas pragmáticas; y si las hicieres, procura que sean buenas, y,
sobre todo, que se guarden y cumplan; que las pragmáticas que no se guardan, lo
mismo es que si no lo fuesen; antes dan a entender que el príncipe que tuvo
discreción y autoridad para hacerlas, no tuvo valor para hacer que se guardasen;
y las leyes que atemorizan y no se ejecutan, vienen a ser como la viga, rey de
las ranas: que al principio las espantó, y con el tiempo la menospreciaron y se
subieron sobre ella.
Sé padre de las virtudes y padrastro de los vicios. No seas siempre riguroso, ni
siempre blando, y escoge el medio entre estos dos estremos, que en esto está el
punto de la discreción. Visita las cárceles, las carnicerías y las plazas, que
la presencia del gobernador en lugares tales es de mucha importancia: consuela a
los presos, que esperan la brevedad de su despacho; es coco a los carniceros,
que por entonces igualan los pesos, y es espantajo a las placeras, por la misma
razón. No te muestres, aunque por ventura lo seas -lo cual yo no creo-,
codicioso, mujeriego ni glotón; porque, en sabiendo el pueblo y los que te
tratan tu inclinación determinada, por allí te darán batería, hasta derribarte
en el profundo de la perdición.
Mira y remira, pasa y repasa los consejos y documentos que te di por escrito
antes que de aquí partieses a tu gobierno, y verás como hallas en ellos, si los
guardas, una ayuda de costa que te sobrelleve los trabajos y dificultades que a
cada paso a los gobernadores se les ofrecen. Escribe a tus señores y
muéstrateles agradecido, que la ingratitud es hija de la soberbia, y uno de los
mayores pecados que se sabe, y la persona que es agradecida a los que bien le
han hecho, da indicio que también lo será a Dios, que tantos bienes le hizo y de
contino le hace.
La señora duquesa despachó un propio con tu vestido y otro presente a tu mujer
Teresa Panza; por momentos esperamos respuesta.
Yo he estado un poco mal dispuesto de un cierto gateamiento que me sucedió no
muy a cuento de mis narices; pero no fue nada, que si hay encantadores que me
maltraten, también los hay que me defiendan.
Avísame si el mayordomo que está contigo tuvo que ver en las acciones de la
Trifaldi, como tú sospechaste, y de todo lo que te sucediere me irás dando
aviso, pues es tan corto el camino; cuanto más, que yo pienso dejar presto esta
vida ociosa en que estoy, pues no nací para ella.
Un negocio se me ha ofrecido, que creo que me ha de poner en desgracia destos
señores; pero, aunque se me da mucho, no se me da nada, pues, en fin en fin,
tengo de cumplir antes con mi profesión que con su gusto, conforme a lo que
suele decirse: amicus Plato, sed magis amica veritas. Dígote este latín porque
me doy a entender que, después que eres gobernador, lo habrás aprendido. Y a
Dios, el cual te guarde de que ninguno te tenga lástima.
Tu amigo,
Don QuiXote de la Mancha.
Oyó Sancho la carta con mucha atención, y fue celebrada y tenida por discreta de
los que la oyeron; y luego Sancho se levantó de la mesa, y, llamando al
secretario, se encerró con él en su estancia, y, sin dilatarlo más, quiso
responder luego a su señor don QuiXote, y dijo al secretario que, sin añadir ni
quitar cosa alguna, fuese escribiendo lo que él le dijese, y así lo hizo; y la

carta de la respuesta fue del tenor siguiente:
Carta de Sancho Panza a don QuiXote de la Mancha

La ocupación de mis negocios es tan grande que no tengo lugar para rascarme la
cabeza, ni aun para cortarme las uñas; y así, las traigo tan crecidas cual Dios
lo remedie. Digo esto, señor mío de mi alma, porque vuesa merced no se espante
si hasta agora no he dado aviso de mi bien o mal estar en este gobierno, en el
cual tengo más hambre que cuando andábamos los dos por las selvas y por los
despoblados.

Escribióme el duque, mi señor, el otro día, dándome aviso que habían entrado en
esta ínsula ciertas espías para matarme, y hasta agora yo no he descubierto otra
que un cierto doctor que está en este lugar asalariado para matar a cuantos
gobernadores aquí vinieren: llámase el doctor Pedro Recio, y es natural de
Tirteafuera: ¡porque vea vuesa merced qué nombre para no temer que he de morir a
sus manos! Este tal doctor dice él mismo de sí mismo que él no cura las
enfermedades cuando las hay, sino que las previene, para que no vengan; y las
medecinas que usa son dieta y más dieta, hasta poner la persona en los huesos
mondos, como si no fuese mayor mal la flaqueza que la calentura. Finalmente, él
me va matando de hambre, y yo me voy muriendo de despecho, pues cuando pensé
venir a este gobierno a comer caliente y a beber frío, y a recrear el cuerpo
entre sábanas de holanda, sobre colchones de pluma, he venido a hacer
penitencia, como si fuera ermitaño; y, como no la hago de mi voluntad, pienso
que, al cabo al cabo, me ha de llevar el diablo.

Hasta agora no he tocado derecho ni llevado cohecho, y no puedo pensar en qué va
esto; porque aquí me han dicho que los gobernadores que a esta ínsula suelen
venir, antes de entrar en ella, o les han dado o les han prestado los del pueblo
muchos dineros, y que ésta es ordinaria usanza en los demás que van a gobiernos,
no solamente en éste.

Anoche, andando de ronda, topé una muy hermosa doncella en traje de varón y un
hermano suyo en hábito de mujer; de la moza se enamoró mi maestresala, y la
escogió en su imaginación para su mujer, según él ha dicho, y yo escogí al mozo
para mi yerno; hoy los dos pondremos en plática nuestros pensamientos con el
padre de entrambos, que es un tal Diego de la Llana, hidalgo y cristiano viejo
cuanto se quiere.

Yo visito las plazas, como vuestra merced me lo aconseja, y ayer hallé una
tendera que vendía avellanas nuevas, y averigüéle que había mezclado con una
hanega de avellanas nuevas otra de viejas, vanas y podridas; apliquélas todas
para los niños de la doctrina, que las sabrían bien distinguir, y sentenciéla
que por quince días no entrase en la plaza. Hanme dicho que lo hice
valerosamente; lo que sé decir a vuestra merced es que es fama en este pueblo
que no hay gente más mala que las placeras, porque todas son desvergonzadas,
desalmadas y atrevidas, y yo así lo creo, por las que he visto en otros pueblos.
De que mi señora la duquesa haya escrito a mi mujer Teresa Panza y enviádole el
presente que vuestra merced dice, estoy muy satisfecho, y procuraré de mostrarme
agradecido a su tiempo: bésele vuestra merced las manos de mi parte, diciendo
que digo yo que no lo ha echado en saco roto, como lo verá por la obra.
No querría que vuestra merced tuviese trabacuentas de disgusto con esos mis
señores, porque si vuestra merced se enoja con ellos, claro está que ha de
redundar en mi daño, y no será bien que, pues se me da a mí por consejo que sea
agradecido, que vuestra merced no lo sea con quien tantas mercedes le tiene
hechas y con tanto regalo ha sido tratado en su castillo.

Aquello del gateado no entiendo, pero imagino que debe de ser alguna de las
malas fechorías que con vuestra merced suelen usar los malos encantadores; yo lo
sabré cuando nos veamos.

Quisiera enviarle a vuestra merced alguna cosa, pero no sé qué envíe, si no es
algunos cañutos de jeringas, que para con vejigas los hacen en esta ínsula muy
curiosos; aunque si me dura el oficio, yo buscaré qué enviar de haldas o de
mangas.

Si me escribiere mi mujer Teresa Panza, pague vuestra merced el porte y envíeme
la carta,que tengo grandísimo deseo de saber del estado de mi casa, de mi mujer
y de mis hijos. Y con esto, Dios libre a vuestra merced de mal intencionados
encantadores, y a mí me saque con bien y en paz deste gobierno, que lo dudo,
porque le pienso dejar con la vida, según me trata el doctor Pedro Recio.

Criado de vuestra merced,

Sancho Panza, el Gobernador.

Cerró la carta el secretario y despachó luego al correo; y, juntándose los
burladores de Sancho, dieron orden entre sí cómo despacharle del gobierno; y
aquella tarde la pasó Sancho en hacer algunas ordenanzas tocantes al buen
gobierno de la que él imaginaba ser ínsula, y ordenó que no hubiese regatones de
los bastimentos en la república, y que pudiesen meter en ella vino de las partes
que quisiesen, con aditamento que declarasen el lugar de donde era, para ponerle
el precio según su estimación, bondad y fama, y el que lo aguase o le mudase el
nombre, perdiese la vida por ello.

Moderó el precio de todo calzado, principalmente el de los zapatos, por
parecerle que corría con exorbitancia; puso tasa en los salarios de los criados,
que caminaban a rienda suelta por el camino del interese; puso gravísimas penas
a los que cantasen cantares lascivos y descompuestos, ni de noche ni de día.
Ordenó que ningún ciego cantase milagro en coplas si no trujese testimonio
auténtico de ser verdadero, por parecerle que los más que los ciegos cantan son
fingidos, en perjuicio de los verdaderos.
Hizo y creó un alguacil de pobres, no para que los persiguiese, sino para que
los examinase si lo eran, porque a la sombra de la manquedad fingida y de la
llaga falsa andan los brazos ladrones y la salud borracha. En resolución: él
ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel lugar, y se nombran
Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.

Capítulo LII.

Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o
Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez
Cuenta Cide Hamete que estando ya don QuiXote sano de sus aruños, le pareció que
la vida que en aquel castillo tenía era contra toda la orden de caballería que
profesaba, y así, determinó de pedir licencia a los duques para partirse a
Zaragoza, cuyas fiestas llegaban cerca, adonde pensaba ganar el arnés que en las
tales fiestas se conquista.

Y, estando un día a la mesa con los duques, y comenzando a poner en obra su
intención y pedir la licencia, veis aquí a deshora entrar por la puerta de la
gran sala dos mujeres, como después pareció, cubiertas de luto de los pies a la
cabeza, y la una dellas, llegándose a don QuiXote, se le echó a los pies tendida
de largo a largo, la boca cosida con los pies de don QuiXote, y daba unos
gemidos tan tristes, tan profundos y tan dolorosos, que puso en confusión a
todos los que la oían y miraban; y, aunque los duques pensaron que sería alguna
burla que sus criados querían hacer a don QuiXote, todavía, viendo con el ahínco
que la mujer suspiraba, gemía y lloraba, los tuvo dudosos y suspensos, hasta que
don QuiXote, compasivo, la levantó del suelo y hizo que se descubriese y quitase
el manto de sobre la faz llorosa.

Ella lo hizo así, y mostró ser lo que jamás se pudiera pensar, porque descubrió
el rostro de doña Rodríguez, la dueña de casa, y la otra enlutada era su hija,
la burlada del hijo del labrador rico. Admiráronse todos aquellos que la
conocían, y más los duques que ninguno; que, puesto que la tenían por boba y de
buena pasta, no por tanto que viniese a hacer locuras. Finalmente, doña
Rodríguez, volviéndose a los señores, les dijo:

-Vuesas excelencias sean servidos de darme licencia que yo departa un poco con
este caballero, porque así conviene para salir con bien del negocio en que me ha
puesto el atrevimiento de un mal intencionado villano.

El duque dijo que él se la daba, y que departiese con el señor don QuiXote
cuanto le viniese en deseo. Ella, enderezando la voz y el rostro a don QuiXote,
dijo:

-Días ha, valeroso caballero, que os tengo dada cuenta de la sinrazón y alevosía
que un mal labrador tiene fecha a mi muy querida y amada fija, que es esta
desdichada que aquí está presente, y vos me habedes prometido de volver por
ella, enderezándole el tuerto que le tienen fecho, y agora ha llegado a mi
noticia que os queredes partir deste castillo, en busca de las buenas venturas
que Dios os depare; y así, querría que, antes que os escurriésedes por esos
caminos, desafiásedes a este rústico indómito, y le hiciésedes que se casase con
mi hija, en cumplimiento de la palabra que le dio de ser su esposo, antes y
primero que yogase con ella; porque pensar que el duque mi señor me ha de hacer
justicia es pedir peras al olmo, por la ocasión que ya a vuesa merced en puridad
tengo declarada. Y con esto, Nuestro Señor dé a vuesa merced mucha salud, y a
nosotras no nos desampare.

A cuyas razones respondió don QuiXote, con mucha gravedad y prosopopeya:

-Buena dueña, templad vuestras lágrimas, o, por mejor decir, enjugadlas y
ahorrad de vuestros suspiros, que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra hija,
a la cual le hubiera estado mejor no haber sido tan fácil en creer promesas de
enamorados, las cuales, por la mayor parte, son ligeras de prometer y muy
pesadas de cumplir; y así, con licencia del duque mi señor, yo me partiré luego
en busca dese desalmado mancebo, y le hallaré, y le desafiaré, y le mataré cada
y cuando que se escusare de cumplir la prometida palabra; que el principal
asumpto de mi profesión es perdonar a los humildes y castigar a los soberbios;
quiero decir: acorrer a los miserables y destruir a los rigurosos.

-No es menester -respondió el duque- que vuesa merced se ponga en trabajo de
buscar al rústico de quien esta buena dueña se queja, ni es menester tampoco que
vuesa merced me pida a mí licencia para desafiarle; que yo le doy por desafiado,
y tomo a mi cargo de hacerle saber este desafío, y que le acete, y venga a
responder por sí a este mi castillo, donde a entrambos daré campo seguro,
guardando todas las condiciones que en tales actos suelen y deben guardarse,
guardando igualmente su justicia a cada uno, como están obligados a guardarla
todos aquellos príncipes que dan campo franco a los que se combaten en los
términos de sus señoríos.

-Pues con ese seguro y con buena licencia de vuestra grandeza -replicó don
QuiXote-, desde aquí digo que por esta vez renuncio a mi hidalguía, y me allano
y ajusto con la llaneza del dañador, y me hago igual con él, habilitándole para
poder combatir conmigo; y así, aunque ausente, le desafío y repto, en razón de
que hizo mal en defraudar a esta pobre, que fue doncella y ya por su culpa no lo
es, y que le ha de cumplir la palabra que le dio de ser su legítimo esposo, o
morir en la demanda.

Y luego, descalzándose un guante, le arrojó en mitad de la sala, y el duque le
alzó, diciendo que, como ya había dicho, él acetaba el tal desafío en nombre de
su vasallo, y señalaba el plazo de allí a seis días; y el campo, en la plaza de
aquel castillo; y las armas, las acostumbradas de los caballeros: lanza y
escudo, y arnés tranzado, con todas las demás piezas, sin engaño, superchería o
superstición alguna, examinadas y vistas por los jueces del campo.

-Pero, ante todas cosas, es menester que esta buena dueña y esta mala doncella
pongan el derecho de su justicia en manos del señor don QuiXote; que de otra
manera no se hará nada, ni llegará a debida ejecución el tal desafío.

-Yo sí pongo -respondió la dueña.

-Y yo también -añadió la hija, toda llorosa y toda vergonzosa y de mal talante.
Tomado, pues, este apuntamiento, y habiendo imaginado el duque lo que había de
hacer en el caso, las enlutadas se fueron, y ordenó la duquesa que de allí
adelante no las tratasen como a sus criadas, sino como a señoras aventureras que
venían a pedir justicia a su casa; y así, les dieron cuarto aparte y las
sirvieron como a forasteras, no sin espanto de las demás criadas, que no sabían
en qué había de parar la sandez y desenvoltura de doña Rodríguez y de su
malandante hija.

Estando en esto, para acabar de regocijar la fiesta y dar buen fin a la comida,
veis aquí donde entró por la sala el paje que llevó las cartas y presentes a
Teresa Panza, mujer del gobernador Sancho Panza, de cuya llegada recibieron gran
contento los duques, deseosos de saber lo que le había sucedido en su viaje; y,
preguntándoselo, respondió el paje que no lo podía decir tan en público ni con
breves palabras: que sus excelencias fuesen servidos de dejarlo para a solas, y
que entretanto se entretuviesen con aquellas cartas. Y, sacando dos cartas, las
puso en manos de la duquesa. La una decía en el sobreescrito: Carta para mi
señora la duquesa tal, de no sé dónde, y la otra: A mi marido Sancho Panza,
gobernador de la ínsula Barataria, que Dios prospere más años que a mí. No se le
cocía el pan, como suele decirse, a la duquesa hasta leer su carta, y abriéndola
y leído para sí, y viendo que la podía leer en voz alta para que el duque y los
circunstantes la oyesen, leyó desta manera:

Carta de Teresa Panza a la Duquesa

Mucho contento me dio, señora mía, la carta que vuesa grandeza me escribió, que
en verdad que la tenía bien deseada. La sarta de corales es muy buena, y el
vestido de caza de mi marido no le va en zaga. De que vuestra señoría haya hecho
gobernador a Sancho, mi consorte, ha recebido mucho gusto todo este lugar,
puesto que no hay quien lo crea, principalmente el cura, y mase Nicolás el
barbero, y Sansón Carrasco el bachiller; pero a mí no se me da nada; que, como
ello sea así, como lo es, diga cada uno lo que quisiere; aunque, si va a decir
verdad, a no venir los corales y el vestido, tampoco yo lo creyera, porque en
este pueblo todos tienen a mi marido por un porro, y que, sacado de gobernar un
hato de cabras, no pueden imaginar para qué gobierno pueda ser bueno. Dios lo
haga, y lo encamine como vee que lo han menester sus hijos.

Yo, señora de mi alma, estoy determinada, con licencia de vuesa merced, de meter
este buen día en mi casa, yéndome a la corte a tenderme en un coche, para
quebrar los ojos a mil envidiosos que ya tengo; y así, suplico a vuesa
excelencia mande a mi marido me envíe algún dinerillo, y que sea algo qué,
porque en la corte son los gastos grandes: que el pan vale a real, y la carne,
la libra, a treinta maravedís, que es un juicio; y si quisiere que no vaya, que
me lo avise con tiempo, porque me están bullendo los pies por ponerme en camino;
que me dicen mis amigas y mis vecinas que, si yo y mi hija andamos orondas y
pomposas en la corte, vendrá a ser conocido mi marido por mí más que yo por él,
siendo forzoso que pregunten muchos: “-¿Quién son estas señoras deste coche?”
Y un criado mío responder: “-La mujer y la hija de Sancho Panza, gobernador de
la ínsula Barataria”; y desta manera será conocido Sancho, y yo seré estimada,
y a Roma por todo.

Pésame, cuanto pesarme puede, que este año no se han cogido bellotas en este
pueblo; con todo eso, envío a vuesa alteza hasta medio celemín, que una a una
las fui yo a coger y a escoger al monte, y no las hallé más mayores; yo quisiera
que fueran como huevos de avestruz.

No se le olvide a vuestra pomposidad de escribirme, que yo tendré cuidado de la
respuesta, avisando de mi salud y de todo lo que hubiere que avisar deste lugar,
donde quedo rogando a Nuestro Señor guarde a vuestra grandeza, y a mí no olvide.
Sancha, mi hija, y mi hijo besan a vuestra merced las manos.
La que tiene más deseo de ver a vuestra señoría que de escribirla, su criada,
Teresa Panza.

Grande fue el gusto que todos recibieron de oír la carta de Teresa Panza,
principalmente los duques, y la duquesa pidió parecer a don QuiXote si sería
bien abrir la carta que venía para el gobernador, que imaginaba debía de ser
bonísima. Don QuiXote dijo que él la abriría por darles gusto, y así lo hizo, y
vio que decía desta manera:

Carta de Teresa Panza a Sancho Panza su marido

Tu carta recibí, Sancho mío de mi alma, y yo te prometo y juro como católica
cristiana que no faltaron dos dedos para volverme loca de contento. Mira,
hermano: cuando yo llegué a oír que eres gobernador, me pensé allí caer muerta
de puro gozo, que ya sabes tú que dicen que así mata la alegría súbita como el
dolor grande. A Sanchica, tu hija, se le fueron las aguas sin sentirlo, de puro
contento. El vestido que me enviaste tenía delante, y los corales que me envió
mi señora la duquesa al cuello, y las cartas en las manos, y el portador dellas
allí presente, y, con todo eso, creía y pensaba que era todo sueño lo que veía y
lo que tocaba; porque, ¿quién podía pensar que un pastor de cabras había de
venir a ser gobernador de ínsulas? Ya sabes tú, amigo, que decía mi madre que
era menester vivir mucho para ver mucho: dígolo porque pienso ver más si vivo
más; porque no pienso parar hasta verte arrendador o alcabalero, que son oficios
que, aunque lleva el diablo a quien mal los usa, en fin en fin, siempre tienen y
manejan dineros. Mi señora la duquesa te dirá el deseo que tengo de ir a la
corte; mírate en ello, y avísame de tu gusto, que yo procuraré honrarte en ella
andando en coche.

El cura, el barbero, el bachiller y aun el sacristán no pueden creer que eres
gobernador, y dicen que todo es embeleco, o cosas de encantamento, como son
todas las de don QuiXote tu amo; y dice Sansón que ha de ir a buscarte y a
sacarte el gobierno de la cabeza, y a don QuiXote la locura de los cascos; yo no
hago sino reírme, y mirar mi sarta, y dar traza del vestido que tengo de hacer
del tuyo a nuestra hija.
Unas bellotas envié a mi señora la duquesa; yo quisiera que fueran de oro.
Envíame tú algunas sartas de perlas, si se usan en esa ínsula.
Las nuevas deste lugar son que la Berrueca casó a su hija con un pintor de mala
mano, que llegó a este pueblo a pintar lo que saliese; mandóle el Concejo pintar
las armas de Su Majestad sobre las puertas del Ayuntamiento, pidió dos ducados,
diéronselos adelantados, trabajó ocho días, al cabo de los cuales no pintó nada,
y dijo que no acertaba a pintar tantas baratijas; volvió el dinero, y, con todo
eso, se casó a título de buen oficial; verdad es que ya ha dejado el pincel y
tomado el azada, y va al campo como gentilhombre. El hijo de Pedro de Lobo se ha
ordenado de grados y corona, con intención de hacerse clérigo; súpolo Minguilla,
la nieta de Mingo Silvato, y hale puesto demanda de que la tiene dada palabra de
casamiento; malas lenguas quieren decir que ha estado encinta dél, pero él lo
niega a pies juntillas.
Hogaño no hay aceitunas, ni se halla una gota de vinagre en todo este pueblo.
Por aquí pasó una compañía de soldados; lleváronse de camino tres mozas deste
pueblo; no te quiero decir quién son: quizá volverán, y no faltará quien las
tome por mujeres, con sus tachas buenas o malas.
Sanchica hace puntas de randas; gana cada día ocho maravedís horros, que los va
echando en una alcancía para ayuda a su ajuar; pero ahora que es hija de un
gobernador, tú le darás la dote sin que ella lo trabaje. La fuente de la plaza
se secó; un rayo cayó en la picota, y allí me las den todas.
Espero respuesta désta y la resolución de mi ida a la corte; y, con esto, Dios
te me guarde más años que a mí o tantos, porque no querría dejarte sin mí en
este mundo.
Tu mujer,
Teresa Panza.
Las cartas fueron solenizadas, reídas, estimadas y admiradas; y, para acabar de
echar el sello, llegó el correo, el que traía la que Sancho enviaba a don
QuiXote, que asimesmo se leyó públicamente, la cual puso en duda la sandez del
gobernador.
Retiróse la duquesa, para saber del paje lo que le había sucedido en el lugar de
Sancho, el cual se lo contó muy por estenso, sin dejar circunstancia que no
refiriese; diole las bellotas, y más un queso que Teresa le dio, por ser muy
bueno, que se aventajaba a los de Tronchón Recibiólo la duquesa con grandísimo
gusto, con el cual la dejaremos, por contar el fin que tuvo el gobierno del gran
Sancho Panza, flor y espejo de todos los insulanos gobernadores.

Capítulo LIII.

Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza
”Pensar que en esta vida las cosas della han de durar siempre en un estado es
pensar en lo escusado; antes parece que ella anda todo en redondo, digo, a la
redonda: la primavera sigue al verano, el verano al estío, el estío al otoño, y
el otoño al invierno, y el invierno a la primavera, y así torna a andarse el
tiempo con esta rueda continua; sola la vida humana corre a su fin ligera más
que el tiempo, sin esperar renovarse si no es en la otra, que no tiene términos
que la limiten”. Esto dice Cide Hamete, filósofo mahomético; porque esto de
entender la ligereza e instabilidad de la vida presente, y de la duración de la
eterna que se espera, muchos sin lumbre de fe, sino con la luz natural, lo han
entendido; pero aquí, nuestro autor lo dice por la presteza con que se acabó, se
consumió, se deshizo, se fue como en sombra y humo el gobierno de Sancho.
El cual, estando la séptima noche de los días de su gobierno en su cama, no
harto de pan ni de vino, sino de juzgar y dar pareceres y de hacer estatutos y
pragmáticas, cuando el sueño, a despecho y pesar de la hambre, le comenzaba a
cerrar los párpados, oyó tan gran ruido de campanas y de voces, que no parecía
sino que toda la ínsula se hundía. Sentóse en la cama, y estuvo atento y
escuchando, por ver si daba en la cuenta de lo que podía ser la causa de tan
grande alboroto; pero no sólo no lo supo, pero, añadiéndose al ruido de voces y
campanas el de infinitas trompetas y atambores, quedó más confuso y lleno de
temor y espanto; y, levantándose en pie, se puso unas chinelas, por la humedad
del suelo, y, sin ponerse sobrerropa de levantar, ni cosa que se pareciese,
salió a la puerta de su aposento, a tiempo cuando vio venir por unos corredores
más de veinte personas con hachas encendidas en las manos y con las espadas
desenvainadas, gritando todos a grandes voces:

-¡Arma, arma, señor gobernador, arma!; que han entrado infinitos enemigos en la
ínsula, y somos perdidos si vuestra industria y valor no nos socorre.
Con este ruido, furia y alboroto llegaron donde Sancho estaba, atónito y
embelesado de lo que oía y veía; y, cuando llegaron a él, uno le dijo:

-¡Ármese luego vuestra señoría, si no quiere perderse y que toda esta ínsula se
pierda!

-¿Qué me tengo de armar -respondió Sancho-, ni qué sé yo de armas ni de
socorros? Estas cosas mejor será dejarlas para mi amo don QuiXote, que en dos
paletas las despachará y pondrá en cobro; que yo, pecador fui a Dios, no se me
entiende nada destas priesas.

-¡Ah, señor gobernador! -dijo otro-. ¿Qué relente es ése? Ármese vuesa merced,
que aquí le traemos armas ofensivas y defensivas, y salga a esa plaza, y sea
nuestra guía y nuestro capitán, pues de derecho le toca el serlo, siendo nuestro
gobernador.

-Ármenme norabuena -replicó Sancho.

Y al momento le trujeron dos paveses, que venían proveídos dellos, y le pusieron
encima de la camisa, sin dejarle tomar otro vestido, un pavés delante y otro
detrás, y, por unas concavidades que traían hechas, le sacaron los brazos, y le
liaron muy bien con unos cordeles, de modo que quedó emparedado y entablado,
derecho como un huso, sin poder doblar las rodillas ni menearse un solo paso.
Pusiéronle en las manos una lanza, a la cual se arrimó para poder tenerse en
pie. Cuando así le tuvieron, le dijeron que caminase, y los guiase y animase a
todos; que, siendo él su norte, su lanterna y su lucero, tendrían buen fin sus
negocios.

-¿Cómo tengo de caminar, desventurado yo -respondió Sancho-, que no puedo jugar
las choquezuelas de las rodillas, porque me lo impiden estas tablas que tan
cosidas tengo con mis carnes? Lo que han de hacer es llevarme en brazos y
ponerme, atravesado o en pie, en algún postigo, que yo le guardaré, o con esta
lanza o con mi cuerpo.
-Ande, señor gobernador -dijo otro-, que más el miedo que las tablas le impiden
el paso; acabe y menéese, que es tarde, y los enemigos crecen, y las voces se
aumentan y el peligro carga.
Por cuyas persuasiones y vituperios probó el pobre gobernador a moverse, y fue
dar consigo en el suelo tan gran golpe, que pensó que se había hecho pedazos.
Quedó como galápago encerrado y cubierto con sus conchas, o como medio tocino
metido entre dos artesas, o bien así como barca que da al través en la arena; y
no por verle caído aquella gente burladora le tuvieron compasión alguna; antes,
apagando las antorchas, tornaron a reforzar las voces, y a reiterar el ¡arma!
con tan gran priesa, pasando por encima del pobre Sancho, dándole infinitas
cuchilladas sobre los paveses, que si él no se recogiera y encogiera, metiendo
la cabeza entre los paveses, lo pasara muy mal el pobre gobernador, el cual, en
aquella estrecheza recogido, sudaba y trasudaba, y de todo corazón se
encomendaba a Dios que de aquel peligro le sacase.
Unos tropezaban en él, otros caían, y tal hubo que se puso encima un buen
espacio, y desde allí, como desde atalaya, gobernaba los ejércitos, y a grandes
voces decía:

-¡Aquí de los nuestros, que por esta parte cargan más los enemigos! ¡Aquel
portillo se guarde, aquella puerta se cierre, aquellas escalas se tranquen!
¡Vengan alcancías, pez y resina en calderas de aceite ardiendo! ¡Trinchéense las
calles con colchones!

En fin, él nombraba con todo ahínco todas las baratijas e instrumentos y
pertrechos de guerra con que suele defenderse el asalto de una ciudad, y el
molido Sancho, que lo escuchaba y sufría todo, decía entre sí:

-¡Oh, si mi Señor fuese servido que se acabase ya de perder esta ínsula, y me
viese yo o muerto o fuera desta grande angustia!

Oyó el cielo su petición, y, cuando menos lo esperaba, oyó voces que decían:

-¡Vitoria, vitoria! ¡Los enemigos van de vencida! ¡Ea, señor gobernador,
levántese vuesa merced y venga a gozar del vencimiento y a repartir los despojos
que se han tomado a los enemigos, por el valor dese invencible brazo!

-Levántenme -dijo con voz doliente el dolorido Sancho.

Ayudáronle a levantar, y, puesto en pie, dijo:

-El enemigo que yo hubiere vencido quiero que me le claven en la frente. Yo no
quiero repartir despojos de enemigos, sino pedir y suplicar a algún amigo, si es
que le tengo, que me dé un trago de vino, que me seco, y me enjugue este sudor,
que me hago agua.

Limpiáronle, trujéronle el vino, desliáronle los paveses, sentóse sobre su lecho
y desmayóse del temor, del sobresalto y del trabajo. Ya les pesaba a los de la
burla de habérsela hecho tan pesada; pero el haber vuelto en sí Sancho les
templó la pena que les había dado su desmayo. Preguntó qué hora era,
respondiéronle que ya amanecía. Calló, y, sin decir otra cosa, comenzó a
vestirse, todo sepultado en silencio, y todos le miraban y esperaban en qué
había de parar la priesa con que se vestía. Vistióse, en fin, y poco a poco,
porque estaba molido y no podía ir mucho a mucho, se fue a la caballeriza,
siguiéndole todos los que allí se hallaban, y, llegándose al rucio, le abrazó y
le dio un beso de paz en la frente, y, no sin lágrimas en los ojos, le dijo:

-Venid vos acá, compañero mío y amigo mío, y conllevador de mis trabajos y
miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que
me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro
corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero, después que os
dejé y me subí sobre las torres de la ambición y de la soberbia, se me han
entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil
desasosiegos.

Y, en tanto que estas razones iba diciendo, iba asimesmo enalbardando el asno,
sin que nadie nada le dijese. Enalbardado, pues, el rucio, con gran pena y pesar
subió sobre él, y, encaminando sus palabras y razones al mayordomo, al
secretario, al maestresala y a Pedro Recio el doctor, y a otros muchos que allí
presentes estaban, dijo:

-Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad; dejadme que
vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo
no nací para ser gobernador, ni para defender ínsulas ni ciudades de los
enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar,
podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni
reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir, que bien se está cada uno
usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que
un cetro de gobernador; más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la
miseria de un médico impertinente que me mate de hambre; y más quiero recostarme
a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos
en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre
sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas. Vuestras mercedes se queden
con Dios, y digan al duque mi señor que, desnudo nací, desnudo me hallo: ni
pierdo ni gano; quiero decir, que sin blanca entré en este gobierno y sin ella
salgo, bien al revés de como suelen salir los gobernadores de otras ínsulas. Y
apártense: déjenme ir, que me voy a bizmar; que creo que tengo brumadas todas
las costillas, merced a los enemigos que esta noche se han paseado sobre mí.
-No ha de ser así, señor gobernador -dijo el doctor Recio-, que yo le daré a
vuesa merced una bebida contra caídas y molimientos, que luego le vuelva en su
prístina entereza y vigor; y, en lo de la comida, yo prometo a vuesa merced de
enmendarme, dejándole comer abundantemente de todo aquello que quisiere.

-¡Tarde piache! -respondió Sancho-. Así dejaré de irme como volverme turco. No
son estas burlas para dos veces. Por Dios que así me quede en éste, ni admita
otro gobierno, aunque me le diesen entre dos platos, como volar al cielo sin
alas. Yo soy del linaje de los Panzas, que todos son testarudos, y si una vez
dicen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo.
Quédense en esta caballeriza las alas de la hormiga, que me levantaron en el
aire para que me comiesen vencejos y otros pájaros, y volvámonos a andar por el
suelo con pie llano, que, si no le adornaren zapatos picados de cordobán, no le
faltarán alpargatas toscas de cuerda. Cada oveja con su pareja, y nadie tienda
más la pierna de cuanto fuere larga la sábana; y déjenme pasar, que se me hace
tarde.

A lo que el mayordomo dijo:

-Señor gobernador, de muy buena gana dejáramos ir a vuesa merced, puesto que nos
pesará mucho de perderle, que su ingenio y su cristiano proceder obligan a
desearle; pero ya se sabe que todo gobernador está obligado, antes que se
ausente de la parte donde ha gobernado, dar primero residencia: déla vuesa
merced de los diez días que ha que tiene el gobierno, y váyase a la paz de Dios.
-Nadie me la puede pedir -respondió Sancho-, si no es quien ordenare el duque mi
señor; yo voy a verme con él, y a él se la daré de molde; cuanto más que,
saliendo yo desnudo, como salgo, no es menester otra señal para dar a entender
que he gobernado como un ángel.

-Par Dios que tiene razón el gran Sancho -dijo el doctor Recio-, y que soy de
parecer que le dejemos ir, porque el duque ha de gustar infinito de verle.

Todos vinieron en ello, y le dejaron ir, ofreciéndole primero compañía y todo
aquello que quisiese para el regalo de su persona y para la comodidad de su
viaje. Sancho dijo que no quería más de un poco de cebada para el rucio y medio
queso y medio pan para él; que, pues el camino era tan corto, no había menester
mayor ni mejor repostería. Abrazáronle todos, y él, llorando, abrazó a todos, y
los dejó admirados, así de sus razones como de su determinación tan resoluta y
tan discreta.

Capítulo LIV.

Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna

Resolviéronse el duque y la duquesa de que el desafío que don QuiXote hizo a su
vasallo, por la causa ya referida, pasase adelante; y, puesto que el mozo estaba
en Flandes, adonde se había ido huyendo, por no tener por suegra a doña
Rodríguez, ordenaron de poner en su lugar a un lacayo gascón, que se llamaba
Tosilos, industriándole primero muy bien de todo lo que había de hacer.

De allí a dos días dijo el duque a don QuiXote como desde allí a cuatro vendría
su contrario, y se presentaría en el campo, armado como caballero, y sustentaría
como la doncella mentía por mitad de la barba, y aun por toda la barba entera,
si se afirmaba que él le hubiese dado palabra de casamiento. Don QuiXote recibió
mucho gusto con las tales nuevas, y se prometió a sí mismo de hacer maravillas
en el caso, y tuvo a gran ventura habérsele ofrecido ocasión donde aquellos
señores pudiesen ver hasta dónde se estendía el valor de su poderoso brazo; y
así, con alborozo y contento, esperaba los cuatro días, que se le iban haciendo,
a la cuenta de su deseo, cuatrocientos siglos.

Dejémoslos pasar nosotros, como dejamos pasar otras cosas, y vamos a acompañar a
Sancho, que entre alegre y triste venía caminando sobre el rucio a buscar a su
amo, cuya compañía le agradaba más que ser gobernador de todas las ínsulas del
mundo.

Sucedió, pues, que, no habiéndose alongado mucho de la ínsula del su gobierno -
que él nunca se puso a averiguar si era ínsula, ciudad, villa o lugar la que
gobernaba-, vio que por el camino por donde él iba venían seis peregrinos con
sus bordones, de estos estranjeros que piden la limosna cantando, los cuales, en
llegando a él, se pusieron en ala, y, levantando las voces todos juntos,
comenzaron a cantar en su lengua lo que Sancho no pudo entender, si no fue una
palabra que claramente pronunciaba limosna, por donde entendió que era limosna
la que en su canto pedían; y como él, según dice Cide Hamete, era caritativo
además, sacó de sus alforjas medio pan y medio queso, de que venía proveído, y
dióselo, diciéndoles por señas que no tenía otra cosa que darles. Ellos lo
recibieron de muy buena gana, y dijeron:

-¡Guelte! ¡Guelte!

-No entiendo -respondió Sancho- qué es lo que me pedís, buena gente.

Entonces uno de ellos sacó una bolsa del seno y mostrósela a Sancho, por donde
entendió que le pedían dineros; y él, poniéndose el dedo pulgar en la garganta y
estendiendo la mano arriba, les dio a entender que no tenía ostugo de moneda, y,
picando al rucio, rompió por ellos; y, al pasar, habiéndole estado mirando uno
dellos con mucha atención, arremetió a él, echándole los brazos por la cintura;
en voz alta y muy castellana, dijo:

-¡Válame Dios! ¿Qué es lo que veo? ¿Es posible que tengo en mis brazos al mi
caro amigo, al mi buen vecino Sancho Panza? Sí tengo, sin duda, porque yo ni
duermo, ni estoy ahora borracho.

Admiróse Sancho de verse nombrar por su nombre y de verse abrazar del estranjero
peregrino, y, después de haberle estado mirando sin hablar palabra, con mucha
atención, nunca pudo conocerle; pero, viendo su suspensión el peregrino, le
dijo:

-¿Cómo, y es posible, Sancho Panza hermano, que no conoces a tu vecino Ricote el
morisco, tendero de tu lugar?

Entonces Sancho le miró con más atención y comenzó a rafigurarle, y ,
finalmente, le vino a conocer de todo punto, y, sin apearse del jumento, le echó
los brazos al cuello, y le dijo:

-¿Quién diablos te había de conocer, Ricote, en ese traje de moharracho que
traes? Dime: ¿quién te ha hecho franchote, y cómo tienes atrevimiento de volver
a España, donde si te cogen y conocen tendrás harta mala ventura?

-Si tú no me descubres, Sancho -respondió el peregrino-, seguro estoy que en
este traje no habrá nadie que me conozca; y apartémonos del camino a aquella
alameda que allí parece, donde quieren comer y reposar mis compañeros, y allí
comerás con ellos, que son muy apacible gente. Yo tendré lugar de contarte lo
que me ha sucedido después que me partí de nuestro lugar, por obedecer el bando
de Su Majestad, que con tanto rigor a los desdichados de mi nación amenazaba,
según oíste.

Hízolo así Sancho, y, hablando Ricote a los demás peregrinos, se apartaron a la
alameda que se parecía, bien desviados del camino real. Arrojaron los bordones,
quitáronse las mucetas o esclavinas y quedaron en pelota, y todos ellos eran
mozos y muy gentileshombres, excepto Ricote, que ya era hombre entrado en años.
Todos traían alforjas, y todas, según pareció, venían bien proveídas, a lo
menos, de cosas incitativas y que llaman a la sed de dos leguas.

Tendiéronse en el suelo, y, haciendo manteles de las yerbas, pusieron sobre
ellas pan, sal, cuchillos, nueces, rajas de queso, huesos mondos de jamón, que
si no se dejaban mascar, no defendían el ser chupados. Pusieron asimismo un
manjar negro que dicen que se llama cavial, y es hecho de huevos de pescados,
gran despertador de la colambre. No faltaron aceitunas, aunque secas y sin adobo
alguno, pero sabrosas y entretenidas. Pero lo que más campeó en el campo de
aquel banquete fueron seis botas de vino, que cada uno sacó la suya de su
alforja; hasta el buen Ricote, que se había transformado de morisco en alemán o
en tudesco, sacó la suya, que en grandeza podía competir con las cinco.
Comenzaron a comer con grandísimo gusto y muy de espacio, saboreándose con cada
bocado, que le tomaban con la punta del cuchillo, y muy poquito de cada cosa, y
luego, al punto, todos a una, levantaron los brazos y las botas en el aire;
puestas las bocas en su boca, clavados los ojos en el cielo, no parecía sino que
ponían en él la puntería; y desta manera, meneando las cabezas a un lado y a
otro, señales que acreditaban el gusto que recebían, se estuvieron un buen
espacio, trasegando en sus estómagos las entrañas de las vasijas.
Todo lo miraba Sancho, y de ninguna cosa se dolía; antes, por cumplir con el
refrán, que él muy bien sabía, de “cuando a Roma fueres, haz como vieres”, pidió
a Ricote la bota, y tomó su puntería como los demás, y no con menos gusto que
ellos.

Cuatro veces dieron lugar las botas para ser empinadas; pero la quinta no fue
posible, porque ya estaban más enjutas y secas que un esparto, cosa que puso
mustia la alegría que hasta allí habían mostrado. De cuando en cuando, juntaba
alguno su mano derecha con la de Sancho, y decía:

-Español y tudesqui, tuto uno: bon compaño.
Y Sancho respondía: Bon compaño, jura Di!

Y disparaba con una risa que le duraba un hora, sin acordarse entonces de nada
de lo que le había sucedido en su gobierno; porque sobre el rato y tiempo cuando
se come y bebe, poca jurisdición suelen tener los cuidados. Finalmente, el
acabársele el vino fue principio de un sueño que dio a todos, quedándose
dormidos sobre las mismas mesas y manteles; solos Ricote y Sancho quedaron
alerta, porque habían comido más y bebido menos; y, apartando Ricote a Sancho,
se sentaron al pie de una haya, dejando a los peregrinos sepultados en dulce
sueño; y Ricote, sin tropezar nada en su lengua morisca, en la pura castellana
le dijo las siguientes razones:

-«Bien sabes, ¡oh Sancho Panza, vecino y amigo mío!, como el pregón y bando que
Su Majestad mandó publicar contra los de mi nación puso terror y espanto en
todos nosotros; a lo menos, en mí le puso de suerte que me parece que antes del
tiempo que se nos concedía para que hiciésemos ausencia de España, ya tenía el
rigor de la pena ejecutado en mi persona y en la de mis hijos. Ordené, pues, a
mi parecer como prudente, bien así como el que sabe que para tal tiempo le han
de quitar la casa donde vive y se provee de otra donde mudarse; ordené, digo, de
salir yo solo, sin mi familia, de mi pueblo, y ir a buscar donde llevarla con
comodidad y sin la priesa con que los demás salieron; porque bien vi, y vieron
todos nuestros ancianos, que aquellos pregones no eran sólo amenazas, como
algunos decían, sino verdaderas leyes, que se habían de poner en ejecución a su
determinado tiempo; y forzábame a creer esta verdad saber yo los ruines y
disparatados intentos que los nuestros tenían, y tales, que me parece que fue
inspiración divina la que movió a Su Majestad a poner en efecto tan gallarda
resolución, no porque todos fuésemos culpados, que algunos había cristianos
firmes y verdaderos; pero eran tan pocos que no se podían oponer a los que no lo
eran, y no era bien criar la sierpe en el seno, teniendo los enemigos dentro de
casa. Finalmente, con justa razón fuimos castigados con la pena del destierro,
blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro, la más terrible que se
nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en
ella y es nuestra patria natural; en ninguna parte hallamos el acogimiento que
nuestra desventura desea, y en Berbería, y en todas las partes de África, donde
esperábamos ser recebidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y
maltratan. No hemos conocido el bien hasta que le hemos perdido; y es el deseo
tan grande, que casi todos tenemos de volver a España, que los más de aquellos,
y son muchos, que saben la lengua como yo, se vuelven a ella, y dejan allá sus
mujeres y sus hijos desamparados: tanto es el amor que la tienen; y agora
conozco y experimento lo que suele decirse: que es dulce el amor de la patria.
Salí, como digo, de nuestro pueblo, entré en Francia, y, aunque allí nos hacían
buen acogimiento, quise verlo todo. Pasé a Italia y llegué a Alemania, y allí me
pareció que se podía vivir con más libertad, porque sus habitadores no miran en
muchas delicadezas: cada uno vive como quiere, porque en la mayor parte della se
vive con libertad de conciencia. Dejé tomada casa en un pueblo junto a Augusta;
juntéme con estos peregrinos, que tienen por costumbre de venir a España muchos
dellos, cada año, a visitar los santuarios della, que los tienen por sus Indias,
y por certísima granjería y conocida ganancia. Ándanla casi toda, y no hay
pueblo ninguno de donde no salgan comidos y bebidos, como suele decirse, y con
un real, por lo menos, en dineros, y al cabo de su viaje salen con más de cien
escudos de sobra que, trocados en oro, o ya en el hueco de los bordones, o entre
los remiendos de las esclavinas, o con la industria que ellos pueden, los sacan
del reino y los pasan a sus tierras, a pesar de las guardas de los puestos y
puertos donde se registran. Ahora es mi intención, Sancho, sacar el tesoro que
dejé enterrado, que por estar fuera del pueblo lo podré hacer sin peligro y
escribir o pasar desde Valencia a mi hija y a mi mujer, que sé que está en
Argel, y dar traza como traerlas a algún puerto de Francia, y desde allí
llevarlas a Alemania, donde esperaremos lo que Dios quisiere hacer de nosotros;
que, en resolución, Sancho, yo sé cierto que la Ricota mi hija y Francisca
Ricota, mi mujer, son católicas cristianas, y, aunque yo no lo soy tanto,
todavía tengo más de cristiano que de moro, y ruego siempre a Dios me abra los
ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo de servir. Y lo que me
tiene admirado es no saber por qué se fue mi mujer y mi hija antes a Berbería
que a Francia, adonde podía vivir como cristiana.»

A lo que respondió Sancho:

-Mira, Ricote, eso no debió estar en su mano, porque las llevó Juan Tiopieyo, el
hermano de tu mujer; y, como debe de ser fino moro, fuese a lo más bien parado,
y séte decir otra cosa: que creo que vas en balde a buscar lo que dejaste
encerrado; porque tuvimos nuevas que habían quitado a tu cuñado y tu mujer
muchas perlas y mucho dinero en oro que llevaban por registrar.

-Bien puede ser eso -replicó Ricote-, pero yo sé, Sancho, que no tocaron a mi
encierro, porque yo no les descubrí dónde estaba, temeroso de algún desmán; y
así, si tú, Sancho, quieres venir conmigo y ayudarme a sacarlo y a encubrirlo,
yo te daré docientos escudos, con que podrás remediar tus necesidades, que ya
sabes que sé yo que las tienes muchas.

-Yo lo hiciera -respondió Sancho-, pero no soy nada codicioso; que, a serlo, un
oficio dejé yo esta mañana de las manos, donde pudiera hacer las paredes de mi
casa de oro, y comer antes de seis meses en platos de plata; y, así por esto
como por parecerme haría traición a mi rey en dar favor a sus enemigos, no fuera
contigo, si como me prometes docientos escudos, me dieras aquí de contado
cuatrocientos.

-Y ¿qué oficio es el que has dejado, Sancho? -preguntó Ricote.

-He dejado de ser gobernador de una ínsula -respondió Sancho-, y tal, que a
buena fee que no hallen otra como ella a tres tirones.

-¿Y dónde está esa ínsula? -preguntó Ricote.

-¿Adónde? -respondió Sancho-. Dos leguas de aquí, y se llama la ínsula
Barataria.

-Calla, Sancho -dijo Ricote-, que las ínsulas están allá dentro de la mar; que
no hay ínsulas en la tierra firme.

-¿Cómo no? -replicó Sancho-. Dígote, Ricote amigo, que esta mañana me partí
della, y ayer estuve en ella gobernando a mi placer, como un sagitario; pero,
con todo eso, la he dejado, por parecerme oficio peligroso el de los
gobernadores.

-Y ¿qué has ganado en el gobierno? -preguntó Ricote.

-He ganado -respondió Sancho- el haber conocido que no soy bueno para gobernar,
si no es un hato de ganado, y que las riquezas que se ganan en los tales
gobiernos son a costa de perder el descanso y el sueño, y aun el sustento;
porque en las ínsulas deben de comer poco los gobernadores, especialmente si
tienen médicos que miren por su salud.

-Yo no te entiendo, Sancho -dijo Ricote-, pero paréceme que todo lo que dices es
disparate; que, ¿quién te había de dar a ti ínsulas que gobernases? ¿Faltaban
hombres en el mundo más hábiles para gobernadores que tú eres? Calla, Sancho, y
vuelve en ti, y mira si quieres venir conmigo, como te he dicho, a ayudarme a
sacar el tesoro que dejé escondido; que en verdad que es tanto, que se puede
llamar tesoro, y te daré con que vivas, como te he dicho.

-Ya te he dicho, Ricote -replicó Sancho-, que no quiero; conténtate que por mí
no serás descubierto, y prosigue en buena hora tu camino, y déjame seguir el
mío; que yo sé que lo bien ganado se pierde, y lo malo, ello y su dueño.

-No quiero porfiar, Sancho -dijo Ricote-, pero dime: ¿hallástete en nuestro
lugar, cuando se partió dél mi mujer, mi hija y mi cuñado?

-Sí hallé -respondió Sancho-, y séte decir que salió tu hija tan hermosa que
salieron a verla cuantos había en el pueblo, y todos decían que era la más bella
criatura del mundo. Iba llorando y abrazaba a todas sus amigas y conocidas, y a
cuantos llegaban a verla, y a todos pedía la encomendasen a Dios y a Nuestra
Señora su madre; y esto, con tanto sentimiento, que a mí me hizo llorar, que no
suelo ser muy llorón. Y a fee que muchos tuvieron deseo de esconderla y salir a
quitársela en el camino; pero el miedo de ir contra el mandado del rey los
detuvo. Principalmente se mostró más apasionado don Pedro Gregorio, aquel
mancebo mayorazgo rico que tú conoces, que dicen que la quería mucho, y después
que ella se partió, nunca más él ha parecido en nuestro lugar, y todos pensamos
que iba tras ella para robarla; pero hasta ahora no se ha sabido nada.

-Siempre tuve yo mala sospecha -dijo Ricote- de que ese caballero adamaba a mi
hija; pero, fiado en el valor de mi Ricota, nunca me dio pesadumbre el saber que
la quería bien; que ya habrás oído decir, Sancho, que las moriscas pocas o
ninguna vez se mezclaron por amores con cristianos viejos, y mi hija, que, a lo
que yo creo, atendía a ser más cristiana que enamorada, no se curaría de las
solicitudes de ese señor mayorazgo.

-Dios lo haga -replicó Sancho-, que a entrambos les estaría mal. Y déjame partir
de aquí, Ricote amigo, que quiero llegar esta noche adonde está mi señor don
QuiXote.

-Dios vaya contigo, Sancho hermano, que ya mis compañeros se rebullen, y también
es hora que prosigamos nuestro camino.

Y luego se abrazaron los dos, y Sancho subió en su rucio, y Ricote se arrimó a
su bordón, y se apartaron.

Capítulo LV.

De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más
que ver

El haberse detenido Sancho con Ricote no le dio lugar a que aquel día llegase al
castillo del duque, puesto que llegó media legua dél, donde le tomó la noche,
algo escura y cerrada; pero, como era verano, no le dio mucha pesadumbre; y así,
se apartó del camino con intención de esperar la mañana; y quiso su corta y
desventurada suerte que, buscando lugar donde mejor acomodarse, cayeron él y el
rucio en una honda y escurísima sima que entre unos edificios muy antiguos
estaba, y al tiempo del caer, se encomendó a Dios de todo corazón, pensando que
no había de parar hasta el profundo de los abismos. Y no fue así, porque a poco
más de tres estados dio fondo el rucio, y él se halló encima dél, sin haber
recebido lisión ni daño alguno.

Tentóse todo el cuerpo, y recogió el aliento, por ver si estaba sano o
agujereado por alguna parte; y, viéndose bueno, entero y católico de salud, no
se hartaba de dar gracias a Dios Nuestro Señor de la merced que le había hecho,
porque sin duda pensó que estaba hecho mil pedazos. Tentó asimismo con las manos
por las paredes de la sima, por ver si sería posible salir della sin ayuda de
nadie; pero todas las halló rasas y sin asidero alguno, de lo que Sancho se
congojó mucho, especialmente cuando oyó que el rucio se quejaba tierna y
dolorosamente; y no era mucho, ni se lamentaba de vicio, que, a la verdad, no
estaba muy bien parado.

-¡Ay -dijo entonces Sancho Panza-, y cuán no pensados sucesos suelen suceder a
cada paso a los que viven en este miserable mundo! ¿Quién dijera que el que ayer
se vio entronizado gobernador de una ínsula, mandando a sus sirvientes y a sus
vasallos, hoy se había de ver sepultado en una sima, sin haber persona alguna
que le remedie, ni criado ni vasallo que acuda a su socorro? Aquí habremos de
perecer de hambre yo y mi jumento, si ya no nos morimos antes, él de molido y
quebrantado, y yo de pesaroso. A lo menos, no seré yo tan venturoso como lo fue
mi señor don QuiXote de la Mancha cuando decendió y bajó a la cueva de aquel
encantado Montesinos, donde halló quien le regalase mejor que en su casa, que no
parece sino que se fue a mesa puesta y a cama hecha. Allí vio él visiones
hermosas y apacibles, y yo veré aquí, a lo que creo, sapos y culebras.

¡Desdichado de mí, y en qué han parado mis locuras y fantasías! De aquí sacarán
mis huesos, cuando el cielo sea servido que me descubran, mondos, blancos y
raídos, y los de mi buen rucio con ellos, por donde quizá se echará de ver quién
somos, a lo menos de los que tuvieren noticia que nunca Sancho Panza se apartó
de su asno, ni su asno de Sancho Panza. Otra vez digo: ¡miserables de nosotros,
que no ha querido nuestra corta suerte que muriésemos en nuestra patria y entre
los nuestros, donde ya que no hallara remedio nuestra desgracia, no faltara
quien dello se doliera, y en la hora última de nuestro pasamiento nos cerrara
los ojos! ¡Oh compañero y amigo mío, qué mal pago te he dado de tus buenos
servicios! Perdóname y pide a la fortuna, en el mejor modo que supieres, que nos
saque deste miserable trabajo en que estamos puestos los dos; que yo prometo de
ponerte una corona de laurel en la cabeza, que no parezcas sino un laureado
poeta, y de darte los piensos doblados.

Desta manera se lamentaba Sancho Panza, y su jumento le escuchaba sin
responderle palabra alguna: tal era el aprieto y angustia en que el pobre se
hallaba. Finalmente, habiendo pasado toda aquella noche en miserables quejas y
lamentaciones, vino el día, con cuya claridad y resplandor vio Sancho que era
imposible de toda imposibilidad salir de aquel pozo sin ser ayudado, y comenzó a
lamentarse y dar voces, por ver si alguno le oía; pero todas sus voces eran
dadas en desierto, pues por todos aquellos contornos no había persona que
pudiese escucharle, y entonces se acabó de dar por muerto.

Estaba el rucio boca arriba, y Sancho Panza le acomodó de modo que le puso en
pie, que apenas se podía tener; y, sacando de las alforjas, que también habían
corrido la mesma fortuna de la caída, un pedazo de pan, lo dio a su jumento, que
no le supo mal, y díjole Sancho, como si lo entendiera:

-Todos los duelos con pan son buenos.

En esto, descubrió a un lado de la sima un agujero, capaz de caber por él una
persona, si se agobiaba y encogía. Acudió a él Sancho Panza, y, agazapándose, se
entró por él y vio que por de dentro era espacioso y largo, y púdolo ver, porque
por lo que se podía llamar techo entraba un rayo de sol que lo descubría todo.
Vio también que se dilataba y alargaba por otra concavidad espaciosa; viendo lo
cual, volvió a salir adonde estaba el jumento, y con una piedra comenzó a
desmoronar la tierra del agujero, de modo que en poco espacio hizo lugar donde
con facilidad pudiese entrar el asno, como lo hizo; y, cogiéndole del cabestro,
comenzó a caminar por aquella gruta adelante, por ver si hallaba alguna salida
por otra parte. A veces iba a escuras, y a veces sin luz, pero ninguna vez sin
miedo.

-¡Válame Dios todopoderoso! -decía entre sí-. Esta que para mí es desventura,
mejor fuera para aventura de mi amo don QuiXote. Él sí que tuviera estas
profundidades y mazmorras por jardines floridos y por palacios de Galiana, y
esperara salir de esta escuridad y estrecheza a algún florido prado; pero yo,
sin ventura, falto de consejo y menoscabado de ánimo, a cada paso pienso que
debajo de los pies de improviso se ha de abrir otra sima más profunda que la
otra, que acabe de tragarme. ¡Bien vengas mal, si vienes solo!
Desta manera y con estos pensamientos le pareció que habría caminado poco más de
media legua, al cabo de la cual descubrió una confusa claridad, que pareció ser
ya de día, y que por alguna parte entraba, que daba indicio de tener fin abierto
aquel, para él, camino de la otra vida.

Aquí le deja Cide Hamete Benengeli, y vuelve a tratar de don QuiXote, que,
alborozado y contento, esperaba el plazo de la batalla que había de hacer con el
robador de la honra de la hija de doña Rodríguez, a quien pensaba enderezar el
tuerto y desaguisado que malamente le tenían fecho.

Sucedió, pues, que, saliéndose una mañana a imponerse y ensayarse en lo que
había de hacer en el trance en que otro día pensaba verse, dando un repelón o
arremetida a Rocinante, llegó a poner los pies tan junto a una cueva, que, a no
tirarle fuertemente las riendas, fuera imposible no caer en ella. En fin, le
detuvo y no cayó, y, llegándose algo más cerca, sin apearse, miró aquella
hondura; y, estándola mirando, oyó grandes voces dentro; y, escuchando
atentamente, pudo percebir y entender que el que las daba decía:

-¡Ah de arriba! ¿Hay algún cristiano que me escuche, o algún caballero
caritativo que se duela de un pecador enterrado en vida, o un desdichado
desgobernado gobernador?

Parecióle a don QuiXote que oía la voz de Sancho Panza, de que quedó suspenso y
asombrado, y, levantando la voz todo lo que pudo, dijo:

-¿Quién está allá bajo? ¿Quién se queja?

-¿Quién puede estar aquí, o quién se ha de quejar -respondieron-, sino el
asendereado de Sancho Panza, gobernador, por sus pecados y por su mala andanza,
de la ínsula Barataria, escudero que fue del famoso caballero don QuiXote de la
Mancha?

Oyendo lo cual don QuiXote, se le dobló la admiración y se le acrecentó el
pasmo, viniéndosele al pensamiento que Sancho Panza debía de ser muerto, y que
estaba allí penando su alma, y llevado desta imaginación dijo:

-Conjúrote por todo aquello que puedo conjurarte como católico cristiano, que me
digas quién eres; y si eres alma en pena, dime qué quieres que haga por ti; que,
pues es mi profesión favorecer y acorrer a los necesitados deste mundo, también
lo seré para acorrer y ayudar a los menesterosos del otro mundo, que no pueden
ayudarse por sí propios.

-Desa manera -respondieron-, vuestra merced que me habla debe de ser mi señor
don QuiXote de la Mancha, y aun en el órgano de la voz no es otro, sin duda.

-Don QuiXote soy -replicó don QuiXote-, el que profeso socorrer y ayudar en sus
necesidades a los vivos y a los muertos. Por eso dime quién eres, que me tienes
atónito; porque si eres mi escudero Sancho Panza, y te has muerto, como no te
hayan llevado los diablos, y, por la misericordia de Dios, estés en el
purgatorio, sufragios tiene nuestra Santa Madre la Iglesia Católica Romana
bastantes a sacarte de las penas en que estás, y yo, que lo solicitaré con ella,
por mi parte, con cuanto mi hacienda alcanzare; por eso, acaba de declararte y
dime quién eres.

-¡Voto a tal! -respondieron-, y por el nacimiento de quien vuesa merced
quisiere, juro, señor don QuiXote de la Mancha, que yo soy su escudero Sancho
Panza, y que nunca me he muerto en todos los días de mi vida; sino que, habiendo
dejado mi gobierno por cosas y causas que es menester más espacio para decirlas,
anoche caí en esta sima donde yago, el rucio conmigo, que no me dejará mentir,
pues, por más señas, está aquí conmigo.

Y hay más: que no parece sino que el jumento entendió lo que Sancho dijo, porque
al momento comenzó a rebuznar, tan recio, que toda la cueva retumbaba.

-¡Famoso testigo! -dijo don QuiXote-. El rebuzno conozco como si le pariera, y
tu voz oigo, Sancho mío. Espérame; iré al castillo del duque, que está aquí
cerca, y traeré quien te saque desta sima, donde tus pecados te deben de haber
puesto.

-Vaya vuesa merced -dijo Sancho-, y vuelva presto, por un solo Dios, que ya no
lo puedo llevar el estar aquí sepultado en vida, y me estoy muriendo de miedo.
Dejóle don QuiXote, y fue al castillo a contar a los duques el suceso de Sancho
Panza, de que no poco se maravillaron, aunque bien entendieron que debía de
haber caído por la correspondencia de aquella gruta que de tiempos inmemoriales
estaba allí hecha; pero no podían pensar cómo había dejado el gobierno sin tener
ellos aviso de su venida. Finalmente, como dicen, llevaron sogas y maromas; y, a
costa de mucha gente y de mucho trabajo, sacaron al rucio y a Sancho Panza de
aquellas tinieblas a la luz del sol. Viole un estudiante, y dijo:

-Desta manera habían de salir de sus gobiernos todos los malos gobernadores,
como sale este pecador del profundo del abismo: muerto de hambre, descolorido, y
sin blanca, a lo que yo creo.

Oyólo Sancho, y dijo:

-Ocho días o diez ha, hermano murmurador, que entré a gobernar la ínsula que me
dieron, en los cuales no me vi harto de pan siquiera un hora; en ellos me han
perseguido médicos, y enemigos me han brumado los güesos; ni he tenido lugar de
hacer cohechos, ni de cobrar derechos; y, siendo esto así, como lo es, no
merecía yo, a mi parecer, salir de esta manera; pero el hombre pone y Dios
dispone, y Dios sabe lo mejor y lo que le está bien a cada uno; y cual el
tiempo, tal el tiento; y nadie diga “desta agua no beberé”, que adonde se piensa
que hay tocinos, no hay estacas; y Dios me entiende, y basta, y no digo más,
aunque pudiera.

-No te enojes, Sancho, ni recibas pesadumbre de lo que oyeres, que será nunca
acabar: ven tú con segura conciencia, y digan lo que dijeren; y es querer atar
las lenguas de los maldicientes lo mesmo que querer poner puertas al campo. Si
el gobernador sale rico de su gobierno, dicen dél que ha sido un ladrón, y si
sale pobre, que ha sido un para poco y un mentecato.

-A buen seguro -respondió Sancho- que por esta vez antes me han de tener por
tonto que por ladrón.

En estas pláticas llegaron, rodeados de muchachos y de otra mucha gente, al
castillo, adonde en unos corredores estaban ya el duque y la duquesa esperando a
don QuiXote y a Sancho, el cual no quiso subir a ver al duque sin que primero no
hubiese acomodado al rucio en la caballeriza, porque decía que había pasado muy
mala noche en la posada; y luego subió a ver a sus señores, ante los cuales,
puesto de rodillas, dijo:

-Yo, señores, porque lo quiso así vuestra grandeza, sin ningún merecimiento mío,
fui a gobernar vuestra ínsula Barataria, en la cual entré desnudo, y desnudo me
hallo: ni pierdo, ni gano. Si he gobernado bien o mal, testigos he tenido
delante, que dirán lo que quisieren. He declarado dudas, sentenciado pleitos,
siempre muerto de hambre, por haberlo querido así el doctor Pedro Recio, natural
de Tirteafuera, médico insulano y gobernadoresco. Acometiéronnos enemigos de
noche, y, habiéndonos puesto en grande aprieto, dicen los de la ínsula que
salieron libres y con vitoria por el valor de mi brazo, que tal salud les dé
Dios como ellos dicen verdad. En resolución, en este tiempo yo he tanteado las
cargas que trae consigo, y las obligaciones, el gobernar, y he hallado por mi
cuenta que no las podrán llevar mis hombros, ni son peso de mis costillas, ni
flechas de mi aljaba; y así, antes que diese conmigo al través el gobierno, he
querido yo dar con el gobierno al través, y ayer de mañana dejé la ínsula como
la hallé: con las mismas calles, casas y tejados que tenía cuando entré en ella.
No he pedido prestado a nadie, ni metídome en granjerías; y, aunque pensaba
hacer algunas ordenanzas provechosas, no hice ninguna, temeroso que no se habían
de guardar: que es lo mesmo hacerlas que no hacerlas. Salí, como digo, de la
ínsula sin otro acompañamiento que el de mi rucio; caí en una sima, víneme por
ella adelante, hasta que, esta mañana, con la luz del sol, vi la salida, pero no
tan fácil que, a no depararme el cielo a mi señor don QuiXote, allí me quedara
hasta la fin del mundo. Así que, mis señores duque y duquesa, aquí está vuestro
gobernador Sancho Panza, que ha granjeado en solos diez días que ha tenido el
gobierno a conocer que no se le ha de dar nada por ser gobernador, no que de una
ínsula, sino de todo el mundo; y, con este presupuesto, besando a vuestras
mercedes los pies, imitando al juego de los muchachos, que dicen “Salta tú, y
dámela tú”, doy un salto del gobierno, y me paso al servicio de mi señor don
QuiXote; que, en fin, en él, aunque como el pan con sobresalto, hártome, a lo
menos, y para mí, como yo esté harto, eso me hace que sea de zanahorias que de
perdices.

Con esto dio fin a su larga plática Sancho, temiendo siempre don QuiXote que
había de decir en ella millares de disparates; y, cuando le vio acabar con tan
pocos, dio en su corazón gracias al cielo, y el duque abrazó a Sancho, y le dijo
que le pesaba en el alma de que hubiese dejado tan presto el gobierno; pero que
él haría de suerte que se le diese en su estado otro oficio de menos carga y de
más provecho. Abrazóle la duquesa asimismo, y mandó que le regalasen, porque
daba señales de venir mal molido y peor parado.

Capítulo LVI.

De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don QuiXote
de la Mancha y el lacayo Tosilos, en la defensa de la hija de la dueña doña
Rodríguez

No quedaron arrepentidos los duques de la burla hecha a Sancho Panza del
gobierno que le dieron; y más, que aquel mismo día vino su mayordomo, y les
contó punto por punto, todas casi, las palabras y acciones que Sancho había
dicho y hecho en aquellos días, y finalmente les encareció el asalto de la
ínsula, y el miedo de Sancho, y su salida, de que no pequeño gusto recibieron.
Después desto, cuenta la historia que se llegó el día de la batalla aplazada, y,
habiendo el duque una y muy muchas veces advertido a su lacayo Tosilos cómo se
había de avenir con don QuiXote para vencerle sin matarle ni herirle, ordenó que
se quitasen los hierros a las lanzas, diciendo a don QuiXote que no permitía la
cristiandad, de que él se preciaba, que aquella batalla fuese con tanto riesgo y
peligro de las vidas, y que se contentase con que le daba campo franco en su
tierra, puesto que iba contra el decreto del Santo Concilio, que prohíbe los
tales desafíos, y no quisiese llevar por todo rigor aquel trance tan fuerte.
Don QuiXote dijo que Su Excelencia dispusiese las cosas de aquel negocio como
más fuese servido; que él le obedecería en todo. Llegado, pues, el temeroso día,
y habiendo mandado el duque que delante de la plaza del castillo se hiciese un
espacioso cadahalso, donde estuviesen los jueces del campo y las dueñas, madre y
hija, demandantes, había acudido de todos los lugares y aldeas circunvecinas
infinita gente, a ver la novedad de aquella batalla; que nunca otra tal no
habían visto, ni oído decir en aquella tierra los que vivían ni los que habían
muerto.

El primero que entró en el campo y estacada fue el maestro de las ceremonias,
que tanteó el campo, y le paseó todo, porque en él no hubiese algún engaño, ni
cosa encubierta donde se tropezase y cayese; luego entraron las dueñas y se
sentaron en sus asientos, cubiertas con los mantos hasta los ojos y aun hasta
los pechos, con muestras de no pequeño sentimiento. Presente don QuiXote en la
estacada, de allí a poco, acompañado de muchas trompetas, asomó por una parte de
la plaza, sobre un poderoso caballo, hundiéndola toda, el grande lacayo Tosilos,
calada la visera y todo encambronado, con unas fuertes y lucientes armas. El
caballo mostraba ser frisón, ancho y de color tordillo; de cada mano y pie le
pendía una arroba de lana.

Venía el valeroso combatiente bien informado del duque su señor de cómo se había
de portar con el valeroso don QuiXote de la Mancha, advertido que en ninguna
manera le matase, sino que procurase huir el primer encuentro por escusar el
peligro de su muerte, que estaba cierto si de lleno en lleno le encontrase.
Paseó la plaza, y, llegando donde las dueñas estaban, se puso algún tanto a
mirar a la que por esposo le pedía. Llamó el maese de campo a don QuiXote, que
ya se había presentado en la plaza, y junto con Tosilos habló a las dueñas,
preguntándoles si consentían que volviese por su derecho don QuiXote de la
Mancha. Ellas dijeron que sí, y que todo lo que en aquel caso hiciese lo daban
por bien hecho, por firme y por valedero.

Ya en este tiempo estaban el duque y la duquesa puestos en una galería que caía
sobre la estacada, toda la cual estaba coronada de infinita gente, que esperaba
ver el riguroso trance nunca visto. Fue condición de los combatientes que si don
QuiXote vencía, su contrario se había de casar con la hija de doña Rodríguez; y
si él fuese vencido, quedaba libre su contendor de la palabra que se le pedía,
sin dar otra satisfación alguna.

Partióles el maestro de las ceremonias el sol, y puso a los dos cada uno en el
puesto donde habían de estar. Sonaron los atambores, llenó el aire el son de las
trompetas, temblaba debajo de los pies la tierra; estaban suspensos los
corazones de la mirante turba, temiendo unos y esperando otros el bueno o el mal
suceso de aquel caso. Finalmente, don QuiXote, encomendándose de todo su corazón
a Dios Nuestro Señor y a la señora Dulcinea del Toboso, estaba aguardando que se
le diese señal precisa de la arremetida; empero, nuestro lacayo tenía diferentes
pensamientos: no pensaba él sino en lo que agora diré:

Parece ser que, cuando estuvo mirando a su enemiga, le pareció la más hermosa
mujer que había visto en toda su vida, y el niño ceguezuelo, a quien suelen
llamar de ordinario Amor por esas calles, no quiso perder la ocasión que se le
ofreció de triunfar de una alma lacayuna y ponerla en la lista de sus trofeos; y
así, llegándose a él bonitamente, sin que nadie le viese, le envasó al pobre
lacayo una flecha de dos varas por el lado izquierdo, y le pasó el corazón de
parte a parte; y púdolo hacer bien al seguro, porque el Amor es invisible, y
entra y sale por do quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus hechos.

Digo, pues, que, cuando dieron la señal de la arremetida, estaba nuestro lacayo
transportado, pensando en la hermosura de la que ya había hecho señora de su
libertad, y así, no atendió al son de la trompeta, como hizo don QuiXote, que,
apenas la hubo oído, cuando arremetió, y, a todo el correr que permitía
Rocinante, partió contra su enemigo; y, viéndole partir su buen escudero Sancho,
dijo a grandes voces:

-¡Dios te guíe, nata y flor de los andantes caballeros! ¡Dios te dé la vitoria,
pues llevas la razón de tu parte!

Y, aunque Tosilos vio venir contra sí a don QuiXote, no se movió un paso de su
puesto; antes, con grandes voces, llamó al maese de campo, el cual venido a ver
lo que quería, le dijo:

-Señor, ¿esta batalla no se hace porque yo me case, o no me case, con aquella
señora?

-Así es -le fue respondido.

-Pues yo -dijo el lacayo- soy temeroso de mi conciencia, y pondríala en gran
cargo si pasase adelante en esta batalla; y así, digo que yo me doy por vencido
y que quiero casarme luego con aquella señora.

Quedó admirado el maese de campo de las razones de Tosilos; y, como era uno de
los sabidores de la máquina de aquel caso, no le supo responder palabra.
Detúvose don QuiXote en la mitad de su carrera, viendo que su enemigo no le
acometía. El duque no sabía la ocasión porque no se pasaba adelante en la
batalla, pero el maese de campo le fue a declarar lo que Tosilos decía, de lo
que quedó suspenso y colérico en estremo.

En tanto que esto pasaba, Tosilos se llegó adonde doña Rodríguez estaba, y dijo
a grandes voces:

-Yo, señora, quiero casarme con vuestra hija, y no quiero alcanzar por pleitos
ni contiendas lo que puedo alcanzar por paz y sin peligro de la muerte.

Oyó esto el valeroso don QuiXote, y dijo:

-Pues esto así es, yo quedo libre y suelto de mi promesa: cásense en hora buena,
y, pues Dios Nuestro Señor se la dio, San Pedro se la bendiga.

El duque había bajado a la plaza del castillo, y, llegándose a Tosilos, le dijo:

-¿Es verdad, caballero, que os dais por vencido, y que, instigado de vuestra
temerosa conciencia, os queréis casar con esta doncella?

-Sí, señor -respondió Tosilos.

-Él hace muy bien -dijo a esta sazón Sancho Panza-, porque lo que has de dar al
mur, dalo al gato, y sacarte ha de cuidado.

Íbase Tosilos desenlazando la celada, y rogaba que apriesa le ayudasen, porque
le iban faltando los espíritus del aliento, y no podía verse encerrado tanto
tiempo en la estrecheza de aquel aposento. Quitáronsela apriesa, y quedó
descubierto y patente su rostro de lacayo. Viendo lo cual doña Rodríguez y su
hija, dando grandes voces, dijeron:

-¡Éste es engaño, engaño es éste! ¡A Tosilos, el lacayo del duque mi señor, nos
han puesto en lugar de mi verdadero esposo! ¡Justicia de Dios y del Rey, de
tanta malicia, por no decir bellaquería!

-No vos acuitéis, señoras -dijo don QuiXote-, que ni ésta es malicia ni es
bellaquería; y si la es, y no ha sido la causa el duque, sino los malos
encantadores que me persiguen, los cuales, invidiosos de que yo alcanzase la
gloria deste vencimiento, han convertido el rostro de vuestro esposo en el de
este que decís que es lacayo del duque. Tomad mi consejo, y, a pesar de la
malicia de mis enemigos, casaos con él, que sin duda es el mismo que vos deseáis
alcanzar por esposo.
El duque, que esto oyó, estuvo por romper en risa toda su cólera, y dijo:
-Son tan extraordinarias las cosas que suceden al señor don QuiXote que estoy
por creer que este mi lacayo no lo es; pero usemos deste ardid y maña: dilatemos
el casamiento quince días, si quieren, y tengamos encerrado a este personaje que
nos tiene dudosos, en los cuales podría ser que volviese a su prístina figura;
que no ha de durar tanto el rancor que los encantadores tienen al señor don
QuiXote, y más, yéndoles tan poco en usar estos embelecos y transformaciones.

-¡Oh señor! -dijo Sancho-, que ya tienen estos malandrines por uso y costumbre
de mudar las cosas, de unas en otras, que tocan a mi amo. Un caballero que
venció los días pasados, llamado el de los Espejos, le volvieron en la figura
del bachiller Sansón Carrasco, natural de nuestro pueblo y grande amigo nuestro,
y a mi señora Dulcinea del Toboso la han vuelto en una rústica labradora; y así,
imagino que este lacayo ha de morir y vivir lacayo todos los días de su vida.

A lo que dijo la hija de Rodríguez:

-Séase quien fuere este que me pide por esposa, que yo se lo agradezco; que más
quiero ser mujer legítima de un lacayo que no amiga y burlada de un caballero,
puesto que el que a mí me burló no lo es.

En resolución, todos estos cuentos y sucesos pararon en que Tosilos se
recogiese, hasta ver en qué paraba su transformación; aclamaron todos la vitoria
por don QuiXote, y los más quedaron tristes y melancólicos de ver que no se
habían hecho pedazos los tan esperados combatientes, bien así como los mochachos
quedan tristes cuando no sale el ahorcado que esperan, porque le ha perdonado, o
la parte, o la justicia. Fuese la gente, volviéronse el duque y don QuiXote al
castillo, encerraron a Tosilos, quedaron doña Rodríguez y su hija contentísimas
de ver que, por una vía o por otra, aquel caso había de parar en casamiento, y
Tosilos no esperaba menos.

Capítulo LVII. Que trata de cómo don QuiXote se despidió del duque, y de lo que
le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la duquesa

Ya le pareció a don QuiXote que era bien salir de tanta ociosidad como la que en
aquel castillo tenía; que se imaginaba ser grande la falta que su persona hacía
en dejarse estar encerrado y perezoso entre los infinitos regalos y deleites que
como a caballero andante aquellos señores le hacían, y parecíale que había de
dar cuenta estrecha al cielo de aquella ociosidad y encerramiento; y así, pidió
un día licencia a los duques para partirse. Diéronsela, con muestras de que en
gran manera les pesaba de que los dejase. Dio la duquesa las cartas de su mujer
a Sancho Panza, el cual lloró con ellas, y dijo:

-¿Quién pensara que esperanzas tan grandes como las que en el pecho de mi mujer
Teresa Panza engendraron las nuevas de mi gobierno habían de parar en volverme
yo agora a las arrastradas aventuras de mi amo don QuiXote de la Mancha? Con
todo esto, me contento de ver que mi Teresa correspondió a ser quien es,
enviando las bellotas a la duquesa; que, a no habérselas enviado, quedando yo
pesaroso, me mostrara ella desagradecida. Lo que me consuela es que esta dádiva
no se le puede dar nombre de cohecho, porque ya tenía yo el gobierno cuando ella
las envió, y está puesto en razón que los que reciben algún beneficio, aunque
sea con niñerías, se muestren agradecidos. En efecto, yo entré desnudo en el
gobierno y salgo desnudo dél; y así, podré decir con segura conciencia, que no
es poco: “Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano”.

Esto pasaba entre sí Sancho el día de la partida; y, saliendo don QuiXote,
habiéndose despedido la noche antes de los duques, una mañana se presentó armado
en la plaza del castillo. Mirábanle de los corredores toda la gente del
castillo, y asimismo los duques salieron a verle. Estaba Sancho sobre su rucio,
con sus alforjas, maleta y repuesto, contentísimo, porque el mayordomo del
duque, el que fue la Trifaldi, le había dado un bolsico con docientos escudos de
oro, para suplir los menesteres del camino, y esto aún no lo sabía don QuiXote.
Estando, como queda dicho, mirándole todos, a deshora, entre las otras dueñas y
doncellas de la duquesa, que le miraban, alzó la voz la desenvuelta y discreta
Altisidora, y en son lastimero dijo:

-Escucha, mal caballero;

detén un poco las riendas;

no fatigues las ijadas

de tu mal regida bestia.

Mira, falso, que no huyas

de alguna serpiente fiera,

sino de una corderilla

que está muy lejos de oveja.

Tú has burlado, monstruo horrendo,

la más hermosa doncella

que Dïana vio en sus montes,

que Venus miró en sus selvas.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrabás te acompañe; allá te avengas.

Tú llevas, ¡llevar impío!,

en las garras de tus cerras

las entrañas de una humilde,

como enamorada, tierna.

Llévaste tres tocadores,

y unas ligas, de unas piernas

que al mármol puro se igualan

en lisas, blancas y negras.

Llévaste dos mil suspiros,

que, a ser de fuego, pudieran

abrasar a dos mil Troyas,

si dos mil Troyas hubiera.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrabás te acompañe; allá te avengas.

De ese Sancho, tu escudero,

las entrañas sean tan tercas

y tan duras, que no salga

de su encanto Dulcinea.

De la culpa que tú tienes

lleve la triste la pena;

que justos por pecadores

tal vez pagan en mi tierra.

Tus más finas aventuras

en desventuras se vuelvan,

en sueños tus pasatiempos,

en olvidos tus firmezas.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrabás te acompañe; allá te avengas.

Seas tenido por falso

desde Sevilla a Marchena,

desde Granada hasta Loja,

de Londres a Inglaterra.

Si jugares al reinado,

los cientos, o la primera,

los reyes huyan de ti;

ases ni sietes no veas.

Si te cortares los callos,

sangre las heridas viertan,

y quédente los raigones

si te sacares las muelas.

Cruel Vireno, fugitivo Eneas,

Barrabás te acompañe; allá te avengas.

En tanto que, de la suerte que se ha dicho, se quejaba la lastimada Altisidora,
la estuvo mirando don QuiXote, y, sin responderla palabra, volviendo el rostro a
Sancho, le dijo:

-Por el siglo de tus pasados, Sancho mío, te conjuro que me digas una verdad.
Dime, ¿llevas por ventura los tres tocadores y las ligas que esta enamorada
doncella dice?

A lo que Sancho respondió:
-Los tres tocadores sí llevo; pero las ligas, como por los cerros de Úbeda.
Quedó la duquesa admirada de la desenvoltura de Altisidora, que, aunque la tenía
por atrevida, graciosa y desenvuelta, no en grado que se atreviera a semejantes
desenvolturas; y, como no estaba advertida desta burla, creció más su
admiración. El duque quiso reforzar el donaire, y dijo:
-No me parece bien, señor caballero, que, habiendo recebido en este mi castillo
el buen acogimiento que en él se os ha hecho, os hayáis atrevido a llevaros tres
tocadores, por lo menos, si por lo más las ligas de mi doncella; indicios son de
mal pecho y muestras que no corresponden a vuestra fama. Volvedle las ligas; si
no, yo os desafío a mortal batalla, sin tener temor que malandrines encantadores
me vuelvan ni muden el rostro, como han hecho en el de Tosilos mi lacayo, el que
entró con vos en batalla.
-No quiera Dios -respondió don QuiXote- que yo desenvaine mi espada contra
vuestra ilustrísima persona, de quien tantas mercedes he recebido; los tocadores
volveré, porque dice Sancho que los tiene; las ligas es imposible, porque ni yo
las he recebido ni él tampoco; y si esta vuestra doncella quisiere mirar sus
escondrijos, a buen seguro que las halle. Yo, señor duque, jamás he sido ladrón,
ni lo pienso ser en toda mi vida, como Dios no me deje de su mano. Esta doncella
habla, como ella dice, como enamorada, de lo que yo no le tengo culpa; y así, no
tengo de qué pedirle perdón ni a ella ni a Vuestra Excelencia, a quien suplico
me tenga en mejor opinión, y me dé de nuevo licencia para seguir mi camino.
-Déosle Dios tan bueno -dijo la duquesa-, señor don QuiXote, que siempre oigamos
buenas nuevas de vuestras fechurías. Y andad con Dios; que, mientras más os
detenéis, más aumentáis el fuego en los pechos de las doncellas que os miran; y
a la mía yo la castigaré de modo, que de aquí adelante no se desmande con la
vista ni con las palabras.
-Una no más quiero que me escuches, ¡oh valeroso don QuiXote! –dijo entonces
Altisidora-; y es que te pido perdón del latrocinio de las ligas, porque, en
Dios y en mi ánima que las tengo puestas, y he caído en el descuido del que
yendo sobre el asno, le buscaba.

-¿No lo dije yo? -dijo Sancho-. ¡Bonico soy yo para encubrir hurtos! Pues, a
quererlos hacer, de paleta me había venido la ocasión en mi gobierno.
Abajó la cabeza don QuiXote y hizo reverencia a los duques y a todos los
circunstantes, y, volviendo las riendas a Rocinante, siguiéndole Sancho sobre el
rucio, se salió del castillo, enderezando su camino a Zaragoza.

Capítulo LVIII. Que trata de cómo menudearon sobre don QuiXote aventuras tantas,
que no se daban vagar unas a otras

Cuando don QuiXote se vio en la campaña rasa, libre y desembarazado de los
requiebros de Altisidora, le pareció que estaba en su centro, y que los
espíritus se le renovaban para proseguir de nuevo el asumpto de sus caballerías,
y, volviéndose a Sancho, le dijo:

-La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron
los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni
el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe
aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede
venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la
abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en metad de
aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve, me parecía a mí que
estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la
libertad que lo gozara si fueran míos; que las obligaciones de las recompensas
de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al
ánimo libre. ¡Venturoso aquél a quien el cielo dio un pedazo de pan, sin que le
quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!

-Con todo eso -dijo Sancho- que vuesa merced me ha dicho, no es bien que se
quede sin agradecimiento de nuestra parte docientos escudos de oro que en una
bolsilla me dio el mayordomo del duque, que como píctima y confortativo la llevo
puesta sobre el corazón, para lo que se ofreciere; que no siempre hemos de
hallar castillos donde nos regalen, que tal vez toparemos con algunas ventas
donde nos apaleen.

En estos y otros razonamientos iban los andantes, caballero y escudero, cuando
vieron, habiendo andado poco más de una legua, que encima de la yerba de un
pradillo verde, encima de sus capas, estaban comiendo hasta una docena de
hombres, vestidos de labradores. Junto a sí tenían unas como sábanas blancas,
con que cubrían alguna cosa que debajo estaba; estaban empinadas y tendidas, y
de trecho a trecho puestas. Llegó don QuiXote a los que comían, y, saludándolos
primero cortésmente, les preguntó que qué era lo que aquellos lienzos cubrían.
Uno dellos le respondió:

-Señor, debajo destos lienzos están unas imágines de relieve y entabladura que
han de servir en un retablo que hacemos en nuestra aldea; llevámoslas cubiertas,
porque no se desfloren, y en hombros, porque no se quiebren.

-Si sois servidos -respondió don QuiXote-, holgaría de verlas, pues imágines que
con tanto recato se llevan, sin duda deben de ser buenas.

-Y ¡cómo si lo son! -dijo otro-. Si no, dígalo lo que cuesta: que en verdad que
no hay ninguna que no esté en más de cincuenta ducados; y, porque vea vuestra
merced esta verdad, espere vuestra merced, y verla ha por vista de ojos.

Y, levantándose, dejó de comer y fue a quitar la cubierta de la primera imagen,
que mostró ser la de San Jorge puesto a caballo, con una serpiente enroscada a
los pies y la lanza atravesada por la boca, con la fiereza que suele pintarse.
Toda la imagen parecía una ascua de oro, como suele decirse. Viéndola don
QuiXote, dijo:

-Este caballero fue uno de los mejores andantes que tuvo la milicia divina:
llamóse don San Jorge, y fue además defendedor de doncellas. Veamos esta otra.
Descubrióla el hombre, y pareció ser la de San Martín puesto a caballo, que
partía la capa con el pobre; y, apenas la hubo visto don QuiXote, cuando dijo:

-Este caballero también fue de los aventureros cristianos, y creo que fue más
liberal que valiente, como lo puedes echar de ver, Sancho, en que está partiendo
la capa con el pobre y le da la mitad; y sin duda debía de ser entonces
invierno, que, si no, él se la diera toda, según era de caritativo.

-No debió de ser eso -dijo Sancho-, sino que se debió de atener al refrán que
dicen: que para dar y tener, seso es menester.
Rióse don QuiXote y pidió que quitasen otro lienzo, debajo del cual se descubrió
la imagen del Patrón de las Españas a caballo, la espada ensangrentada,
atropellando moros y pisando cabezas; y, en viéndola, dijo don QuiXote:

-Éste sí que es caballero, y de las escuadras de Cristo; éste se llama don San
Diego Matamoros, uno de los más valientes santos y caballeros que tuvo el mundo
y tiene agora el cielo.

Luego descubrieron otro lienzo, y pareció que encubría la caída de San Pablo del
caballo abajo, con todas las circunstancias que en el retablo de su conversión
suelen pintarse. Cuando le vido tan al vivo, que dijeran que Cristo le hablaba y
Pablo respondía.

-Éste -dijo don QuiXote- fue el mayor enemigo que tuvo la Iglesia de Dios
Nuestro Señor en su tiempo, y el mayor defensor suyo que tendrá jamás: caballero
andante por la vida, y santo a pie quedo por la muerte, trabajador incansable en
la viña del Señor, doctor de las gentes, a quien sirvieron de escuelas los
cielos y de catedrático y maestro que le enseñase el mismo Jesucristo.
No había más imágines, y así, mandó don QuiXote que las volviesen a cubrir, y
dijo a los que las llevaban:

-Por buen agüero he tenido, hermanos, haber visto lo que he visto, porque estos
santos y caballeros profesaron lo que yo profeso, que es el ejercicio de las
armas; sino que la diferencia que hay entre mí y ellos es que ellos fueron
santos y pelearon a lo divino, y yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos
conquistaron el cielo a fuerza de brazos, porque el cielo padece fuerza, y yo
hasta agora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos; pero si mi Dulcinea
del Toboso saliese de los que padece, mejorándose mi ventura y adobándoseme el
juicio, podría ser que encaminase mis pasos por mejor camino del que llevo.

-Dios lo oiga y el pecado sea sordo -dijo Sancho a esta ocasión.

Admiráronse los hombres, así de la figura como de las razones de don QuiXote,
sin entender la mitad de lo que en ellas decir quería. Acabaron de comer,
cargaron con sus imágines, y, despidiéndose de don QuiXote, siguieron su viaje.
Quedó Sancho de nuevo como si jamás hubiera conocido a su señor, admirado de lo
que sabía, pareciéndole que no debía de haber historia en el mundo ni suceso que
no lo tuviese cifrado en la uña y clavado en la memoria, y díjole:

-En verdad, señor nuestramo, que si esto que nos ha sucedido hoy se puede llamar
aventura, ella ha sido de las más suaves y dulces que en todo el discurso de
nuestra peregrinación nos ha sucedido: della habemos salido sin palos y
sobresalto alguno, ni hemos echado mano a las espadas, ni hemos batido la tierra
con los cuerpos, ni quedamos hambrientos. Bendito sea Dios, que tal me ha dejado
ver con mis propios ojos.

-Tú dices bien, Sancho -dijo don QuiXote-, pero has de advertir que no todos los
tiempos son unos, ni corren de una misma suerte, y esto que el vulgo suele
llamar comúnmente agüeros, que no se fundan sobre natural razón alguna, del que
es discreto han de ser tenidos y juzgar por buenos acontecimientos. Levántase
uno destos agoreros por la mañana, sale de su casa, encuéntrase con un fraile de
la orden del bienaventurado San Francisco, y, como si hubiera encontrado con un
grifo, vuelve las espaldas y vuélvese a su casa. Derrámasele al otro Mendoza la
sal encima de la mesa, y derrámasele a él la melancolía por el corazón, como si
estuviese obligada la naturaleza a dar señales de las venideras desgracias con
cosas tan de poco momento como las referidas. El discreto y cristiano no ha de
andar en puntillos con lo que quiere hacer el cielo. Llega Cipión a África,
tropieza en saltando en tierra, tiénenlo por mal agüero sus soldados; pero él,
abrazándose con el suelo, dijo: ”No te me podrás huir, África, porque te tengo
asida y entre mis brazos”. Así que, Sancho, el haber encontrado con estas
imágines ha sido para mí felicísimo acontecimiento.

-Yo así lo creo -respondió Sancho-, y querría que vuestra merced me dijese qué
es la causa por que dicen los españoles cuando quieren dar alguna batalla,
invocando aquel San Diego Matamoros: “¡Santiago, y cierra, España!” ¿Está por
ventura España abierta, y de modo que es menester cerrarla, o qué ceremonia es
ésta?

-Simplicísimo eres, Sancho -respondió don QuiXote-; y mira que este gran
caballero de la cruz bermeja háselo dado Dios a España por patrón y amparo suyo,
especialmente en los rigurosos trances que con los moros los españoles han
tenido; y así, le invocan y llaman como a defensor suyo en todas las batallas
que acometen, y muchas veces le han visto visiblemente en ellas, derribando,
atropellando, destruyendo y matando los agarenos escuadrones; y desta verdad te
pudiera traer muchos ejemplos que en las verdaderas historias españolas se
cuentan.

Mudó Sancho plática, y dijo a su amo:

-Maravillado estoy, señor, de la desenvoltura de Altisidora, la doncella de la
duquesa: bravamente la debe de tener herida y traspasada aquel que llaman Amor,
que dicen que es un rapaz ceguezuelo que, con estar lagañoso, o, por mejor
decir, sin vista, si toma por blanco un corazón, por pequeño que sea, le acierta
y traspasa de parte a parte con sus flechas. He oído decir también que en la
vergüenza y recato de las doncellas se despuntan y embotan las amorosas saetas,
pero en esta Altisidora más parece que se aguzan que despuntan.

-Advierte, Sancho -dijo don QuiXote-, que el amor ni mira respetos ni guarda
términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que la muerte:
que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas de los
pastores, y cuando toma entera posesión de una alma, lo primero que hace es
quitarle el temor y la vergüenza; y así, sin ella declaró Altisidora sus deseos,
que engendraron en mi pecho antes confusión que lástima.

-¡Crueldad notoria! -dijo Sancho-. ¡Desagradecimiento inaudito! Yo de mí sé
decir que me rindiera y avasallara la más mínima razón amorosa suya. ¡Hideputa,
y qué corazón de mármol, qué entrañas de bronce y qué alma de argamasa! Pero no
puedo pensar qué es lo que vio esta doncella en vuestra merced que así la
rindiese y avasallase: qué gala, qué brío, qué donaire, qué rostro, que cada
cosa por sí déstas, o todas juntas, le enamoraron; que en verdad en verdad que
muchas veces me paro a mirar a vuestra merced desde la punta del pie hasta el
último cabello de la cabeza, y que veo más cosas para espantar que para
enamorar; y, habiendo yo también oído decir que la hermosura es la primera y
principal parte que enamora, no teniendo vuestra merced ninguna, no sé yo de qué
se enamoró la pobre.

-Advierte, Sancho -respondió don QuiXote-, que hay dos maneras de hermosura: una
del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento,
en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza,
y todas estas partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la
mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y
con ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que
no soy disforme; y bástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien
querido, como tenga los dotes del alma que te he dicho.

En estas razones y pláticas se iban entrando por una selva que fuera del camino
estaba, y a deshora, sin pensar en ello, se halló don QuiXote enredado entre
unas redes de hilo verde, que desde unos árboles a otros estaban tendidas; y,
sin poder imaginar qué pudiese ser aquello, dijo a Sancho:

-Paréceme, Sancho, que esto destas redes debe de ser una de las más nuevas
aventuras que pueda imaginar. Que me maten si los encantadores que me persiguen
no quieren enredarme en ellas y detener mi camino, como en venganza de la
riguridad que con Altisidora he tenido. Pues mándoles yo que, aunque estas
redes, si como son hechas de hilo verde fueran de durísimos diamantes, o más
fuertes que aquélla con que el celoso dios de los herreros enredó a Venus y a
Marte, así la rompiera como si fuera de juncos marinos o de hilachas de algodón.

Y, queriendo pasar adelante y romperlo todo, al improviso se le ofrecieron
delante, saliendo de entre unos árboles, dos hermosísimas pastoras; a lo menos,
vestidas como pastoras, sino que los pellicos y sayas eran de fino brocado,
digo, que las sayas eran riquísimos faldellines de tabí de oro. Traían los
cabellos sueltos por las espaldas, que en rubios podían competir con los rayos
del mismo sol; los cuales se coronaban con dos guirnaldas de verde laurel y de
rojo amaranto tejidas. La edad, al parecer, ni bajaba de los quince ni pasaba de
los diez y ocho.

Vista fue ésta que admiró a Sancho, suspendió a don QuiXote, hizo parar al sol
en su carrera para verlas, y tuvo en maravilloso silencio a todos cuatro. En
fin, quien primero habló fue una de las dos zagalas, que dijo a don QuiXote:

-Detened, señor caballero, el paso, y no rompáis las redes, que no para daño
vuestro, sino para nuestro pasatiempo, ahí están tendidas; y, porque sé que nos
habéis de preguntar para qué se han puesto y quién somos, os lo quiero decir en
breves palabras. En una aldea que está hasta dos leguas de aquí, donde hay mucha
gente principal y muchos hidalgos y ricos, entre muchos amigos y parientes se
concertó que con sus hijos, mujeres y hijas, vecinos, amigos y parientes, nos
viniésemos a holgar a este sitio, que es uno de los más agradables de todos
estos contornos, formando entre todos una nueva y pastoril Arcadia, vistiéndonos
las doncellas de zagalas y los mancebos de pastores. Traemos estudiadas dos
églogas, una del famoso poeta Garcilaso, y otra del excelentísimo Camoes, en su
misma lengua portuguesa, las cuales hasta agora no hemos representado. Ayer fue
el primero día que aquí llegamos; tenemos entre estos ramos plantadas algunas
tiendas, que dicen se llaman de campaña, en el margen de un abundoso arroyo que
todos estos prados fertiliza; tendimos la noche pasada estas redes de estos
árboles para engañar los simples pajarillos, que, ojeados con nuestro ruido,
vinieren a dar en ellas. Si gustáis, señor, de ser nuestro huésped, seréis
agasajado liberal y cortésmente; porque por agora en este sitio no ha de entrar
la pesadumbre ni la melancolía.

Calló y no dijo más. A lo que respondió don QuiXote:

-Por cierto, hermosísima señora, que no debió de quedar más suspenso ni admirado
Anteón cuando vio al improviso bañarse en las aguas a Diana, como yo he quedado
atónito en ver vuestra belleza. Alabo el asumpto de vuestros entretenimientos, y
el de vuestros ofrecimientos agradezco; y, si os puedo servir, con seguridad de
ser obedecidas me lo podéis mandar; porque no es ésta la profesión mía, sino de
mostrarme agradecido y bienhechor con todo género de gente, en especial con la
principal que vuestras personas representa; y, si como estas redes, que deben de
ocupar algún pequeño espacio, ocuparan toda la redondez de la tierra, buscara yo
nuevos mundos por do pasar sin romperlas; y porque deis algún crédito a esta mi
exageración, ved que os lo promete, por lo menos, don QuiXote de la Mancha, si
es que ha llegado a vuestros oídos este nombre.

-¡Ay, amiga de mi alma -dijo entonces la otra zagala-, y qué ventura tan grande
nos ha sucedido! ¿Ves este señor que tenemos delante? Pues hágote saber que es
el más valiente, y el más enamorado, y el más comedido que tiene el mundo, si no
es que nos miente y nos engaña una historia que de sus hazañas anda impresa y yo
he leído. Yo apostaré que este buen hombre que viene consigo es un tal Sancho
Panza, su escudero, a cuyas gracias no hay ningunas que se le igualen.

-Así es la verdad -dijo Sancho-: que yo soy ese gracioso y ese escudero que
vuestra merced dice, y este señor es mi amo, el mismo don QuiXote de la Mancha
historiado y referido.

-¡Ay! -dijo la otra-. Supliquémosle, amiga, que se quede; que nuestros padres y
nuestros hermanos gustarán infinito dello, que también he oído yo decir de su
valor y de sus gracias lo mismo que tú me has dicho, y, sobre todo, dicen dél
que es el más firme y más leal enamorado que se sabe, y que su dama es una tal
Dulcinea del Toboso, a quien en toda España la dan la palma de la hermosura.

-Con razón se la dan -dijo don QuiXote-, si ya no lo pone en duda vuestra sin
igual belleza. No os canséis, señoras, en detenerme, porque las precisas
obligaciones de mi profesión no me dejan reposar en ningún cabo.

Llegó, en esto, adonde los cuatro estaban un hermano de una de las dos pastoras,
vestido asimismo de pastor, con la riqueza y galas que a las de las zagalas
correspondía; contáronle ellas que el que con ellas estaba era el valeroso don
QuiXote de la Mancha, y el otro, su escudero Sancho, de quien tenía él ya
noticia, por haber leído su historia. Ofreciósele el gallardo pastor, pidióle
que se viniese con él a sus tiendas; húbolo de conceder don QuiXote, y así lo
hizo.

Llegó, en esto, el ojeo, llenáronse las redes de pajarillos diferentes que,
engañados de la color de las redes, caían en el peligro de que iban huyendo.
Juntáronse en aquel sitio más de treinta personas, todas bizarramente de
pastores y pastoras vestidas, y en un instante quedaron enteradas de quiénes
eran don QuiXote y su escudero, de que no poco contento recibieron, porque ya
tenían dél noticia por su historia. Acudieron a las tiendas, hallaron las mesas
puestas, ricas, abundantes y limpias; honraron a don QuiXote dándole el primer
lugar en ellas; mirábanle todos, y admirábanse de verle.
Finalmente, alzados los manteles, con gran reposo alzó don QuiXote la voz, y
dijo:

-Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es
la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele
decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en
cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso
de razón; y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras,
pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando éstos no bastan, las publico;
porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las
recompensara con otras, si pudiera; porque, por la mayor parte, los que reciben
son inferiores a los que dan; y así, es Dios sobre todos, porque es dador sobre
todos y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con
igualdad, por infinita distancia; y esta estrecheza y cortedad, en cierto modo,
la suple el agradecimiento. Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha
hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los
estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi
cosecha; y así, digo que sustentaré dos días naturales en metad de ese camino
real que va a Zaragoza, que estas señoras zagalas contrahechas que aquí están
son las más hermosas doncellas y más corteses que hay en el mundo, excetado sólo
a la sin par Dulcinea del Toboso, única señora de mis pensamientos, con paz sea
dicho de cuantos y cuantas me escuchan.

Oyendo lo cual, Sancho, que con grande atención le había estado escuchando,
dando una gran voz, dijo:

-¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que
este mi señor es loco? Digan vuestras mercedes, señores pastores: ¿hay cura de
aldea, por discreto y por estudiante que sea, que pueda decir lo que mi amo ha
dicho, ni hay caballero andante, por más fama que tenga de valiente, que pueda
ofrecer lo que mi amo aquí ha ofrecido?
Volvióse don QuiXote a Sancho, y, encendido el rostro y colérico, le dijo:

-¿Es posible, ¡oh Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que diga que
no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no sé qué ribetes de malicioso y de
bellaco? ¿Quién te mete a ti en mis cosas, y en averiguar si soy discreto o
majadero? Calla y no me repliques, sino ensilla, si está desensillado Rocinante:
vamos a poner en efecto mi ofrecimiento, que, con la razón que va de mi parte,
puedes dar por vencidos a todos cuantos quisieren contradecirla.

Y, con gran furia y muestras de enojo, se levantó de la silla, dejando admirados
a los circunstantes, haciéndoles dudar si le podían tener por loco o por cuerdo.
Finalmente, habiéndole persuadido que no se pusiese en tal demanda, que ellos
daban por bien conocida su agradecida voluntad y que no eran menester nuevas
demostraciones para conocer su ánimo valeroso, pues bastaban las que en la
historia de sus hechos se referían, con todo esto, salió don QuiXote con su
intención; y, puesto sobre Rocinante, embrazando su escudo y tomando su lanza,
se puso en la mitad de un real camino que no lejos del verde prado estaba.

Siguióle Sancho sobre su rucio, con toda la gente del pastoral rebaño, deseosos
de ver en qué paraba su arrogante y nunca visto ofrecimiento.

Puesto, pues, don QuiXote en mitad del camino -como os he dicho-, hirió el aire
con semejantes palabras:

-¡Oh vosotros, pasajeros y viandantes, caballeros, escuderos, gente de a pie y
de a caballo que por este camino pasáis, o habéis de pasar en estos dos días
siguientes! Sabed que don QuiXote de la Mancha, caballero andante, está aquí
puesto para defender que a todas las hermosuras y cortesías del mundo exceden
las que se encierran en las ninfas habitadoras destos prados y bosques, dejando
a un lado a la señora de mi alma Dulcinea del Toboso. Por eso, el que fuere de
parecer contrario, acuda, que aquí le espero.

Dos veces repitió estas mismas razones, y dos veces no fueron oídas de ningún
aventurero; pero la suerte, que sus cosas iba encaminando de mejor en mejor,
ordenó que de allí a poco se descubriese por el camino muchedumbre de hombres de
a caballo, y muchos dellos con lanzas en las manos, caminando todos apiñados, de
tropel y a gran priesa. No los hubieron bien visto los que con don QuiXote
estaban, cuando, volviendo las espaldas, se apartaron bien lejos del camino,
porque conocieron que si esperaban les podía suceder algún peligro; sólo don
QuiXote, con intrépido corazón, se estuvo quedo, y Sancho Panza se escudó con
las ancas de Rocinante.

Llegó el tropel de los lanceros, y uno dellos, que venía más delante, a grandes
voces comenzó a decir a don QuiXote:

-¡Apártate, hombre del diablo, del camino, que te harán pedazos estos toros!

-¡Ea, canalla -respondió don QuiXote-, para mí no hay toros que valgan, aunque
sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas! Confesad, malandrines,
así a carga cerrada, que es verdad lo que yo aquí he publicado; si no, conmigo
sois en batalla.

No tuvo lugar de responder el vaquero, ni don QuiXote le tuvo de desviarse,
aunque quisiera; y así, el tropel de los toros bravos y el de los mansos
cabestros, con la multitud de los vaqueros y otras gentes que a encerrar los
llevaban a un lugar donde otro día habían de correrse, pasaron sobre don
QuiXote, y sobre Sancho, Rocinante y el rucio, dando con todos ellos en tierra,
echándole a rodar por el suelo. Quedó molido Sancho, espantado don QuiXote,
aporreado el rucio y no muy católico Rocinante; pero, en fin, se levantaron
todos, y don QuiXote, a gran priesa, tropezando aquí y cayendo allí, comenzó a
correr tras la vacada, diciendo a voces:

-¡Deteneos y esperad, canalla malandrina, que un solo caballero os espera, el
cual no tiene condición ni es de parecer de los que dicen que al enemigo que
huye, hacerle la puente de plata!

Pero no por eso se detuvieron los apresurados corredores, ni hicieron más caso
de sus amenazas que de las nubes de antaño. Detúvole el cansancio a don QuiXote,
y, más enojado que vengado, se sentó en el camino, esperando a que Sancho,
Rocinante y el rucio llegasen. Llegaron, volvieron a subir amo y mozo, y, sin
volver a despedirse de la Arcadia fingida o contrahecha, y con más vergüenza que
gusto, siguieron su camino.

Capítulo LIX.

Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por
aventura, que le sucedió a don QuiXote

Al polvo y al cansancio que don QuiXote y Sancho sacaron del descomedimiento de
los toros, socorrió una fuente clara y limpia que entre una fresca arboleda
hallaron, en el margen de la cual, dejando libres, sin jáquima y freno, al rucio
y a Rocinante, los dos asendereados amo y mozo se sentaron. Acudió Sancho a la
repostería de su alforjas, y dellas sacó de lo que él solía llamar condumio;
enjuagóse la boca, lavóse don QuiXote el rostro, con cuyo refrigerio cobraron
aliento los espíritus desalentados. No comía don QuiXote, de puro pesaroso, ni
Sancho no osaba tocar a los manjares que delante tenía, de puro comedido, y
esperaba a que su señor hiciese la salva; pero, viendo que, llevado de sus
imaginaciones, no se acordaba de llevar el pan a la boca, no abrió la suya, y,
atropellando por todo género de crianza, comenzó a embaular en el estómago el
pan y queso que se le ofrecía.

-Come, Sancho amigo -dijo don QuiXote-, sustenta la vida, que más que a mí te
importa, y déjame morir a mí a manos de mis pensamientos y a fuerzas de mis
desgracias. Yo, Sancho, nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo; y,
porque veas que te digo verdad en esto, considérame impreso en historias, famoso
en las armas, comedido en mis acciones, respetado de príncipes, solicitado de
doncellas; al cabo al cabo, cuando esperaba palmas, triunfos y coronas,
granjeadas y merecidas por mis valerosas hazañas, me he visto esta mañana pisado
y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces. Esta
consideración me embota los dientes, entorpece las muelas, y entomece las manos,
y quita de todo en todo la gana del comer, de manera que pienso dejarme morir de
hambre: muerte la más cruel de las muertes.

-Desa manera -dijo Sancho, sin dejar de mascar apriesa- no aprobará vuestra
merced aquel refrán que dicen: “muera Marta, y muera harta”. Yo, a lo menos, no
pienso matarme a mí mismo; antes pienso hacer como el zapatero, que tira el
cuero con los dientes hasta que le hace llegar donde él quiere; yo tiraré mi
vida comiendo hasta que llegue al fin que le tiene determinado el cielo; y sepa,
señor, que no hay mayor locura que la que toca en querer desesperarse como
vuestra merced, y créame, y después de comido, échese a dormir un poco sobre los
colchones verdes destas yerbas, y verá como cuando despierte se halla algo más
aliviado.

Hízolo así don QuiXote, pareciéndole que las razones de Sancho más eran de
filósofo que de mentecato, y díjole:

-Si tú, ¡oh Sancho!, quisieses hacer por mí lo que yo ahora te diré, serían mis
alivios más ciertos y mis pesadumbres no tan grandes; y es que, mientras yo
duermo, obedeciendo tus consejos, tú te desviases un poco lejos de aquí, y con
las riendas de Rocinante, echando al aire tus carnes, te dieses trecientos o
cuatrocientos azotes a buena cuenta de los tres mil y tantos que te has de dar
por el desencanto de Dulcinea; que es lástima no pequeña que aquella pobre
señora esté encantada por tu descuido y negligencia.

-Hay mucho que decir en eso -dijo Sancho-. Durmamos, por ahora, entrambos, y
después, Dios dijo lo que será. Sepa vuestra merced que esto de azotarse un
hombre a sangre fría es cosa recia, y más si caen los azotes sobre un cuerpo mal
sustentado y peor comido: tenga paciencia mi señora Dulcinea, que, cuando menos
se cate, me verá hecho una criba, de azotes; y hasta la muerte, todo es vida;
quiero decir que aún yo la tengo, junto con el deseo de cumplir con lo que he
prometido.

Agradeciéndoselo don QuiXote, comió algo, y Sancho mucho, y echáronse a dormir
entrambos, dejando a su albedrío y sin orden alguna pacer del abundosa yerba de
que aquel prado estaba lleno a los dos continuos compañeros y amigos Rocinante y
el rucio. Despertaron algo tarde, volvieron a subir y a seguir su camino,
dándose priesa para llegar a una venta que, al parecer, una legua de allí se
descubría. Digo que era venta porque don QuiXote la llamó así, fuera del uso que
tenía de llamar a todas las ventas castillos.

Llegaron, pues, a ella; preguntaron al huésped si había posada. Fueles
respondido que sí, con toda la comodidad y regalo que pudiera hallar en
Zaragoza. Apeáronse y recogió Sancho su repostería en un aposento, de quien el
huésped le dio la llave; llevó las bestias a la caballeriza, echóles sus
piensos, salió a ver lo que don QuiXote, que estaba sentado sobre un poyo, le
mandaba, dando particulares gracias al cielo de que a su amo no le hubiese
parecido castillo aquella venta.

Llegóse la hora del cenar; recogiéronse a su estancia; preguntó Sancho al
huésped que qué tenía para darles de cenar. A lo que el huésped respondió que su
boca sería medida; y así, que pidiese lo que quisiese: que de las pajaricas del
aire, de las aves de la tierra y de los pescados del mar estaba proveída aquella
venta.

-No es menester tanto -respondió Sancho-, que con un par de pollos que nos asen
tendremos lo suficiente, porque mi señor es delicado y come poco, y yo no soy
tragantón en demasía.

Respondióle el huésped que no tenía pollos, porque los milanos los tenían
asolados.

-Pues mande el señor huésped -dijo Sancho- asar una polla que sea tierna.

-¿Polla? ¡Mi padre! -respondió el huésped-. En verdad en verdad que envié ayer a
la ciudad a vender más de cincuenta; pero, fuera de pollas, pida vuestra merced
lo que quisiere.

-Desa manera -dijo Sancho-, no faltará ternera o cabrito.

-En casa, por ahora -respondió el huésped-, no lo hay, porque se ha acabado;
pero la semana que viene lo habrá de sobra.

-¡Medrados estamos con eso! -respondió Sancho-. Yo pondré que se vienen a
resumirse todas estas faltas en las sobras que debe de haber de tocino y huevos.

-¡Por Dios -respondió el huésped-, que es gentil relente el que mi huésped
tiene!, pues hele dicho que ni tengo pollas ni gallinas, y ¿quiere que tenga
huevos? Discurra, si quisiere, por otras delicadezas, y déjese de pedir
gallinas.

-Resolvámonos, cuerpo de mí -dijo Sancho-, y dígame finalmente lo que tiene, y
déjese de discurrimientos, señor huésped.

Dijo el ventero:

-Lo que real y verdaderamente tengo son dos uñas de vaca que parecen manos de
ternera, o dos manos de ternera que parecen uñas de vaca; están cocidas con sus
garbanzos, cebollas y tocino, y la hora de ahora están diciendo: ¡Coméme!
¡Coméme!

-Por mías las marco desde aquí -dijo Sancho-; y nadie las toque, que yo las
pagaré mejor que otro, porque para mí ninguna otra cosa pudiera esperar de más
gusto, y no se me daría nada que fuesen manos, como fuesen uñas.

-Nadie las tocará -dijo el ventero-, porque otros huéspedes que tengo, de puro
principales, traen consigo cocinero, despensero y repostería.

-Si por principales va -dijo Sancho-, ninguno más que mi amo; pero el oficio que
él trae no permite despensas ni botillerías: ahí nos tendemos en mitad de un
prado y nos hartamos de bellotas o de nísperos.

Esta fue la plática que Sancho tuvo con el ventero, sin querer Sancho pasar
adelante en responderle; que ya le había preguntado qué oficio o qué ejercicio
era el de su amo.

Llegóse, pues, la hora del cenar, recogióse a su estancia don QuiXote, trujo el
huésped la olla, así como estaba, y sentóse a cenar muy de propósito. Parece ser
que en otro aposento que junto al de don QuiXote estaba, que no le dividía más
que un sutil tabique, oyó decir don QuiXote:

-Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que trae la cena
leamos otro capítulo de la segunda parte de Don QuiXote de la Mancha.

Apenas oyó su nombre don QuiXote, cuando se puso en pie, y con oído alerto
escuchó lo que dél trataban, y oyó que el tal don Jerónimo referido respondió:

-¿Para qué quiere vuestra merced, señor don Juan, que leamos estos disparates? Y
el que hubiere leído la primera parte de la historia de don QuiXote de la Mancha
no es posible que pueda tener gusto en leer esta segunda.

-Con todo eso -dijo el don Juan-, será bien leerla, pues no hay libro tan malo
que no tenga alguna cosa buena. Lo que a mí en éste más desplace es que pinta a
don QuiXote ya desenamorado de Dulcinea del Toboso.
Oyendo lo cual don QuiXote, lleno de ira y de despecho, alzó la voz y dijo:

-Quienquiera que dijere que don QuiXote de la Mancha ha olvidado, ni puede
olvidar, a Dulcinea del Toboso, yo le haré entender con armas iguales que va muy
lejos de la verdad; porque la sin par Dulcinea del Toboso ni puede ser olvidada,
ni en don QuiXote puede caber olvido: su blasón es la firmeza, y su profesión,
el guardarla con suavidad y sin hacerse fuerza alguna.

-¿Quién es el que nos responde? -respondieron del otro aposento.

-¿Quién ha de ser -respondió Sancho- sino el mismo don QuiXote de la Mancha, que
hará bueno cuanto ha dicho, y aun cuanto dijere?; que al buen pagador no le
duelen prendas.

Apenas hubo dicho esto Sancho, cuando entraron por la puerta de su aposento dos
caballeros, que tales lo parecían, y uno dellos echando los brazos al cuello de
don QuiXote, le dijo:

-Ni vuestra presencia puede desmentir vuestro nombre, ni vuestro nombre puede no
acreditar vuestra presencia: sin duda, vos, señor, sois el verdadero don QuiXote
de la Mancha, norte y lucero de la andante caballería, a despecho y pesar del
que ha querido usurpar vuestro nombre y aniquilar vuestras hazañas, como lo ha
hecho el autor deste libro que aquí os entrego.

Y, poniéndole un libro en las manos, que traía su compañero, le tomó don
QuiXote, y, sin responder palabra, comenzó a hojearle, y de allí a un poco se le
volvió, diciendo:

-En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de
reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la
otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos, y la
tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la
verdad en lo más principal de la historia; porque aquí dice que la mujer de
Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa
Panza; y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra
en todas las demás de la historia.

A esto dijo Sancho:

-¡Donosa cosa de historiador! ¡Por cierto, bien debe de estar en el cuento de
nuestros sucesos, pues llama a Teresa Panza, mi mujer, Mari Gutiérrez! Torne a
tomar el libro, señor, y mire si ando yo por ahí y si me ha mudado el nombre.

-Por lo que he oído hablar, amigo -dijo don Jerónimo-, sin duda debéis de ser
Sancho Panza, el escudero del señor don QuiXote.

-Sí soy -respondió Sancho-, y me precio dello.

-Pues a fe -dijo el caballero- que no os trata este autor moderno con la
limpieza que en vuestra persona se muestra: píntaos comedor, y simple, y no nada
gracioso, y muy otro del Sancho que en la primera parte de la historia de
vuestro amo se describe.

-Dios se lo perdone -dijo Sancho-. Dejárame en mi rincón, sin acordarse de mí,
porque quien las sabe las tañe, y bien se está San Pedro en Roma.

Los dos caballeros pidieron a don QuiXote se pasase a su estancia a cenar con
ellos, que bien sabían que en aquella venta no había cosas pertenecientes para
su persona. Don QuiXote, que siempre fue comedido, condecenció con su demanda y
cenó con ellos; quedóse Sancho con la olla con mero mixto imperio; sentóse en
cabecera de mesa, y con él el ventero, que no menos que Sancho estaba de sus
manos y de sus uñas aficionado.

En el discurso de la cena preguntó don Juan a don QuiXote qué nuevas tenía de la
señora Dulcinea del Toboso: si se había casado, si estaba parida o preñada, o
si, estando en su entereza, se acordaba -guardando su honestidad y buen decorode
los amorosos pensamientos del señor don QuiXote. A lo que él respondió:

-Dulcinea se está entera, y mis pensamientos, más firmes que nunca; las
correspondencias, en su sequedad antigua; su hermosura, en la de una soez
labradora transformada.

Y luego les fue contando punto por punto el encanto de la señora Dulcinea, y lo
que le había sucedido en la cueva de Montesinos, con la orden que el sabio
Merlín le había dado para desencantarla, que fue la de los azotes de Sancho.
Sumo fue el contento que los dos caballeros recibieron de oír contar a don
QuiXote los estraños sucesos de su historia, y así quedaron admirados de sus
disparates como del elegante modo con que los contaba. Aquí le tenían por
discreto, y allí se les deslizaba por mentecato, sin saber determinarse qué
grado le darían entre la discreción y la locura.

Acabó de cenar Sancho, y, dejando hecho equis al ventero, se pasó a la estancia
de su amo; y, en entrando, dijo:

-Que me maten, señores, si el autor deste libro que vuesas mercedes tienen
quiere que no comamos buenas migas juntos; yo querría que, ya que me llama
comilón, como vuesas mercedes dicen, no me llamase también borracho.

-Sí llama -dijo don Jerónimo-, pero no me acuerdo en qué manera, aunque sé que
son malsonantes las razones, y además, mentirosas, según yo echo de ver en la
fisonomía del buen Sancho que está presente.

-Créanme vuesas mercedes -dijo Sancho- que el Sancho y el don QuiXote desa
historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete
Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado; y yo,
simple gracioso, y no comedor ni borracho.

-Yo así lo creo -dijo don Juan-; y si fuera posible, se había de mandar que
ninguno fuera osado a tratar de las cosas del gran don QuiXote, si no fuese Cide
Hamete, su primer autor, bien así como mandó Alejandro que ninguno fuese osado a
retratarle sino Apeles.

-Retráteme el que quisiere -dijo don QuiXote-, pero no me maltrate; que muchas
veces suele caerse la paciencia cuando la cargan de injurias.

-Ninguna -dijo don Juan- se le puede hacer al señor don QuiXote de quien él no
se pueda vengar, si no la repara en el escudo de su paciencia, que, a mi
parecer, es fuerte y grande.

En estas y otras pláticas se pasó gran parte de la noche; y, aunque don Juan
quisiera que don QuiXote leyera más del libro, por ver lo que discantaba, no lo
pudieron acabar con él, diciendo que él lo daba por leído y lo confirmaba por
todo necio, y que no quería, si acaso llegase a noticia de su autor que le había
tenido en sus manos, se alegrase con pensar que le había leído; pues de las
cosas obscenas y torpes, los pensamientos se han de apartar, cuanto más los
ojos. Preguntáronle que adónde llevaba determinado su viaje. Respondió que a
Zaragoza, a hallarse en las justas del arnés, que en aquella ciudad suelen
hacerse todos los años. Díjole don Juan que aquella nueva historia contaba como
don QuiXote, sea quien se quisiere, se había hallado en ella en una sortija,
falta de invención, pobre de letras, pobrísima de libreas, aunque rica de
simplicidades.

-Por el mismo caso -respondió don QuiXote-, no pondré los pies en Zaragoza, y
así sacaré a la plaza del mundo la mentira dese historiador moderno, y echarán
de ver las gentes como yo no soy el don QuiXote que él dice.

-Hará muy bien -dijo don Jerónimo-; y otras justas hay en Barcelona, donde podrá
el señor don QuiXote mostrar su valor.

-Así lo pienso hacer -dijo don QuiXote-; y vuesas mercedes me den licencia, pues
ya es hora para irme al lecho, y me tengan y pongan en el número de sus mayores
amigos y servidores.

-Y a mí también -dijo Sancho-: quizá seré bueno para algo.

Con esto se despidieron, y don QuiXote y Sancho se retiraron a su aposento,
dejando a don Juan y a don Jerónimo admirados de ver la mezcla que había hecho
de su discreción y de su locura; y verdaderamente creyeron que éstos eran los
verdaderos don QuiXote y Sancho, y no los que describía su autor aragonés.
Madrugó don QuiXote, y, dando golpes al tabique del otro aposento, se despidió
de sus huéspedes. Pagó Sancho al ventero magníficamente, y aconsejóle que
alabase menos la provisión de su venta, o la tuviese más proveída.

Capítulo LX. De lo que sucedió a don QuiXote yendo a Barcelona

Era fresca la mañana, y daba muestras de serlo asimesmo el día en que don
QuiXote salió de la venta, informándose primero cuál era el más derecho camino
para ir a Barcelona sin tocar en Zaragoza: tal era el deseo que tenía de sacar
mentiroso aquel nuevo historiador que tanto decían que le vituperaba.
Sucedió, pues, que en más de seis días no le sucedió cosa digna de ponerse en
escritura, al cabo de los cuales, yendo fuera de camino, le tomó la noche entre
unas espesas encinas o alcornoques; que en esto no guarda la puntualidad Cide
Hamete que en otras cosas suele.

Apeáronse de sus bestias amo y mozo, y, acomodándose a los troncos de los
árboles, Sancho, que había merendado aquel día, se dejó entrar de rondón por las
puertas del sueño; pero don QuiXote, a quien desvelaban sus imaginaciones mucho
más que la hambre, no podía pegar sus ojos; antes iba y venía con el pensamiento
por mil géneros de lugares. Ya le parecía hallarse en la cueva de Montesinos; ya
ver brincar y subir sobre su pollina a la convertida en labradora Dulcinea; ya
que le sonaban en los oídos las palabras del sabio Merlín que le referían las
condiciones y diligencias que se habían de hacer y tener en el desencanto de
Dulcinea. Desesperábase de ver la flojedad y caridad poca de Sancho su escudero,
pues, a lo que creía, solos cinco azotes se había dado, número desigual y
pequeño para los infinitos que le faltaban; y desto recibió tanta pesadumbre y
enojo, que hizo este discurso:

-Si nudo gordiano cortó el Magno Alejandro, diciendo: ”Tanto monta cortar como
desatar”, y no por eso dejó de ser universal señor de toda la Asia, ni más ni
menos podría suceder ahora en el desencanto de Dulcinea, si yo azotase a Sancho
a pesar suyo; que si la condición deste remedio está en que Sancho reciba los
tres mil y tantos azotes, ¿qué se me da a mí que se los dé él, o que se los dé
otro, pues la sustancia está en que él los reciba, lleguen por do llegaren?
Con esta imaginación se llegó a Sancho, habiendo primero tomado las riendas de
Rocinante, y acomodádolas en modo que pudiese azotarle con ellas, comenzóle a
quitar las cintas, que es opinión que no tenía más que la delantera, en que se
sustentaban los greguescos; pero, apenas hubo llegado, cuando Sancho despertó en
todo su acuerdo, y dijo:

-¿Qué es esto? ¿Quién me toca y desencinta?

-Yo soy -respondió don QuiXote-, que vengo a suplir tus faltas y a remediar mis
trabajos: véngote a azotar, Sancho, y a descargar, en parte, la deuda a que te
obligaste. Dulcinea perece; tú vives en descuido; yo muero deseando; y así,
desatácate por tu voluntad, que la mía es de darte en esta soledad, por lo
menos, dos mil azotes.

-Eso no -dijo Sancho-; vuesa merced se esté quedo; si no, por Dios verdadero que
nos han de oír los sordos. Los azotes a que yo me obligué han de ser
voluntarios, y no por fuerza, y ahora no tengo gana de azotarme; basta que doy a
vuesa merced mi palabra de vapularme y mosquearme cuando en voluntad me viniere.

-No hay dejarlo a tu cortesía, Sancho -dijo don QuiXote-, porque eres duro de
corazón, y, aunque villano, blando de carnes.

Y así, procuraba y pugnaba por desenlazarle. Viendo lo cual Sancho Panza, se
puso en pie, y, arremetiendo a su amo, se abrazó con él a brazo partido, y,
echándole una zancadilla, dio con él en el suelo boca arriba; púsole la rodilla
derecha sobre el pecho, y con las manos le tenía las manos, de modo que ni le
dejaba rodear ni alentar. Don QuiXote le decía:

-¿Cómo, traidor? ¿Contra tu amo y señor natural te desmandas? ¿Con quien te da
su pan te atreves?

-Ni quito rey, ni pongo rey -respondió Sancho-, sino ayúdome a mí, que soy mi
señor. Vuesa merced me prometa que se estará quedo, y no tratará de azotarme por
agora, que yo le dejaré libre y desembarazado; donde no,

Aquí morirás, traidor,

enemigo de doña Sancha.

Prometióselo don QuiXote, y juró por vida de sus pensamientos no tocarle en el
pelo de la ropa, y que dejaría en toda su voluntad y albedrío el azotarse cuando
quisiese.

Levantóse Sancho, y desvióse de aquel lugar un buen espacio; y, yendo a
arrimarse a otro árbol, sintió que le tocaban en la cabeza, y, alzando las
manos, topó con dos pies de persona, con zapatos y calzas. Tembló de miedo;
acudió a otro árbol, y sucedióle lo mesmo. Dio voces llamando a don QuiXote que
le favoreciese. Hízolo así don QuiXote, y, preguntándole qué le había sucedido y
de qué tenía miedo, le respondió Sancho que todos aquellos árboles estaban
llenos de pies y de piernas humanas. Tentólos don QuiXote, y cayó luego en la
cuenta de lo que podía ser, y díjole a Sancho:

-No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no
vees, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están
ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte
en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar
cerca de Barcelona.

Y así era la verdad como él lo había imaginado.

Al parecer alzaron los ojos, y vieron los racimos de aquellos árboles, que eran
cuerpos de bandoleros. Ya, en esto, amanecía, y si los muertos los habían
espantado, no menos los atribularon más de cuarenta bandoleros vivos que de
improviso les rodearon, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos, y
se detuviesen, hasta que llegase su capitán.

Hallóse don QuiXote a pie, su caballo sin freno, su lanza arrimada a un árbol,
y, finalmente, sin defensa alguna; y así, tuvo por bien de cruzar las manos e
inclinar la cabeza, guardándose para mejor sazón y coyuntura.

Acudieron los bandoleros a espulgar al rucio, y a no dejarle ninguna cosa de
cuantas en las alforjas y la maleta traía; y avínole bien a Sancho que en una
ventrera que tenía ceñida venían los escudos del duque y los que habían sacado
de su tierra, y, con todo eso, aquella buena gente le escardara y le mirara
hasta lo que entre el cuero y la carne tuviera escondido, si no llegara en
aquella sazón su capitán, el cual mostró ser de hasta edad de treinta y cuatro
años, robusto, más que de mediana proporción, de mirar grave y color morena.
Venía sobre un poderoso caballo, vestida la acerada cota, y con cuatro
pistoletes -que en aquella tierra se llaman pedreñales- a los lados. Vio que sus
escuderos, que así llaman a los que andan en aquel ejercicio, iban a despojar a
Sancho Panza; mandóles que no lo hiciesen, y fue luego obedecido; y así se
escapó la ventrera. Admiróle ver lanza arrimada al árbol, escudo en el suelo, y
a don QuiXote armado y pensativo, con la más triste y melancólica figura que
pudiera formar la misma tristeza. Llegóse a él diciéndole:

-No estéis tan triste, buen hombre, porque no habéis caído en las manos de algún
cruel Osiris, sino en las de Roque Guinart, que tienen más de compasivas que de
rigurosas.

-No es mi tristeza -respondió don QuiXote- haber caído en tu poder, ¡oh valeroso
Roque, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren!, sino por haber
sido tal mi descuido, que me hayan cogido tus soldados sin el freno, estando yo
obligado, según la orden de la andante caballería, que profeso, a vivir contino
alerta, siendo a todas horas centinela de mí mismo; porque te hago saber, ¡oh
gran Roque!, que si me hallaran sobre mi caballo, con mi lanza y con mi escudo,
no les fuera muy fácil rendirme, porque yo soy don QuiXote de la Mancha, aquel
que de sus hazañas tiene lleno todo el orbe.

Luego Roque Guinart conoció que la enfermedad de don QuiXote tocaba más en
locura que en valentía, y, aunque algunas veces le había oído nombrar, nunca
tuvo por verdad sus hechos, ni se pudo persuadir a que semejante humor reinase
en corazón de hombre; y holgóse en estremo de haberle encontrado, para tocar de
cerca lo que de lejos dél había oído; y así, le dijo:

-Valeroso caballero, no os despechéis ni tengáis a siniestra fortuna ésta en que
os halláis, que podía ser que en estos tropiezos vuestra torcida suerte se
enderezase; que el cielo, por estraños y nunca vistos rodeos, de los hombres no
imaginados, suele levantar los caídos y enriquecer los pobres.

Ya le iba a dar las gracias don QuiXote, cuando sintieron a sus espaldas un
ruido como de tropel de caballos, y no era sino un solo, sobre el cual venía a
toda furia un mancebo, al parecer de hasta veinte años, vestido de damasco
verde, con pasamanos de oro, greguescos y saltaembarca, con sombrero terciado, a
la valona, botas enceradas y justas, espuelas, daga y espada doradas, una
escopeta pequeña en las manos y dos pistolas a los lados. Al ruido volvió Roque
la cabeza y vio esta hermosa figura, la cual, en llegando a él, dijo:

-En tu busca venía, ¡oh valeroso Roque!, para hallar en ti, si no remedio, no me
has conocido, quiero decirte quién soy: y soy Claudia Jerónima, hija de Simón
Forte, tu singular amigo y enemigo particular de Clauquel Torrellas, que
asimismo lo es tuyo, por ser uno de los de tu contrario bando; y ya sabes que
este Torrellas tiene un hijo que don Vicente Torrellas se llama, o, a lo menos,
se llamaba no ha dos horas. Éste, pues, por abreviar el cuento de mi desventura,
te diré en breves palabras la que me ha causado. Viome, requebróme, escuchéle,
enamoréme, a hurto de mi padre; porque no hay mujer, por retirada que esté y
recatada que sea, a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución y efecto
sus atropellados deseos. Finalmente, él me prometió de ser mi esposo, y yo le di
la palabra de ser suya, sin que en obras pasásemos adelante. Supe ayer que,
olvidado de lo que me debía, se casaba con otra, y que esta mañana iba a
desposarse, nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia; y, por no estar
mi padre en el lugar, le tuve yo de ponerme en el traje que vees, y apresurando
el paso a este caballo, alcancé a don Vicente obra de una legua de aquí; y, sin
ponerme a dar quejas ni a oír disculpas, le disparé estas escopetas, y, por
añadidura, estas dos pistolas; y, a lo que creo, le debí de encerrar más de dos
balas en el cuerpo, abriéndole puertas por donde envuelta en su sangre saliese
mi honra. Allí le dejo entre sus criados, que no osaron ni pudieron ponerse en
su defensa. Vengo a buscarte para que me pases a Francia, donde tengo parientes
con quien viva, y asimesmo a rogarte defiendas a mi padre, porque los muchos de
don Vicente no se atrevan a tomar en él desaforada venganza.

Roque, admirado de la gallardía, bizarría, buen talle y suceso de la hermosa
Claudia, le dijo:

-Ven, señora, y vamos a ver si es muerto tu enemigo, que después veremos lo que
más te importare.

Don QuiXote, que estaba escuchando atentamente lo que Claudia había dicho y lo
que Roque Guinart respondió, dijo:

-No tiene nadie para qué tomar trabajo en defender a esta señora, que lo tomo yo
a mi cargo: denme mi caballo y mis armas, y espérenme aquí, que yo iré a buscar
a ese caballero, y, muerto o vivo, le haré cumplir la palabra prometida a tanta
belleza.

-Nadie dude de esto -dijo Sancho-, porque mi señor tiene muy buena mano para
casamentero, pues no ha muchos días que hizo casar a otro que también negaba a
otra doncella su palabra; y si no fuera porque los encantadores que le persiguen
le mudaron su verdadera figura en la de un lacayo, ésta fuera la hora que ya la
tal doncella no lo fuera.

Roque, que atendía más a pensar en el suceso de la hermosa Claudia que en las
razones de amo y mozo, no las entendió; y, mandando a sus escuderos que
volviesen a Sancho todo cuanto le habían quitado del rucio, mandándoles asimesmo
que se retirasen a la parte donde aquella noche habían estado alojados, y luego
se partió con Claudia a toda priesa a buscar al herido, o muerto, don Vicente.
Llegaron al lugar donde le encontró Claudia, y no hallaron en él sino recién
derramada sangre; pero, tendiendo la vista por todas partes, descubrieron por un
recuesto arriba alguna gente, y diéronse a entender, como era la verdad, que
debía ser don Vicente, a quien sus criados, o muerto o vivo, llevaban, o para
curarle, o para enterrarle; diéronse priesa a alcanzarlos, que, como iban de
espacio, con facilidad lo hicieron.

Hallaron a don Vicente en los brazos de sus criados, a quien con cansada y
debilitada voz rogaba que le dejasen allí morir, porque el dolor de las heridas
no consentía que más adelante pasase.

Arrojáronse de los caballos Claudia y Roque, llegáronse a él, temieron los
criados la presencia de Roque, y Claudia se turbó en ver la de don Vicente; y
así, entre enternecida y rigurosa, se llegó a él, y asiéndole de las manos, le
dijo:

-Si tú me dieras éstas, conforme a nuestro concierto, nunca tú te vieras en este
paso.

Abrió los casi cerrados ojos el herido caballero, y, conociendo a Claudia, le
dijo:

-Bien veo, hermosa y engañada señora, que tú has sido la que me has muerto: pena
no merecida ni debida a mis deseos, con los cuales, ni con mis obras, jamás
quise ni supe ofenderte.

-Luego, ¿no es verdad -dijo Claudia- que ibas esta mañana a desposarte con
Leonora, la hija del rico Balvastro?

-No, por cierto -respondió don Vicente-; mi mala fortuna te debió de llevar
estas nuevas, para que, celosa, me quitases la vida, la cual, pues la dejo en
tus manos y en tus brazos, tengo mi suerte por venturosa. Y, para asegurarte
desta verdad, aprieta la mano y recíbeme por esposo, si quisieres, que no tengo
otra mayor satisfación que darte del agravio que piensas que de mí has recebido.
Apretóle la mano Claudia, y apretósele a ella el corazón, de manera que sobre la
sangre y pecho de don Vicente se quedó desmayada, y a él le tomó un mortal
parasismo. Confuso estaba Roque, y no sabía qué hacerse. Acudieron los criados a
buscar agua que echarles en los rostros, y trujéronla, con que se los bañaron.
Volvió de su desmayo Claudia, pero no de su parasismo don Vicente, porque se le
acabó la vida. Visto lo cual de Claudia, habiéndose enterado que ya su dulce
esposo no vivía, rompió los aires con suspiros, hirió los cielos con quejas,
maltrató sus cabellos, entregándolos al viento, afeó su rostro con sus propias
manos, con todas las muestras de dolor y sentimiento que de un lastimado pecho
pudieran imaginarse.

-¡Oh cruel e inconsiderada mujer -decía-, con qué facilidad te moviste a poner
en ejecución tan mal pensamiento! ¡Oh fuerza rabiosa de los celos, a qué
desesperado fin conducís a quien os da acogida en su pecho! ¡Oh esposo mío, cuya
desdichada suerte, por ser prenda mía, te ha llevado del tálamo a la sepultura!
Tales y tan tristes eran las quejas de Claudia, que sacaron las lágrimas de los
ojos de Roque, no acostumbrados a verterlas en ninguna ocasión. Lloraban los
criados, desmayábase a cada paso Claudia, y todo aquel circuito parecía campo de
tristeza y lugar de desgracia. Finalmente, Roque Guinart ordenó a los criados de
don Vicente que llevasen su cuerpo al lugar de su padre, que estaba allí cerca,
para que le diesen sepultura. Claudia dijo a Roque que querría irse a un
monasterio donde era abadesa una tía suya, en el cual pensaba acabar la vida, de
otro mejor esposo y más eterno acompañada. Alabóle Roque su buen propósito,
ofreciósele de acompañarla hasta donde quisiese, y de defender a su padre de los
parientes y de todo el mundo, si ofenderle quisiese. No quiso su compañía
Claudia, en ninguna manera, y, agradeciendo sus ofrecimientos con las mejores
razones que supo, se despedió dél llorando. Los criados de don Vicente llevaron
su cuerpo, y Roque se volvió a los suyos, y este fin tuvieron los amores de
Claudia Jerónima. Pero, ¿qué mucho, si tejieron la trama de su lamentable
historia las fuerzas invencibles y rigurosas de los celos?

Halló Roque Guinart a sus escuderos en la parte donde les había ordenado, y a
don QuiXote entre ellos, sobre Rocinante, haciéndoles una plática en que les
persuadía dejasen aquel modo de vivir tan peligroso, así para el alma como para
el cuerpo; pero, como los más eran gascones, gente rústica y desbaratada, no les
entraba bien la plática de don QuiXote. Llegado que fue Roque, preguntó a Sancho
Panza si le habían vuelto y restituido las alhajas y preseas que los suyos del
rucio le habían quitado. Sancho respondió que sí, sino que le faltaban tres
tocadores, que valían tres ciudades.

-¿Qué es lo que dices, hombre? -dijo uno de los presentes-, que yo los tengo, y
no valen tres reales.

-Así es -dijo don QuiXote-, pero estímalos mi escudero en lo que ha dicho, por
habérmelos dado quien me los dio.

Mandóselos volver al punto Roque Guinart, y, mandando poner los suyos en ala,
mandó traer allí delante todos los vestidos, joyas, y dineros, y todo aquello
que desde la última repartición habían robado; y, haciendo brevemente el tanteo,
volviendo lo no repartible y reduciéndolo a dineros, lo repartió por toda su
compañía, con tanta legalidad y prudencia que no pasó un punto ni defraudó nada
de la justicia distributiva. Hecho esto, con lo cual todos quedaron contentos,
satisfechos y pagados, dijo Roque a don QuiXote:

-Si no se guardase esta puntualidad con éstos, no se podría vivir con ellos.

A lo que dijo Sancho:

-Según lo que aquí he visto, es tan buena la justicia, que es necesaria que se
use aun entre los mesmos ladrones.

Oyólo un escudero, y enarboló el mocho de un arcabuz, con el cual, sin duda, le
abriera la cabeza a Sancho, si Roque Guinart no le diera voces que se detuviese.
Pasmóse Sancho, y propuso de no descoser los labios en tanto que entre aquella
gente estuviese.

Llegó, en esto, uno o algunos de aquellos escuderos que estaban puestos por
centinelas por los caminos para ver la gente que por ellos venía y dar aviso a
su mayor de lo que pasaba, y éste dijo:

-Señor, no lejos de aquí, por el camino que va a Barcelona, viene un gran tropel
de gente.

A lo que respondió Roque:

-¿Has echado de ver si son de los que nos buscan, o de los que nosotros
buscamos?

-No, sino de los que buscamos -respondió el escudero.

-Pues salid todos -replicó Roque-, y traédmelos aquí luego, sin que se os escape
ninguno.

Hiciéronlo así, y, quedándose solos don QuiXote, Sancho y Roque, aguardaron a
ver lo que los escuderos traían; y, en este entretanto, dijo Roque a don
QuiXote:

-Nueva manera de vida le debe de parecer al señor don QuiXote la nuestra, nuevas
aventuras, nuevos sucesos, y todos peligrosos; y no me maravillo que así le
parezca, porque realmente le confieso que no hay modo de vivir más inquieto ni
más sobresaltado que el nuestro. A mí me han puesto en él no sé qué deseos de
venganza, que tienen fuerza de turbar los más sosegados corazones; yo, de mi
natural, soy compasivo y bien intencionado; pero, como tengo dicho, el querer
vengarme de un agravio que se me hizo, así da con todas mis buenas inclinaciones
en tierra, que persevero en este estado, a despecho y pesar de lo que entiendo;
y, como un abismo llama a otro y un pecado a otro pecado, hanse eslabonado las
venganzas de manera que no sólo las mías, pero las ajenas tomo a mi cargo; pero
Dios es servido de que, aunque me veo en la mitad del laberinto de mis
confusiones, no pierdo la esperanza de salir dél a puerto seguro.

Admirado quedó don QuiXote de oír hablar a Roque tan buenas y concertadas
razones, porque él se pensaba que, entre los de oficios semejantes de robar,
matar y saltear no podía haber alguno que tuviese buen discurso, y respondióle:
-Señor Roque, el principio de la salud está en conocer la enfermedad y en querer
tomar el enfermo las medicinas que el médico le ordena: vuestra merced está
enfermo, conoce su dolencia, y el cielo, o Dios, por mejor decir, que es nuestro
médico, le aplicará medicinas que le sanen, las cuales suelen sanar poco a poco
y no de repente y por milagro; y más, que los pecadores discretos están más
cerca de enmendarse que los simples; y, pues vuestra merced ha mostrado en sus
razones su prudencia, no hay sino tener buen ánimo y esperar mejoría de la
enfermedad de su conciencia; y si vuestra merced quiere ahorrar camino y ponerse
con facilidad en el de su salvación, véngase conmigo, que yo le enseñaré a ser
caballero andante, donde se pasan tantos trabajos y desventuras que, tomándolas
por penitencia, en dos paletas le pondrán en el cielo.

Rióse Roque del consejo de don QuiXote, a quien, mudando plática, contó el
trágico suceso de Claudia Jerónima, de que le pesó en estremo a Sancho, que no
le había parecido mal la belleza, desenvoltura y brío de la moza.

Llegaron, en esto, los escuderos de la presa, trayendo consigo dos caballeros a
caballo, y dos peregrinos a pie, y un coche de mujeres con hasta seis criados,
que a pie y a caballo las acompañaban, con otros dos mozos de mulas que los
caballeros traían. Cogiéronlos los escuderos en medio, guardando vencidos y
vencedores gran silencio, esperando a que el gran Roque Guinart hablase, el cual
preguntó a los caballeros que quién eran y adónde iban, y qué dinero llevaban.

Uno dellos le respondió:

-Señor, nosotros somos dos capitanes de infantería española; tenemos nuestras
compañías en Nápoles y vamos a embarcarnos en cuatro galeras, que dicen están en
Barcelona con orden de pasar a Sicilia; llevamos hasta docientos o trecientos
escudos, con que, a nuestro parecer, vamos ricos y contentos, pues la estrecheza
ordinaria de los soldados no permite mayores tesoros.

Preguntó Roque a los peregrinos lo mesmo que a los capitanes; fuele respondido
que iban a embarcarse para pasar a Roma, y que entre entrambos podían llevar
hasta sesenta reales. Quiso saber también quién iba en el coche, y adónde, y el
dinero que llevaban; y uno de los de a caballo dijo:

-Mi señora doña Guiomar de Quiñones, mujer del regente de la Vicaría de Nápoles,
con una hija pequeña, una doncella y una dueña, son las que van en el coche;
acompañámosla seis criados, y los dineros son seiscientos escudos.

-De modo -dijo Roque Guinart-, que ya tenemos aquí novecientos escudos y sesenta
reales; mis soldados deben de ser hasta sesenta; mírese a cómo le cabe a cada
uno, porque yo soy mal contador.

Oyendo decir esto los salteadores, levantaron la voz, diciendo:

-¡Viva Roque Guinart muchos años, a pesar de los lladres que su perdición
procuran!

Mostraron afligirse los capitanes, entristecióse la señora regenta, y no se
holgaron nada los peregrinos, viendo la confiscación de sus bienes. Túvolos así
un rato suspensos Roque, pero no quiso que pasase adelante su tristeza, que ya
se podía conocer a tiro de arcabuz, y, volviéndose a los capitanes, dijo:

-Vuesas mercedes, señores capitanes, por cortesía, sean servidos de prestarme
sesenta escudos, y la señora regenta ochenta, para contentar esta escuadra que
me acompaña, porque el abad, de lo que canta yanta, y luego puédense ir su
camino libre y desembarazadamente, con un salvoconduto que yo les daré, para
que, si toparen otras de algunas escuadras mías que tengo divididas por estos
contornos, no les hagan daño; que no es mi intención de agraviar a soldados ni a
mujer alguna, especialmente a las que son principales.

Infinitas y bien dichas fueron las razones con que los capitanes agradecieron a
Roque su cortesía y liberalidad, que, por tal la tuvieron, en dejarles su mismo
dinero. La señora doña Guiomar de Quiñones se quiso arrojar del coche para besar
los pies y las manos del gran Roque, pero él no lo consintió en ninguna manera;
antes le pidió perdón del agravio que le hacía, forzado de cumplir con las
obligaciones precisas de su mal oficio. Mandó la señora regenta a un criado suyo
diese luego los ochenta escudos que le habían repartido, y ya los capitanes
habían desembolsado los sesenta. Iban los peregrinos a dar toda su miseria, pero
Roque les dijo que se estuviesen quedos, y volviéndose a los suyos, les dijo:

-Destos escudos dos tocan a cada uno, y sobran veinte: los diez se den a estos
peregrinos, y los otros diez a este buen escudero, porque pueda decir bien de
esta aventura.

Y, trayéndole aderezo de escribir, de que siempre andaba proveído, Roque les dio
por escrito un salvoconduto para los mayorales de sus escuadras, y,
despidiéndose dellos, los dejó ir libres, y admirados de su nobleza, de su
gallarda disposición y estraño proceder, teniéndole más por un Alejandro Magno
que por ladrón conocido. Uno de los escuderos dijo en su lengua gascona y
catalana:

-Este nuestro capitán más es para frade que para bandolero: si de aquí adelante
quisiere mostrarse liberal séalo con su hacienda y no con la nuestra.

No lo dijo tan paso el desventurado que dejase de oírlo Roque, el cual, echando
mano a la espada, le abrió la cabeza casi en dos partes, diciéndole:

-Desta manera castigo yo a los deslenguados y atrevidos.
Pasmáronse todos, y ninguno le osó decir palabra: tanta era la obediencia que le
tenían.

Apartóse Roque a una parte y escribió una carta a un su amigo, a Barcelona,
dándole aviso como estaba consigo el famoso don QuiXote de la Mancha, aquel
caballero andante de quien tantas cosas se decían; y que le hacía saber que era
el más gracioso y el más entendido hombre del mundo, y que de allí a cuatro
días, que era el de San Juan Bautista, se le pondría en mitad de la playa de la
ciudad, armado de todas sus armas, sobre Rocinante, su caballo, y a su escudero
Sancho sobre un asno, y que diese noticia desto a sus amigos los Niarros, para
que con él se solazasen; que él quisiera que carecieran deste gusto los Cadells,
sus contrarios, pero que esto era imposible, a causa que las locuras y
discreciones de don QuiXote y los donaires de su escudero Sancho Panza no podían
dejar de dar gusto general a todo el mundo. Despachó estas cartas con uno de sus
escuderos, que, mudando el traje de bandolero en el de un labrador, entró en
Barcelona y la dio a quien iba.

Capítulo LXI.

De lo que le sucedió a don QuiXote en la entrada de Barcelona, con
otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto

Tres días y tres noches estuvo don QuiXote con Roque, y si estuviera trecientos
años, no le faltara qué mirar y admirar en el modo de su vida: aquí amanecían,
acullá comían; unas veces huían, sin saber de quién, y otras esperaban, sin
saber a quién. Dormían en pie, interrompiendo el sueño, mudándose de un lugar a
otro. Todo era poner espías, escuchar centinelas, soplar las cuerdas de los
arcabuces, aunque traían pocos, porque todos se servían de pedreñales. Roque
pasaba las noches apartado de los suyos, en partes y lugares donde ellos no
pudiesen saber dónde estaba; porque los muchos bandos que el visorrey de
Barcelona había echado sobre su vida le traían inquieto y temeroso, y no se
osaba fiar de ninguno, temiendo que los mismos suyos, o le habían de matar, o
entregar a la justicia: vida, por cierto, miserable y enfadosa.

En fin, por caminos desusados, por atajos y sendas encubiertas, partieron Roque,
don QuiXote y Sancho con otros seis escuderos a Barcelona. Llegaron a su playa
la víspera de San Juan en la noche, y, abrazando Roque a don QuiXote y a Sancho,
a quien dio los diez escudos prometidos, que hasta entonces no se los había
dado, los dejó, con mil ofrecimientos que de la una a la otra parte se hicieron.
Volvióse Roque; quedóse don QuiXote esperando el día, así, a caballo, como
estaba, y no tardó mucho cuando comenzó a descubrirse por los balcones del
Oriente la faz de la blanca aurora, alegrando las yerbas y las flores, en lugar
de alegrar el oído; aunque al mesmo instante alegraron también el oído el son de
muchas chirimías y atabales, ruido de cascabeles, “¡trapa, trapa, aparta,
aparta!” de corredores, que, al parecer, de la ciudad salían. Dio lugar la
aurora al sol, que, un rostro mayor que el de una rodela, por el más bajo
horizonte, poco a poco, se iba levantando.

Tendieron don QuiXote y Sancho la vista por todas partes: vieron el mar, hasta
entonces dellos no visto; parecióles espaciosísimo y largo, harto más que las
lagunas de Ruidera, que en la Mancha habían visto; vieron las galeras que
estaban en la playa, las cuales, abatiendo las tiendas, se descubrieron llenas
de flámulas y gallardetes, que tremolaban al viento y besaban y barrían el agua;
dentro sonaban clarines, trompetas y chirimías, que cerca y lejos llenaban el
aire de suaves y belicosos acentos. Comenzaron a moverse y a hacer modo de
escaramuza por las sosegadas aguas, correspondiéndoles casi al mismo modo
infinitos caballeros que de la ciudad sobre hermosos caballos y con vistosas
libreas salían. Los soldados de las galeras disparaban infinita artillería, a
quien respondían los que estaban en las murallas y fuertes de la ciudad, y la
artillería gruesa con espantoso estruendo rompía los vientos, a quien respondían
los cañones de crujía de las galeras. El mar alegre, la tierra jocunda, el aire
claro, sólo tal vez turbio del humo de la artillería, parece que iba infundiendo
y engendrando gusto súbito en todas las gentes.

No podía imaginar Sancho cómo pudiesen tener tantos pies aquellos bultos que por
el mar se movían. En esto, llegaron corriendo, con grita, lililíes y algazara,
los de las libreas adonde don QuiXote suspenso y atónito estaba, y uno dellos,
que era el avisado de Roque, dijo en alta voz a don QuiXote:

-Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el norte de
toda la caballería andante, donde más largamente se contiene. Bien sea venido,
digo, el valeroso don QuiXote de la Mancha: no el falso, no el ficticio, no el
apócrifo que en falsas historias estos días nos han mostrado, sino el verdadero,
el legal y el fiel que nos describió Cide Hamete Benengeli, flor de los
historiadores.

No respondió don QuiXote palabra, ni los caballeros esperaron a que la
respondiese, sino, volviéndose y revolviéndose con los demás que los seguían,
comenzaron a hacer un revuelto caracol al derredor de don QuiXote; el cual,
volviéndose a Sancho, dijo:

-Éstos bien nos han conocido: yo apostaré que han leído nuestra historia y aun
la del aragonés recién impresa.

Volvió otra vez el caballero que habló a don QuiXote, y díjole:

-Vuesa merced, señor don QuiXote, se venga con nosotros, que todos somos sus
servidores y grandes amigos de Roque Guinart.
A lo que don QuiXote respondió:

-Si cortesías engendran cortesías, la vuestra, señor caballero, es hija o
parienta muy cercana de las del gran Roque. Llevadme do quisiéredes, que yo no
tendré otra voluntad que la vuestra, y más si la queréis ocupar en vuestro
servicio.

Con palabras no menos comedidas que éstas le respondió el caballero, y,
encerrándole todos en medio, al son de las chirimías y de los atabales, se
encaminaron con él a la ciudad, al entrar de la cual, el malo, que todo lo malo
ordena, y los muchachos, que son más malos que el malo, dos dellos traviesos y
atrevidos se entraron por toda la gente, y, alzando el uno de la cola del rucio
y el otro la de Rocinante, les pusieron y encajaron sendos manojos de aliagas.
Sintieron los pobres animales las nuevas espuelas, y, apretando las colas,
aumentaron su disgusto, de manera que, dando mil corcovos, dieron con sus dueños
en tierra. Don QuiXote, corrido y afrentado, acudió a quitar el plumaje de la
cola de su matalote, y Sancho, el de su rucio. Quisieran los que guiaban a don
QuiXote castigar el atrevimiento de los muchachos, y no fue posible, porque se
encerraron entre más de otros mil que los seguían.

Volvieron a subir don QuiXote y Sancho; con el mismo aplauso y música llegaron a
la casa de su guía, que era grande y principal, en fin, como de caballero rico;
donde le dejaremos por agora, porque así lo quiere Cide Hamete.

Capítulo LXII.

Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras
niñerías que no pueden dejar de contarse

Don Antonio Moreno se llamaba el huésped de don QuiXote, caballero rico y
discreto, y amigo de holgarse a lo honesto y afable, el cual, viendo en su casa
a don QuiXote, andaba buscando modos como, sin su perjuicio, sacase a plaza sus
locuras; porque no son burlas las que duelen, ni hay pasatiempos que valgan si
son con daño de tercero. Lo primero que hizo fue hacer desarmar a don QuiXote y
sacarle a vistas con aquel su estrecho y acamuzado vestido -como ya otras veces
le hemos descrito y pintado- a un balcón que salía a una calle de las más
principales de la ciudad, a vista de las gentes y de los muchachos, que como a
mona le miraban. Corrieron de nuevo delante dél los de las libreas, como si para
él solo, no para alegrar aquel festivo día, se las hubieran puesto; y Sancho
estaba contentísimo, por parecerle que se había hallado, sin saber cómo ni cómo
no, otras bodas de Camacho, otra casa como la de don Diego de Miranda y otro
castillo como el del duque.

Comieron aquel día con don Antonio algunos de sus amigos, honrando todos y
tratando a don QuiXote como a caballero andante, de lo cual, hueco y pomposo, no
cabía en sí de contento. Los donaires de Sancho fueron tantos, que de su boca
andaban como colgados todos los criados de casa y todos cuantos le oían. Estando
a la mesa, dijo don Antonio a Sancho:

-Acá tenemos noticia, buen Sancho, que sois tan amigo de manjar blanco y de
albondiguillas, que, si os sobran, las guardáis en el seno para el otro día.

-No, señor, no es así -respondió Sancho-, porque tengo más de limpio que de
goloso, y mi señor don QuiXote, que está delante, sabe bien que con un puño de
bellotas, o de nueces, nos solemos pasar entrambos ocho días. Verdad es que si
tal vez me sucede que me den la vaquilla, corro con la soguilla; quiero decir
que como lo que me dan, y uso de los tiempos como los hallo; y quienquiera que
hubiere dicho que yo soy comedor aventajado y no limpio, téngase por dicho que
no acierta; y de otra manera dijera esto si no mirara a las barbas honradas que
están a la mesa.

-Por cierto -dijo don QuiXote-, que la parsimonia y limpieza con que Sancho come
se puede escribir y grabar en láminas de bronce, para que quede en memoria
eterna de los siglos venideros. Verdad es que, cuando él tiene hambre, parece
algo tragón, porque come apriesa y masca a dos carrillos; pero la limpieza
siempre la tiene en su punto, y en el tiempo que fue gobernador aprendió a comer
a lo melindroso: tanto, que comía con tenedor las uvas y aun los granos de la
granada.

-¡Cómo! -dijo don Antonio-. ¿Gobernador ha sido Sancho?

-Sí -respondió Sancho-, y de una ínsula llamada la Barataria. Diez días la
goberné a pedir de boca; en ellos perdí el sosiego, y aprendí a despreciar todos
los gobiernos del mundo; salí huyendo della, caí en una cueva, donde me tuve por
muerto, de la cual salí vivo por milagro.

Contó don QuiXote por menudo todo el suceso del gobierno de Sancho, con que dio
gran gusto a los oyentes.

Levantados los manteles, y tomando don Antonio por la mano a don QuiXote, se
entró con él en un apartado aposento, en el cual no había otra cosa de adorno
que una mesa, al parecer de jaspe, que sobre un pie de lo mesmo se sostenía,
sobre la cual estaba puesta, al modo de las cabezas de los emperadores romanos,
de los pechos arriba, una que semejaba ser de bronce. Paseóse don Antonio con
don QuiXote por todo el aposento, rodeando muchas veces la mesa, después de lo
cual dijo:

-Agora, señor don QuiXote, que estoy enterado que no nos oye y escucha alguno, y
está cerrada la puerta, quiero contar a vuestra merced una de las más raras
aventuras, o, por mejor decir, novedades que imaginarse pueden, con condición
que lo que a vuestra merced dijere lo ha de depositar en los últimos retretes
del secreto.

-Así lo juro -respondió don QuiXote-, y aun le echaré una losa encima, para más
seguridad; porque quiero que sepa vuestra merced, señor don Antonio -que ya
sabía su nombre-, que está hablando con quien, aunque tiene oídos para oír, no
tiene lengua para hablar; así que, con seguridad puede vuestra merced trasladar
lo que tiene en su pecho en el mío y hacer cuenta que lo ha arrojado en los
abismos del silencio.

-En fee de esa promesa -respondió don Antonio-, quiero poner a vuestra merced en
admiración con lo que viere y oyere, y darme a mí algún alivio de la pena que me
causa no tener con quien comunicar mis secretos, que no son para fiarse de
todos.

Suspenso estaba don QuiXote, esperando en qué habían de parar tantas
prevenciones. En esto, tomándole la mano don Antonio, se la paseó por la cabeza
de bronce y por toda la mesa, y por el pie de jaspe sobre que se sostenía, y
luego dijo:

-Esta cabeza, señor don QuiXote, ha sido hecha y fabricada por uno de los
mayores encantadores y hechiceros que ha tenido el mundo, que creo era polaco de
nación y dicípulo del famoso Escotillo, de quien tantas maravillas se cuentan;
el cual estuvo aquí en mi casa, y por precio de mil escudos que le di, labró
esta cabeza, que tiene propiedad y virtud de responder a cuantas cosas al oído
le preguntaren. Guardó rumbos, pintó carácteres, observó astros, miró puntos, y,
finalmente, la sacó con la perfeción que veremos mañana, porque los viernes está
muda, y hoy, que lo es, nos ha de hacer esperar hasta mañana. En este tiempo
podrá vuestra merced prevenirse de lo que querrá preguntar, que por esperiencia
sé que dice verdad en cuanto responde.

Admirado quedó don QuiXote de la virtud y propiedad de la cabeza, y estuvo por
no creer a don Antonio; pero, por ver cuán poco tiempo había para hacer la
experiencia, no quiso decirle otra cosa sino que le agradecía el haberle
descubierto tan gran secreto. Salieron del aposento, cerró la puerta don Antonio
con llave, y fuéronse a la sala, donde los demás caballeros estaban. En este
tiempo les había contado Sancho muchas de las aventuras y sucesos que a su amo
habían acontecido.

Aquella tarde sacaron a pasear a don QuiXote, no armado, sino de rúa, vestido un
balandrán de paño leonado, que pudiera hacer sudar en aquel tiempo al mismo
yelo. Ordenaron con sus criados que entretuviesen a Sancho de modo que no le
dejasen salir de casa. Iba don QuiXote, no sobre Rocinante, sino sobre un gran
macho de paso llano, y muy bien aderezado. Pusiéronle el balandrán, y en las
espaldas, sin que lo viese, le cosieron un pargamino, donde le escribieron con
letras grandes: Éste es don QuiXote de la Mancha. En comenzando el paseo,
llevaba el rétulo los ojos de cuantos venían a verle, y como leían: Éste es don
QuiXote de la Mancha, admirábase don QuiXote de ver que cuantos le miraban le
nombraban y conocían; y, volviéndose a don Antonio, que iba a su lado, le dijo:

-Grande es la prerrogativa que encierra en sí la andante caballería, pues hace
conocido y famoso al que la profesa por todos los términos de la tierra; si no,
mire vuestra merced, señor don Antonio, que hasta los muchachos desta ciudad,
sin nunca haberme visto, me conocen.

-Así es, señor don QuiXote -respondió don Antonio-, que, así como el fuego no
puede estar escondido y encerrado, la virtud no puede dejar de ser conocida, y
la que se alcanza por la profesión de las armas resplandece y campea sobre todas
las otras.

Acaeció, pues, que, yendo don QuiXote con el aplauso que se ha dicho, un
castellano que leyó el rétulo de las espaldas, alzó la voz, diciendo:

-¡Válgate el diablo por don QuiXote de la Mancha! ¿Cómo que hasta aquí has
llegado, sin haberte muerto los infinitos palos que tienes a cuestas? Tu eres
loco, y si lo fueras a solas y dentro de las puertas de tu locura, fuera menos
mal; pero tienes propiedad de volver locos y mentecatos a cuantos te tratan y
comunican; si no, mírenlo por estos señores que te acompañan. Vuélvete,
mentecato, a tu casa, y mira por tu hacienda, por tu mujer y tus hijos, y déjate
destas vaciedades que te carcomen el seso y te desnatan el entendimiento.

-Hermano -dijo don Antonio-, seguid vuestro camino, y no deis consejos a quien
no os los pide. El señor don QuiXote de la Mancha es muy cuerdo, y nosotros, que
le acompañamos, no somos necios; la virtud se ha de honrar dondequiera que se
hallare, y andad en hora mala, y no os metáis donde no os llaman.

-Pardiez, vuesa merced tiene razón -respondió el castellano-, que aconsejar a
este buen hombre es dar coces contra el aguijón; pero, con todo eso, me da muy
gran lástima que el buen ingenio que dicen que tiene en todas las cosas este
mentecato se le desagüe por la canal de su andante caballería; y la enhoramala
que vuesa merced dijo, sea para mí y para todos mis descendientes si de hoy más,
aunque viviese más años que Matusalén, diere consejo a nadie, aunque me lo pida.
Apartóse el consejero; siguió adelante el paseo; pero fue tanta la priesa que
los muchachos y toda la gente tenía leyendo el rétulo, que se le hubo de quitar
don Antonio, como que le quitaba otra cosa.

Llegó la noche, volviéronse a casa; hubo sarao de damas, porque la mujer de don
Antonio, que era una señora principal y alegre, hermosa y discreta, convidó a
otras sus amigas a que viniesen a honrar a su huésped y a gustar de sus nunca
vistas locuras. Vinieron algunas, cenóse espléndidamente y comenzóse el sarao
casi a las diez de la noche. Entre las damas había dos de gusto pícaro y
burlonas, y, con ser muy honestas, eran algo descompuestas, por dar lugar que
las burlas alegrasen sin enfado. Éstas dieron tanta priesa en sacar a danzar a
don QuiXote, que le molieron, no sólo el cuerpo, pero el ánima. Era cosa de ver
la figura de don QuiXote, largo, tendido, flaco, amarillo, estrecho en el
vestido, desairado, y, sobre todo, no nada ligero. Requebrábanle como a hurto
las damiselas, y él, también como a hurto, las desdeñaba; pero, viéndose apretar
de requiebros, alzó la voz y dijo:

-Fugite, partes adversae!: dejadme en mi sosiego, pensamientos mal venidos. Allá
os avenid, señoras, con vuestros deseos, que la que es reina de los míos, la sin
par Dulcinea del Toboso, no consiente que ningunos otros que los suyos me
avasallen y rindan.

Y, diciendo esto, se sentó en mitad de la sala, en el suelo, molido y
quebrantado de tan bailador ejercicio. Hizo don Antonio que le llevasen en peso
a su lecho, y el primero que asió dél fue Sancho, diciéndole:

-¡Nora en tal, señor nuestro amo, lo habéis bailado! ¿Pensáis que todos los
valientes son danzadores y todos los andantes caballeros bailarines? Digo que si
lo pensáis, que estáis engañado; hombre hay que se atreverá a matar a un gigante
antes que hacer una cabriola. Si hubiérades de zapatear, yo supliera vuestra
falta, que zapateo como un girifalte; pero en lo del danzar, no doy puntada.
Con estas y otras razones dio que reír Sancho a los del sarao, y dio con su amo
en la cama, arropándole para que sudase la frialdad de su baile.

Otro día le pareció a don Antonio ser bien hacer la experiencia de la cabeza
encantada, y con don QuiXote, Sancho y otros dos amigos, con las dos señoras que
habían molido a don QuiXote en el baile, que aquella propia noche se habían
quedado con la mujer de don Antonio, se encerró en la estancia donde estaba la
cabeza. Contóles la propiedad que tenía, encargóles el secreto y díjoles que
aquél era el primero día donde se había de probar la virtud de la tal cabeza
encantada; y si no eran los dos amigos de don Antonio, ninguna otra persona
sabía el busilis del encanto, y aun si don Antonio no se le hubiera descubierto
primero a sus amigos, también ellos cayeran en la admiración en que los demás
cayeron, sin ser posible otra cosa: con tal traza y tal orden estaba fabricada.
El primero que se llegó al oído de la cabeza fue el mismo don Antonio, y díjole
en voz sumisa, pero no tanto que de todos no fuese entendida:

-Dime, cabeza, por la virtud que en ti se encierra: ¿qué pensamientos tengo yo
agora?

Y la cabeza le respondió, sin mover los labios, con voz clara y distinta, de
modo que fue de todos entendida, esta razón:

-Yo no juzgo de pensamientos.

Oyendo lo cual, todos quedaron atónitos, y más viendo que en todo el aposento ni
al derredor de la mesa no había persona humana que responder pudiese.

-¿Cuántos estamos aquí? -tornó a preguntar don Antonio.

Y fuele respondido por el propio tenor, paso:

-Estáis tú y tu mujer, con dos amigos tuyos, y dos amigas della, y un caballero
famoso llamado don QuiXote de la Mancha, y un su escudero que Sancho Panza tiene
por nombre.

¡Aquí sí que fue el admirarse de nuevo, aquí sí que fue el erizarse los cabellos
a todos de puro espanto! Y, apartándose don Antonio de la cabeza, dijo:

-Esto me basta para darme a entender que no fui engañado del que te me vendió,
¡cabeza sabia, cabeza habladora, cabeza respondona y admirable cabeza! Llegue
otro y pregúntele lo que quisiere.

Y, como las mujeres de ordinario son presurosas y amigas de saber, la primera
que se llegó fue una de las dos amigas de la mujer de don Antonio, y lo que le
preguntó fue:

-Dime, cabeza, ¿qué haré yo para ser muy hermosa?

Y fuele respondido:

-Sé muy honesta.

-No te pregunto más -dijo la preguntanta.

Llegó luego la compañera, y dijo:

-Querría saber, cabeza, si mi marido me quiere bien, o no.

Y respondiéronle:

-Mira las obras que te hace, y echarlo has de ver.

Apartóse la casada diciendo:

-Esta respuesta no tenía necesidad de pregunta, porque, en efecto, las obras que
se hacen declaran la voluntad que tiene el que las hace.

Luego llegó uno de los dos amigos de don Antonio, y preguntóle:

-¿Quién soy yo?

Y fuele respondido:

-Tú lo sabes.

-No te pregunto eso -respondió el caballero-, sino que me digas si me conoces
tú.

-Sí conozco -le respondieron-, que eres don Pedro Noriz.

-No quiero saber más, pues esto basta para entender, ¡oh cabeza!, que lo sabes
todo.

Y, apartándose, llegó el otro amigo y preguntóle:

-Dime, cabeza, ¿qué deseos tiene mi hijo el mayorazgo?

-Ya yo he dicho -le respondieron- que yo no juzgo de deseos, pero, con todo eso,
te sé decir que los que tu hijo tiene son de enterrarte.

-Eso es -dijo el caballero-: lo que veo por los ojos, con el dedo lo
señalo.

Y no preguntó más. Llegóse la mujer de don Antonio, y dijo:

-Yo no sé, cabeza, qué preguntarte; sólo querría saber de ti si gozaré muchos
años de buen marido.

Y respondiéronle:

-Sí gozarás, porque su salud y su templanza en el vivir prometen muchos años de
vida, la cual muchos suelen acortar por su destemplanza.

Llegóse luego don QuiXote, y dijo:

-Dime tú, el que respondes: ¿fue verdad o fue sueño lo que yo cuento que me pasó
en la cueva de Montesinos? ¿Serán ciertos los azotes de Sancho mi escudero?
¿Tendrá efeto el desencanto de Dulcinea?

-A lo de la cueva -respondieron- hay mucho que decir: de todo tiene; los azotes
de Sancho irán de espacio, el desencanto de Dulcinea llegará a debida ejecución.

-No quiero saber más -dijo don QuiXote-; que como yo vea a Dulcinea
desencantada, haré cuenta que vienen de golpe todas las venturas que acertare a
desear.

El último preguntante fue Sancho, y lo que preguntó fue:

-¿Por ventura, cabeza, tendré otro gobierno? ¿Saldré de la estrecheza de
escudero? ¿Volveré a ver a mi mujer y a mis hijos?

A lo que le respondieron:

-Gobernarás en tu casa; y si vuelves a ella, verás a tu mujer y a tus hijos; y,
dejando de servir, dejarás de ser escudero.

-¡Bueno, par Dios! -dijo Sancho Panza-. Esto yo me lo dijera: no dijera más el
profeta Perogrullo.

-Bestia -dijo don QuiXote-, ¿qué quieres que te respondan? ¿No basta que las
respuestas que esta cabeza ha dado correspondan a lo que se le
pregunta?

-Sí basta -respondió Sancho-, pero quisiera yo que se declarara más y me dijera
más.

Con esto se acabaron las preguntas y las respuestas, pero no se acabó la
admiración en que todos quedaron, excepto los dos amigos de don Antonio, que el
caso sabían. El cual quiso Cide Hamete Benengeli declarar luego, por no tener
suspenso al mundo, creyendo que algún hechicero y extraordinario misterio en la
tal cabeza se encerraba; y así, dice que don Antonio Moreno, a imitación de otra
cabeza que vio en Madrid, fabricada por un estampero, hizo ésta en su casa, para
entretenerse y suspender a los ignorantes; y la fábrica era de esta suerte: la
tabla de la mesa era de palo, pintada y barnizada como jaspe, y el pie sobre que
se sostenía era de lo mesmo, con cuatro garras de águila que dél salían, para
mayor firmeza del peso. La cabeza, que parecía medalla y figura de emperador
romano, y de color de bronce, estaba toda hueca, y ni más ni menos la tabla de
la mesa, en que se encajaba tan justamente, que ninguna señal de juntura se
parecía. El pie de la tabla era ansimesmo hueco, que respondía a la garganta y
pechos de la cabeza, y todo esto venía a responder a otro aposento que debajo de
la estancia de la cabeza estaba. Por todo este hueco de pie, mesa, garganta y
pechos de la medalla y figura referida se encaminaba un cañón de hoja de lata,
muy justo, que de nadie podía ser visto. En el aposento de abajo correspondiente
al de arriba se ponía el que había de responder, pegada la boca con el mesmo
cañón, de modo que, a modo de cerbatana, iba la voz de arriba abajo y de abajo
arriba, en palabras articuladas y claras; y de esta manera no era posible
conocer el embuste. Un sobrino de don Antonio, estudiante agudo y discreto, fue
el respondiente; el cual, estando avisado de su señor tío de los que habían de
entrar con él en aquel día en el aposento de la cabeza, le fue fácil responder
con presteza y puntualidad a la primera pregunta; a las demás respondió por
conjeturas, y, como discreto, discretamente. Y dice más Cide Hamete: que hasta
diez o doce días duró esta maravillosa máquina; pero que, divulgándose por la
ciudad que don Antonio tenía en su casa una cabeza encantada, que a cuantos le
preguntaban respondía, temiendo no llegase a los oídos de las despiertas
centinelas de nuestra Fe, habiendo declarado el caso a los señores inquisidores,
le mandaron que lo deshiciese y no pasase más adelante, porque el vulgo
ignorante no se escandalizase; pero en la opinión de don QuiXote y de Sancho
Panza, la cabeza quedó por encantada y por respondona, más a satisfación de don
QuiXote que de Sancho.

Los caballeros de la ciudad, por complacer a don Antonio y por agasajar a don
QuiXote y dar lugar a que descubriese sus sandeces, ordenaron de correr sortija
de allí a seis días; que no tuvo efecto por la ocasión que se dirá adelante.
Diole gana a don QuiXote de pasear la ciudad a la llana y a pie, temiendo que,
si iba a caballo, le habían de perseguir los mochachos, y así, él y Sancho, con
otros dos criados que don Antonio le dio, salieron a pasearse.

Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos don QuiXote, y vio
escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros; de lo
que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna, y
deseaba saber cómo fuese. Entró dentro, con todo su acompañamiento, y vio tirar
en una parte, corregir en otra, componer en ésta, enmendar en aquélla, y,
finalmente, toda aquella máquina que en las emprentas grandes se muestra.
Llegábase don QuiXote a un cajón y preguntaba qué era aquéllo que allí se hacía;
dábanle cuenta los oficiales, admirábase y pasaba adelante. Llegó en otras a
uno, y preguntóle qué era lo que hacía. El oficial le respondió:

-Señor, este caballero que aquí está -y enseñóle a un hombre de muy buen talle y
parecer y de alguna gravedad- ha traducido un libro toscano en nuestra lengua
castellana, y estoyle yo componiendo, para darle a la estampa.

-¿Qué título tiene el libro? -preguntó don QuiXote.

-A lo que el autor respondió:

-Señor, el libro, en toscano, se llama Le bagatele.

-Y ¿qué responde le bagatele en nuestro castellano? -preguntó don QuiXote.

-Le bagatele -dijo el autor- es como si en castellano dijésemos los juguetes; y,
aunque este libro es en el nombre humilde, contiene y encierra en sí cosas muy
buenas y sustanciales.

-Yo -dijo don QuiXote- sé algún tanto de el toscano, y me precio de cantar
algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y no digo
esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por curiosidad no
más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?

-Sí, muchas veces -respondió el autor.

-Y ¿cómo la traduce vuestra merced en castellano? -preguntó don QuiXote.

-¿Cómo la había de traducir -replicó el autor-, sino diciendo olla?

-¡Cuerpo de tal -dijo don QuiXote-, y qué adelante está vuesa merced en el
toscano idioma! Yo apostaré una buena apuesta que adonde diga en el toscano
piache, dice vuesa merced en el castellano place; y adonde diga più, dice más, y
el su declara con arriba, y el giù con abajo.

-Sí declaro, por cierto -dijo el autor-, porque ésas son sus propias
correspondencias.

-Osaré yo jurar -dijo don QuiXote- que no es vuesa merced conocido en el mundo,
enemigo siempre de premiar los floridos ingenios ni los loables trabajos. ¡Qué
de habilidades hay perdidas por ahí! ¡Qué de ingenios arrinconados! ¡Qué de
virtudes menospreciadas! Pero, con todo esto, me parece que el traducir de una
lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es
como quien mira los tapices flamencos por el revés, que, aunque se veen las
figuras, son llenas de hilos que las escurecen, y no se veen con la lisura y tez
de la haz; y el traducir de lenguas fáciles, ni arguye ingenio ni elocución,
como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel. Y no
por esto quiero inferir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en
otras cosas peores se podría ocupar el hombre, y que menos provecho le trujesen.
Fuera desta cuenta van los dos famosos traductores: el uno, el doctor Cristóbal
de Figueroa, en su Pastor Fido, y el otro, don Juan de Jáurigui, en su Aminta,
donde felizmente ponen en duda cuál es la tradución o cuál el original. Pero
dígame vuestra merced: este libro, ¿imprímese por su cuenta, o tiene ya vendido
el privilegio a algún librero?

-Por mi cuenta lo imprimo -respondió el autor-, y pienso ganar mil ducados, por
lo menos, con esta primera impresión, que ha de ser de dos mil cuerpos, y se han
de despachar a seis reales cada uno, en daca las pajas.

-¡Bien está vuesa merced en la cuenta! -respondió don QuiXote-. Bien parece que
no sabe las entradas y salidas de los impresores, y las correspondencias que hay
de unos a otros; yo le prometo que, cuando se vea cargado de dos mil cuerpos de
libros, vea tan molido su cuerpo, que se espante, y más si el libro es un poco
avieso y no nada picante.

-Pues, ¿qué? -dijo el autor-. ¿Quiere vuesa merced que se lo dé a un librero,
que me dé por el privilegio tres maravedís, y aún piensa que me hace merced en
dármelos? Yo no imprimo mis libros para alcanzar fama en el mundo, que ya en él
soy conocido por mis obras: provecho quiero, que sin él no vale un cuatrín la
buena fama.

-Dios le dé a vuesa merced buena manderecha -respondió don QuiXote.

Y pasó adelante a otro cajón, donde vio que estaban corrigiendo un pliego de un
libro que se intitulaba Luz del alma; y,en viéndole, dijo:

-Estos tales libros, aunque hay muchos deste género, son los que se deben
imprimir, porque son muchos los pecadores que se usan, y son menester infinitas
luces para tantos desalumbrados.

Pasó adelante y vio que asimesmo estaban corrigiendo otro libro; y, preguntando
su título, le respondieron que se llamaba la Segunda parte del Ingenioso Hidalgo
don QuiXote de la Mancha, compuesta por un tal vecino de Tordesillas.

-Ya yo tengo noticia deste libro -dijo don QuiXote-, y en verdad y en mi
conciencia que pensé que ya estaba quemado y hecho polvos, por impertinente;
pero su San Martín se le llegará, como a cada puerco, que las historias fingidas
tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la
semejanza della, y las verdaderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas.

Y, diciendo esto, con muestras de algún despecho, se salió de la emprenta. Y
aquel mesmo día ordenó don Antonio de llevarle a ver las galeras que en la playa
estaban, de que Sancho se regocijó mucho, a causa que en su vida las había
visto. Avisó don Antonio al cuatralbo de las galeras como aquella tarde había de
llevar a verlas a su huésped el famoso don QuiXote de la Mancha, de quien ya el
cuatralbo y todos los vecinos de la ciudad tenían noticia; y lo que le sucedió
en ellas se dirá en el siguiente capítulo.

Capítulo LXIII.

De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las
galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca

Grandes eran los discursos que don QuiXote hacía sobre la respuesta de la
encantada cabeza, sin que ninguno dellos diese en el embuste, y todos paraban
con la promesa, que él tuvo por cierto, del desencanto de Dulcinea. Allí iba y
venía, y se alegraba entre sí mismo, creyendo que había de ver presto su
cumplimiento; y Sancho, aunque aborrecía el ser gobernador, como queda dicho,
todavía deseaba volver a mandar y a ser obedecido; que esta mala ventura trae
consigo el mando, aunque sea de burlas.

En resolución, aquella tarde don Antonio Moreno, su huésped, y sus dos amigos,
con don QuiXote y Sancho, fueron a las galeras. El cuatralbo, que estaba avisado
de su buena venida, por ver a los dos tan famosos QuiXote y Sancho, apenas
llegaron a la marina, cuando todas las galeras abatieron tienda, y sonaron las
chirimías; arrojaron luego el esquife al agua, cubierto de ricos tapetes y de
almohadas de terciopelo carmesí, y, en poniendo que puso los pies en él don
QuiXote, disparó la capitana el cañón de crujía, y las otras galeras hicieron lo
mesmo, y, al subir don QuiXote por la escala derecha, toda la chusma le saludó
como es usanza cuando una persona principal entra en la galera, diciendo: ¡Hu,
hu, hu! tres veces. Diole la mano el general, que con este nombre le
llamaremos, que era un principal caballero valenciano; abrazó a don QuiXote,
diciéndole:

-Este día señalaré yo con piedra blanca, por ser uno de los mejores que pienso
llevar en mi vida, habiendo visto al señor don QuiXote de la Mancha: tiempo y
señal que nos muestra que en él se encierra y cifra todo el valor del andante
caballería.

Con otras no menos corteses razones le respondió don QuiXote, alegre sobremanera
de verse tratar tan a lo señor. Entraron todos en la popa, que estaba muy bien
aderezada, y sentáronse por los bandines, pasóse el cómitre en crujía, y dio
señal con el pito que la chusma hiciese fuera ropa, que se hizo en un instante.
Sancho, que vio tanta gente en cueros, quedó pasmado, y más cuando vio hacer
tienda con tanta priesa, que a él le pareció que todos los diablos andaban allí
trabajando; pero esto todo fueron tortas y pan pintado para lo que ahora diré.
Estaba Sancho sentado sobre el estanterol, junto al espalder de la mano derecha,
el cual ya avisado de lo que había de hacer, asió de Sancho, y, levantándole en
los brazos, toda la chusma puesta en pie y alerta, comenzando de la derecha
banda, le fue dando y volteando sobre los brazos de la chusma de banco en banco,
con tanta priesa, que el pobre Sancho perdió la vista de los ojos, y sin duda
pensó que los mismos demonios le llevaban, y no pararon con él hasta volverle
por la siniestra banda y ponerle en la popa. Quedó el pobre molido, y jadeando,
y trasudando, sin poder imaginar qué fue lo que sucedido le había.

Don QuiXote, que vio el vuelo sin alas de Sancho, preguntó al general si eran
ceremonias aquéllas que se usaban con los primeros que entraban en las galeras;
porque si acaso lo fuese, él, que no tenía intención de profesar en ellas, no
quería hacer semejantes ejercicios, y que votaba a Dios que, si alguno llegaba a
asirle para voltearle, que le había de sacar el alma a puntillazos; y, diciendo
esto, se levantó en pie y empuñó la espada.

A este instante abatieron tienda, y con grandísimo ruido dejaron caer la entena
de alto abajo. Pensó Sancho que el cielo se desencajaba de sus quicios y venía a
dar sobre su cabeza; y, agobiándola, lleno de miedo, la puso entre las piernas.
No las tuvo todas consigo don QuiXote; que también se estremeció y encogió de
hombros y perdió la color del rostro. La chusma izó la entena con la misma
priesa y ruido que la habían amainado, y todo esto, callando, como si no
tuvieran voz ni aliento. Hizo señal el cómitre que zarpasen el ferro, y,
saltando en mitad de la crujía con el corbacho o rebenque, comenzó a mosquear
las espaldas de la chusma, y a largarse poco a poco a la mar. Cuando Sancho vio
a una moverse tantos pies colorados, que tales pensó él que eran los remos, dijo
entre sí:

-Éstas sí son verdaderamente cosas encantadas, y no las que mi amo dice. ¿Qué
han hecho estos desdichados, que ansí los azotan, y cómo este hombre solo, que
anda por aquí silbando, tiene atrevimiento para azotar a tanta gente? Ahora yo
digo que éste es infierno, o, por lo menos, el purgatorio.

Don QuiXote, que vio la atención con que Sancho miraba lo que pasaba, le dijo:

-¡Ah Sancho amigo, y con qué brevedad y cuán a poca costa os podíades vos, si
quisiésedes, desnudar de medio cuerpo arriba, y poneros entre estos señores, y
acabar con el desencanto de Dulcinea! Pues con la miseria y pena de tantos, no
sentiríades vos mucho la vuestra; y más, que podría ser que el sabio Merlín
tomase en cuenta cada azote déstos, por ser dados de buena mano, por diez de los
que vos finalmente os habéis de dar.

Preguntar quería el general qué azotes eran aquéllos, o qué desencanto de
Dulcinea, cuando dijo el marinero:

-Señal hace Monjuí de que hay bajel de remos en la costa por la banda del
poniente.

Esto oído, saltó el general en la crujía, y dijo:

-¡Ea hijos, no se nos vaya! Algún bergantín de cosarios de Argel debe de ser
éste que la atalaya nos señala.

Llegáronse luego las otras tres galeras a la capitana, a saber lo que se les
ordenaba. Mandó el general que las dos saliesen a la mar, y él con la otra iría
tierra a tierra, porque ansí el bajel no se les escaparía. Apretó la chusma los
remos, impeliendo las galeras con tanta furia, que parecía que volaban. Las que
salieron a la mar, a obra de dos millas descubrieron un bajel, que con la vista
le marcaron por de hasta catorce o quince bancos, y así era la verdad; el cual
bajel, cuando descubrió las galeras, se puso en caza, con intención y esperanza
de escaparse por su ligereza; pero avínole mal, porque la galera capitana era de
los más ligeros bajeles que en la mar navegaban, y así le fue entrando, que
claramente los del bergantín conocieron que no podían escaparse; y así, el
arráez quisiera que dejaran los remos y se entregaran, por no irritar a enojo al
capitán que nuestras galeras regía. Pero la suerte, que de otra manera lo
guiaba, ordenó que, ya que la capitana llegaba tan cerca que podían los del
bajel oír las voces que desde ella les decían que se rindiesen, dos toraquís,
que es como decir dos turcos borrachos, que en el bergantín venían con estos
doce, dispararon dos escopetas, con que dieron muerte a dos soldados que sobre
nuestras arrumbadas venían. Viendo lo cual, juró el general de no dejar con vida
a todos cuantos en el bajel tomase, y, llegando a embestir con toda furia, se le
escapó por debajo de la palamenta. Pasó la galera adelante un buen trecho; los
del bajel se vieron perdidos, hicieron vela en tanto que la galera volvía, y de
nuevo, a vela y a remo, se pusieron en caza; pero no les aprovechó su diligencia
tanto como les dañó su atrevimiento, porque, alcanzándoles la capitana a poco
más de media milla, les echó la palamenta encima y los cogió vivos a todos.

Llegaron en esto las otras dos galeras, y todas cuatro con la presa volvieron a
la playa, donde infinita gente los estaba esperando, deseosos de ver lo que
traían. Dio fondo el general cerca de tierra, y conoció que estaba en la marina
el virrey de la ciudad. Mandó echar el esquife para traerle, y mandó amainar la
entena para ahorcar luego luego al arráez y a los demás turcos que en el bajel
había cogido, que serían hasta treinta y seis personas, todos gallardos, y los
más, escopeteros turcos. Preguntó el general quién era el arráez del bergantín y
fuele respondido por uno de los cautivos, en lengua castellana, que después
pareció ser renegado español:

-Este mancebo, señor, que aquí vees es nuestro arráez.

Y mostróle uno de los más bellos y gallardos mozos que pudiera pintar la humana
imaginación. La edad, al parecer, no llegaba a veinte años. Preguntóle el
general:

-Dime, mal aconsejado perro, ¿quién te movió a matarme mis soldados, pues veías
ser imposible el escaparte? ¿Ese respeto se guarda a las capitanas? ¿No sabes tú
que no es valentía la temeridad? Las esperanzas dudosas han de hacer a los
hombres atrevidos, pero no temerarios.

Responder quería el arráez; pero no pudo el general, por entonces, oír la
respuesta, por acudir a recebir al virrey, que ya entraba en la galera, con el
cual entraron algunos de sus criados y algunas personas del pueblo.

-¡Buena ha estado la caza, señor general! -dijo el virrey.

-Y tan buena -respondió el general- cual la verá Vuestra Excelencia agora
colgada de esta entena.

-¿Cómo ansí? -replicó el virrey.

-Porque me han muerto -respondió el general-, contra toda ley y contra toda
razón y usanza de guerra, dos soldados de los mejores que en estas galeras
venían, y yo he jurado de ahorcar a cuantos he cautivado, principalmente a este
mozo, que es el arráez del bergantín.
Y enseñóle al que ya tenía atadas las manos y echado el cordel a la garganta,
esperando la muerte.

Miróle el virrey, y, viéndole tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde,
dándole en aquel instante una carta de recomendación su hermosura, le vino deseo
de escusar su muerte; y así, le preguntó:

-Dime, arráez, ¿eres turco de nación, o moro, o renegado?

A lo cual el mozo respondió, en lengua asimesmo castellana:

-Ni soy turco de nación, ni moro, ni renegado.

-Pues, ¿qué eres? -replicó el virrey.

-Mujer cristiana -respondió el mancebo.

-¿Mujer y cristiana, y en tal traje y en tales pasos? Más es cosa para admirarla
que para creerla.

-Suspended -dijo el mozo-, ¡oh señores!, la ejecución de mi muerte, que no se
perderá mucho en que se dilate vuestra venganza en tanto que yo os cuente mi
vida.

¿Quién fuera el de corazón tan duro que con estas razones no se ablandara, o, a
lo menos, hasta oír las que el triste y lastimado mancebo decir quería? El
general le dijo que dijese lo que quisiese, pero que no esperase alcanzar perdón
de su conocida culpa. Con esta licencia, el mozo comenzó a decir desta manera:

-«De aquella nación más desdichada que prudente, sobre quien ha llovido estos
días un mar de desgracias, nací yo, de moriscos padres engendrada. En la
corriente de su desventura fui yo por dos tíos míos llevada a Berbería, sin que
me aprovechase decir que era cristiana, como, en efecto, lo soy, y no de las
fingidas ni aparentes, sino de las verdaderas y católicas. No me valió, con los
que tenían a cargo nuestro miserable destierro, decir esta verdad, ni mis tíos
quisieron creerla; antes la tuvieron por mentira y por invención para quedarme
en la tierra donde había nacido, y así, por fuerza más que por grado, me
trujeron consigo. Tuve una madre cristiana y un padre discreto y cristiano, ni
más ni menos; mamé la fe católica en la leche; criéme con buenas costumbres; ni
en la lengua ni en ellas jamás, a mi parecer, di señales de ser morisca. Al par
y al paso destas virtudes, que yo creo que lo son, creció mi hermosura, si es
que tengo alguna; y, aunque mi recato y mi encerramiento fue mucho, no debió de
ser tanto que no tuviese lugar de verme un mancebo caballero, llamado don Gaspar
Gregorio, hijo mayorazgo de un caballero que junto a nuestro lugar otro suyo
tiene. Cómo me vio, cómo nos hablamos, cómo se vio perdido por mí y cómo yo no
muy ganada por él, sería largo de contar, y más en tiempo que estoy temiendo
que, entre la lengua y la garganta, se ha de atravesar el riguroso cordel que me
amenaza; y así, sólo diré cómo en nuestro destierro quiso acompañarme don
Gregorio. Mezclóse con los moriscos que de otros lugares salieron, porque sabía
muy bien la lengua, y en el viaje se hizo amigo de dos tíos míos que consigo me
traían; porque mi padre, prudente y prevenido, así como oyó el primer bando de
nuestro destierro, se salió del lugar y se fue a buscar alguno en los reinos
estraños que nos acogiese. Dejó encerradas y enterradas, en una parte de quien
yo sola tengo noticia, muchas perlas y piedras de gran valor, con algunos
dineros en cruzados y doblones de oro. Mandóme que no tocase al tesoro que
dejaba en ninguna manera, si acaso antes que él volviese nos desterraban. Hícelo
así, y con mis tíos, como tengo dicho, y otros parientes y allegados pasamos a
Berbería; y el lugar donde hicimos asiento fue en Argel, como si le hiciéramos
en el mismo infierno. Tuvo noticia el rey de mi hermosura, y la fama se la dio
de mis riquezas, que, en parte, fue ventura mía. Llamóme ante sí, preguntóme de
qué parte de España era y qué dineros y qué joyas traía. Díjele el lugar, y que
las joyas y dineros quedaban en él enterrados, pero que con facilidad se podrían
cobrar si yo misma volviese por ellos. Todo esto le dije, temerosa de que no le
cegase mi hermosura, sino su codicia. Estando conmigo en estas pláticas, le
llegaron a decir cómo venía conmigo uno de los más gallardos y hermosos mancebos
que se podía imaginar. Luego entendí que lo decían por don Gaspar Gregorio, cuya
belleza se deja atrás las mayores que encarecer se pueden. Turbéme, considerando
el peligro que don Gregorio corría, porque entre aquellos bárbaros turcos en más
se tiene y estima un mochacho o mancebo hermoso que una mujer, por bellísima que
sea. Mandó luego el rey que se le trujesen allí delante para verle, y preguntóme
si era verdad lo que de aquel mozo le decían. Entonces yo, casi como prevenida
del cielo, le dije que sí era; pero que le hacía saber que no era varón, sino
mujer como yo, y que le suplicaba me la dejase ir a vestir en su natural traje,
para que de todo en todo mostrase su belleza y con menos empacho pareciese ante
su presencia. Díjome que fuese en buena hora, y que otro día hablaríamos en el
modo que se podía tener para que yo volviese a España a sacar el escondido
tesoro. Hablé con don Gaspar, contéle el peligro que corría el mostrar ser
hombre; vestíle de mora, y aquella mesma tarde le truje a la presencia del rey,
el cual, en viéndole, quedó admirado y hizo disignio de guardarla para hacer
presente della al Gran Señor; y, por huir del peligro que en el serrallo de sus
mujeres podía tener y temer de sí mismo, la mandó poner en casa de unas
principales moras que la guardasen y la sirviesen, adonde le llevaron luego. Lo
que los dos sentimos (que no puedo negar que no le quiero) se deje a la
consideración de los que se apartan si bien se quieren. Dio luego traza el rey
de que yo volviese a España en este bergantín y que me acompañasen dos turcos de
nación, que fueron los que mataron vuestros soldados. Vino también conmigo este
renegado español -señalando al que había hablado primero-, del cual sé yo bien
que es cristiano encubierto y que viene con más deseo de quedarse en España que
de volver a Berbería; la demás chusma del bergantín son moros y turcos, que no
sirven de más que de bogar al remo. Los dos turcos, codiciosos e insolentes, sin
guardar el orden que traíamos de que a mí y a este renegado en la primer parte
de España, en hábito de cristianos, de que venimos proveídos, nos echasen en
tierra, primero quisieron barrer esta costa y hacer alguna presa, si pudiesen,
temiendo que si primero nos echaban en tierra, por algún acidente que a los dos
nos sucediese, podríamos descubrir que quedaba el bergantín en la mar, y si
acaso hubiese galeras por esta costa, los tomasen. Anoche descubrimos esta
playa, y, sin tener noticia destas cuatro galeras, fuimos descubiertos, y nos ha
sucedido lo que habéis visto. En resolución: don Gregorio queda en hábito de
mujer entre mujeres, con manifiesto peligro de perderse, y yo me veo atadas las
manos, esperando, o, por mejor decir, temiendo perder la vida, que ya me cansa.»
Éste es, señores, el fin de mi lamentable historia, tan verdadera como
desdichada; lo que os ruego es que me dejéis morir como cristiana, pues, como ya
he dicho, en ninguna cosa he sido culpante de la culpa en que los de mi nación
han caído.

Y luego calló, preñados los ojos de tiernas lágrimas, a quien acompañaron muchas
de los que presentes estaban. El virrey, tierno y compasivo, sin hablarle
palabra, se llegó a ella y le quitó con sus manos el cordel que las hermosas de
la mora ligaba.

En tanto, pues, que la morisca cristiana su peregrina historia trataba, tuvo
clavados los ojos en ella un anciano peregrino que entró en la galera cuando
entró el virrey; y, apenas dio fin a su plática la morisca, cuando él se arrojó
a sus pies, y, abrazado dellos, con interrumpidas palabras de mil sollozos y
suspiros, le dijo:

-¡Oh Ana Félix, desdichada hija mía! Yo soy tu padre Ricote, que volvía a
buscarte por no poder vivir sin ti, que eres mi alma.

A cuyas palabras abrió los ojos Sancho, y alzó la cabeza (que inclinada tenía,
pensando en la desgracia de su paseo), y, mirando al peregrino, conoció ser el
mismo Ricote que topó el día que salió de su gobierno, y confirmóse que aquélla
era su hija, la cual, ya desatada, abrazó a su padre, mezclando sus lágrimas con
las suyas; el cual dijo al general y al virrey:

-Ésta, señores, es mi hija, más desdichada en sus sucesos que en su nombre. Ana
Félix se llama, con el sobrenombre de Ricote, famosa tanto por su hermosura como
por mi riqueza. Yo salí de mi patria a buscar en reinos estraños quien nos
albergase y recogiese, y, habiéndole hallado en Alemania, volví en este hábito
de peregrino, en compañía de otros alemanes, a buscar mi hija y a desenterrar
muchas riquezas que dejé escondidas. No hallé a mi hija; hallé el tesoro, que
conmigo traigo, y agora, por el estraño rodeo que habéis visto, he hallado el
tesoro que más me enriquece, que es a mi querida hija. Si nuestra poca culpa y
sus lágrimas y las mías, por la integridad de vuestra justicia, pueden abrir
puertas a la misericordia, usadla con nosotros, que jamás tuvimos pensamiento de
ofenderos, ni convenimos en ningún modo con la intención de los nuestros, que
justamente han sido desterrados.

Entonces dijo Sancho:

-Bien conozco a Ricote, y sé que es verdad lo que dice en cuanto a ser Ana Félix
su hija; que en esotras zarandajas de ir y venir, tener buena o mala intención,
no me entremeto.

Admirados del estraño caso todos los presentes, el general dijo:

-Una por una vuestras lágrimas no me dejarán cumplir mi juramento: vivid,
hermosa Ana Félix, los años de vida que os tiene determinados el cielo, y lleven
la pena de su culpa los insolentes y atrevidos que la cometieron.

Y mandó luego ahorcar de la entena a los dos turcos que a sus dos soldados
habían muerto; pero el virrey le pidió encarecidamente no los ahorcase, pues más
locura que valentía había sido la suya. Hizo el general lo que el virrey le
pedía, porque no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada. Procuraron
luego dar traza de sacar a don Gaspar Gregorio del peligro en que quedaba.
Ofreció Ricote para ello más de dos mil ducados que en perlas y en joyas tenía.
Diéronse muchos medios, pero ninguno fue tal como el que dio el renegado español
que se ha dicho, el cual se ofreció de volver a Argel en algún barco pequeño, de
hasta seis bancos, armado de remeros cristianos, porque él sabía dónde, cómo y
cuándo podía y debía desembarcar, y asimismo no ignoraba la casa donde don
Gaspar quedaba. Dudaron el general y el virrey el fiarse del renegado, ni
confiar de los cristianos que habían de bogar el remo; fióle Ana Félix, y
Ricote, su padre, dijo que salía a dar el rescate de los cristianos, si acaso se
perdiesen.

Firmados, pues, en este parecer, se desembarcó el virrey, y don Antonio Moreno
se llevó consigo a la morisca y a su padre, encargándole el virrey que los
regalase y acariciase cuanto le fuese posible; que de su parte le ofrecía lo que
en su casa hubiese para su regalo. Tanta fue la benevolencia y caridad que la
hermosura de Ana Félix infundió en su pecho.

Capítulo LXIV.

Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don QuiXote de
cuantas hasta entonces le habían sucedido

La mujer de don Antonio Moreno cuenta la historia que recibió grandísimo
contento de ver a Ana Félix en su casa. Recibióla con mucho agrado, así
enamorada de su belleza como de su discreción, porque en lo uno y en lo otro era
estremada la morisca, y toda la gente de la ciudad, como a campana tañida,
venían a verla.

Dijo don QuiXote a don Antonio que el parecer que habían tomado en la libertad
de don Gregorio no era bueno, porque tenía más de peligroso que de conveniente,
y que sería mejor que le pusiesen a él en Berbería con sus armas y caballo; que
él le sacaría a pesar de toda la morisma, como había hecho don Gaiferos a su
esposa Melisendra.

-Advierta vuesa merced -dijo Sancho, oyendo esto- que el señor don Gaiferos sacó
a sus esposa de tierra firme y la llevó a Francia por tierra firme; pero aquí,
si acaso sacamos a don Gregorio, no tenemos por dónde traerle a España, pues
está la mar en medio.

-Para todo hay remedio, si no es para la muerte -respondió don QuiXote-; pues,
llegando el barco a la marina, nos podremos embarcar en él, aunque todo el mundo
lo impida.

-Muy bien lo pinta y facilita vuestra merced -dijo Sancho-, pero del dicho al
hecho hay gran trecho, y yo me atengo al renegado, que me parece muy hombre de
bien y de muy buenas entrañas.

Don Antonio dijo que si el renegado no saliese bien del caso, se tomaría el
espediente de que el gran don QuiXote pasase en Berbería.
De allí a dos días partió el renegado en un ligero barco de seis remos por
banda, armado de valentísima chusma; y de allí a otros dos se partieron las
galeras a Levante, habiendo pedido el general al visorrey fuese servido de
avisarle de lo que sucediese en la libertad de don Gregorio y en el caso de Ana
Félix; quedó el visorrey de hacerlo así como se lo pedía.

Y una mañana, saliendo don QuiXote a pasearse por la playa armado de todas sus
armas, porque, como muchas veces decía, ellas eran sus arreos, y su descanso el
pelear, y no se hallaba sin ellas un punto, vio venir hacía él un caballero,
armado asimismo de punta en blanco, que en el escudo traía pintada una luna
resplandeciente; el cual, llegándose a trecho que podía ser oído, en altas
voces, encaminando sus razones a don QuiXote, dijo:

-Insigne caballero y jamás como se debe alabado don QuiXote de la Mancha, yo soy
el Caballero de la Blanca Luna, cuyas inauditas hazañas quizá te le habrán
traído a la memoria. Vengo a contender contigo y a probar la fuerza de tus
brazos, en razón de hacerte conocer y confesar que mi dama, sea quien fuere, es
sin comparación más hermosa que tu Dulcinea del Toboso; la cual verdad si tú la
confiesas de llano en llano, escusarás tu muerte y el trabajo que yo he de tomar
en dártela; y si tú peleares y yo te venciere, no quiero otra satisfación sino
que, dejando las armas y absteniéndote de buscar aventuras, te recojas y retires
a tu lugar por tiempo de un año, donde has de vivir sin echar mano a la espada,
en paz tranquila y en provechoso sosiego, porque así conviene al aumento de tu
hacienda y a la salvación de tu alma; y si tú me vencieres, quedará a tu
discreción mi cabeza, y serán tuyos los despojos de mis armas y caballo, y
pasará a la tuya la fama de mis hazañas. Mira lo que te está mejor, y respóndeme
luego, porque hoy todo el día traigo de término para despachar este negocio.
Don QuiXote quedó suspenso y atónito, así de la arrogancia del Caballero de la
Blanca Luna como de la causa por que le desafiaba; y con reposo y ademán severo
le respondió:

-Caballero de la Blanca Luna, cuyas hazañas hasta agora no han llegado a mi
noticia, yo osaré jurar que jamás habéis visto a la ilustre Dulcinea; que si
visto la hubiérades, yo sé que procurárades no poneros en esta demanda, porque
su vista os desengañara de que no ha habido ni puede haber belleza que con la
suya comparar se pueda; y así, no diciéndoos que mentís, sino que no acertáis en
lo propuesto, con las condiciones que habéis referido, aceto vuestro desafío, y
luego, porque no se pase el día que traéis determinado; y sólo exceto de las
condiciones la de que se pase a mí la fama de vuestras hazañas, porque no sé
cuáles ni qué tales sean: con las mías me contento, tales cuales ellas son.
Tomad, pues, la parte del campo que quisiéredes, que yo haré lo mesmo, y a quien
Dios se la diere, San Pedro se la bendiga.

Habían descubierto de la ciudad al Caballero de la Blanca Luna, y díchoselo al
visorrey que estaba hablando con don QuiXote de la Mancha. El visorrey, creyendo
sería alguna nueva aventura fabricada por don Antonio Moreno, o por otro algún
caballero de la ciudad, salió luego a la playa con don Antonio y con otros
muchos caballeros que le acompañaban, a tiempo cuando don QuiXote volvía las
riendas a Rocinante para tomar del campo lo necesario.

Viendo, pues, el visorrey que daban los dos señales de volverse a encontrar, se
puso en medio, preguntándoles qué era la causa que les movía a hacer tan de
improviso batalla. El Caballero de la Blanca Luna respondió que era precedencia
de hermosura, y en breves razones le dijo las mismas que había dicho a don
QuiXote, con la acetación de las condiciones del desafío hechas por entrambas
partes. Llegóse el visorrey a don Antonio, y preguntóle paso si sabía quién era
el tal Caballero de la Blanca Luna, o si era alguna burla que querían hacer a
don QuiXote. Don Antonio le respondió que ni sabía quién era, ni si era de
burlas ni de veras el tal desafío. Esta respuesta tuvo perplejo al visorrey en
si les dejaría o no pasar adelante en la batalla; pero, no pudiéndose persuadir
a que fuese sino burla, se apartó diciendo:

-Señores caballeros, si aquí no hay otro remedio sino confesar o morir, y el
señor don QuiXote está en sus trece y vuestra merced el de la Blanca Luna en sus
catorce, a la mano de Dios, y dense.

Agradeció el de la Blanca Luna con corteses y discretas razones al visorrey la
licencia que se les daba, y don QuiXote hizo lo mesmo; el cual, encomendándose
al cielo de todo corazón y a su Dulcinea -como tenía de costumbre al comenzar de
las batallas que se le ofrecían-, tornó a tomar otro poco más del campo, porque
vio que su contrario hacía lo mesmo, y, sin tocar trompeta ni otro instrumento
bélico que les diese señal de arremeter, volvieron entrambos a un mesmo punto
las riendas a sus caballos; y, como era más ligero el de la Blanca Luna, llegó a
don QuiXote a dos tercios andados de la carrera, y allí le encontró con tan
poderosa fuerza, sin tocarle con la lanza (que la levantó, al parecer, de
propósito), que dio con Rocinante y con don QuiXote por el suelo una peligrosa
caída. Fue luego sobre él, y, poniéndole la lanza sobre la visera, le dijo:

-Vencido sois, caballero, y aun muerto, si no confesáis las condiciones de
nuestro desafío.

Don QuiXote, molido y aturdido, sin alzarse la visera, como si hablara dentro de
una tumba, con voz debilitada y enferma, dijo:

-Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado
caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad.
Aprieta, caballero, la lanza, y quítame la vida, pues me has quitado la honra.

-Eso no haré yo, por cierto -dijo el de la Blanca Luna-: viva, viva en su
entereza la fama de la hermosura de la señora Dulcinea del Toboso, que sólo me
contento con que el gran don QuiXote se retire a su lugar un año, o hasta el
tiempo que por mí le fuere mandado, como concertamos antes de entrar en esta
batalla.

Todo esto oyeron el visorrey y don Antonio, con otros muchos que allí estaban, y
oyeron asimismo que don QuiXote respondió que como no le pidiese cosa que fuese
en perjuicio de Dulcinea, todo lo demás cumpliría como caballero puntual y
verdadero.

Hecha esta confesión, volvió las riendas el de la Blanca Luna, y, haciendo
mesura con la cabeza al visorrey, a medio galope se entró en la ciudad.
Mandó el visorrey a don Antonio que fuese tras él, y que en todas maneras
supiese quién era. Levantaron a don QuiXote, descubriéronle el rostro y
halláronle sin color y trasudando. Rocinante, de puro malparado, no se pudo
mover por entonces. Sancho, todo triste, todo apesarado, no sabía qué decirse ni
qué hacerse: parecíale que todo aquel suceso pasaba en sueños y que toda aquella
máquina era cosa de encantamento. Veía a su señor rendido y obligado a no tomar
armas en un año; imaginaba la luz de la gloria de sus hazañas escurecida, las
esperanzas de sus nuevas promesas deshechas, como se deshace el humo con el
viento. Temía si quedaría o no contrecho Rocinante, o deslocado su amo; que no
fuera poca ventura si deslocado quedara. Finalmente, con una silla de manos, que
mandó traer el visorrey, le llevaron a la ciudad, y el visorrey se volvió
también a ella, con deseo de saber quién fuese el Caballero de la Blanca Luna,
que de tan mal talante había dejado a don QuiXote.

Capítulo LXV.

Donde se da noticia quién era el de la Blanca Luna, con la libertad de Don Gregorio, y de otros sucesos

Siguió don Antonio Moreno al Caballero de la Blanca Luna, y siguiéronle también,
y aun persiguiéronle, muchos muchachos, hasta que le cerraron en un mesón dentro
de la ciudad. Entró el don Antonio con deseo de conocerle; salió un escudero a
recebirle y a desarmarle; encerróse en una sala baja, y con él don Antonio, que
no se le cocía el pan hasta saber quién fuese. Viendo, pues, el de la Blanca
Luna que aquel caballero no le dejaba, le dijo:

-Bien sé, señor, a lo que venís, que es a saber quién soy; y, porque no hay para
qué negároslo, en tanto que este mi criado me desarma os lo diré, sin faltar un
punto a la verdad del caso. Sabed, señor, que a mí me llaman el bachiller Sansón
Carrasco; soy del mesmo lugar de don QuiXote de la Mancha, cuya locura y sandez
mueve a que le tengamos lástima todos cuantos le conocemos, y entre los que más
se la han tenido he sido yo; y, creyendo que está su salud en su reposo y en que
se esté en su tierra y en su casa, di traza para hacerle estar en ella; y así,
habrá tres meses que le salí al camino como caballero andante, llamándome el
Caballero de los Espejos, con intención de pelear con él y vencerle, sin hacerle
daño, poniendo por condición de nuestra pelea que el vencido quedase a
discreción del vencedor; y lo que yo pensaba pedirle, porque ya le juzgaba por
vencido, era que se volviese a su lugar y que no saliese dél en todo un año, en
el cual tiempo podría ser curado; pero la suerte lo ordenó de otra manera,
porque él me venció a mí y me derribó del caballo, y así, no tuvo efecto mi
pensamiento: él prosiguió su camino, y yo me volví, vencido, corrido y molido de
la caída, que fue además peligrosa; pero no por esto se me quitó el deseo de
volver a buscarle y a vencerle, como hoy se ha visto. Y como él es tan puntual
en guardar las órdenes de la andante caballería, sin duda alguna guardará la que
le he dado, en cumplimiento de su palabra. Esto es, señor, lo que pasa, sin que
tenga que deciros otra cosa alguna; suplícoos no me descubráis ni le digáis a
don QuiXote quién soy, porque tengan efecto los buenos pensamientos míos y
vuelva a cobrar su juicio un hombre que le tiene bonísimo, como le dejen las
sandeces de la caballería.

-¡Oh señor -dijo don Antonio-, Dios os perdone el agravio que habéis hecho a
todo el mundo en querer volver cuerdo al más gracioso loco que hay en él! ¿No
veis, señor, que no podrá llegar el provecho que cause la cordura de don QuiXote
a lo que llega el gusto que da con sus desvaríos? Pero yo imagino que toda la
industria del señor bachiller no ha de ser parte para volver cuerdo a un hombre
tan rematadamente loco; y si no fuese contra caridad, diría que nunca sane don
QuiXote, porque con su salud, no solamente perdemos sus gracias, sino las de
Sancho Panza, su escudero, que cualquiera dellas puede volver a alegrar a la
misma melancolía. Con todo esto, callaré, y no le diré nada, por ver si salgo
verdadero en sospechar que no ha de tener efecto la diligencia hecha por el
señor Carrasco.

El cual respondió que ya una por una estaba en buen punto aquel negocio, de
quien esperaba feliz suceso. Y, habiéndose ofrecido don Antonio de hacer lo que
más le mandase, se despidió dél; y, hecho liar sus armas sobre un macho, luego
al mismo punto, sobre el caballo con que entró en la batalla, se salió de la
ciudad aquel mismo día y se volvió a su patria, sin sucederle cosa que obligue a
contarla en esta verdadera historia.

Contó don Antonio al visorrey todo lo que Carrasco le había contado, de lo que
el visorrey no recibió mucho gusto, porque en el recogimiento de don QuiXote se
perdía el que podían tener todos aquellos que de sus locuras tuviesen noticia.
Seis días estuvo don QuiXote en el lecho, marrido, triste, pensativo y mal
acondicionado, yendo y viniendo con la imaginación en el desdichado suceso de su
vencimiento. Consolábale Sancho, y, entre otras razones, le dijo:

-Señor mío, alce vuestra merced la cabeza y alégrese, si puede, y dé gracias al
cielo que, ya que le derribó en la tierra, no salió con alguna costilla
quebrada; y, pues sabe que donde las dan las toman, y que no siempre hay tocinos
donde hay estacas, dé una higa al médico, pues no le ha menester para que le
cure en esta enfermedad: volvámonos a nuestra casa y dejémonos de andar buscando
aventuras por tierras y lugares que no sabemos; y, si bien se considera, yo soy
aquí el más perdidoso, aunque es vuestra merced el más mal parado. Yo, que dejé
con el gobierno los deseos de ser más gobernador, no dejé la gana de ser conde,
que jamás tendrá efecto si vuesa merced deja de ser rey, dejando el ejercicio de
su caballería; y así, vienen a volverse en humo mis esperanzas.

-Calla, Sancho, pues ves que mi reclusión y retirada no ha de pasar de un año;
que luego volveré a mis honrados ejercicios, y no me ha de faltar reino que gane
y algún condado que darte.

-Dios lo oiga -dijo Sancho-, y el pecado sea sordo, que siempre he oído decir
que más vale buena esperanza que ruin posesión.

En esto estaban cuando entró don Antonio, diciendo con muestras de grandísimo
contento:

-¡Albricias, señor don QuiXote, que don Gregorio y el renegado que fue por él
está en la playa! ¿Qué digo en la playa? Ya está en casa del visorrey, y será
aquí al momento.

Alegróse algún tanto don QuiXote, y dijo:

-En verdad que estoy por decir que me holgara que hubiera sucedido todo al
revés, porque me obligara a pasar en Berbería, donde con la fuerza de mi brazo
diera libertad no sólo a don Gregorio, sino a cuantos cristianos cautivos hay en
Berbería. Pero, ¿qué digo, miserable? ¿No soy yo el vencido? ¿No soy yo el
derribado? ¿No soy yo el que no puede tomar arma en un año? Pues, ¿qué prometo?
¿De qué me alabo, si antes me conviene usar de la rueca que de la espada?

-Déjese deso, señor -dijo Sancho-: viva la gallina, aunque con su pepita, que
hoy por ti y mañana por mí; y en estas cosas de encuentros y porrazos no hay
tomarles tiento alguno, pues el que hoy cae puede levantarse mañana, si no es
que se quiere estar en la cama; quiero decir que se deje desmayar, sin cobrar
nuevos bríos para nuevas pendencias. Y levántese vuestra merced agora para
recebir a don Gregorio, que me parece que anda la gente alborotada, y ya debe de
estar en casa.

Y así era la verdad; porque, habiendo ya dado cuenta don Gregorio y el renegado
al visorrey de su ida y vuelta, deseoso don Gregorio de ver a Ana Félix, vino
con el renegado a casa de don Antonio; y, aunque don Gregorio, cuando le sacaron
de Argel, fue con hábitos de mujer, en el barco los trocó por los de un cautivo
que salió consigo; pero en cualquiera que viniera, mostrara ser persona para ser
codiciada, servida y estimada, porque era hermoso sobremanera, y la edad, al
parecer, de diez y siete o diez y ocho años. Ricote y su hija salieron a
recebirle: el padre con lágrimas y la hija con honestidad. No se abrazaron unos
a otros, porque donde hay mucho amor no suele haber demasiada desenvoltura. Las
dos bellezas juntas de don Gregorio y Ana Félix admiraron en particular a todos
juntos los que presentes estaban. El silencio fue allí el que habló por los dos
amantes, y los ojos fueron las lenguas que descubrieron sus alegres y honestos
pensamientos.

Contó el renegado la industria y medio que tuvo para sacar a don Gregorio; contó
don Gregorio los peligros y aprietos en que se había visto con las mujeres con
quien había quedado, no con largo razonamiento, sino con breves palabras, donde
mostró que su discreción se adelantaba a sus años. Finalmente, Ricote pagó y
satisfizo liberalmente así al renegado como a los que habían bogado al remo.
Reincorporóse y redújose el renegado con la Iglesia, y, de miembro podrido,
volvió limpio y sano con la penitencia y el arrepentimiento.

De allí a dos días trató el visorrey con don Antonio qué modo tendrían para que
Ana Félix y su padre quedasen en España, pareciéndoles no ser de inconveniente
alguno que quedasen en ella hija tan cristiana y padre, al parecer, tan bien
intencionado. Don Antonio se ofreció venir a la corte a negociarlo, donde había
de venir forzosamente a otros negocios, dando a entender que en ella, por medio
del favor y de las dádivas, muchas cosas dificultosas se acaban.

-No -dijo Ricote, que se halló presente a esta plática- hay que esperar en
favores ni en dádivas, porque con el gran don Bernardino de Velasco, conde de
Salazar, a quien dio Su Majestad cargo de nuestra expulsión, no valen ruegos, no
promesas, no dádivas, no lástimas; porque, aunque es verdad que él mezcla la
misericordia con la justicia, como él vee que todo el cuerpo de nuestra nación
está contaminado y podrido, usa con él antes del cauterio que abrasa que del
ungüento que molifica; y así, con prudencia, con sagacidad, con diligencia y con
miedos que pone, ha llevado sobre sus fuertes hombros a debida ejecución el peso
desta gran máquina, sin que nuestras industrias, estratagemas, solicitudes y
fraudes hayan podido deslumbrar sus ojos de Argos, que contino tiene alerta,
porque no se le quede ni encubra ninguno de los nuestros, que, como raíz
escondida, que con el tiempo venga después a brotar, y a echar frutos venenosos
en España, ya limpia, ya desembarazada de los temores en que nuestra muchedumbre
la tenía. ¡Heroica resolución del gran Filipo Tercero, y inaudita prudencia en
haberla encargado al tal don Bernardino de Velasco!

-Una por una, yo haré, puesto allá, las diligencias posibles, y haga el cielo lo
que más fuere servido -dijo don Antonio-. Don Gregorio se irá conmigo a consolar
la pena que sus padres deben tener por su ausencia; Ana Félix se quedará con mi
mujer en mi casa, o en un monasterio, y yo sé que el señor visorrey gustará se
quede en la suya el buen Ricote, hasta ver cómo yo negocio.

El visorrey consintió en todo lo propuesto, pero don Gregorio, sabiendo lo que
pasaba, dijo que en ninguna manera podía ni quería dejar a doña Ana Félix; pero,
teniendo intención de ver a sus padres, y de dar traza de volver por ella, vino
en el decretado concierto. Quedóse Ana Félix con la mujer de don Antonio, y
Ricote en casa del visorrey.

Llegóse el día de la partida de don Antonio, y el de don QuiXote y Sancho, que
fue de allí a otros dos; que la caída no le concedió que más presto se pusiese
en camino. Hubo lágrimas, hubo suspiros, desmayos y sollozos al despedirse don
Gregorio de Ana Félix. Ofrecióle Ricote a don Gregorio mil escudos, si los
quería; pero él no tomó ninguno, sino solos cinco que le prestó don Antonio,
prometiendo la paga dellos en la corte. Con esto, se partieron los dos, y don
QuiXote y Sancho después, como se ha dicho: don QuiXote desarmado y de camino,
Sancho a pie, por ir el rucio cargado con las armas.

Capítulo LXVI.

Que trata de lo que verá el que lo leyere, o lo oirá el que lo escuchare leer

Al salir de Barcelona, volvió don QuiXote a mirar el sitio donde había caído, y
dijo:

-¡Aquí fue Troya! ¡Aquí mi desdicha, y no mi cobardía, se llevó mis alcanzadas
glorias; aquí usó la fortuna conmigo de sus vueltas y revueltas; aquí se
escurecieron mis hazañas; aquí, finalmente, cayó mi ventura para jamás
levantarse!

Oyendo lo cual Sancho, dijo:

-Tan de valientes corazones es, señor mío, tener sufrimiento en las desgracias
como alegría en las prosperidades; y esto lo juzgo por mí mismo, que si cuando
era gobernador estaba alegre, agora que soy escudero de a pie, no estoy triste;
porque he oído decir que esta que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha y
antojadiza, y, sobre todo, ciega, y así, no vee lo que hace, ni sabe a quién
derriba, ni a quién ensalza.

-Muy filósofo estás, Sancho -respondió don QuiXote-, muy a lo discreto hablas:
no sé quién te lo enseña. Lo que te sé decir es que no hay fortuna en el mundo,
ni las cosas que en él suceden, buenas o malas que sean, vienen acaso, sino por
particular providencia de los cielos, y de aquí viene lo que suele decirse: que
cada uno es artífice de su ventura. Yo lo he sido de la mía, pero no con la
prudencia necesaria, y así, me han salido al gallarín mis presunciones; pues
debiera pensar que al poderoso grandor del caballo del de la Blanca Luna no
podía resistir la flaqueza de Rocinante. Atrevíme en fin, hice lo que puede,
derribáronme, y, aunque perdí la honra, no perdí, ni puedo perder, la virtud de
cumplir mi palabra. Cuando era caballero andante, atrevido y valiente, con mis
obras y con mis manos acreditaba mis hechos; y agora, cuando soy escudero
pedestre, acreditaré mis palabras cumpliendo la que di de mi promesa. Camina,
pues, amigo Sancho, y vamos a tener en nuestra tierra el año del noviciado, con
cuyo encerramiento cobraremos virtud nueva para volver al nunca de mí olvidado
ejercicio de las armas.

-Señor -respondió Sancho-, no es cosa tan gustosa el caminar a pie, que me mueva
e incite a hacer grandes jornadas. Dejemos estas armas colgadas de algún árbol,
en lugar de un ahorcado, y, ocupando yo las espaldas del rucio, levantados los
pies del suelo, haremos las jornadas como vuestra merced las pidiere y midiere;
que pensar que tengo de caminar a pie y hacerlas grandes es pensar en lo
escusado.

-Bien has dicho, Sancho -respondió don QuiXote-: cuélguense mis armas por
trofeo, y al pie dellas, o alrededor dellas, grabaremos en los árboles lo que en
el trofeo de las armas de Roldán estaba escrito:

Nadie las mueva

que estar no pueda con Roldán a prueba.

-Todo eso me parece de perlas -respondió Sancho-; y, si no fuera por la falta
que para el camino nos había de hacer Rocinante, también fuera bien dejarle
colgado.

-¡Pues ni él ni las armas -replicó don QuiXote- quiero que se ahorquen, porque
no se diga que a buen servicio, mal galardón!

-Muy bien dice vuestra merced -respondió Sancho-, porque, según opinión de
discretos, la culpa del asno no se ha de echar a la albarda; y, pues deste
suceso vuestra merced tiene la culpa, castíguese a sí mesmo, y no revienten sus
iras por las ya rotas y sangrientas armas, ni por las mansedumbres de Rocinante,
ni por la blandura de mis pies, queriendo que caminen más de lo justo.

En estas razones y pláticas se les pasó todo aquel día, y aun otros cuatro, sin
sucederles cosa que estorbase su camino; y al quinto día, a la entrada de un
lugar, hallaron a la puerta de un mesón mucha gente, que, por ser fiesta, se
estaba allí solazando. Cuando llegaba a ellos don QuiXote, un labrador alzó la
voz diciendo:

-Alguno destos dos señores que aquí vienen, que no conocen las partes, dirá lo
que se ha de hacer en nuestra apuesta.

-Sí diré, por cierto -respondió don QuiXote-, con toda rectitud, si es que
alcanzo a entenderla.

-«Es, pues, el caso -dijo el labrador-, señor bueno, que un vecino deste lugar,
tan gordo que pesa once arrobas, desafió a correr a otro su vecino, que no pesa
más que cinco. Fue la condición que habían de correr una carrera de cien pasos
con pesos iguales; y, habiéndole preguntado al desafiador cómo se había de
igualar el peso, dijo que el desafiado, que pesa cinco arrobas, se pusiese seis
de hierro a cuestas, y así se igualarían las once arrobas del flaco con las once
del gordo.»

-Eso no -dijo a esta sazón Sancho, antes que don QuiXote respondiese-. Y a mí,
que ha pocos días que salí de ser gobernador y juez, como todo el mundo sabe,
toca averiguar estas dudas y dar parecer en todo pleito.

-Responde en buen hora -dijo don QuiXote-, Sancho amigo, que yo no estoy para
dar migas a un gato, según traigo alborotado y trastornado el juicio.

Con esta licencia, dijo Sancho a los labradores, que estaban muchos alrededor
dél la boca abierta, esperando la sentencia de la suya:

-Hermanos, lo que el gordo pide no lleva camino, ni tiene sombra de justicia
alguna; porque si es verdad lo que se dice, que el desafiado puede escoger las
armas, no es bien que éste las escoja tales que le impidan ni estorben el salir
vencedor; y así, es mi parecer que el gordo desafiador se escamonde, monde,
entresaque, pula y atilde, y saque seis arrobas de sus carnes, de aquí o de allí
de su cuerpo, como mejor le pareciere y estuviere; y desta manera, quedando en
cinco arrobas de peso, se igualará y ajustará con las cinco de su contrario, y
así podrán correr igualmente.

-¡Voto a tal -dijo un labrador que escuchó la sentencia de Sancho- que este
señor ha hablado como un bendito y sentenciado como un canónigo! Pero a buen
seguro que no ha de querer quitarse el gordo una onza de sus carnes, cuanto más
seis arrobas.

-Lo mejor es que no corran -respondió otro-, porque el flaco no se muela con el
peso, ni el gordo se descarne; y échese la mitad de la apuesta en vino, y
llevemos estos señores a la taberna de lo caro, y sobre mí la capa cuando
llueva.

-Yo, señores -respondió don QuiXote-, os lo agradezco, pero no puedo detenerme
un punto, porque pensamientos y sucesos tristes me hacen parecer descortés y
caminar más que de paso.

Y así, dando de las espuelas a Rocinante, pasó adelante, dejándolos admirados de
haber visto y notado así su estraña figura como la discreción de su criado, que
por tal juzgaron a Sancho. Y otro de los labradores dijo:

-Si el criado es tan discreto, ¡cuál debe de ser el amo! Yo apostaré que si van
a estudiar a Salamanca, que a un tris han de venir a ser alcaldes de corte; que
todo es burla, sino estudiar y más estudiar, y tener favor y ventura; y cuando
menos se piensa el hombre, se halla con una vara en la mano o con una mitra en
la cabeza.

Aquella noche la pasaron amo y mozo en mitad del campo, al cielo raso y
descubierto; y otro día, siguiendo su camino, vieron que hacia ellos venía un
hombre de a pie, con unas alforjas al cuello y una azcona o chuzo en la mano,
propio talle de correo de a pie; el cual, como llegó junto a don QuiXote,
adelantó el paso, y medio corriendo llegó a él, y, abrazándole por el muslo
derecho, que no alcanzaba a más, le dijo, con muestras de mucha alegría:

-¡Oh mi señor don QuiXote de la Mancha, y qué gran contento ha de llegar al
corazón de mi señor el duque cuando sepa que vuestra merced vuelve a su
castillo, que todavía se está en él con mi señora la duquesa!

-No os conozco, amigo -respondió don QuiXote-, ni sé quién sois, si vos no me lo
decís.

-Yo, señor don QuiXote -respondió el correo-, soy Tosilos, el lacayo del duque
mi señor, que no quise pelear con vuestra merced sobre el casamiento de la hija
de doña Rodríguez.

-¡Válame Dios! -dijo don QuiXote-. ¿Es posible que sois vos el que los
encantadores mis enemigos transformaron en ese lacayo que decís, por defraudarme
de la honra de aquella batalla?

-Calle, señor bueno -replicó el cartero-, que no hubo encanto alguno ni mudanza
de rostro ninguna: tan lacayo Tosilos entré en la estacada como Tosilos lacayo
salí della. Yo pensé casarme sin pelear, por haberme parecido bien la moza, pero
sucedióme al revés mi pensamiento, pues, así como vuestra merced se partió de
nuestro castillo, el duque mi señor me hizo dar cien palos por haber
contravenido a las ordenanzas que me tenía dadas antes de entrar en la batalla,
y todo ha parado en que la muchacha es ya monja, y doña Rodríguez se ha vuelto a
Castilla, y yo voy ahora a Barcelona, a llevar un pliego de cartas al virrey,
que le envía mi amo. Si vuestra merced quiere un traguito, aunque caliente,
puro, aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajitas de
queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de la sed, si acaso
está durmiendo.

-Quiero el envite -dijo Sancho-, y échese el resto de la cortesía, y escancie el
buen Tosilos, a despecho y pesar de cuantos encantadores hay en las Indias.

-En fin -dijo don QuiXote-, tú eres, Sancho, el mayor glotón del mundo y el
mayor ignorante de la tierra, pues no te persuades que este correo es encantado,
y este Tosilos contrahecho. Quédate con él y hártate, que yo me iré adelante
poco a poco, esperándote a que vengas.

Rióse el lacayo, desenvainó su calabaza, desalforjó sus rajas, y, sacando un
panecillo, él y Sancho se sentaron sobre la yerba verde, y en buena paz compaña
despabilaron y dieron fondo con todo el repuesto de las alforjas, con tan buenos
alientos, que lamieron el pliego de las cartas, sólo porque olía a queso. Dijo
Tosilos a Sancho:

-Sin duda este tu amo, Sancho amigo, debe de ser un loco.

-¿Cómo debe? -respondió Sancho-. No debe nada a nadie, que todo lo paga, y más
cuando la moneda es locura. Bien lo veo yo, y bien se lo digo a él; pero, ¿qué
aprovecha? Y más agora que va rematado, porque va vencido del Caballero de la
Blanca Luna.

Rogóle Tosilos le contase lo que le había sucedido, pero Sancho le respondió que
era descortesía dejar que su amo le esperase; que otro día, si se encontrasen,
habría lugar par ello. Y, levantándose, después de haberse sacudido el sayo y
las migajas de las barbas, antecogió al rucio, y, diciendo ”a Dios”, dejó a
Tosilos y alcanzó a su amo, que a la sombra de un árbol le estaba esperando.

Capítulo LXVII.

De la resolución que tomó don QuiXote de hacerse pastor y seguir
la vida del campo, en tanto que se pasaba el año de su promesa, con otros
sucesos en verdad gustosos y buenos

Si muchos pensamientos fatigaban a don QuiXote antes de ser derribado, muchos
más le fatigaron después de caído. A la sombra del árbol estaba, como se ha
dicho, y allí, como moscas a la miel, le acudían y picaban pensamientos: unos
iban al desencanto de Dulcinea y otros a la vida que había de hacer en su
forzosa retirada. Llegó Sancho y alabóle la liberal condición del lacayo
Tosilos.

-¿Es posible -le dijo don QuiXote- que todavía, ¡oh Sancho!, pienses que aquél
sea verdadero lacayo? Parece que se te ha ido de las mientes haber visto a
Dulcinea convertida y transformada en labradora, y al Caballero de los Espejos
en el bachiller Carrasco, obras todas de los encantadores que me persiguen. Pero
dime agora: ¿preguntaste a ese Tosilos que dices qué ha hecho Dios de
Altisidora: si ha llorado mi ausencia, o si ha dejado ya en las manos del olvido
los enamorados pensamientos que en mi presencia la fatigaban?

-No eran -respondió Sancho- los que yo tenía tales que me diesen lugar a
preguntar boberías. ¡Cuerpo de mí!, señor, ¿está vuestra merced ahora en
términos de inquirir pensamientos ajenos, especialmente amorosos?

-Mira, Sancho -dijo don QuiXote-, mucha diferencia hay de las obras que se hacen
por amor a las que se hacen por agradecimiento. Bien puede ser que un caballero
sea desamorado, pero no puede ser, hablando en todo rigor, que sea
desagradecido. Quísome bien, al parecer, Altisidora; diome los tres tocadores
que sabes, lloró en mi partida, maldíjome, vituperóme, quejóse, a despecho de la
vergüenza, públicamente: señales todas de que me adoraba, que las iras de los
amantes suelen parar en maldiciones. Yo no tuve esperanzas que darle, ni tesoros
que ofrecerle, porque las mías las tengo entregadas a Dulcinea, y los tesoros de
los caballeros andantes son, como los de los duendes, aparentes y falsos, y sólo
puedo darle estos acuerdos que della tengo, sin perjuicio, pero, de los que
tengo de Dulcinea, a quien tú agravias con la remisión que tienes en azotarte y
en castigar esas carnes, que vea yo comidas de lobos, que quieren guardarse
antes para los gusanos que para el remedio de aquella pobre señora.

-Señor -respondió Sancho-, si va a decir la verdad, yo no me puedo persuadir que
los azotes de mis posaderas tengan que ver con los desencantos de los
encantados, que es como si dijésemos: “Si os duele la cabeza, untaos las
rodillas”. A lo menos, yo osaré jurar que en cuantas historias vuesa merced ha
leído que tratan de la andante caballería no ha visto algún desencantado por
azotes; pero, por sí o por no, yo me los daré, cuando tenga gana y el tiempo me
dé comodidad para castigarme.

-Dios lo haga -respondió don QuiXote-, y los cielos te den gracia para que
caigas en la cuenta y en la obligación que te corre de ayudar a mi señora, que
lo es tuya, pues tú eres mío.

En estas pláticas iban siguiendo su camino, cuando llegaron al mesmo sitio y
lugar donde fueron atropellados de los toros. Reconocióle don QuiXote; dijo a
Sancho:

-Éste es el prado donde topamos a las bizarras pastoras y gallardos pastores que
en él querían renovar e imitar a la pastoral Arcadia, pensamiento tan nuevo como
discreto, a cuya imitación, si es que a ti te parece bien, querría, ¡oh Sancho!,
que nos convirtiésemos en pastores, siquiera el tiempo que tengo de estar
recogido. Yo compraré algunas ovejas, y todas las demás cosas que al pastoral
ejercicio son necesarias, y llamándome yo el pastor Quijotiz, y tú el pastor
Pancino, nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando
aquí, endechando allí, bebiendo de los líquidos cristales de las fuentes, o ya
de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Daránnos con
abundantísimamano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los
durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil
colores matizadas los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la
luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto,
alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos
eternos y famosos, no sólo en los presentes, sino en los venideros siglos.

-Pardiez -dijo Sancho-, que me ha cuadrado, y aun esquinado, tal género de vida;
y más, que no la ha de haber aún bien visto el bachiller Sansón Carrasco y maese
Nicolás el barbero, cuando la han de querer seguir, y hacerse pastores con
nosotros; y aun quiera Dios no le venga en voluntad al cura de entrar también en
el aprisco, según es de alegre y amigo de holgarse.

-Tú has dicho muy bien -dijo don QuiXote-; y podrá llamarse el bachiller Sansón
Carrasco, si entra en el pastoral gremio, como entrará sin duda, el pastor
Sansonino, o ya el pastor Carrascón; el barbero Nicolás se podrá llamar
Miculoso, como ya el antiguo Boscán se llamó Nemoroso; al cura no sé qué nombre
le pongamos, si no es algún derivativo de su nombre, llamándole el pastor
Curiambro. Las pastoras de quien hemos de ser amantes, como entre peras podremos
escoger sus nombres; y, pues el de mi señora cuadra así al de pastora como al de
princesa, no hay para qué cansarme en buscar otro que mejor le venga; tú,
Sancho, pondrás a la tuya el que quisieres.

-No pienso -respondió Sancho- ponerle otro alguno sino el de Teresona, que le
vendrá bien con su gordura y con el propio que tiene, pues se llama Teresa; y
más, que, celebrándola yo en mis versos, vengo a descubrir mis castos deseos,
pues no ando a buscar pan de trastrigo por las casas ajenas. El cura no será
bien que tenga pastora, por dar buen ejemplo; y si quisiere el bachiller
tenerla, su alma en su palma.

-¡Válame Dios -dijo don QuiXote-, y qué vida nos hemos de dar, Sancho amigo!
¡Qué de churumbelas han de llegar a nuestros oídos, qué de gaitas zamoranas, qué
tamborines, y qué de sonajas, y qué de rabeles! Pues, ¡qué si destas diferencias
de músicas resuena la de los albogues! Allí se verá casi todos los instrumentos
pastorales.

-¿Qué son albogues -preguntó Sancho-, que ni los he oído nombrar, ni los he
visto en toda mi vida?

-Albogues son -respondió don QuiXote- unas chapas a modo de candeleros de
azófar, que, dando una con otra por lo vacío y hueco, hace un son, si no muy
agradable ni armónico, no descontenta, y viene bien con la rusticidad de la
gaita y del tamborín; y este nombre albogues es morisco, como lo son todos
aquellos que en nuestra lengua castellana comienzan en al, conviene a saber:
almohaza, almorzar, alhombra, alguacil, alhucema, almacén, alcancía, y otros
semejantes, que deben ser pocos más; y solos tres tiene nuestra lengua que son
moriscos y acaban en i, y son: borceguí, zaquizamí y maravedí. Alhelí y alfaquí,
tanto por el al primero como por el i en que acaban, son conocidos por arábigos.
Esto te he dicho, de paso, por habérmelo reducido a la memoria la ocasión de
haber nombrado albogues; y hanos de ayudar mucho al parecer en perfeción este
ejercicio el ser yo algún tanto poeta, como tú sabes, y el serlo también en
estremo el bachiller Sansón Carrasco. Del cura no digo nada; pero yo apostaré
que debe de tener sus puntas y collares de poeta; y que las tenga también maese
Nicolás, no dudo en ello, porque todos, o los más, son guitarristas y copleros.
Yo me quejaré de ausencia; tú te alabarás de firme enamorado; el pastor
Carrascón, de desdeñado; y el cura Curiambro, de lo que él más puede servirse, y
así, andará la cosa que no haya más que desear.

A lo que respondió Sancho:

-Yo soy, señor, tan desgraciado que temo no ha de llegar el día en que en tal
ejercicio me vea. ¡Oh, qué polidas cuchares tengo de hacer cuando pastor me vea!
¡Qué de migas, qué de natas, qué de guirnaldas y qué de zarandajas pastoriles,
que, puesto que no me granjeen fama de discreto, no dejarán de granjearme la de
ingenioso! Sanchica mi hija nos llevará la comida al hato. Pero, ¡guarda!, que
es de buen parecer, y hay pastores más maliciosos que simples, y no querría que
fuese por lana y volviese trasquilada; y también suelen andar los amores y los
no buenos deseos por los campos como por las ciudades, y por las pastorales
chozas como por los reales palacios, y, quitada la causa se quita el pecado; y
ojos que no veen, corazón que no quiebra; y más vale salto de mata que ruego de
hombres buenos.

-No más refranes, Sancho -dijo don QuiXote-, pues cualquiera de los que has
dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he aconsejado
que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano en decirlos; pero
paréceme que es predicar en desierto, y “castígame mi madre, y yo trómpogelas”.

-Paréceme -respondió Sancho- que vuesa merced es como lo que dicen: “Dijo la
sartén a la caldera: Quítate allá ojinegra”. Estáme reprehendiendo que no diga
yo refranes, y ensártalos vuesa merced de dos en dos.

-Mira, Sancho -respondió don QuiXote-: yo traigo los refranes a propósito, y
vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan por los
cabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te
he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y
especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito,
antes es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto, y, pues ya viene la
noche, retirémonos del camino real algún trecho, donde pasaremos esta noche, y
Dios sabe lo que será mañana.

Retiráronse, cenaron tarde y mal, bien contra la voluntad de Sancho, a quien se
le representaban las estrechezas de la andante caballería usadas en las selvas y
en los montes, si bien tal vez la abundancia se mostraba en los castillos y
casas, así de don Diego de Miranda como en las bodas del rico Camacho, y de don
Antonio Moreno; pero consideraba no ser posible ser siempre de día ni siempre de
noche, y así, pasó aquélla durmiendo, y su amo velando.

Capítulo LXVIII.

De la cerdosa aventura que le aconteció a don QuiXote

Era la noche algo escura, puesto que la luna estaba en el cielo, pero no en
parte que pudiese ser vista: que tal vez la señora Diana se va a pasear a los
antípodas, y deja los montes negros y los valles escuros. Cumplió don QuiXote
con la naturaleza durmiendo el primer sueño, sin dar lugar al segundo; bien al
revés de Sancho, que nunca tuvo segundo, porque le duraba el sueño desde la
noche hasta la mañana, en que se mostraba su buena complexión y pocos cuidados.
Los de don QuiXote le desvelaron de manera que despertó a Sancho y le dijo:

-Maravillado estoy, Sancho, de la libertad de tu condición: yo imagino que eres
hecho de mármol, o de duro bronce, en quien no cabe movimiento ni sentimiento
alguno. Yo velo cuando tú duermes, yo lloro cuando cantas, yo me desmayo de
ayuno cuanto tú estás perezoso y desalentado de puro harto. De buenos criados es
conllevar las penas de sus señores y sentir sus sentimientos, por el bien
parecer siquiera. Mira la serenidad desta noche, la soledad en que estamos, que
nos convida a entremeter alguna vigilia entre nuestro sueño. Levántate, por tu
vida, y desvíate algún trecho de aquí, y con buen ánimo y denuedo agradecido
date trecientos o cuatrocientos azotes a buena cuenta de los del desencanto de
Dulcinea; y esto rogando te lo suplico, que no quiero venir contigo a los
brazos, como la otra vez, porque sé que los tienes pesados. Después que te hayas
dado, pasaremos lo que resta de la noche cantando, yo mi ausencia y tú tu
firmeza, dando desde agora principio al ejercicio pastoral que hemos de tener en
nuestra aldea.

-Señor -respondió Sancho-, no soy yo religioso para que desde la mitad de mi
sueño me levante y me dicipline, ni menos me parece que del estremo del dolor de
los azotes se pueda pasar al de la música. Vuesa merced me deje dormir y no me
apriete en lo del azotarme; que me hará hacer juramento de no tocarme jamás al
pelo del sayo, no que al de mis carnes.

-¡Oh alma endurecida! ¡Oh escudero sin piedad! ¡Oh pan mal empleado y mercedes
mal consideradas las que te he hecho y pienso de hacerte! Por mí te has visto
gobernador, y por mí te vees con esperanzas propincuas de ser conde, o tener
otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto
tarde en pasar este año; que yo post tenebras spero lucem.

-No entiendo eso -replico Sancho-; sólo entiendo que, en tanto que duermo, ni
tengo temor, ni esperanza, ni trabajo ni gloria; y bien haya el que inventó el
sueño, capa que cubre todos los humanos pensamientos, manjar que quita la
hambre, agua que ahuyenta la sed, fuego que calienta el frío, frío que templa el
ardor, y, finalmente, moneda general con que todas las cosas se compran, balanza
y peso que iguala al pastor con el rey y al simple con el discreto. Sola una
cosa tiene mala el sueño, según he oído decir, y es que se parece a la muerte,
pues de un dormido a un muerto hay muy poca diferencia.

-Nunca te he oído hablar, Sancho -dijo don QuiXote-, tan elegantemente como
ahora, por donde vengo a conocer ser verdad el refrán que tú algunas veces
sueles decir: “No con quien naces, sino con quien paces”.

-¡Ah, pesia tal -replicó Sancho-, señor nuestro amo! No soy yo ahora el que
ensarta refranes, que también a vuestra merced se le caen de la boca de dos en
dos mejor que a mí, sino que debe de haber entre los míos y los suyos esta
diferencia: que los de vuestra merced vendrán a tiempo y los míos a deshora;
pero, en efecto, todos son refranes.

En esto estaban, cuando sintieron un sordo estruendo y un áspero ruido, que por
todos aquellos valles se estendía. Levantóse en pie don QuiXote y puso mano a la
espada, y Sancho se agazapó debajo del rucio, poniéndose a los lados el lío de
las armas, y la albarda de su jumento, tan temblando de miedo como alborotado
don QuiXote. De punto en punto iba creciendo el ruido, y, llegándose cerca a los
dos temerosos; a lo menos, al uno, que al otro, ya se sabe su valentía.
Es, pues, el caso que llevaban unos hombres a vender a una feria más de
seiscientos puercos, con los cuales caminaban a aquellas horas, y era tanto el
ruido que llevaban y el gruñir y el bufar, que ensordecieron los oídos de don
QuiXote y de Sancho, que no advirtieron lo que ser podía. Llegó de tropel la
estendida y gruñidora piara, y, sin tener respeto a la autoridad de don QuiXote,
ni a la de Sancho, pasaron por cima de los dos, deshaciendo las trincheas de
Sancho, y derribando no sólo a don QuiXote, sino llevando por añadidura a
Rocinante. El tropel, el gruñir, la presteza con que llegaron los animales
inmundos, puso en confusión y por el suelo a la albarda, a las armas, al rucio,
a Rocinante, a Sancho y a don QuiXote.

Levantóse Sancho como mejor pudo, y pidió a su amo la espada, diciéndole que
quería matar media docena de aquellos señores y descomedidos puercos, que ya
había conocido que lo eran. Don QuiXote le dijo:

-Déjalos estar, amigo, que esta afrenta es pena de mi pecado, y justo castigo
del cielo es que a un caballero andante vencido le coman adivas, y le piquen
avispas y le hollen puercos.

-También debe de ser castigo del cielo -respondió Sancho- que a los escuderos de
los caballeros vencidos los puncen moscas, los coman piojos y les embista la
hambre. Si los escuderos fuéramos hijos de los caballeros a quien servimos, o
parientes suyos muy cercanos, no fuera mucho que nos alcanzara la pena de sus
culpas hasta la cuarta generación; pero, ¿qué tienen que ver los Panzas con los
QuiXotes? Ahora bien: tornémonos a acomodar y durmamos lo poco que queda de la
noche, y amanecerá Dios y medraremos.

-Duerme tú, Sancho -respondió don QuiXote-, que naciste para dormir; que yo, que
nací para velar, en el tiempo que falta de aquí al día, daré rienda a mis
pensamientos, y los desfogaré en un madrigalete, que, sin que tú lo sepas,
anoche compuse en la memoria.

-A mí me parece -respondió Sancho- que los pensamientos que dan lugar a hacer
coplas no deben de ser muchos. Vuesa merced coplee cuanto quisiere, que yo
dormiré cuanto pudiere.

Y luego, tomando en el suelo cuanto quiso, se acurrucó y durmió a sueño suelto,
sin que fianzas, ni deudas, ni dolor alguno se lo estorbase. Don QuiXote,
arrimado a un tronco de una haya o de un alcornoque -que Cide Hamete Benengeli
no distingue el árbol que era-, al son de sus mesmos suspiros, cantó de esta
suerte:

-Amor, cuando yo pienso

en el mal que me das, terrible y fuerte,

voy corriendo a la muerte,

pensando así acabar mi mal inmenso;

mas, en llegando al paso

que es puerto en este mar de mi tormento,

tanta alegría siento,

que la vida se esfuerza y no le paso.

Así el vivir me mata,

que la muerte me torna a dar la vida.

¡Oh condición no oída,

la que conmigo muerte y vida trata!

Cada verso déstos acompañaba con muchos suspiros y no pocas lágrimas, bien como
aquél cuyo corazón tenía traspasado con el dolor del vencimiento y con la
ausencia de Dulcinea.

Llegóse en esto el día, dio el sol con sus rayos en los ojos a Sancho, despertó
y esperezóse, sacudiéndose y estirándose los perezosos miembros; miró el
destrozo que habían hecho los puercos en su repostería, y maldijo la piara y aun
más adelante. Finalmente, volvieron los dos a su comenzado camino, y al declinar
de la tarde vieron que hacia ellos venían hasta diez hombres de a caballo y
cuatro o cinco de a pie. Sobresaltóse el corazón de don QuiXote y azoróse el de
Sancho, porque la gente que se les llegaba traía lanzas y adargas y venía muy a
punto de guerra. Volvióse don QuiXote a Sancho, y díjole:

-Si yo pudiera, Sancho, ejercitar mis armas, y mi promesa no me hubiera atado
los brazos, esta máquina que sobre nosotros viene la tuviera yo por tortas y pan
pintado, pero podría ser fuese otra cosa de la que tememos.

Llegaron, en esto, los de a caballo, y arbolando las lanzas, sin hablar palabra
alguna rodearon a don QuiXote y se las pusieron a las espaldas y pechos,
amenazándole de muerte. Uno de los de a pie, puesto un dedo en la boca, en señal
de que callase, asió del freno de Rocinante y le sacó del camino; y los demás de
a pie, antecogiendo a Sancho y al rucio, guardando todos maravilloso silencio,
siguieron los pasos del que llevaba a don QuiXote, el cual dos o tres veces
quiso preguntar adónde le llevaban o qué querían; pero, apenas comenzaba a mover
los labios, cuando se los iban a cerrar con los hierros de las lanzas; y a
Sancho le acontecía lo mismo, porque, apenas daba muestras de hablar, cuando uno
de los de a pie, con un aguijón, le punzaba, y al rucio ni más ni menos como si
hablar quisiera. Cerró la noche, apresuraron el paso, creció en los dos presos
el miedo, y más cuando oyeron que de cuando en cuando les decían:

-¡Caminad, trogloditas!

-¡Callad, bárbaros!

-¡Pagad, antropófagos!

-¡No os quejéis, scitas, ni abráis los ojos, Polifemos matadores, leones
carniceros!

Y otros nombres semejantes a éstos, con que atormentaban los oídos de los
miserables amo y mozo. Sancho iba diciendo entre sí:

-¿Nosotros tortolitas? ¿Nosotros barberos ni estropajos? ¿Nosotros perritas, a
quien dicen cita, cita? No me contentan nada estos nombres: a mal viento va esta
parva; todo el mal nos viene junto, como al perro los palos, y ¡ojalá parase en
ellos lo que amenaza esta aventura tan desventurada!

Iba don QuiXote embelesado, sin poder atinar con cuantos discursos hacía qué
serían aquellos nombres llenos de vituperios que les ponían, de los cuales
sacaba en limpio no esperar ningún bien y temer mucho mal. Llegaron, en esto, un
hora casi de la noche, a un castillo, que bien conoció don QuiXote que era el
del duque, donde había poco que habían estado.

-¡Váleme Dios! -dijo, así como conoció la estancia- y ¿qué será esto? Sí que en
esta casa todo es cortesía y buen comedimiento, pero para los vencidos el bien
se vuelve en mal y el mal en peor.

Entraron al patio principal del castillo, y viéronle aderezado y puesto de
manera que les acrecentó la admiración y les dobló el miedo, como se verá en el
siguiente capítulo.

Capítulo LXIX.

Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso desta
grande historia avino a don QuiXote

Apeáronse los de a caballo, y, junto con los de a pie, tomando en peso y
arrebatadamente a Sancho y a don QuiXote, los entraron en el patio, alrededor
del cual ardían casi cien hachas, puestas en sus blandones, y, por los
corredores del patio, más de quinientas luminarias; de modo que, a pesar de la
noche, que se mostraba algo escura, no se echaba de ver la falta del día. En
medio del patio se levantaba un túmulo como dos varas del suelo, cubierto todo
con un grandísimo dosel de terciopelo negro, alrededor del cual, por sus gradas,
ardían velas de cera blanca sobre más de cien candeleros de plata; encima del
cual túmulo se mostraba un cuerpo muerto de una tan hermosa doncella, que hacía
parecer con su hermosura hermosa a la misma muerte. Tenía la cabeza sobre una
almohada de brocado, coronada con una guirnalda de diversas y odoríferas flores
tejida, las manos cruzadas sobre el pecho, y, entre ellas, un ramo de amarilla y
vencedora palma.

A un lado del patio estaba puesto un teatro, y en dos sillas sentados dos
personajes, que, por tener coronas en la cabeza y ceptros en las manos, daban
señales de ser algunos reyes, ya verdaderos o ya fingidos. Al lado deste teatro,
adonde se subía por algunas gradas, estaban otras dos sillas, sobre las cuales
los que trujeron los presos sentaron a don QuiXote y a Sancho, todo esto
callando y dándoles a entender con señales a los dos que asimismo callasen;
pero, sin que se lo señalaran, callaron ellos, porque la admiración de lo que
estaban mirando les tenía atadas las lenguas.

Subieron, en esto, al teatro, con mucho acompañamiento, dos principales
personajes, que luego fueron conocidos de don QuiXote ser el duque y la duquesa,
sus huéspedes, los cuales se sentaron en dos riquísimas sillas, junto a los dos
que parecían reyes. ¿Quién no se había de admirar con esto, añadiéndose a ello
haber conocido don QuiXote que el cuerpo muerto que estaba sobre el túmulo era
el de la hermosa Altisidora?

Al subir el duque y la duquesa en el teatro, se levantaron don QuiXote y Sancho
y les hicieron una profunda humillación, y los duques hicieron lo mesmo,
inclinando algún tanto las cabezas.

Salió, en esto, de través un ministro, y, llegándose a Sancho, le echó una ropa
de bocací negro encima, toda pintada con llamas de fuego, y, quitándole la
caperuza, le puso en la cabeza una coroza, al modo de las que sacan los
penitenciados por el Santo Oficio; y díjole al oído que no descosiese los
labios, porque le echarían una mordaza, o le quitarían la vida. Mirábase Sancho
de arriba abajo, veíase ardiendo en llamas, pero como no le quemaban, no las
estimaba en dos ardites. Quitóse la coroza, viola pintada de diablos, volviósela
a poner, diciendo entre sí:

-Aún bien, que ni ellas me abrasan ni ellos me llevan.

Mirábale también don QuiXote, y, aunque el temor le tenía suspensos los
sentidos, no dejó de reírse de ver la figura de Sancho. Comenzó, en esto, a
salir, al parecer, debajo del túmulo un son sumiso y agradable de flautas, que,
por no ser impedido de alguna humana voz, porque en aquel sitio el mesmo
silencio guardaba silencio a sí mismo, se mostraba blando y amoroso. Luego hizo
de sí improvisa muestra, junto a la almohada del, al parecer, cadáver, un
hermoso mancebo vestido a lo romano, que, al son de una arpa, que él mismo
tocaba, cantó con suavísima y clara voz estas dos estancias:

-En tanto que en sí vuelve Altisidora,

muerta por la crueldad de don QuiXote,

y en tanto que en la corte encantadora

se vistieren las damas de picote,

y en tanto que a sus dueñas mi señora

vistiere de bayeta y de anascote,

cantaré su belleza y su desgracia,

con mejor plectro que el cantor de Tracia.

Y aun no se me figura que me toca

aqueste oficio solamente en vida;

mas, con la lengua muerta y fría en la boca,

pienso mover la voz a ti debida.

Libre mi alma de su estrecha roca,

por el estigio lago conducida,

celebrándote irá, y aquel sonido

hará parar las aguas del olvido.

-No más -dijo a esta sazón uno de los dos que parecían reyes-: no más, cantor
divino; que sería proceder en infinito representarnos ahora la muerte y las
gracias de la sin par Altisidora, no muerta, como el mundo ignorante piensa,
sino viva en las lenguas de la Fama, y en la pena que para volverla a la perdida
luz ha de pasar Sancho Panza, que está presente; y así, ¡oh tú, Radamanto, que
conmigo juzgas en las cavernas lóbregas de Lite!, pues sabes todo aquello que en
los inescrutables hados está determinado acerca de volver en sí esta doncella,
dilo y decláralo luego, porque no se nos dilate el bien que con su nueva vuelta
esperamos.

Apenas hubo dicho esto Minos, juez y compañero de Radamanto, cuando,
levantándose en pie Radamanto, dijo:

-¡Ea, ministros de esta casa, altos y bajos, grandes y chicos, acudid unos tras
otros y sellad el rostro de Sancho con veinte y cuatro mamonas, y doce pellizcos
y seis alfilerazos en brazos y lomos, que en esta ceremonia consiste la salud de
Altisidora!

Oyendo lo cual Sancho Panza, rompió el silencio, y dijo:

-¡Voto a tal, así me deje yo sellar el rostro ni manosearme la cara como
volverme moro! ¡Cuerpo de mí! ¿Qué tiene que ver manosearme el rostro con la
resurreción desta doncella? Regostóse la vieja a los bledos. Encantan a
Dulcinea, y azótanme para que se desencante; muérese Altisidora de males que
Dios quiso darle, y hanla de resucitar hacerme a mí veinte y cuatro mamonas, y
acribarme el cuerpo a alfilerazos y acardenalarme los brazos a pellizcos. ¡Esas
burlas, a un cuñado, que yo soy perro viejo, y no hay conmigo tus, tus!

-¡Morirás! -dijo en alta voz Radamanto-. Ablándate, tigre; humíllate, Nembrot
soberbio, y sufre y calla, pues no te piden imposibles. Y no te metas en
averiguar las dificultades deste negocio: mamonado has de ser, acrebillado te
has de ver, pellizcado has de gemir. ¡Ea, digo, ministros, cumplid mi
mandamiento; si no, por la fe de hombre de bien, que habéis de ver para lo que
nacistes!

Parecieron, en esto, que por el patio venían, hasta seis dueñas en procesión,
una tras otra, las cuatro con antojos, y todas levantadas las manos derechas en
alto, con cuatro dedos de muñecas de fuera, para hacer las manos más largas,
como ahora se usa. No las hubo visto Sancho, cuando, bramando como un toro,
dijo:

-Bien podré yo dejarme manosear de todo el mundo, pero consentir que me toquen
dueñas, ¡eso no! Gatéenme el rostro, como hicieron a mi amo en este mesmo
castillo; traspásenme el cuerpo con puntas de dagas buidas; atenácenme los
brazos con tenazas de fuego, que yo lo llevaré en paciencia, o serviré a estos
señores; pero que me toquen dueñas no lo consentiré, si me llevase el diablo.
Rompió también el silencio don QuiXote, diciendo a Sancho:

-Ten paciencia, hijo, y da gusto a estos señores, y muchas gracias al cielo por
haber puesto tal virtud en tu persona, que con el martirio della desencantes los
encantados y resucites los muertos.

Ya estaban las dueñas cerca de Sancho, cuando él, más blando y más persuadido,
poniéndose bien en la silla, dio rostro y barba a la primera, la cual la hizo
una mamona muy bien sellada, y luego una gran reverencia.

-¡Menos cortesía; menos mudas, señora dueña -dijo Sancho-; que por Dios que
traéis las manos oliendo a vinagrillo!

Finalmente, todas las dueñas le sellaron, y otra mucha gente de casa le
pellizcaron; pero lo que él no pudo sufrir fue el punzamiento de los alfileres;
y así, se levantó de la silla, al parecer mohíno, y, asiendo de una hacha
encendida que junto a él estaba, dio tras las dueñas, y tras todos su verdugos,
diciendo:

-¡Afuera, ministros infernales, que no soy yo de bronce, para no sentir tan
extraordinarios martirios!

En esto, Altisidora, que debía de estar cansada por haber estado tanto tiempo
supina, se volvió de un lado; visto lo cual por los circunstantes, casi todos a
una voz dijeron:

-¡Viva es Altisidora! ¡Altisidora vive!

Mandó Radamanto a Sancho que depusiese la ira, pues ya se había alcanzado el
intento que se procuraba.

Así como don QuiXote vio rebullir a Altisidora, se fue a poner de rodillas
delante de Sancho, diciéndole:

-Agora es tiempo, hijo de mis entrañas, no que escudero mío, que te des algunos
de los azotes que estás obligado a dar por el desencanto de Dulcinea. Ahora,
digo, que es el tiempo donde tienes sazonada la virtud, y con eficacia de obrar
el bien que de ti se espera.

A lo que respondió Sancho:

-Esto me parece argado sobre argado, y no miel sobre hojuelas. Bueno sería que
tras pellizcos, mamonas y alfilerazos viniesen ahora los azotes. No tienen más
que hacer sino tomar una gran piedra, y atármela al cuello, y dar conmigo en un
pozo, de lo que a mí no pesaría mucho, si es que para curar los males ajenos
tengo yo de ser la vaca de la boda. Déjenme; si no, por Dios que lo arroje y lo
eche todo a trece, aunque no se venda.

Ya en esto, se había sentado en el túmulo Altisidora, y al mismo instante
sonaron las chirimías, a quien acompañaron las flautas y las voces de todos, que
aclamaban:

-¡Viva Altisidora! ¡Altisidora viva!

Levantáronse los duques y los reyes Minos y Radamanto, y todos juntos, con don
QuiXote y Sancho, fueron a recebir a Altisidora y a bajarla del túmulo; la cual,
haciendo de la desmayada, se inclinó a los duques y a los reyes, y, mirando de
través a don QuiXote, le dijo:

-Dios te lo perdone, desamorado caballero, pues por tu crueldad he estado en el
otro mundo, a mi parecer, más de mil años; y a ti, ¡oh el más compasivo escudero
que contiene el orbe!, te agradezco la vida que poseo. Dispón desde hoy más,
amigo Sancho, de seis camisas mías que te mando para que hagas otras seis para
ti; y, si no son todas sanas, a lo menos son todas limpias.

Besóle por ello las manos Sancho, con la coroza en la mano y las rodillas en el
suelo. Mandó el duque que se la quitasen, y le volviesen su caperuza, y le
pusiesen el sayo, y le quitasen la ropa de las llamas. Suplicó Sancho al duque
que le dejasen la ropa y mitra, que las quería llevar a su tierra, por señal y
memoria de aquel nunca visto suceso. La duquesa respondió que sí dejarían, que
ya sabía él cuán grande amiga suya era. Mandó el duque despejar el patio, y que
todos se recogiesen a sus estancias, y que a don QuiXote y a Sancho los llevasen
a las que ellos ya se sabían.

Capítulo LXX.

Que sigue al de sesenta y nueve, y trata de cosas no escusadas
para la claridad desta historia

Durmió Sancho aquella noche en una carriola, en el mesmo aposento de don
QuiXote, cosa que él quisiera escusarla, si pudiera, porque bien sabía que su
amo no le había de dejar dormir a preguntas y a respuestas, y no se hallaba en
disposición de hablar mucho, porque los dolores de los martirios pasados los
tenía presentes, y no le dejaban libre la lengua, y viniérale más a cuento
dormir en una choza solo, que no en aquella rica estancia acompañado. Salióle su
temor tan verdadero y su sospecha tan cierta, que, apenas hubo entrado su señor
en el lecho, cuando dijo:

-¿Qué te parece, Sancho, del suceso desta noche? Grande y poderosa es la fuerza
del desdén desamorado, como por tus mismos ojos has visto muerta a Altisidora,
no con otras saetas, ni con otra espada, ni con otro instrumento bélico, ni con
venenos mortíferos, sino con la consideración del rigor y el desdén con que yo
siempre la he tratado.

-Muriérase ella en hora buena cuanto quisiera y como quisiera –respondió Sancho-,
y dejárame a mí en mi casa, pues ni yo la enamoré ni la desdeñé en mi vida. Yo
no sé ni puedo pensar cómo sea que la salud de Altisidora, doncella más
antojadiza que discreta, tenga que ver, como otra vez he dicho, con los
martirios de Sancho Panza. Agora sí que vengo a conocer clara y distintamente
que hay encantadores y encantos en el mundo, de quien Dios me libre, pues yo no
me sé librar; con todo esto, suplico a vuestra merced me deje dormir y no me
pregunte más, si no quiere que me arroje por una ventana abajo.

-Duerme, Sancho amigo -respondió don QuiXote-, si es que te dan lugar los
alfilerazos y pellizcos recebidos, y las mamonas hechas.

-Ningún dolor -replicó Sancho- llegó a la afrenta de las mamonas, no por otra
cosa que por habérmelas hecho dueña, que confundidas sean; y torno a suplicar a
vuesa merced me deje dormir, porque el sueño es alivio de las miserias de los
que las tienen despiertas.

Sea así -dijo don QuiXote-, y Dios te acompañe.

Durmiéronse los dos, y en este tiempo quiso escribir y dar cuenta Cide Hamete,
autor desta grande historia, qué les movió a los duques a levantar el edificio
de la máquina referida. Y dice que, no habiéndosele olvidado al bachiller Sansón
Carrasco cuando el Caballero de los Espejos fue vencido y derribado por don
QuiXote, cuyo vencimiento y caída borró y deshizo todos sus designios, quiso
volver a probar la mano, esperando mejor suceso que el pasado; y así,
informándose del paje que llevó la carta y presente a Teresa Panza, mujer de
Sancho, adónde don QuiXote quedaba, buscó nuevas armas y caballo, y puso en el
escudo la blanca luna, llevándolo todo sobre un macho, a quien guiaba un
labrador, y no Tomé Cecial, su antiguo escudero, porque no fuese conocido de
Sancho ni de don QuiXote.

Llegó, pues, al castillo del duque, que le informó el camino y derrota que don
QuiXote llevaba, con intento de hallarse en las justas de Zaragoza. Díjole
asimismo las burlas que le había hecho con la traza del desencanto de Dulcinea,
que había de ser a costa de las posaderas de Sancho. En fin, dio cuenta de la
burla que Sancho había hecho a su amo, dándole a entender que Dulcinea estaba
encantada y transformada en labradora, y cómo la duquesa su mujer había dado a
entender a Sancho que él era el que se engañaba, porque verdaderamente estaba
encantada Dulcinea; de que no poco se rió y admiró el bachiller, considerando la
agudeza y simplicidad de Sancho, como del estremo de la locura de don QuiXote.
Pidióle el duque que si le hallase, y le venciese o no, se volviese por allí a
darle cuenta del suceso. Hízolo así el bachiller; partióse en su busca, no le
halló en Zaragoza, pasó adelante y sucedióle lo que queda referido.

Volvióse por el castillo del duque y contóselo todo, con las condiciones de la
batalla, y que ya don QuiXote volvía a cumplir, como buen caballero andante, la
palabra de retirarse un año en su aldea, en el cual tiempo podía ser, dijo el
bachiller, que sanase de su locura; que ésta era la intención que le había
movido a hacer aquellas transformaciones, por ser cosa de lástima que un hidalgo
tan bien entendido como don QuiXote fuese loco. Con esto, se despidió del duque,
y se volvió a su lugar, esperando en él a don QuiXote, que tras él venía.

De aquí tomó ocasión el duque de hacerle aquella burla: tanto era lo que gustaba
de las cosas de Sancho y de don QuiXote; y haciendo tomar los caminos cerca y
lejos del castillo por todas las partes que imaginó que podría volver don
QuiXote, con muchos criados suyos de a pie y de a caballo, para que por fuerza o
de grado le trujesen al castillo, si le hallasen. Halláronle, dieron aviso al
duque, el cual, ya prevenido de todo lo que había de hacer, así como tuvo
noticia de su llegada, mandó encender las hachas y las luminarias del patio y
poner a Altisidora sobre el túmulo, con todos los aparatos que se han contado,
tan al vivo, y tan bien hechos, que de la verdad a ellos había bien poca
diferencia.

Y dice más Cide Hamete: que tiene para sí ser tan locos los burladores como los
burlados, y que no estaban los duques dos dedos de parecer tontos, pues tanto
ahínco ponían en burlarse de dos tontos.

Los cuales, el uno durmiendo a sueño suelto, y el otro velando a pensamientos
desatados, les tomó el día y la gana de levantarse; que las ociosas plumas, ni
vencido ni vencedor, jamás dieron gusto a don QuiXote.

Altisidora -en la opinión de don QuiXote, vuelta de muerte a vida-, siguiendo el
humor de sus señores, coronada con la misma guirnalda que en el túmulo tenía, y
vestida una tunicela de tafetán blanco, sembrada de flores de oro, y sueltos los
cabellos por las espaldas, arrimada a un báculo de negro y finísimo ébano, entró
en el aposento de don QuiXote, con cuya presencia turbado y confuso, se encogió
y cubrió casi todo con las sábanas y colchas de la cama, muda la lengua, sin que
acertase a hacerle cortesía ninguna. Sentóse Altisidora en una silla, junto a su
cabecera, y, después de haber dado un gran suspiro, con voz tierna y debilitada
le dijo:

-Cuando las mujeres principales y las recatadas doncellas atropellan por la
honra, y dan licencia a la lengua que rompa por todo inconveniente, dando
noticia en público de los secretos que su corazón encierra, en estrecho término
se hallan. Yo, señor don QuiXote de la Mancha, soy una déstas, apretada, vencida
y enamorada; pero, con todo esto, sufrida y honesta; tanto que, por serlo tanto,
reventó mi alma por mi silencio y perdí la vida. Dos días ha que con la
consideración del rigor con que me has tratado,

¡Oh más duro que mármol a mis quejas,

empedernido caballero!, he estado muerta, o, a lo menos, juzgada por tal de los
que me han visto; y si no fuera porque el Amor, condoliéndose de mí, depositó mi
remedio en los martirios deste buen escudero, allá me quedara en el otro mundo.

-Bien pudiera el Amor -dijo Sancho- depositarlos en los de mi asno, que yo se lo
agradeciera. Pero dígame, señora, así el cielo la acomode con otro más blando
amante que mi amo: ¿qué es lo que vio en el otro mundo? ¿Qué hay en el infierno?
Porque quien muere desesperado, por fuerza ha de tener aquel paradero.

-La verdad que os diga -respondió Altisidora-, yo no debí de morir del todo,
pues no entré en el infierno; que, si allá entrara, una por una no pudiera salir
dél, aunque quisiera. La verdad es que llegué a la puerta, adonde estaban
jugando hasta una docena de diablos a la pelota, todos en calzas y en jubón, con
valonas guarnecidas con puntas de randas flamencas, y con unas vueltas de lo
mismo, que les servían de puños, con cuatro dedos de brazo de fuera, porque
pareciesen las manos más largas, en las cuales tenían unas palas de fuego; y lo
que más me admiró fue que les servían, en lugar de pelotas, libros, al parecer,
llenos de viento y de borra, cosa maravillosa y nueva; pero esto no me admiró
tanto como el ver que, siendo natural de los jugadores el alegrarse los
gananciosos y entristecerse los que pierden, allí en aquel juego todos gruñían,
todos regañaban y todos se maldecían.

-Eso no es maravilla -respondió Sancho-, porque los diablos, jueguen o no
jueguen, nunca pueden estar contentos, ganen o no ganen.

-Así debe de ser -respondió Altisidora-; mas hay otra cosa que también me
admira, quiero decir me admiró entonces, y fue que al primer voleo no
quedaba pelota en pie, ni de provecho para servir otra vez; y así, menudeaban
libros nuevos y viejos, que era una maravilla. A uno dellos, nuevo, flamante y
bien encuadernado, le dieron un papirotazo que le sacaron las tripas y le
esparcieron las hojas. Dijo un diablo a otro: “Mirad qué libro es ése”. Y el
diablo le respondió: “Ésta es la Segunda parte de la historia de don QuiXote de
la Mancha, no compuesta por Cide Hamete, su primer autor, sino por un aragonés,
que él dice ser natural de Tordesillas”. “Quitádmele de ahí -respondió el otro
diablo-, y metedle en los abismos del infierno: no le vean más mis ojos”.
“¿Tan malo es?”, respondió el otro. “Tan malo -replicó el primero-, que si de
propósito yo mismo me pusiera a hacerle peor, no acertara”. Prosiguieron su
juego, peloteando otros libros, y yo, por haber oído nombrar a don QuiXote, a
quien tanto adamo y quiero, procuré que se me quedase en la memoria esta visión.

-Visión debió de ser, sin duda -dijo don QuiXote-, porque no hay otro yo en el
mundo, y ya esa historia anda por acá de mano en mano, pero no para en ninguna,
porque todos la dan del pie. Yo no me he alterado en oír que ando como cuerpo
fantástico por las tinieblas del abismo, ni por la claridad de la tierra, porque
no soy aquel de quien esa historia trata. Si ella fuere buena, fiel y verdadera,
tendrá siglos de vida; pero si fuere mala, de su parto a la sepultura no será
muy largo el camino.

Iba Altisidora a proseguir en quejarse de don QuiXote, cuando le dijo don
QuiXote:

-Muchas veces os he dicho, señora, que a mí me pesa de que hayáis colocado en mí
vuestros pensamientos, pues de los míos antes pueden ser agradecidos que
remediados; yo nací para ser de Dulcinea del Toboso, y los hados, si los
hubiera, me dedicaron para ella; y pensar que otra alguna hermosura ha de ocupar
el lugar que en mi alma tiene es pensar lo imposible. Suficiente desengaño es
éste para que os retiréis en los límites de vuestra honestidad, pues nadie se
puede obligar a lo imposible.
Oyendo lo cual Altisidora, mostrando enojarse y alterarse, le dijo:

-¡Vive el Señor, don bacallao, alma de almirez, cuesco de dátil, más terco y
duro que villano rogado cuando tiene la suya sobre el hito, que si arremeto a
vos, que os tengo de sacar los ojos! ¿Pensáis por ventura, don vencido y don
molido a palos, que yo me he muerto por vos? Todo lo que habéis visto esta noche
ha sido fingido; que no soy yo mujer que por semejantes camellos había de dejar
que me doliese un negro de la uña, cuanto más morirme.

-Eso creo yo muy bien -dijo Sancho-, que esto del morirse los enamorados es cosa
de risa: bien lo pueden ellos decir, pero hacer, créalo Judas.
Estando en estas pláticas, entró el músico, cantor y poeta que había cantado las
dos ya referidas estancias, el cual, haciendo una gran reverencia a don QuiXote,
dijo:

-Vuestra merced, señor caballero, me cuente y tenga en el número de sus mayores
servidores, porque ha muchos días que le soy muy aficionado, así por su fama
como por sus hazañas.

Don QuiXote le respondió:

-Vuestra merced me diga quién es, porque mi cortesía responda a sus
merecimientos.

El mozo respondió que era el músico y panegírico de la noche antes.

-Por cierto -replicó don QuiXote-, que vuestra merced tiene estremada voz, pero
lo que cantó no me parece que fue muy a propósito; porque, ¿qué tienen que ver
las estancias de Garcilaso con la muerte desta señora?

-No se maraville vuestra merced deso -respondió el músico-, que ya entre los
intonsos poetas de nuestra edad se usa que cada uno escriba como quisiere, y
hurte de quien quisiere, venga o no venga a pelo de su intento, y ya no hay
necedad que canten o escriban que no se atribuya a licencia poética.

Responder quisiera don QuiXote, pero estorbáronlo el duque y la duquesa, que
entraron a verle, entre los cuales pasaron una larga y dulce plática, en la cual
dijo Sancho tantos donaires y tantas malicias, que dejaron de nuevo admirados a
los duques, así con su simplicidad como con su agudeza. Don QuiXote les suplicó
le diesen licencia para partirse aquel mismo día, pues a los vencidos
caballeros, como él, más les convenía habitar una zahúrda que no reales
palacios. Diéronsela de muy buena gana, y la duquesa le preguntó si quedaba en
su gracia Altisidora. Él le respondió:

-Señora mía, sepa Vuestra Señoría que todo el mal desta doncella nace de
ociosidad, cuyo remedio es la ocupación honesta y continua. Ella me ha dicho
aquí que se usan randas en el infierno; y, pues ella las debe de saber hacer, no
las deje de la mano, que, ocupada en menear los palillos, no se menearán en su
imaginación la imagen o imágines de lo que bien quiere; y ésta es la verdad,
éste mi parecer y éste es mi consejo.

-Y el mío -añadió Sancho-, pues no he visto en toda mi vida randera que por amor
se haya muerto; que las doncellas ocupadas más ponen sus pensamientos en acabar
sus tareas que en pensar en sus amores. Por mí lo digo, pues, mientras estoy
cavando, no me acuerdo de mi oíslo; digo, de mi Teresa Panza, a quien quiero más
que a las pestañas de mis ojos.

-Vos decís muy bien, Sancho -dijo la duquesa-, y yo haré que mi Altisidora se
ocupe de aquí adelante en hacer alguna labor blanca, que la sabe hacer por
estremo.

-No hay para qué, señora -respondió Altisidora-, usar dese remedio, pues la
consideración de las crueldades que conmigo ha usado este malandrín mostrenco me
le borrarán de la memoria sin otro artificio alguno. Y, con licencia de vuestra
grandeza, me quiero quitar de aquí, por no ver delante de mis ojos ya no su
triste figura, sino su fea y abominable catadura.

-Eso me parece -dijo el duque- a lo que suele decirse:

Porque aquel que dice injurias,

cerca está de perdonar.

Hizo Altisidora muestra de limpiarse las lágrimas con un pañuelo, y, haciendo
reverencia a sus señores, se salió del aposento.

-Mándote yo -dijo Sancho-, pobre doncella, mándote, digo, mala ventura, pues las
has habido con una alma de esparto y con un corazón de encina. ¡A fee que si las
hubieras conmigo, que otro gallo te cantara!

Acabóse la plática, vistióse don QuiXote, comió con los duques, y partióse
aquella tarde.

Capítulo LXXI.

De lo que a don QuiXote le sucedió con su escudero Sancho yendo a
su aldea

Iba el vencido y asendereado don QuiXote pensativo además por una parte, y muy
alegre por otra. Causaba su tristeza el vencimiento; y la alegría, el considerar
en la virtud de Sancho, como lo había mostrado en la resurreción de Altisidora,
aunque con algún escrúpulo se persuadía a que la enamorada doncella fuese muerta
de veras. No iba nada Sancho alegre, porque le entristecía ver que Altisidora no
le había cumplido la palabra de darle las camisas; y, yendo y viniendo en esto,
dijo a su amo:

-En verdad, señor, que soy el más desgraciado médico que se debe de hallar en el
mundo, en el cual hay físicos que, con matar al enfermo que curan, quieren ser
pagados de su trabajo, que no es otro sino firmar una cedulilla de algunas
medicinas, que no las hace él, sino el boticario, y cátalo cantusado; y a mí,
que la salud ajena me cuesta gotas de sangre, mamonas, pellizcos, alfilerazos y
azotes, no me dan un ardite. Pues yo les voto a tal que si me traen a las manos
otro algún enfermo, que, antes que le cure, me han de untar las mías; que el
abad de donde canta yanta, y no quiero creer que me haya dado el cielo la virtud
que tengo para que yo la comunique con otros de bóbilis, bóbilis.

-Tú tienes razón, Sancho amigo -respondió don QuiXote-, y halo hecho muy mal
Altisidora en no haberte dado las prometidas camisas; y, puesto que tu virtud es
gratis data, que no te ha costado estudio alguno, más que estudio es recebir
martirios en tu persona. De mí te sé decir que si quisieras paga por los azotes
del desencanto de Dulcinea, ya te la hubiera dado tal como buena; pero no sé si
vendrá bien con la cura la paga, y no querría que impidiese el premio a la
medicina. Con todo eso, me parece que no se perderá nada en probarlo: mira,
Sancho, el que quieres, y azótate luego, y págate de contado y de tu propia
mano, pues tienes dineros míos.

A cuyos ofrecimientos abrió Sancho los ojos y las orejas de un palmo, y dio
consentimiento en su corazón a azotarse de buena gana; y dijo a su amo:

-Agora bien, señor, yo quiero disponerme a dar gusto a vuestra merced en lo que
desea, con provecho mío; que el amor de mis hijos y de mi mujer me hace que me
muestre interesado. Dígame vuestra merced: ¿cuánto me dará por cada azote que me
diere?

-Si yo te hubiera de pagar, Sancho -respondió don QuiXote-, conforme lo que
merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas del
Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el
precio a cada azote.

-Ellos -respondió Sancho- son tres mil y trecientos y tantos; de ellos me he
dado hasta cinco: quedan los demás; entren entre los tantos estos cinco, y
vengamos a los tres mil y trecientos, que a cuartillo cada uno, que no llevaré
menos si todo el mundo me lo mandase, montan tres mil y trecientos cuartillos,
que son los tres mil, mil y quinientos medios reales, que hacen setecientos y
cincuenta reales; y los trecientos hacen ciento y cincuenta medios reales, que
vienen a hacer setenta y cinco reales, que, juntándose a los setecientos y
cincuenta, son por todos ochocientos y veinte y cinco reales. Éstos desfalcaré
yo de los que tengo de vuestra merced, y entraré en mi casa rico y contento,
aunque bien azotado; porque no se toman truchas…, y no digo más.

-¡Oh Sancho bendito! ¡Oh Sancho amable -respondió don QuiXote-, y cuán obligados
hemos de quedar Dulcinea y yo a servirte todos los días que el cielo nos diere
de vida! Si ella vuelve al ser perdido, que no es posible sino que vuelva, su
desdicha habrá sido dicha, y mi vencimiento, felicísimo triunfo. Y mira, Sancho,
cuándo quieres comenzar la diciplina, que porque la abrevies te añado cien
reales.

-¿Cuándo? -replicó Sancho-. Esta noche, sin falta. Procure vuestra merced que la
tengamos en el campo, al cielo abierto, que yo me abriré mis carnes.

Llegó la noche, esperada de don QuiXote con la mayor ansia del mundo,
pareciéndole que las ruedas del carro de Apolo se habían quebrado, y que el día
se alargaba más de lo acostumbrado, bien así como acontece a los enamorados, que
jamás ajustan la cuenta de sus deseos. Finalmente, se entraron entre unos amenos
árboles que poco desviados del camino estaban, donde, dejando vacías la silla y
albarda de Rocinante y el rucio, se tendieron sobre la verde yerba y cenaron del
repuesto de Sancho; el cual, haciendo del cabestro y de la jáquima del rucio un
poderoso y flexible azote, se retiró hasta veinte pasos de su amo, entre unas
hayas. Don QuiXote, que le vio ir con denuedo y con brío, le dijo:

-Mira, amigo, que no te hagas pedazos; da lugar que unos azotes aguarden a
otros; no quieras apresurarte tanto en la carrera, que en la mitad della te
falte el aliento; quiero decir que no te des tan recio que te falte la vida
antes de llegar al número deseado. Y, porque no pierdas por carta de más ni de
menos, yo estaré desde aparte contando por este mi rosario los azotes que te
dieres. Favorézcate el cielo conforme tu buena intención merece.

-Al buen pagador no le duelen prendas -respondió Sancho-: yo pienso darme de
manera que, sin matarme, me duela; que en esto debe de consistir la sustancia
deste milagro.

Desnudóse luego de medio cuerpo arriba, y, arrebatando el cordel, comenzó a
darse, y comenzó don QuiXote a contar los azotes.

Hasta seis o ocho se habría dado Sancho, cuando le pareció ser pesada la burla y
muy barato el precio della, y, deteniéndose un poco, dijo a su amo que se
llamaba a engaño, porque merecía cada azote de aquéllos ser pagado a medio real,
no que a cuartillo.

-Prosigue, Sancho amigo, y no desmayes -le dijo don QuiXote-, que yo doblo la
parada del precio.

-Dese modo -dijo Sancho-, ¡a la mano de Dios, y lluevan azotes!

Pero el socarrón dejó de dárselos en las espaldas, y daba en los árboles, con
unos suspiros de cuando en cuando, que parecía que con cada uno dellos se le
arrancaba el alma. Tierna la de don QuiXote, temeroso de que no se le acabase la
vida, y no consiguiese su deseo por la imprudencia de Sancho, le dijo:

-Por tu vida, amigo, que se quede en este punto este negocio, que me parece muy
áspera esta medicina, y será bien dar tiempo al tiempo; que no se ganó Zamora en
un hora. Más de mil azotes, si yo no he contado mal, te has dado: bastan por
agora; que el asno, hablando a lo grosero, sufre la carga, mas no la sobrecarga.

-No, no, señor -respondió Sancho-, no se ha de decir por mí: “a dineros pagados,
brazos quebrados”. Apártese vuestra merced otro poco y déjeme dar otros mil
azotes siquiera, que a dos levadas déstas habremos cumplido con esta partida, y
aún nos sobrará ropa.

-Pues tú te hallas con tan buena disposición -dijo don QuiXote-, el cielo te
ayude, y pégate, que yo me aparto.

Volvió Sancho a su tarea con tanto denuedo, que ya había quitado las cortezas a
muchos árboles: tal era la riguridad con que se azotaba; y, alzando una vez la
voz, y dando un desaforado azote en una haya, dijo:

-¡Aquí morirás, Sansón, y cuantos con él son!

Acudió don QuiXote luego al son de la lastimada voz y del golpe del riguroso
azote, y, asiendo del torcido cabestro que le servía de corbacho a Sancho, le
dijo:

-No permita la suerte, Sancho amigo, que por el gusto mío pierdas tú la vida,
que ha de servir para sustentar a tu mujer y a tus hijos: espere Dulcinea mejor
coyuntura, que yo me contendré en los límites de la esperanza propincua, y
esperaré que cobres fuerzas nuevas, para que se concluya este negocio a gusto de
todos.

-Pues vuestra merced, señor mío, lo quiere así -respondió Sancho-, sea en buena
hora, y écheme su ferreruelo sobre estas espaldas, que estoy sudando y no
querría resfriarme; que los nuevos diciplinantes corren este peligro.

Hízolo así don QuiXote, y, quedándose en pelota, abrigó a Sancho, el cual se
durmió hasta que le despertó el sol, y luego volvieron a proseguir su camino, a
quien dieron fin, por entonces, en un lugar que tres leguas de allí estaba.
Apeáronse en un mesón, que por tal le reconoció don QuiXote, y no por castillo
de cava honda, torres, rastrillos y puente levadiza; que, después que le
vencieron, con más juicio en todas las cosas discurría, como agora se dirá.

Alojáronle en una sala baja, a quien servían de guadameciles unas sargas viejas
pintadas, como se usan en las aldeas. En una dellas estaba pintada de malísima
mano el robo de Elena, cuando el atrevido huésped se la llevó a Menalao, y en
otra estaba la historia de Dido y de Eneas, ella sobre una alta torre, como que
hacía señas con una media sábana al fugitivo huésped, que por el mar, sobre una
fragata o bergantín, se iba huyendo.

Notó en las dos historias que Elena no iba de muy mala gana, porque se reía a
socapa y a lo socarrón; pero la hermosa Dido mostraba verter lágrimas del tamaño
de nueces por los ojos. Viendo lo cual don QuiXote, dijo:

-Estas dos señoras fueron desdichadísimas, por no haber nacido en esta edad, y
yo sobre todos desdichado en no haber nacido en la suya: encontrara a aquestos
señores, ni fuera abrasada Troya, ni Cartago destruida, pues con sólo que yo
matara a Paris se escusaran tantas desgracias.

-Yo apostaré -dijo Sancho- que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón,
venta ni mesón, o tienda de barbero, donde no ande pintada la historia de
nuestras hazañas. Pero querría yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que
el que ha pintado a éstas.

-Tienes razón, Sancho -dijo don QuiXote-, porque este pintor es como Orbaneja,
un pintor que estaba en Úbeda; que, cuando le preguntaban qué pintaba,
respondía: “Lo que saliere”; y si por ventura pintaba un gallo, escribía
debajo: “Éste es gallo”, porque no pensasen que era zorra. Desta manera me
parece a mí, Sancho, que debe de ser el pintor o escritor, que todo es uno, que
sacó a luz la historia deste nuevo don QuiXote que ha salido: que pintó o
escribió lo que saliere; o habrá sido como un poeta que andaba los años pasados
en la corte, llamado Mauleón, el cual respondía de repente a cuanto le
preguntaban; y, preguntándole uno que qué quería decir Deum de Deo, respondió:

- Dé donde diere.

Pero, dejando esto aparte, dime si piensas, Sancho, darte
otra tanda esta noche, y si quieres que sea debajo de techado, o al cielo
abierto.

-Pardiez, señor -respondió Sancho-, que para lo que yo pienso darme, eso se me
da en casa que en el campo; pero, con todo eso, querría que fuese entre árboles,
que parece que me acompañan y me ayudan a llevar mi trabajo maravillosamente.

-Pues no ha de ser así, Sancho amigo -respondió don QuiXote-, sino que para que
tomes fuerzas, lo hemos de guardar para nuestra aldea, que, a lo más tarde,
llegaremos allá después de mañana.

Sancho respondió que hiciese su gusto, pero que él quisiera concluir con
brevedad aquel negocio a sangre caliente y cuando estaba picado el molino,
porque en la tardanza suele estar muchas veces el peligro; y a Dios rogando y
con el mazo dando, y que más valía un “toma” que dos “te daré”, y el pájaro en
la mano que el buitre volando.

-No más refranes, Sancho, por un solo Dios -dijo don QuiXote-, que parece que te
vuelves al sicut erat; habla a lo llano, a lo liso, a lo no intricado, como
muchas veces te he dicho, y verás como te vale un pan por ciento.

-No sé qué mala ventura es esta mía -respondió Sancho-, que no sé decir razón
sin refrán, ni refrán que no me parezca razón; pero yo me enmendaré, si pudiere.

Y, con esto, cesó por entonces su plática.

Capítulo LXXII.

De cómo don QuiXote y Sancho llegaron a su aldea

Todo aquel día, esperando la noche, estuvieron en aquel lugar y mesón don
QuiXote y Sancho: el uno, para acabar en la campaña rasa la tanda de su
diciplina, y el otro, para ver el fin della, en el cual consistía el de su
deseo. Llegó en esto al mesón un caminante a caballo, con tres o cuatro criados,
uno de los cuales dijo al que el señor dellos parecía:

-Aquí puede vuestra merced, señor don Álvaro Tarfe, pasar hoy la siesta: la
posada parece limpia y fresca.
Oyendo esto don QuiXote, le dijo a Sancho:

-Mira, Sancho: cuando yo hojeé aquel libro de la segunda parte de mi historia,
me parece que de pasada topé allí este nombre de don Álvaro Tarfe.

-Bien podrá ser -respondió Sancho-. Dejémosle apear, que después se lo
preguntaremos.

El caballero se apeó, y, frontero del aposento de don QuiXote, la huéspeda le
dio una sala baja, enjaezada con otras pintadas sargas, como las que tenía la
estancia de don QuiXote. Púsose el recién venido caballero a lo de verano, y,
saliéndose al portal del mesón, que era espacioso y fresco, por el cual se
paseaba don QuiXote, le preguntó:

-¿Adónde bueno camina vuestra merced, señor gentilhombre?

Y don QuiXote le respondió:

-A una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced, ¿dónde
camina?

-Yo, señor -respondió el caballero-, voy a Granada, que es mi patria.

-¡Y buena patria! -replicó don QuiXote-. Pero, dígame vuestra merced, por
cortesía, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo más de lo
que buenamente podré decir.

-Mi nombre es don Álvaro Tarfe -respondió el huésped.

A lo que replicó don QuiXote:

-Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don Álvaro Tarfe
que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don QuiXote de la Mancha,
recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.

-El mismo soy -respondió el caballero-, y el tal don QuiXote, sujeto principal
de la tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que le sacó de su
tierra, o, a lo menos, le moví a que viniese a unas justas que se hacían en
Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hice muchas amistades, y
que le quité de que no le palmease las espaldas el verdugo, por ser
demasiadamente atrevido.

-Y, dígame vuestra merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese tal don
QuiXote que vuestra merced dice?

-No, por cierto -respondió el huésped-: en ninguna manera.

-Y ese don QuiXote -dijo el nuestro-, ¿traía consigo a un escudero llamado
Sancho Panza?

-Sí traía -respondió don Álvaro-; y, aunque tenía fama de muy gracioso, nunca le
oí decir gracia que la tuviese.

-Eso creo yo muy bien -dijo a esta sazón Sancho-, porque el decir gracias no es
para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre, debe de
ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho
Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y si no, haga vuestra merced
la experiencia, y ándese tras de mí, por los menos un año, y verá que se me caen
a cada paso, y tales y tantas que, sin saber yo las más veces lo que me digo,
hago reír a cuantos me escuchan; y el verdadero don QuiXote de la Mancha, el
famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el
tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las
doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es
este señor que está presente, que es mi amo; todo cualquier otro don QuiXote y
cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño.

-¡Por Dios que lo creo! -respondió don Álvaro-, porque más gracias habéis dicho
vos, amigo, en cuatro razones que habéis hablado, que el otro Sancho Panza en
cuantas yo le oí hablar, que fueron muchas. Más tenía de comilón que de bien
hablado, y más de tonto que de gracioso, y tengo por sin duda que los
encantadores que persiguen a don QuiXote el bueno han querido perseguirme a mí
con don QuiXote el malo. Pero no sé qué me diga; que osaré yo jurar que le dejo
metido en la casa del Nuncio, en Toledo, para que le curen, y agora remanece
aquí otro don QuiXote, aunque bien diferente del mío.

-Yo -dijo don QuiXote- no sé si soy bueno, pero sé decir que no soy el malo;
para prueba de lo cual quiero que sepa vuesa merced, mi señor don Álvaro Tarfe,
que en todos los días de mi vida no he estado en Zaragoza; antes, por haberme
dicho que ese don QuiXote fantástico se había hallado en las justas desa ciudad,
no quise yo entrar en ella, por sacar a las barbas del mundo su mentira; y así,
me pasé de claro a Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los
estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los
ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y, en sitio y en belleza,
única. Y, aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto,
sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto.

Finalmente, señor don Álvaro Tarfe, yo soy don QuiXote de la Mancha, el mismo
que dice la fama, y no ese desventurado que ha querido usurpar mi nombre y
honrarse con mis pensamientos. A vuestra merced suplico, por lo que debe a ser
caballero, sea servido de hacer una declaración ante el alcalde deste lugar, de
que vuestra merced no me ha visto en todos los días de su vida hasta agora, y de
que yo no soy el don QuiXote impreso en la segunda parte, ni este Sancho Panza
mi escudero es aquél que vuestra merced conoció.

-Eso haré yo de muy buena gana -respondió don Álvaro-, puesto que cause
admiración ver 2 don QuiXotes y 2 Sanchos a un mismo tiempo, tan conformes
en los nombres como diferentes en las acciones; y vuelvo a decir y me afirmo que
no he visto lo que he visto, ni ha pasado por mí lo que ha pasado.

-Sin duda -dijo Sancho- que vuestra merced debe de estar encantado, como mi
señora Dulcinea del Toboso, y pluguiera al cielo que estuviera su desencanto de
vuestra merced en darme otros tres mil y tantos azotes como me doy por ella, que
yo me los diera sin interés alguno.

-No entiendo eso de azotes -dijo don Álvaro.

Y Sancho le respondió que era largo de contar, pero que él se lo contaría si
acaso iban un mesmo camino.

Llegóse en esto la hora de comer; comieron juntos don QuiXote y don Álvaro.
Entró acaso el alcalde del pueblo en el mesón, con un escribano, ante el cual
alcalde pidió don QuiXote, por una petición, de que a su derecho convenía de que
don Álvaro Tarfe, aquel caballero que allí estaba presente, declarase ante su
merced como no conocía a don QuiXote de la Mancha, que asimismo estaba allí
presente, y que no era aquél que andaba impreso en una historia intitulada:
Segunda parte de don QuiXote de la Mancha, compuesta por un tal de Avellaneda,
natural de Tordesillas. Finalmente, el alcalde proveyó jurídicamente; la
declaración se hizo con todas las fuerzas que en tales casos debían hacerse, con
lo que quedaron don QuiXote y Sancho muy alegres, como si les importara mucho
semejante declaración y no mostrara claro la diferencia de los 2 don QuiXotes
y la de los 2 Sanchos sus obras y sus palabras. Muchas de cortesías y
ofrecimientos pasaron entre don Álvaro y don QuiXote, en las cuales mostró el
gran manchego su discreción, de modo que desengañó a don Álvaro Tarfe del error
en que estaba; el cual se dio a entender que debía de estar encantado, pues
tocaba con la mano dos tan contrarios don QuiXote.

Llegó la tarde, partiéronse de aquel lugar, y a obra de media legua se apartaban
dos caminos diferentes, el uno que guiaba a la aldea de don QuiXote, y el otro
el que había de llevar don Álvaro. En este poco espacio le contó don QuiXote la
desgracia de su vencimiento y el encanto y el remedio de Dulcinea, que todo puso
en nueva admiración a don Álvaro, el cual, abrazando a don QuiXote y a Sancho,
siguió su camino, y don QuiXote el suyo, que aquella noche la pasó entre otros
árboles, por dar lugar a Sancho de cumplir su penitencia, que la cumplió del
mismo modo que la pasada noche, a costa de las cortezas de las hayas, harto más
que de sus espaldas, que las guardó tanto, que no pudieran quitar los azotes una
mosca, aunque la tuviera encima.

No perdió el engañado don QuiXote un solo golpe de la cuenta, y halló que con
los de la noche pasada era tres mil y veinte y nueve. Parece que había madrugado
el sol a ver el sacrificio, con cuya luz volvieron a proseguir su camino,
tratando entre los dos del engaño de don Álvaro y de cuán bien acordado había
sido tomar su declaración ante la justicia, y tan auténticamente.

Aquel día y aquella noche caminaron sin sucederles cosa digna de contarse, si no
fue que en ella acabó Sancho su tarea, de que quedó don QuiXote contento
sobremodo, y esperaba el día, por ver si en el camino topaba ya desencantada a
Dulcinea su señora; y, siguiendo su camino, no topaba mujer ninguna que no iba a
reconocer si era Dulcinea del Toboso, teniendo por infalible no poder mentir las
promesas de Merlín.

Con estos pensamientos y deseos subieron una cuesta arriba, desde la cual
descubrieron su aldea, la cual, vista de Sancho, se hincó de rodillas y dijo:

-Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza, tu hijo, si
no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu hijo don
QuiXote, que si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo;
que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede. Dineros
llevo, porque si buenos azotes me daban, bien caballero me iba.

-Déjate desas sandeces -dijo don QuiXote-, y vamos con pie derecho a entrar en
nuestro lugar, donde daremos vado a nuestras imaginaciones, y la traza que en la
pastoral vida pensamos ejercitar.

Con esto, bajaron de la cuesta y se fueron a su pueblo.

Capítulo LXXIII.

De los agüeros que tuvo don QuiXote al entrar de su aldea, con
otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia

A la entrada del cual, según dice Cide Hamete, vio don QuiXote que en las eras
del lugar estaban riñendo dos mochachos, y el uno dijo al otro:

-No te canses Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida.
Oyólo don QuiXote, y dijo a Sancho:

-¿No adviertes, amigo, lo que aquel mochacho ha dicho: ”no la has de ver en
todos los días de tu vida”?

-Pues bien, ¿qué importa -respondió Sancho- que haya dicho eso el mochacho?

-¿Qué? -replicó don QuiXote-. ¿No vees tú que, aplicando aquella palabra a mi
intención, quiere significar que no tengo de ver más a Dulcinea?
Queríale responder Sancho, cuando se lo estorbó ver que por aquella campaña
venía huyendo una liebre, seguida de muchos galgos y cazadores, la cual,
temerosa, se vino a recoger y a agazapar debajo de los pies del rucio. Cogióla
Sancho a mano salva y presentósela a don QuiXote, el cual estaba diciendo:

-Malum signum! Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: ¡Dulcinea no parece!

-Estraño es vuesa merced -dijo Sancho-. Presupongamos que esta liebre es
Dulcinea del Toboso y estos galgos que la persiguen son los malandrines
encantadores que la transformaron en labradora: ella huye, yo la cojo y la pongo
en poder de vuesa merced, que la tiene en sus brazos y la regala: ¿qué mala
señal es ésta, ni qué mal agüero se puede tomar de aquí?

Los dos mochachos de la pendencia se llegaron a ver la liebre, y al uno dellos
preguntó Sancho que por qué reñían. Y fuele respondido por el que había dicho
no la verás más en toda tu vida, que él había tomado al otro mochacho una
jaula de grillos, la cual no pensaba volvérsela en toda su vida. Sacó Sancho
cuatro cuartos de la faltriquera y dióselos al mochacho por la jaula, y púsosela
en las manos a don QuiXote, diciendo:

-He aquí, señor, rompidos y desbaratados estos agüeros, que no tienen que ver
más con nuestros sucesos, según que yo imagino, aunque tonto, que con las nubes
de antaño. Y si no me acuerdo mal, he oído decir al cura de nuestro pueblo que
no es de personas cristianas ni discretas mirar en estas niñerías; y aun vuesa
merced mismo me lo dijo los días pasados, dándome a entender que eran tontos
todos aquellos cristianos que miraban en agüeros. Y no es menester hacer
hincapié en esto, sino pasemos adelante y entremos en nuestra aldea.
Llegaron los cazadores, pidieron su liebre, y diósela don QuiXote; pasaron
adelante, y, a la entrada del pueblo, toparon en un pradecillo rezando al cura y
al bachiller Carrasco. Y es de saber que Sancho Panza había echado sobre el
rucio y sobre el lío de las armas, para que sirviese de repostero, la túnica de
bocací, pintada de llamas de fuego que le vistieron en el castillo del duque la
noche que volvió en sí Altisidora. Acomodóle también la coroza en la cabeza, que
fue la más nueva transformación y adorno con que se vio jamás jumento en el
mundo.

Fueron luego conocidos los dos del cura y del bachiller, que se vinieron a ellos
con los brazos abiertos. Apeóse don QuiXote y abrazólos estrechamente; y los
mochachos, que son linces no escusados, divisaron la coroza del jumento y
acudieron a verle, y decían unos a otros:

-Venid, mochachos, y veréis el asno de Sancho Panza más galán que Mingo, y la
bestia de don QuiXote más flaca hoy que el primer día.

Finalmente, rodeados de mochachos y acompañados del cura y del bachiller,
entraron en el pueblo, y se fueron a casa de don QuiXote, y hallaron a la puerta
della al ama y a su sobrina, a quien ya habían llegado las nuevas de su venida.
Ni más ni menos se las habían dado a Teresa Panza, mujer de Sancho, la cual,
desgreñada y medio desnuda, trayendo de la mano a Sanchica, su hija, acudió a
ver a su marido; y, viéndole no tan bien adeliñado como ella se pensaba que
había de estar un gobernador, le dijo:

-¿Cómo venís así, marido mío, que me parece que venís a pie y despeado, y más
traéis semejanza de desgobernado que de gobernador?

-Calla, Teresa -respondió Sancho-, que muchas veces donde hay estacas no hay
tocinos, y vámonos a nuestra casa, que allá oirás maravillas. Dineros traigo,
que es lo que importa, ganados por mi industria y sin daño de nadie.

-Traed vos dinero, mi buen marido -dijo Teresa-, y sean ganados por aquí o por
allí, que, comoquiera que los hayáis ganado, no habréis hecho usanza nueva en el
mundo.

Abrazó Sanchica a su padre, y preguntóle si traía algo, que le estaba esperando
como el agua de mayo; y, asiéndole de un lado del cinto, y su mujer de la mano,
tirando su hija al rucio, se fueron a su casa, dejando a don QuiXote en la suya,
en poder de su sobrina y de su ama, y en compañía del cura y del bachiller.
Don QuiXote, sin guardar términos ni horas, en aquel mismo punto se apartó a
solas con el bachiller y el cura, y en breves razones les contó su vencimiento,
y la obligación en que había quedado de no salir de su aldea en un año, la cual
pensaba guardar al pie de la letra, sin traspasarla en un átomo, bien así como
caballero andante, obligado por la puntualidad y orden de la andante caballería,
y que tenía pensado de hacerse aquel año pastor, y entretenerse en la soledad de
los campos, donde a rienda suelta podía dar vado a sus amorosos pensamientos,
ejercitándose en el pastoral y virtuoso ejercicio; y que les suplicaba, si no
tenían mucho que hacer y no estaban impedidos en negocios más importantes,
quisiesen ser sus compañeros; que él compraría ovejas y ganado suficiente que
les diese nombre de pastores; y que les hacía saber que lo más principal de
aquel negocio estaba hecho, porque les tenía puestos los nombres, que les
vendrían como de molde. Díjole el cura que los dijese. Respondió don QuiXote que
él se había de llamar el pastor Quijotiz; y el bachiller, el pastor Carrascón; y
el cura, el pastor Curambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino.

Pasmáronse todos de ver la nueva locura de don QuiXote; pero, porque no se les
fuese otra vez del pueblo a sus caballerías, esperando que en aquel año podría
ser curado, concedieron con su nueva intención, y aprobaron por discreta su
locura, ofreciéndosele por compañeros en su ejercicio.

-Y más -dijo Sansón Carrasco-, que, como ya todo el mundo sabe, yo soy
celebérrimo poeta y a cada paso compondré versos pastoriles, o cortesanos, o
como más me viniere a cuento, para que nos entretengamos por esos andurriales
donde habemos de andar; y lo que más es menester, señores míos, es que cada uno
escoja el nombre de la pastora que piensa celebrar en sus versos, y que no
dejemos árbol, por duro que sea, donde no la retule y grabe su nombre, como es
uso y costumbre de los enamorados pastores.

-Eso está de molde -respondió don QuiXote-, puesto que yo estoy libre de buscar
nombre de pastora fingida, pues está ahí la sin par Dulcinea del Toboso, gloria
de estas riberas, adorno de estos prados, sustento de la hermosura, nata de los
donaires, y, finalmente, sujeto sobre quien puede asentar bien toda alabanza,
por hipérbole que sea.

-Así es verdad -dijo el cura-, pero nosotros buscaremos por ahí pastoras
mañeruelas, que si no nos cuadraren, nos esquinen.

A lo que añadió Sansón Carrasco:

-Y cuando faltaren, darémosles los nombres de las estampadas e impresas, de
quien está lleno el mundo: Fílidas, Amarilis, Dianas, Fléridas, Galateas y
Belisardas; que, pues las venden en las plazas, bien las podemos comprar
nosotros y tenerlas por nuestras. Si mi dama, o, por mejor decir, mi pastora,
por ventura se llamare Ana, la celebraré debajo del nombre de Anarda; y si
Francisca, la llamaré yo Francenia; y si Lucía, Lucinda, que todo se sale allá;
y Sancho Panza, si es que ha de entrar en esta cofadría, podrá celebrar a su
mujer Teresa Panza con nombre de Teresaina.

Rióse don QuiXote de la aplicación del nombre, y el cura le alabó infinito su
honesta y honrada resolución, y se ofreció de nuevo a hacerle compañía todo el
tiempo que le vacase de atender a sus forzosas obligaciones. Con esto, se
despidieron dél, y le rogaron y aconsejaron tuviese cuenta con su salud, con
regalarse lo que fuese bueno.

Quiso la suerte que su sobrina y el ama oyeron la plática de los tres; y, así
como se fueron, se entraron entrambas con don QuiXote, y la sobrina le dijo:

-¿Qué es esto, señor tío? ¿Ahora que pensábamos nosotras que vuestra merced
volvía a reducirse en su casa, y pasar en ella una vida quieta y honrada, se
quiere meter en nuevos laberintos, haciéndose

Pastorcillo, tú que vienes,

pastorcico, tú que vas?

Pues en verdad que está ya duro el alcacel para zampoñas.

A lo que añadió el ama:

Y ¿podrá vuestra merced pasar en el campo las siestas del verano, los serenos
del invierno, el aullido de los lobos? No, por cierto, que éste es ejercicio y
oficio de hombres robustos, curtidos y criados para tal ministerio casi desde
las fajas y mantillas. Aun, mal por mal, mejor es ser caballero andante que
pastor. Mire, señor, tome mi consejo, que no se le doy sobre estar harta de pan
y vino, sino en ayunas, y sobre cincuenta años que tengo de edad: estése en su
casa, atienda a su hacienda, confiese a menudo, favorezca a los pobres, y sobre
mi ánima si mal le fuere.

-Callad, hijas -les respondió don QuiXote-, que yo sé bien lo que me cumple.
Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened por cierto que,
ahora sea caballero andante o pastor por andar, no dejaré siempre de acudir a lo
que hubiéredes menester, como lo veréis por la obra.

Y las buenas hijas -que lo eran sin duda ama y sobrina- le llevaron a la cama,
donde le dieron de comer y regalaron lo posible.

Capítulo LXXIV.

De cómo don QuiXote cayó malo, y del testamento que hizo, y su muerte

Como las cosas humanas no sean eternas, yendo siempre en declinación de sus
principios hasta llegar a su último fin, especialmente las vidas de los hombres,
y como la de don QuiXote no tuviese privilegio del cielo para detener el curso
de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque, o ya
fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido, o ya por la disposición
del cielo, que así lo ordenaba, se le arraigó una calentura que le tuvo seis
días en la cama, en los cuales fue visitado muchas veces del cura, del bachiller
y del barbero, sus amigos, sin quitársele de la cabecera Sancho Panza, su buen
escudero.

Éstos, creyendo que la pesadumbre de verse vencido y de no ver cumplido su deseo
en la libertad y desencanto de Dulcinea le tenía de aquella suerte, por todas
las vías posibles procuraban alegrarle, diciéndole el bachiller que se animase y
levantase, para comenzar su pastoral ejercicio, para el cual tenía ya compuesta
una écloga, que mal año para cuantas Sanazaro había compuesto, y que ya tenía
comprados de su propio dinero dos famosos perros para guardar el ganado: el uno
llamado Barcino, y el otro Butrón, que se los había vendido un ganadero del
Quintanar. Pero no por esto dejaba don QuiXote sus tristezas.

Llamaron sus amigos al médico, tomóle el pulso, y no le contentó mucho, y dijo
que, por sí o por no, atendiese a la salud de su alma, porque la del cuerpo
corría peligro. Oyólo don QuiXote con ánimo sosegado, pero no lo oyeron así su
ama, su sobrina y su escudero, los cuales comenzaron a llorar tiernamente, como
si ya le tuvieran muerto delante. Fue el parecer del médico que melancolías y
desabrimientos le acababan. Rogó don QuiXote que le dejasen solo, porque quería
dormir un poco. Hiciéronlo así y durmió de un tirón, como dicen, más de seis
horas; tanto, que pensaron el ama y la sobrina que se había de quedar en el
sueño. Despertó al cabo del tiempo dicho, y, dando una gran voz, dijo:

-¡Bendito sea el poderoso Dios, que tanto bien me ha hecho! En fin, sus
misericordias no tienen límite, ni las abrevian ni impiden los pecados de los
hombres.

Estuvo atenta la sobrina a las razones del tío, y pareciéronle más concertadas
que él solía decirlas, a lo menos, en aquella enfermedad, y preguntóle:

-¿Qué es lo que vuestra merced dice, señor? ¿Tenemos algo de nuevo? ¿Qué
misericordias son éstas, o qué pecados de los hombres?

-Las misericordias -respondió don QuiXote-, sobrina, son las que en este
instante ha usado Dios conmigo, a quien, como dije, no las impiden mis pecados.
Yo tengo juicio ya, libre y claro, sin las sombras caliginosas de la ignorancia,
que sobre él me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables libros
de las caballerías. Ya conozco sus disparates y sus embelecos, y no me pesa sino
que este desengaño ha llegado tan tarde, que no me deja tiempo para hacer alguna
recompensa, leyendo otros que sean luz del alma. Yo me siento, sobrina, a punto
de muerte; querría hacerla de tal modo, que diese a entender que no había sido
mi vida tan mala que dejase renombre de loco, que, puesto que lo he sido, no
querría confirmar esta verdad en mi muerte. Llámame, amiga, a mis buenos amigos:
el cura, al bachiller Sansón Carrasco y a maese Nicolás, el barbero, que quiero
confesarme y hacer mi testamento.

Pero de este trabajo se escusó la sobrina con la entrada de los tres. Apenas los
vio don QuiXote, cuando dijo:

-Dadme albricias, buenos señores, de que ya yo no soy don QuiXote de la Mancha,
sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron renombre de Bueno. Ya soy
enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje, ya me son
odiosas todas las historias profanas del andante caballería, ya conozco mi
necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído, ya, por misericordia de
Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino.

Cuando esto le oyeron decir los tres, creyeron, sin duda, que alguna nueva
locura le había tomado. Y Sansón le dijo:

-¿Ahora, señor don QuiXote, que tenemos nueva que está desencantada la señora
Dulcinea, sale vuestra merced con eso? Y ¿agora que estamos tan a pique de ser
pastores, para pasar cantando la vida, como unos príncipes, quiere vuesa merced
hacerse ermitaño? Calle, por su vida, vuelva en sí, y déjese de cuentos.

-Los de hasta aquí -replicó don QuiXote-, que han sido verdaderos en mi daño,
los ha de volver mi muerte, con ayuda del cielo, en mi provecho. Yo, señores,
siento que me voy muriendo a toda priesa; déjense burlas aparte, y traíganme un
confesor que me confiese y un escribano que haga mi testamento, que en tales
trances como éste no se ha de burlar el hombre con el alma; y así, suplico que,
en tanto que el señor cura me confiesa, vayan por el escribano.

Miráronse unos a otros, admirados de las razones de don QuiXote, y, aunque en
duda, le quisieron creer; y una de las señales por donde conjeturaron se moría
fue el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo, porque a las ya dichas
razones añadió otras muchas tan bien dichas, tan cristianas y con tanto
concierto, que del todo les vino a quitar la duda, y a creer que estaba cuerdo.
Hizo salir la gente el cura, y quedóse solo con él, y confesóle.

El bachiller fue por el escribano, y de allí a poco volvió con él y con Sancho
Panza; el cual Sancho, que ya sabía por nuevas del bachiller en qué estado
estaba su señor, hallando a la ama y a la sobrina llorosas, comenzó a hacer
pucheros y a derramar lágrimas. Acabóse la confesión, y salió el cura, diciendo:

-Verdaderamente se muere, y verdaderamente está cuerdo Alonso Quijano el Bueno;
bien podemos entrar para que haga su testamento.

Estas nuevas dieron un terrible empujón a los ojos preñados de ama, sobrina y de
Sancho Panza, su buen escudero, de tal manera, que los hizo reventar las
lágrimas de los ojos y mil profundos suspiros del pecho; porque, verdaderamente,
como alguna vez se ha dicho, en tanto que don QuiXote fue Alonso Quijano el
Bueno, a secas, y en tanto que fue don QuiXote de la Mancha, fue siempre de
apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de
los de su casa, sino de todos cuantos le conocían.

Entró el escribano con los demás, y, después de haber hecho la cabeza del
testamento y ordenado su alma don QuiXote, con todas aquellas circunstancias
cristianas que se requieren, llegando a las mandas, dijo:

-Ítem, es mi voluntad que de ciertos dineros que Sancho Panza, a quien en mi
locura hice mi escudero, tiene, que, porque ha habido entre él y mí ciertas
cuentas, y dares y tomares, quiero que no se le haga cargo dellos, ni se le pida
cuenta alguna, sino que si sobrare alguno, después de haberse pagado de lo que
le debo, el restante sea suyo, que será bien poco, y buen provecho le haga; y,
si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera
agora, estando cuerdo, darle el de un reino, se le diera, porque la sencillez de
su condición y fidelidad de su trato lo merece.

Y, volviéndose a Sancho, le dijo:

-Perdóname, amigo, de la ocasión que te he dado de parecer loco como yo,
haciéndote caer en el error en que yo he caído, de que hubo y hay caballeros
andantes en el mundo.

-¡Ay! -respondió Sancho, llorando-: no se muera vuestra merced, señor mío, sino
tome mi consejo y viva muchos años, porque la mayor locura que puede hacer un
hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie le mate, ni
otras manos le acaben que las de la melancolía. Mire no sea perezoso, sino
levántese desa cama, y vámonos al campo vestidos de pastores, como tenemos
concertado: quizá tras de alguna mata hallaremos a la señora doña Dulcinea
desencantada, que no haya más que ver. Si es que se muere de pesar de verse
vencido, écheme a mí la culpa, diciendo que por haber yo cinchado mal a
Rocinante le derribaron; cuanto más, que vuestra merced habrá visto en sus
libros de caballerías ser cosa ordinaria derribarse unos caballeros a otros, y
el que es vencido hoy ser vencedor mañana.

-Así es -dijo Sansón-, y el buen Sancho Panza está muy en la verdad destos
casos.

-Señores -dijo don QuiXote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño
no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don QuiXote de la
Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras
mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se
tenía, y prosiga adelante el señor escribano.

»Ítem, mando toda mi hacienda, a puerta cerrada, a Antonia Quijana, mi sobrina,
que está presente, habiendo sacado primero de lo más bien parado della lo que
fuere menester para cumplir las mandas que dejo hechas; y la primera satisfación
que se haga quiero que sea pagar el salario que debo del tiempo que mi ama me ha
servido, y más veinte ducados para un vestido. Dejo por mis albaceas al señor
cura y al señor bachiller Sansón Carrasco, que están presentes.

»Ítem, es mi voluntad que si Antonia Quijana, mi sobrina, quisiere casarse, se
case con hombre de quien primero se haya hecho información que no sabe qué cosas
sean libros de caballerías; y, en caso que se averiguare que lo sabe, y, con
todo eso, mi sobrina quisiere casarse con él, y se casare, pierda todo lo que le
he mandado, lo cual puedan mis albaceas distribuir en obras pías a su voluntad.

»Ítem, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les
trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí
con el título de Segunda parte de las hazañas de don QuiXote de la Mancha, de mi
parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo
pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella
escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para
escribirlos.

Cerró con esto el testamento, y, tomándole un desmayo, se tendió de largo a
largo en la cama. Alborotáronse todos y acudieron a su remedio, y en tres días
que vivió después deste donde hizo el testamento, se desmayaba muy a menudo.
Andaba la casa alborotada; pero, con todo, comía la sobrina, brindaba el ama, y
se regocijaba Sancho Panza; que esto del heredar algo borra o templa en el
heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto.

En fin, llegó el último de don QuiXote, después de recebidos todos los
sacramentos, y después de haber abominado con muchas y eficaces razones de los
libros de caballerías. Hallóse el escribano presente, y dijo que nunca había
leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto
en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don QuiXote; el cual, entre
compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero
decir que se murió.

Viendo lo cual el cura, pidió al escribano le diese por testimonio como Alonso
Quijano el Bueno, llamado comúnmente don QuiXote de la Mancha, había pasado
desta presente vida y muerto naturalmente; y que el tal testimonio pedía para
quitar la ocasión de algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase
falsamente, y hiciese inacabables historias de sus hazañas.

Este fin tuvo el Ingenioso Hidalgo de la Mancha, cuyo lugar no quiso poner Cide
Hamete puntualmente, por dejar que todas las villas y lugares de la Mancha
contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las
siete ciudades de Grecia por Homero.

Déjanse de poner aquí los llantos de Sancho, sobrina y ama de don QuiXote, los
nuevos epitafios de su sepultura, aunque Sansón Carrasco le puso éste:

Yace aquí el Hidalgo fuerte

que a tanto estremo llegó

de valiente, que se advierte

que la muerte no triunfó

de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco;

fue el espantajo y el coco

del mundo, en tal coyuntura,

que acreditó su ventura

morir cuerdo y vivir loco.

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma:

-Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien
cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos
y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero, antes que a
ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor modo que pudieres:

¡Tate, tate, folloncicos!

De ninguno sea tocada;

porque esta impresa, buen rey,

para mí estaba guardada.

Para mí sola nació don QuiXote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos
los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y
tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de
avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no
es carga de sus hombros ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás,
si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya
podridos huesos de don QuiXote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros
de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y
verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera
jornada y salida nueva; que, para hacer burla de tantas como hicieron tantos
andantes caballeros, bastan las dos que él hizo, tan a gusto y beneplácito de
las gentes a cuya noticia llegaron, así en éstos como en los estraños reinos”.
Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te
quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el
fruto de sus escritos enteramente, como deseaba, pues no ha sido otro mi deseo
que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias
de los libros de caballerías, que, por las de mi verdadero don QuiXote, van ya
tropezando, y han de caer del todo, sin duda alguna. Vale.

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One Comment

  1. Dani…

    quiXote II caballero XLIII fin – quiXote…

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